LA CONTINUIDAD
El hombre que se
hallaba en el asiento contiguo terminó por hacer su propia presentación, dado
que quería formular varias preguntas Dijo que prácticamente había leído todos
los libros serios sobre la muerte y el más allá, tanto libros antiguos como
modernos. Había sido miembro de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, había
asistido a muchas sesiones con excelentes y reputados médiums, y había visto
muchas manifestaciones que no eran en modo alguno fraudulentas. Como había
profundizado tan seriamente este problema, en varias ocasiones él mismo vio
cosas de naturaleza suprafísica; pero por supuesto, añadió, podían haber sido
creadas por su imaginación, si bien consideraba que no lo eran. Sin embargo, a
pesar de haber leído extensamente de haber conversado con mucha gente bien
informada, y haber visto innegables manifestaciones físicas de personas
fallecidas, no estaba todavía persuadido de haber comprendido la verdad en el
asunto. Había discutido seriamente el problema de la creencia y de la
incredulidad; tenía amigos entre aquellos que creían firmemente en su propia
continuidad después de la muerte, y también entre quienes negaban todos los
hechos y sostenían que la vida termina con la muerte del cuerpo físico. Aunque
había adquirido considerable conocimiento y experiencia en materias psíquicas,
quedaba en su mente un elemento de duda; y como los años pasaban deseaba
conocer la verdad. No le tenía miedo a la muerte, pero la verdad referente a
esto debía ser conocida.
El tren se detuvo, y justamente entonces pasaba un carro de dos ruedas,
tirado por un caballo. Sobre el carro había un cuerpo humano, envuelto en una
sábana de lienzo crudo y atado a dos largas estacas verdes de bambú, recién
cortadas. Desde alguna aldea lo llevaban hacia el río para la cremación. A
medida que el carro avanzaba por el áspero camino, el cuerpo era brutalmente
sacudido, y bajo su lienzo la cabeza era la más castigada. Había sólo un
pasajero en el carro al lado del conductor, debía ser un pariente cercano, pues
sus ojos estaban enrojecidos por el llanto. El cielo presentaba el delicado
azul de la temprana primavera, y unos niños jugaban y gritaban en el polvo del
camino. La muerte debió haber sido un espectáculo muy corriente, porque cada
cual volvió a lo que estaba haciendo. Incluso el hombre que inquiría sobre la
muerte no puso atención en el carro y su triste carga.
La creencia condiciona la experiencia, y la experiencia entonces
fortalece la creencia. Lo que creéis, eso experimentáis. La mente dicta e
interpreta la experiencia, la atrae o la rechaza. La mente misma es el
resultado de la experiencia, y puede reconocer o experimentar sólo aquello que
le es familiar, que conoce, en cualquier nivel que sea. La mente no puede
experimentar aquello que antes no ha conocido. La mente y sus respuestas son de
mayor importancia que la experiencia; y confiar en la experiencia como medio
para comprender la verdad es estar preso en la red de la ignorancia y la
ilusión. Desear experimentar la verdad es negar la verdad, pues el deseo
condiciona, y la creencia es otro disfraz del deseo. El conocimiento, la
creencia, la convicción, la conclusión y la experiencia son impedimentos para
la verdad; constituyen la estructura misma del “yo”. El “yo” no puede ser si no
existe el efecto acumulativo de la experiencia; y el temor a la muerte es el
temor de no ser, de no experimentar. Si existiera la seguridad, la certeza de
experimentar, no habría temor. El temor solamente existe al establecer relación
entre lo conocido y lo desconocido. Lo conocido siempre trata de aprehender lo
desconocido; pero sólo puede aprehender lo que ya antes conocía. Lo desconocido
jamás puede ser experimentado por lo conocido, lo conocido, lo experimentado,
debe cesar para que lo desconocido sea.
El deseo de experimentar la verdad debe ser investigado y comprendido;
pero si en la búsqueda hay un motivo, entonces la verdad no puede surgir.
¿Puede haber búsqueda sin un motivo, consciente o inconsciente? Con un motivo, ¿hay búsqueda? Si ya
conocéis lo que queréis, si habéis formulado un fin, entonces la búsqueda es un
medio para alcanzar ese fin, que es autoproyectado. Entonces lo que se busca es
satisfacción, no la verdad; y los medios serán elegidos conforme a la
gratificación que nos brinden. La comprensión de lo que es no necesita ningún
motivo; el motivo y los medios impiden la comprensión. La búsqueda, que es
alerta percepción sin opción, no es para algo; debe percatarse del ansia de
alcanzar un fin, y de los medios utilizados. Esta alerta percepción no—optativa
trae la comprensión de lo que es.
Es extraordinaria nuestra ansia de permanencia, de continuidad.
Este deseo toma muchas formas, desde la más burda hasta la más sutil. Estamos
muy familiarizados con las formas obvias: nombre, apariencia externa, carácter,
etc. Pero el ansia sutil es mucho más difícil de descubrir y de comprender. La
identidad como idea, como ser, como conocimiento, como devenir, en cualquier
nivel, es difícil de percibir y dilucidar. Unicamente conocemos la continuidad,
y jamás la no-continuidad. Conocemos la continuidad de la experiencia, de la
memoria, de los incidentes pero no conocemos ese estado en el que esta
continuidad no existe. Lo llamamos muerte, lo desconocido, lo misterioso, etc.,
y dándole un nombre esperamos de algún modo aprehenderlo —lo cual nuevamente es
el deseo de continuidad.
La autoconciencia es experiencia, es nombrar la experiencia, y es
por tanto registrarla; y este proceso se desarrolla en varias capas de la
mente. Nos aferramos a este procese de autoconciencia a pesar de sus pasajeras
alegrías, de sus interminables conflictos de su confusión y miseria. Esto es lo
que conocemos, ésta es nuestra existencia, la continuidad de nuestro propio
ser, de la idea, de la memoria, de la palabra. La idea continúa, total o
parcialmente, la idea que estructura el “yo”; pero, ¿trae esta continuidad la
libertad, en la que únicamente hay descubrimiento y renovación?
Lo que tiene continuidad nunca puede ser sino lo que es con ciertas
modificaciones; pero estas modificaciones no le confieren calidad de cosa
nueva. Podrá tomar una apariencia diferente, un diferente matiz; pero seguirá
siendo todavía la idea, la memoria, la palabra. Este centro de continuidad no
es una esencia espiritual, porque está ano dentro del campo del pensamiento, de
la memoria, y por ende del tiempo. Unicamente puede experimentar su propia
proyección, y mediante su experiencia autoproyectada darse a sí mismo ulterior
continuidad. De este modo, mientras él exista, jamás podrá experimentar fuera
de sí mismo. Debe morir; debe cesar de darse a sí mismo continuidad por medio
de la idea por medio del recuerdo, por medio de la palabra. La continuidad es
decadencia, y solamente hay vida en el morir. Sólo hay renovación con la
cesación del centro, entonces el renacimiento es no—continuidad; entonces el
morir es como la vida una renovación de instante en instante. Esta renovación
es creación.