jueves, 29 de mayo de 2014

EL TRABAJO



EL TRABAJO

Altivo e inclinado al cinismo, él era uno de los ministros en el Gobierno. Había sido traído, o más probablemente arrastrado, por un amigo, y parecía más bien sorprendido de encontrarse allí. El amigo deseaba charlar sobre algo y evidentemente pensó que el otro podía también acompañarlo y conocer su problema. El ministro era curioso y tenía un aire de superioridad. Era un hombre corpulento, de mirada aguda y de palabra fácil. Había llegado a la meta en la vida, y estaba acomodarlo. Caminar es una cosa, y llegar es otra. El avanzar es un constante llegar, y el arribo que no tiene un nuevo avance es la muerte. ¡Cuán fácilmente nos satisfacemos, y qué pronto el descontento halla el contento! Todos deseamos alguna clase de refugio, un abrigo contra todo conflicto, y generalmente lo encontramos. El listo, tanto como el lerdo, encuentran su refugio y se mantienen alertas dentro de él.
“He procurado comprender mi problema durante muchos años, pero no he podido llegar al fondo del mismo. En mi trabajo siempre he creado antagonismo; de alguna manera se ha introducido la enemistad entre todas las personas que he tratado de ayudar. Ayudando a unos, siembro oposición entre otros. Con una mano doy, y pareciera que con la otra ofendo. Esto ha estado ocurriendo durante más tiempo de lo que puedo recordar, y ahora ha surgido una situación en la cual tengo que actuar más bien decididamente. En realidad no quiero lastimar a nadie, y no sé que hacer.
¿Qué es más importante: no lastimar, no crear enemistad, o hacer algún trabajo?
“En el curso de mi trabajo ofendo a otros. Soy una de esas personas que se sumergen por completo en su trabajo; si emprendo algo, necesito ver cómo se realiza. Siempre fui así. Creo que soy muy eficiente, y odio la ineficiencia. Después de todo, si emprendemos alguna clase de trabajo social, debemos realizarlo acabadamente, y aquellos que son ineficientes o descuidados se sienten naturalmente heridos y se vuelven antagónicos. El trabajo de llevar ayuda a otros es importante, y ayudando al necesitado yo choco con los que se ponen en el camino. Pero en realidad no deseo herir a nadie, y he empezado a comprender que debo hacer algo al respecto”.
¿Qué es lo importante para Ud.: trabajar, o no herir a la gente?
“Cuando uno ve tanta miseria y se sumerge en la obra de la reforma, en el curso de ese trabajo uno hiere a cierta gente, aunque sin la mínima intención”.
Al salvar un grupo de personas, otras son destruidas. Un país sobrevive a expensas de otro. Las personas llamadas espirituales en su ardor por reformar, salvan a unos y destruyen a otros; traen bendiciones y también maldiciones. Parece que somos siempre bondadosos con unos y brutales con otros. ¿Por qué?
¿Qué es lo importante para Ud.: trabajar o no herir a la gente?
“Después de todo, tenemos que herir a cierta gente, al descuidado, al ineficiente, al egoísta; parece inevitable. ¿Acaso no hiere Ud. a la gente en sus charlas? Conozco a un hombre rico que se ha sentido muy ofendido por lo que Ud. dice sobre la riqueza”.
No deseo herir a nadie. Si hay que herir a la gente en el proceso de cierto trabajo, entonces para mí ese trabajo debe ser abandonado. Yo no tengo ningún trabajo, ningún plan para cualquier clase de reforma o revolución. Para mí lo primero no es el trabajo, sino el no herir a los demás. Si el hombre rico se siente herido por lo que se ha dicho, él no ha sido herido por mí, sino por la verdad de lo que es, que le disgusta; él no quiere ser descubierto. No es mi intención descubrir a otros. Si una persona queda momentáneamente al descubierto por la verdad de lo que es y se irrita por lo que ve, hace recaer la culpa en otros; pero eso sólo es escapar del hecho. Es una locura irritarse por un hecho. Escapar de un hecho mediante la ira es una de las reacciones más comunes y más irreflexivas.
Pero Ud. no ha contestado a mi pregunta. ¿Qué es lo importante para Ud.: trabajar, o no herir a la gente?
“El trabajo debe cumplirse, ¿no lo cree Ud.?” observó el ministro.
¿Por qué debe cumplirse? Si para beneficiar a unos Ud. hiere o destruye a otros, ¿qué valor tiene eso? Usted puede salvar a su particular país, pero explota o daña a otro. ¿Por qué le interesa tanto su país, su partido, su ideología? ¿Por qué está Ud. tan identificado con su obra? ¿Por qué le preocupa tanto el trabajo?
“Tenemos que trabajar, ser activos, de lo contrario lo mismo daría que estuviésemos muertos. Cuando se incendia la casa, no podemos por el momento preocuparnos con cuestiones fundamentales”.
Para las personas meramente activas, no existen las cuestiones fundamentales; les interesa únicamente la actividad, que trae superficiales beneficios y profundos daños. Pero si me permite preguntar a nuestro amigo: ¿por qué cierta clase de trabajo es tan importante para Ud.? ¿Por qué está tan apegado a él?
