Un gran animal
muerto flotaba río abajo. Sobre él había varios buitres, desgarrando la
carroña; peleaban alejando a los otros buitres hasta que estaban llenos, y sólo
entonces emprendían vuelo. Los otros esperaban en los árboles, o en las
orillas, o revoloteaban por encima. El sol acababa de asomar, y había un espeso
rocío sobre el pasto. Al otro lado del río los verdes campos estaban
neblinosos, y las voces de los campesinos llegaban claramente a través del
agua. Era una hermosa mañana, fresca y renovadora. Un monito jugaba alrededor
de la madre entre las ramas. Corría a lo largo de una rama, saltaba a la otra y
volvía corriendo, o saltaba de aquí para allá cerca de la madre. Ella estaba
fastidiada por estas payasadas, y se dispuso a bajar del árbol para ir a otro.
Cuando empezó a descender, el monito corrió detrás y se agarró a ella,
subiéndose a sus espaldas o balanceándose por debajo. Tenía una cara pequeñita,
con unos ojos llenos de juguetona y asustadiza malicia.
¡Cómo nos asusta lo nuevo, lo desconocido! Queremos permanecer
encerrados en nuestras diarias costumbres, rutinas, disputas y ansiedades.
Queremos pensar de la misma vieja manera, seguir el mismo camino, ver las
mismas caras y tener las mismas preocupaciones. Nos disgusta encontrarnos con
extraños, y cuando eso ocurre, permanecemos alejados y distraídos. ¡Y qué miedo
sentimos cuando encontramos un animal que no conocemos! Nos movemos dentro de
los muros de nuestro propio pensamiento; y cuando nos aventuramos fuera, es aun
dentro de la extensión de esos muros. Jamás tenemos un terminar, sino que
siempre alimentamos lo continuo. Arrastramos día tras día la carga del ayer;
nuestra vida es un largo y continuo movimiento, y nuestras mentes están
embotadas e insensibles.
Apenas si podía él contener el llanto. No era un llanto controlado
o retraído, sino un sollozar que sacudía todo su cuerpo. Era un hombre más bien
joven, vivaz, con ojos de visionario. Durante un tiempo no pudo hablar; y
cuando finalmente pudo hacerlo, su voz temblaba y estalló en grandes sollozos,
sin avergonzarse y libremente. Luego dijo:
“No había llorado desde el día en que murió mi esposa. No sé qué me
hizo llorar de este modo, pero ha sido un alivio. He llorado antes, con ella,
cuando estaba en vida, y entonces el llanto era tan purificador como la risa,
pero desde su muerte todo ha cambiado. Acostumbraba pintar, mas ahora no puedo
tocar los pinceles o mirar las cosas que he hecho. Durante los últimos seis
meses yo también parecía estar muerto. No tuvimos hijos, pero ella estaba
esperando uno; y ahora se ha ido. Aún no me puedo convencer de esa realidad,
pues éramos muy compañeros. Era hermosa y buena, ¿qué he de hacer ahora? Estoy
apenado por no haberme podido contener, y sabe Dios por qué me ocurrió eso;
pero sé que el haber llorado me ha hecho bien. Sin embargo, jamás podré volver
a ser el mismo otra vez; algo falta a mi vida. Días pasados tomé los pinceles,
y me parecieron desconocidos. Antes, ni cuenta me daba cuando tenía los
pinceles en la mano; pero ahora los encuentro pesados, engorrosos. He ido a
menudo al río, con la intención de no regresar; pero siempre he regresado. No
podía ver a la gente, porque su rostro estaba siempre allí. Duermo, sueño y
como con ella pero sé que lo mismo no puede ser nunca más. He reflexionado al
respecto, tratando de racionalizar los hechos y de comprenderlos pero sé que
ella no está ya aquí. Sueño con ella noche tras noche; no puedo sin embargo
dormir todo el tiempo, por más que lo haya intentado. No me atrevo a tocar sus
cosas, y sólo sentir su perfume casi me enloquece. He tratado de olvidar, pero
por más que haga, no puedo ya ser el mismo que antes. Acostumbraba escuchar los
pájaros, mas ahora quisiera destruirlo todo. No puedo seguir así. No he vuelto
a ver a ninguno de nuestros amigos desde entonces; sin ella, nada significan ya
para mí. ¿Qué debo hacer?”
Quedamos en silencio un largo rato.
El amor que se convierte en pesadumbre y en aborrecimiento no es
amor. ¿Sabemos qué es el amor? ¿Es amor aquello que, al ser contrariado, se
transforma en locura? ¿Hay amor cuando hay ganancia y pérdida?
“Amándola, todas esas cosas dejaban de existir. Estaba
completamente olvidado de todo, olvidado aun de mí mismo. Sentía un amor así, y
todavía siento ese amor por ella pero ahora me doy cuenta también de otras
cosas, de mí mismo, de mi pesadumbre, de los días de mi tormento”.
¡Qué pronto el amor se transforma en aborrecimiento, en celos, en
pesadumbre! ¡Cuán profundamente estamos perdidos en el humo, y qué distante
está lo que parecía tan cercano! Ahora nos percatamos de otras cosas, que de
pronto se han vuelto mucho más importantes. Ahora nos damos cuenta de que
estamos solos, sin una compañía, sin la sonrisa o la palabra del familiar
reproche; ahora nos damos cuenta de nosotros mismos, y no sólo de los otros.
