LA POSESIVIDAD
Había traído
consigo a su esposa, pues según dijo el problema era mutuo. Ella tenía ojos
brillantes y era pequeña, vivaz, y bastante confusa. Eran gente sencilla y
cordial; él hablaba inglés bastante bien, y ella lo manejaba apenas lo
suficiente para entender y hacer simples preguntas. Cuando encontraba alguna
pequeña dificultad, ella se volvía hacia su marido y él se lo explicaba en su
propio idioma. El dijo que hacía unos veinticinco años que se habían casado, y
tenían varios hijos; y que su problema no eran los hijos, sino la lucha entre
ellos mismos. Explicó que tenía una ocupación que le daba una modesta renta, y
por fin que era muy difícil vivir tranquilamente en este mundo, especialmente
cuando uno estaba casado; él no era regañón, agregó, pero sin embargo las cosas
eran así. Había sido todo lo que debía ser un buen marido, al menos así lo
creía, pero eso no siempre era fácil.
Resultaba dificultoso para ellos puntualizar su caso, y hablaron
durante algún tiempo de varias cosas: la educación de sus hijos, el matrimonio
de sus hijas, el derroche de dinero en ceremonias, un reciente fallecimiento en
la familia, y así por el estilo. Se sentían a gusto y sin prisa, porque era
bueno hablar a alguien que los escuchara y que tal vez pudiera comprenderlos.
¿Quién se cuida de atender a las dificultad de los otros? Tenemos
tantos problemas propios que no disponemos de tiempo para ocuparnos de los
ajenos. Para que otro os escuche debéis pagarle ya sea en moneda, en oraciones,
o en creencia. El profesional os escuchará, es su ocupación, pero en eso no hay
ningún alivio permanente. Queremos descargarnos libremente, espontáneamente,
sin tenerlo que lamentar después. La purificación de la confesión no depende
del que escucha, sino del que desea abrir su corazón. Abrir el corazón es
importante, y se ha de hallar alguien, tal vez un mendigo, ante quien será
posible vaciarlo. La introspección jamás podrá abrir el corazón; es aislante,
deprimente y completamente inútil. Estar abierto es escuchar, no sólo a uno
mismo, sino también a cada influencia a cada movimiento en derredor de uno. Será
o no posible hacer algo tangible con respecto a lo que uno oye, pero el mismo
hecho de estar abierto crea su propia acción. Esta forma de escuchar purifica
vuestro propio corazón, desembarazándolo de las cosas de la mente. Escuchar con
la mente es parlotear, y en eso no hay alivio ni para vosotros ni para los
demás; es simplemente continuar con la angustia, lo cual es estupidez.
Sin apresurarse llegaron al punto en cuestión.
“Hemos venido para hablarle de nuestro problema. Somos celosos —yo
no lo soy, pero ella sí—. Aunque antes no solía ser tan abiertamente celosa
como ahora, los celos han estado siempre en acecho. No creo haberle dado nunca
ningún motivo para estar celosa, pero ella encuentra siempre una razón”.
¿Cree Ud. que hay razones para tener celos? ¿Hay una causa que
determina los celos? ¿Y desaparecerán los celos si se llega a conocer la causa?
¿No ha observado Ud. que aun cuando se conozca la causa, los celos continúan?
No busquemos la razón, sino procuremos comprender los celos mismos. Como Ud. dice,
uno podría hallar siempre algún motivo para sentir envidia; la envidia es lo
que interesa comprender, y no cuál es su causa.
“He sentido celos durante mucho tiempo. No conocía a mi esposo muy
bien cuando nos casamos, y Ud. sabe lo que pasa; los celos se infiltran
gradualmente, como el humo en la cocina”.
Los celos son una de las formas de poseer al hombre o a la mujer,
¿no es así? Cuanto más celosos somos, mayor es el sentimiento de posesión.
Poseer algo nos hace felices; considerar algo como exclusivamente nuestro,
aunque se traté de un perro, nos alienta y nos reconforta. Ser exclusivos en
nuestra posesión nos da seguridad y certidumbre. Poseer algo nos hace
importante; es a esta importancia que nos aferramos. Pensar que poseemos, no un
lápiz o una casa, sino un ser humano, nos hace sentir fuertes y
extraordinariamente contentos. La envidia no se debe a los otros sino al
sentimiento de nuestro propio valor e importancia.
“Pero yo no soy importante, no soy nada; mi esposo es todo lo que
tengo. Ni siquiera mis hijos cuentan para el caso”.
Todos tenemos una sola cosa a la que nos aferramos particularmente,
aunque pueda tomar diferentes formas. Usted se apega a su esposo, otros a sus
hijos, y otros aun a alguna creencia; mas la intención es la misma. Sin el objeto
al que nos apegamos nos sentimos desesperadamente perdidos, ¿no es así? Tenemos
miedo de sentirnos completamente solos. Este temor es celo, aborrecimiento,
angustia. No hay mucha diferencia entre envidia y aversión.
“Pero, nosotros nos amamos mutuamente”.
¿Entonces cómo puede Ud. estar celosa? Nos amamos, y esto es lo
desgraciado del caso. Usted está utilizando a su esposo, como él la utiliza a
Ud. para ser feliz, para tener un compañero, para no sentirse sola; quizá no
posea Ud. mucho, pero al menos tiene alguien con quien estar. Esta mutua
necesidad y utilización es lo que llamamos amor.
“Pero esto es espantoso”.
No es espantoso, sólo que jamás lo miramos. Lo llamamos espantoso,
le damos un nombre y enseguida miramos a otra parte —que es lo que Ud. está
haciendo.
“Ya lo sé, pero no quiero
mirar. Quiero seguir como soy, aun cuando eso signifique estar celosa, porque
no puedo ver en la vida ninguna otra cosa”.
Si Ud. viera alguna otra cosa no estaría ya celosa de su esposo,
¿verdad? Pero se aferraría a la otra cosa, tal como ahora está aterrada a su
esposo; por consiguiente estaría celosa también de la otra cosa. Usted quiere
hallar un sustituto para su marido, y no liberarse de los celos. Todos somos
así: antes de abandonar una cosa, queremos estar muy seguros de alguna otra.
Pero es sólo cuando estamos completamente inseguros, que no hay lugar para la
envidia. Hay envidia cuando hay certeza, cuando sabemos que tenemos algo. Esta
sensación de certeza es exclusiva; poseer es ser envidioso. La posesividad
engendra aversión. En realidad odiamos lo que poseemos, como se pone de relieve
en los celos. Donde hay posesión jamás puede haber amor; poseer es destruir el
amor.
“Estoy empezando a ver. Nunca he amado realmente a mi marido, ¿no
es cierto? Estoy empezando a comprender.
Y ella lloró.