sábado, 31 de mayo de 2014

LA CONTRADICCIÓN



LA CONTRADICCIÓN

El era un político muy conocido y bien conceptuado, un poco arrogante, y por consiguiente impaciente. Altamente instruido, era bastante ponderado y minucioso en sus exposiciones. No podía dejar de ser artificioso, porque estaba demasiado comprometido con el apaciguamiento; él era la política, el Estado, el poder. Tenía facilidad de palabra, y esa misma facilidad era el motivo de su infortunio; era incorruptible, y a eso se debía su ascendiente sobre el público. Por una rara circunstancia se encontraba ahora incómodamente sentado en esa habitación; el político se hallaba ausente, pero el hombre estaba allí, nervioso y consciente de si mismo. Su jactancia, su engreimiento había desaparecido, y allí estaba en ansiosa inquisición, examen y desenmascaramiento de sí mismo.
El moribundo sol del atardecer penetraba por la ventana, y también el ruido del tráfico. Los papagayos, brillantes relámpagos de luz verde, regresaban de sus diarias salidas para instalarse por la noche en seguridad entre los árboles de la ciudad, esos grandes árboles ubicados a lo largo de los caminos y en los jardines privados. Mientras volaban, los papagayos lanzaban horribles chillidos. No volaban nunca en línea recta sino que se dejaban caer, se elevaban o se lanzaban de costado, siempre chillando y llamando. Sus vuelos y sus gritos estaban en contradicción con su hermosura. Muy lejos en el mar se veía una solitaria vela blanca. Un pequeño grupo de personas llenaba la habitación, en un contraste de colores y pensamiento. Un perrito entró, miró por todas partes y salió, casi inadvertido; y se oía el repicar de la campana de un templo.
“¿Por qué hay contradicción en nuestra vida?”, preguntó él. “Hablamos de los ideales de paz, de no—violencia, y sin embargo ponemos los cimientos de la guerra. Debemos ser realistas y no soñadores. Queremos la paz, y sin embargo nuestras diarias actividades a la postre nos conducen a la guerra; queremos luz, y sin embargo cerramos la ventana. Nuestro propio proceso de pensamiento es una contradicción, un querer y no querer. Esta contradicción es sin duda inherente nuestra naturaleza, y es por consiguiente bastante desesperado tratar de ser integrados, completos. El amor y el odio parecen ir siempre juntos. ¿Por qué existe esta contradicción? ¿Es ella inevitable? ¿Puede uno sustraerse a ella? ¿Puede el Estado moderno ser completamente pacifista? ¿Puede permitirse siquiera ser por completo una determinada cosa? Debe trabajar por la paz y no obstante prepararse para la guerra; la meta es la paz mediante los preparativos bélicos”.
¿Por qué tenemos un punto fijo, un ideal, si la desviación del mismo crea contradicción? Si no hubiera ningún punto fijo, ninguna conclusión, no habría contradicción. Establecemos un punto fijo, y luego nos separamos de él, incurriendo en lo que consideramos una contradicción. Llegamos a una conclusión por caminos errados y en diferentes niveles, y luego tratamos de vivir conforme a una conclusión o ideal. Como no podemos, surge una contradicción; y entonces tratamos de construir un puente entre el punto fijo, el ideal, la conclusión, y el pensamiento o el acto que lo contradice. Esta conexión es llamada consecuencia. Y ¡cómo admiramos al hombre que es consecuente, que se ajusta a sus conclusiones, a su ideal! A un hombre así lo consideramos un santo. Pero los insanos también son consecuentes, también se aferran a sus conclusiones. No hay contradicción en un hombre que cree ser Napoleón; él es la personificación de su conclusión; y un hombre que está completamente identificado con su ideal es obviamente un desequilibrado.
La conclusión que llamamos un ideal puede establecerse en cualquier nivel, y puede ser consciente o inconsciente; y habiéndola establecido, tratamos de aproximar a ella nuestra acción, lo cual crea contradicción. Lo importante no es cómo ser consecuente con la norma, con el ideal, sino descubrir por qué hemos cultivado este punto fijo, esta conclusión; porque si no tuviéramos ninguna norma, entonces la contradicción no existiría. Así pues, ¿por qué tenemos el ideal, la conclusión? ¿Acaso el ideal no estorba la acción? ¿No surge el ideal para modificar la acción, para controlar la acción? ¿No es posible actuar sin el ideal? El ideal es la respuesta del trasfondo, del condicionamiento, y por eso jamás puede ser el medio que libere al hombre del conflicto y la confusión. Por el contrario, el ideal, la conclusión, aumenta la división entre hombre y hombre y por lo tanto acelera el proceso de la desintegración.
Si no hubiera ningún punto fijo, ningún ideal del que es posible apartarse, no existiría tampoco la contradicción, con su necesidad de ser consecuente; entonces habría únicamente acción de instante en instante, y esa acción sería siempre completa y verdadera. Lo verdadero no es un ideal, un mito, sino lo actual, lo efectivo. Lo actual puede ser abordado y comprendido. La comprensión de lo actual no puede engendrar enemistad, pero los ideales sí. Los ideales jamás pueden traer una revolución fundamental, sino únicamente una continuidad modificada de lo viejo. Sólo hay una revolución fundamental y constante en la acción de instante en instante, que no se basa en un ideal y está por consiguiente libre de toda conclusión.
“Pero un Estado no puede funcionar según este principio. Debe haber una meta, una acción planeada, un esfuerzo concentrado con miras a un particular resultado. Lo que Ud. dice podrá ser aplicado al individuo, y yo veo en ello grandes posibilidades para mí mismo; pero sería inoperante en la acción colectiva”.
La acción planeada requiere constante modificación, debe ser ajustada a las cambiantes circunstancias. La acción que se ajusta a un tipo previamente fijado fracasará inevitablemente si no se toman en consideración los hechos físicos y las presiones psicológicas. Si se proyecta la construcción de un puente, no sólo es necesario hacer los planos, sino que habrá que analizar el suelo, el terreno donde debe ser construido, de lo contrario el proyecto no será adecuado. La acción sólo puede ser completa cuando se comprenden todos los factores físicos y las fuerzas psicológicas del proceso total del hombre, y esta comprensión no depende de ningún plan. Requiere un rápido ajuste, lo cual es inteligencia; y es sólo cuando no hay inteligencia que recurrimos a conclusiones, a ideales, a metas. El Estado no es estático; sus líderes podrán serlo, pero el Estado, como el individuo, es viviente dinámico, y lo que es dinámico no puede ser fijado dentro del marco de un plan. Generalmente levantamos muros en derredor del Estado, muros de conclusiones, de ideales, con la esperanza de ajustarlo a ello; pero un ente viviente no puede mantenerse atado sin matarlo, y así procedemos a matar al Estado y a modelarlo entonces de acuerdo con nuestro plan, de acuerdo con el ideal. Sólo una cosa muerta puede ser forzada para adaptarla a un molde; y como la vida está en constante movimiento, hay contradicción desde el momento en que tratamos de ajustar la vida a una norma fija o a una conclusión. La conformidad con una norma es la desintegración del individuo y por lo tanto del Estado. El ideal no es superior a la vida, y cuando intentamos hacer que sea así hay confusión, antagonismo y sufrimiento.