sábado, 31 de mayo de 2014

LA ESPONTANEIDAD



LA ESPONTANEIDAD

Estaba entre un grupo de personas que habían venido a discutir algunas graves cuestiones. Debió haber venido por curiosidad, o había sido traída por algún amigo. Bien vestida, se mantenía con cierta dignidad, y evidentemente se consideraba bien parecida. Era completamente autoconsciente: consciente de su cuerpo, de sus miradas, de su cabello y de la impresión que producía sobre los demás. Sus gestos eran estudiados, y por momentos tomaba diferentes actitudes que debió haber considerado con mucho cuidado. Toda su apariencia tenía el aire de una pose largamente cultivada a la que se había propuesto ajustar, sea lo que fuere que pudiese ocurrir. Los otros empezaron a hablar de cosas serias, y durante toda la hora o más ella mantuvo su pose. Se notaba entre todas esas caras serias y atentas a esta muchacha autoconsciente, que trataba de seguir lo que se decía y de tomar parte en la discusión; pero no pudo pronunciar una sola palabra. Quería demostrar que también ella se daba cuenta del problema que se estaba discutiendo; pero sus ojos reflejaban el desconcierto, pues era incapaz de tomar parte en una conversación seria. Pronto se la podía ver retraída en sí misma, siempre conservando la pose largamente cultivada. Toda espontaneidad había sido cuidadosamente destruida.
Cada uno cultiva una postura. Está el andar y la pose del próspero hombre de negocios, la sonrisa del que ha llegado a su meta; la mirada y la pose de un artista; está la pose del discípulo respetable, y la del asceta disciplinado. Lo mismo que esa muchacha autoconsciente, el hombre llamado religioso asume una pose, la de la autodisciplina que ha cultivado cuidadosamente mediante renuncias y sacrificios. Ella sacrifica la espontaneidad a su designio, y él se inmola para lograr un fin. Ambos se preocupan por alcanzar un resultado, aunque en diferentes niveles; y si bien el resultado del uno puede ser considerado socialmente más beneficioso que el de la otra, fundamentalmente son similares, uno no es superior al otro. Ambos son ininteligentes, porque ambos revelan pobreza mental. Una mente pobre es siempre pobre; no puede hacerse rica, abundante. Aunque una mente así pueda adornarse o tratar de adquirir virtudes, ella sigue siendo lo que es, una cosa mezquina, superficial; y mediante lo que llamamos desarrollo, experiencia, ella sólo puede enriquecerse en su propia pequeñez. Una cosa fea no puede convertirse en hermosa. El dios de una mente mezquina es un dios mezquino. Una mente superficial no llega a ser insondable ornándose con conocimientos y hábiles frases, citando palabras de sabiduría, o decorando su apariencia exterior. Los adornos, tanto internos como externos, no hacen que la mente sea insondable; y es esta insondabilidad de la mente que da belleza, no la joya o la virtud adquirida. Para que surja la belleza, la mente debe darse cuenta de su propia mezquindad sin previa opción; debe haber una alerta percepción en la que haya cesado toda comparación.
La cultivada pose de la muchacha, y la postura disciplinada del llamado asceta religioso, son igualmente los torturantes resultados de una mente mezquina, pues ambos niegan la esencial espontaneidad. Ambos están temerosos de lo espontáneo, porque eso los pone de relieve tal como son, ante sí mismos y ante los demás; ambos están dispuestos a destruirla, y la medida de su éxito es dada por el grado de su adaptación a una pauta o conclusión previamente elegido. Pero la espontaneidad es la única llave que abre la puerta que conduce a lo que es. La respuesta espontánea pone al descubierto la mente tal como ella es; pero lo que se descubre es inmediatamente adornado o destruido, y así se pone fin a la espontaneidad. La destrucción de la espontaneidad es modalidad propia de una mente mezquina que luego decora lo exterior, en cualquier nivel que sea; y esta decoración es el culto de sí mismo. Únicamente en la espontaneidad, en la libertad, puede haber descubrimiento. Una mente disciplinada no puede descubrir, puede funcionar eficazmente, y por eso mismo inhumanamente, pero no puede revelar lo insondable. Es el temor que crea la resistencia llamada disciplina; pero el descubrimiento espontáneo del temor es la liberación del temor. El ajuste a una norma, en cualquier nivel, es temor, y el temor sólo engendra conflicto, confusión y antagonismo; pero una mente que se rebela no está libre de temor, pues lo opuesto jamás puede conocer lo espontáneo, lo libre.
Sin espontaneidad, no puede haber conocimiento propio; sin conocimiento propio, la mente se modela conforme a las pasajeras influencias. Estas influencias pasajeras pueden hacer la mente estrecha o amplia, pero ella estará de todas maneras dentro de la esfera de las influencias. Todo lo que es acumulado puede ser destruido y todo lo que no es acumulado sólo puede conocerse a través del conocimiento propio. El “yo” es una acumulación, y es sólo destruyendo el “yo” que puede ser conocido aquello que no es resultado de una influencia, aquello que no tiene causa.