“Oh, no lo sé, pero me proporciona mucha felicidad”.
Por lo tanto Ud. no está realmente interesado en el trabajo mismo, sino en lo que obtiene de él. Quizá no le produzca dinero, pero deriva felicidad de él. Así como otro gana poder, posición y prestigio salvando a su partido o a su país, así Ud. obtiene placer de su trabajo; del mismo modo que otro halla gran satisfacción, que él llama bendición, sirviendo a su salvador, a su gurú, a su Maestro, así Ud. se siente satisfecho por lo que llama obra altruista. De hecho no es el país, el trabajo o cl salvador lo que es importante para Ud., sino lo que obtiene de ello. Su propia felicidad es todo lo que le importa, y su particular trabajo le proporciona lo que desea. Usted no se interesa realmente por la gente que cree estar ayudando, ellos sólo son un instrumento para su felicidad. Y obviamente los ineficientes, los que se interponen en su camino, resultan heridos, pues lo importante es la obra, siendo la obra su felicidad. Este es el hecho brutal, pero astutamente lo encubrimos con palabras altisonantes como servicio, patria, paz. Dios, etc.
Así pues, si me permite señalarlo, Ud. realmente no se cuida de herir a la gente que obstaculiza la eficiencia del trabajo que le da felicidad. Encuentra felicidad en cierto trabajo, y ese trabajo, sea el que fuere, es usted. Le interesa obtener felicidad, y el trabajo le ofrece los medios; por consiguiente el trabajo se torna sumamente importante, y entonces por supuesto Ud. es muy eficiente, cruel, dominante a causa de lo que le da felicidad. Por eso Ud. no repara en herir a la gente, engendrando enemistad.
“Nunca lo he visto antes bajo esta faz, y es perfectamente cierto. Pero ¿qué tengo que hacer entonces?”
¿No es importante descubrir también por qué ha necesitado tantos años para ver un hecho tan simple como éste?
“Supongo, como Ud. dice, que realmente no me cuido de herir o no a la gente con tal de hacer mi camino. Generalmente consigo mi propósito, porque siempre he sido muy eficiente y directo —cosa que Ud. llamaría crueldad, con perfecta razón. Pero ¿qué es lo que debo hacer ahora?”
Usted ha necesitado todos estos años para ver este simple hecho porque hasta ahora no ha querido verlo; pues al verlo Ud. ataca el fundamento mismo de su ser. Usted ha buscado y encontrado felicidad, pero ello siempre le ha traído conflicto y antagonismo; y ahora, quizá por primera vez, Ud. está frente a hechos relativos a Ud. mismo. ¿Qué tendrá que hacer? ¿No hay una diferente manera de encarar el trabajo? ¿No es posible ser feliz y trabajar, más bien que buscar la felicidad en el trabajo? Cuando utilizamos el trabajo o la gente como instrumentos para el logro de un objetivo, entonces obviamente no existe la convivencia, no tenemos comunión con el trabajo ni con la gente; y entonces somos incapaces de amar. El amor no es un medio para un fin; es su propia eternidad. Cuando yo lo utilizo a Ud. y Ud. me utiliza a mi, cosa que generalmente se llama convivencia, somos recíprocamente importantes sólo como medio para el logro de alguna otra cosa; por lo tanto no somos importantes en absoluto los unos para los otros. De esta mutua utilización, deben surgir inevitablemente el conflicto y el antagonismo. Así pues ¿qué va Ud. a hacer? Procuremos ambos descubrirlo más bien que buscar una respuesta de algún otro. Si Ud. puede indagarlo, lo que encuentre será su vivencia; eso será entonces real y no una mera confirmación o conclusión, una simple respuesta verbal
“¿Cuál es entonces mi problema?”
¿No podríamos plantearlo de este modo? Espontáneamente ¿cuál es su primera reacción ante la pregunta: Es el trabajo lo primero? Si no lo es, entonces ¿qué es lo primero?
“Comienzo a ver lo que está tratando de mostrar. Mi primera respuesta es un choque; realmente me aterra ver lo que he estado haciendo en mi trabajo durante tantos años. Es ésta la primera vez que enfrento el hecho de lo que es, como Ud. lo dice, y le aseguro que no es muy agradable. Si puedo trascenderlo, quizá vea qué es lo importante, y entonces el trabajo naturalmente seguirá. Pero si es el trabajo u otra cosa lo que está primero, no es claro todavía para mi”.
¿Por qué no es claro? ¿Es la claridad cuestión de tiempo, o de buena voluntad para ver? ¿Desaparecerá por sí mismo en el curso del tiempo cl deseo de no ver? ¿No se debe su falta de claridad al simple hecho de que Ud. no quiere ser claro porque ello trastornaría todas las normas de su vida diaria? Si Ud. se da cuenta de que deliberadamente está posponiendo, ¿no habría inmediata claridad? Es esta fuga lo que trae confusión.
“Ahora todo está volviéndose muy claro para mí, y lo que haré poco importa. Probablemente haré lo que he estado haciendo hasta ahora, poro con un espíritu del todo diferente. Veremos”.