Los otros lo eran todo, y nosotros nada, ahora el otro no existe, y nosotros
somos lo que es. El otro es un
sueño, y la realidad es la que nosotros somos. ¿Fue el otro una realidad, o fue
un sueño de nuestra propia creación, revestido con el encanto de nuestro propio
gozo, que pronto se esfuma? Lo que decae es muerte, y la vida es lo que somos.
La muerte no siempre puede ocultar la vida, a pesar de lo mucho que podamos
desearlo; la vida es más fuerte que la muerte. Lo que es, es más fuerte que lo que no es. ¡Amamos la muerte, y no la
vida! La negación de la vida es muy satisfactoria y nos hace olvidar. Cuando el
otro es, nosotros no somos; cuando el otro es, nosotros somos libres, no
estamos inhibidos; el otro es la flor, el vecino, el perfume, el recuerdo.
Todos queremos el otro, todos estamos identificados con el otro; el otro es
importante, y no nosotros. El otro es nuestro sueño y cuando despertamos, somos
lo que es. Lo que es, es inmortal, pero nosotros deseamos
que lo que es termine. El deseo de
terminar da nacimiento a lo continuo, y lo que es continuo jamás puede conocer
lo que es inmortal.
“Yo sé que no puedo seguir viviendo de este modo, medio muerto. No
estoy muy seguro de comprender lo que Ud. dice. Estoy demasiado ofuscado para
poderlo captar”.
¿No halla Ud. a menudo que, aunque no preste total atención a lo
que oye o a lo que lee, hay sin embargo un escuchar, tal vez inconsciente, y
que algo ha penetrado a pesar suyo? Aunque Ud. no haya mirado deliberadamente
esos árboles, no obstante su imagen surge de pronto con todo detalle —¿no le ha
pasado nunca eso? Por supuesto Ud. está aturdido por el reciente golpe; pero a
pesar de eso, a medida que se sobreponga, lo que decimos ahora será recordado y
entonces podrá serle de alguna ayuda. Más lo que importa saber es esto: cuando
Ud. se recupere del golpe, el sufrimiento será más intenso, y su deseo será
huir, escapar de su propio tormento. Encontrará mucha gente que le ayudará a
escapar: le ofrecerán plausibles explicaciones, las conclusiones a que ellos u
otros han llegado, todo género de racionalizaciones; o Ud. mismo encontrará
alguna forma de retiro, agradable o desagradable, para ahogar su pena. Hasta
ahora Ud. ha estado demasiado cerca del suceso, pero a medida que los días
pasen ansiará alguna clase de consuelo: religión, cinismo, actividad social, o
alguna ideología. Pero las evasiones de cualquier clase, ya se trate de Dios o
de la bebida, sólo impiden la comprensión del dolor.
El dolor debe ser comprendido y no ignorado. Ignorar es dar
continuidad al sufrimiento ignorar es escapar del sufrimiento. Para comprender
el sufrimiento es necesario acercarse a él en forma experimental. Experimentar
no es buscar un determinado resultado. Si Ud. busca un resultado predeterminado,
el experimento no es posible. Si procura superar el sufrimiento, lo cual es
condenarlo, entonces no comprende el proceso total; cuando trata de
sobreponerse al sufrimiento, no debe haber ninguna acción positiva de la mente
para justificarlo o superarlo; la mente debe ser enteramente pasiva,
silenciosamente vigilante, de modo que pueda seguir sin hesitación las
revelaciones del dolor. La mente no puede seguir la historia del dolor si está
atada a una esperanza, a una conclusión o un recuerdo. Para seguir el rápido
movimiento de lo que es, la mente
debe estar libre; la libertad no se obtiene al final, es necesario que exista
en el comienzo mismo.
“¿Cuál es el significado de toda esta pesadumbre?”
¿No es la pesadumbre indicio de conflicto, el conflicto del dolor y
del placer? ¿No es el pesar la intimación de la ignorancia? La ignorancia no es
la carencia de información sobre los hechos; la ignorancia es la falta de
atención al total proceso de uno mismo. Debe haber sufrimiento en tanto no haya
comprensión de las modalidades del “yo”; y las modalidades del “yo” sólo pueden
ser descubiertas en la acción de la interrelación.
“Pero mis relaciones han terminado”.
No hay fin para la interrelación. Puede haber fin para una relación
en particular, pero la interrelación jamás puede terminar. Ser es estar
relacionado, y nada puede vivir en el aislamiento. Aunque tratemos de aislarnos
por medio de una particular relación, tal aislamiento inevitablemente
engendrará pesadumbre. El pesar es el proceso del aislamiento.
“¿Puede la vida volver a ser lo que ha sido antes?”
¿Puede la alegría de ayer repetirse hoy? El deseo de repetición
surge sólo cuando no hay alegría hoy; cuando el hoy está vacío, miramos hacia
el pasado o hacia el futuro. El deseo de repetición es el deseo de continuidad,
y en la continuidad no existe jamás lo nuevo. Hay felicidad, no en el pasado o
en el futuro, sino sólo en el movimiento del presente.



