LA CONTRADICCIÓN
El era un político muy
conocido y bien conceptuado, un poco arrogante, y por consiguiente impaciente.
Altamente instruido, era bastante ponderado y minucioso en sus exposiciones. No
podía dejar de ser artificioso, porque estaba demasiado comprometido con el apaciguamiento;
él era la política, el Estado, el poder. Tenía facilidad de palabra, y esa
misma facilidad era el motivo de su infortunio; era incorruptible, y a eso se
debía su ascendiente sobre el público. Por una rara circunstancia se encontraba
ahora incómodamente sentado en esa habitación; el político se hallaba ausente,
pero el hombre estaba allí, nervioso y consciente de si mismo. Su jactancia, su
engreimiento había desaparecido, y allí estaba en ansiosa inquisición, examen y
desenmascaramiento de sí mismo.
El moribundo sol del atardecer penetraba por la ventana, y también
el ruido del tráfico. Los papagayos, brillantes relámpagos de luz verde,
regresaban de sus diarias salidas para instalarse por la noche en seguridad
entre los árboles de la ciudad, esos grandes árboles ubicados a lo largo de los
caminos y en los jardines privados. Mientras volaban, los papagayos lanzaban
horribles chillidos. No volaban nunca en línea recta sino que se dejaban caer,
se elevaban o se lanzaban de costado, siempre chillando y llamando. Sus vuelos
y sus gritos estaban en contradicción con su hermosura. Muy lejos en el mar se
veía una solitaria vela blanca. Un pequeño grupo de personas llenaba la
habitación, en un contraste de colores y pensamiento. Un perrito entró, miró por
todas partes y salió, casi inadvertido; y se oía el repicar de la campana de un
templo.
“¿Por qué hay contradicción en nuestra vida?”, preguntó él.
“Hablamos de los ideales de paz, de no—violencia, y sin embargo ponemos los
cimientos de la guerra. Debemos ser realistas y no soñadores. Queremos la paz,
y sin embargo nuestras diarias actividades a la postre nos conducen a la
guerra; queremos luz, y sin embargo cerramos la ventana. Nuestro propio proceso
de pensamiento es una contradicción, un querer y no querer. Esta contradicción
es sin duda inherente nuestra naturaleza, y es por consiguiente bastante
desesperado tratar de ser integrados, completos. El amor y el odio parecen ir
siempre juntos. ¿Por qué existe esta contradicción? ¿Es ella inevitable? ¿Puede
uno sustraerse a ella? ¿Puede el Estado moderno ser completamente pacifista?
¿Puede permitirse siquiera ser por completo una determinada cosa? Debe trabajar
por la paz y no obstante prepararse para la guerra; la meta es la paz mediante
los preparativos bélicos”.
¿Por qué tenemos un punto fijo, un ideal, si la desviación del
mismo crea contradicción? Si no hubiera ningún punto fijo, ninguna conclusión,
no habría contradicción. Establecemos un punto fijo, y luego nos separamos de
él, incurriendo en lo que consideramos una contradicción. Llegamos a una
conclusión por caminos errados y en diferentes niveles, y luego tratamos de
vivir conforme a una conclusión o ideal. Como no podemos, surge una
contradicción; y entonces tratamos de construir un puente entre el punto fijo,
el ideal, la conclusión, y el pensamiento o el acto que lo contradice. Esta
conexión es llamada consecuencia. Y ¡cómo admiramos al hombre que es
consecuente, que se ajusta a sus conclusiones, a su ideal! A un hombre así lo
consideramos un santo. Pero los insanos también son consecuentes, también se
aferran a sus conclusiones. No hay contradicción en un hombre que cree ser
Napoleón; él es la personificación de su conclusión; y un hombre que está
completamente identificado con su ideal es obviamente un desequilibrado.
La conclusión que llamamos un ideal puede establecerse en cualquier
nivel, y puede ser consciente o inconsciente; y habiéndola establecido,
tratamos de aproximar a ella nuestra acción, lo cual crea contradicción. Lo
importante no es cómo ser consecuente con la norma, con el ideal, sino
descubrir por qué hemos cultivado este punto fijo, esta conclusión; porque si
no tuviéramos ninguna norma, entonces la contradicción no existiría. Así pues,
¿por qué tenemos el ideal, la conclusión? ¿Acaso el ideal no estorba la acción?
¿No surge el ideal para modificar la acción, para controlar la acción? ¿No es
posible actuar sin el ideal? El ideal es la respuesta del trasfondo, del
condicionamiento, y por eso jamás puede ser el medio que libere al hombre del
conflicto y la confusión. Por el contrario, el ideal, la conclusión, aumenta la
división entre hombre y hombre y por lo tanto acelera el proceso de la
desintegración.
Si no hubiera ningún punto fijo, ningún ideal del que es posible
apartarse, no existiría tampoco la contradicción, con su necesidad de ser
consecuente; entonces habría únicamente acción de instante en instante, y esa
acción sería siempre completa y verdadera. Lo verdadero no es un ideal, un
mito, sino lo actual, lo efectivo. Lo actual puede ser abordado y comprendido.
La comprensión de lo actual no puede engendrar enemistad, pero los ideales sí.
Los ideales jamás pueden traer una revolución fundamental, sino únicamente una
continuidad modificada de lo viejo. Sólo hay una revolución fundamental y
constante en la acción de instante en instante, que no se basa en un ideal y
está por consiguiente libre de toda conclusión.
“Pero un Estado no puede funcionar según este principio. Debe haber
una meta, una acción planeada, un esfuerzo concentrado con miras a un
particular resultado. Lo que Ud. dice podrá ser aplicado al individuo, y yo veo
en ello grandes posibilidades para mí mismo; pero sería inoperante en la acción
colectiva”.
La acción planeada requiere constante modificación, debe ser
ajustada a las cambiantes circunstancias. La acción que se ajusta a un tipo
previamente fijado fracasará inevitablemente si no se toman en consideración
los hechos físicos y las presiones psicológicas. Si se proyecta la construcción
de un puente, no sólo es necesario hacer los planos, sino que habrá que
analizar el suelo, el terreno donde debe ser construido, de lo contrario el
proyecto no será adecuado. La acción sólo puede ser completa cuando se
comprenden todos los factores físicos y las fuerzas psicológicas del proceso
total del hombre, y esta comprensión no depende de ningún plan. Requiere un
rápido ajuste, lo cual es inteligencia; y es sólo cuando no hay inteligencia
que recurrimos a conclusiones, a ideales, a metas. El Estado no es estático;
sus líderes podrán serlo, pero el Estado, como el individuo, es viviente
dinámico, y lo que es dinámico no puede ser fijado dentro del marco de un plan.
Generalmente levantamos muros en derredor del Estado, muros de conclusiones, de
ideales, con la esperanza de ajustarlo a ello; pero un ente viviente no puede
mantenerse atado sin matarlo, y así procedemos a matar al Estado y a modelarlo
entonces de acuerdo con nuestro plan, de acuerdo con el ideal. Sólo una cosa
muerta puede ser forzada para adaptarla a un molde; y como la vida está en
constante movimiento, hay contradicción desde el momento en que tratamos de
ajustar la vida a una norma fija o a una conclusión. La conformidad con una
norma es la desintegración del individuo y por lo tanto del Estado. El ideal no
es superior a la vida, y cuando intentamos hacer que sea así hay confusión,
antagonismo y sufrimiento.