sábado, 31 de mayo de 2014

LA POSESIVIDAD



LA POSESIVIDAD

Había traído consigo a su esposa, pues según dijo el problema era mutuo. Ella tenía ojos brillantes y era pequeña, vivaz, y bastante confusa. Eran gente sencilla y cordial; él hablaba inglés bastante bien, y ella lo manejaba apenas lo suficiente para entender y hacer simples preguntas. Cuando encontraba alguna pequeña dificultad, ella se volvía hacia su marido y él se lo explicaba en su propio idioma. El dijo que hacía unos veinticinco años que se habían casado, y tenían varios hijos; y que su problema no eran los hijos, sino la lucha entre ellos mismos. Explicó que tenía una ocupación que le daba una modesta renta, y por fin que era muy difícil vivir tranquilamente en este mundo, especialmente cuando uno estaba casado; él no era regañón, agregó, pero sin embargo las cosas eran así. Había sido todo lo que debía ser un buen marido, al menos así lo creía, pero eso no siempre era fácil.
Resultaba dificultoso para ellos puntualizar su caso, y hablaron durante algún tiempo de varias cosas: la educación de sus hijos, el matrimonio de sus hijas, el derroche de dinero en ceremonias, un reciente fallecimiento en la familia, y así por el estilo. Se sentían a gusto y sin prisa, porque era bueno hablar a alguien que los escuchara y que tal vez pudiera comprenderlos.
¿Quién se cuida de atender a las dificultad de los otros? Tenemos tantos problemas propios que no disponemos de tiempo para ocuparnos de los ajenos. Para que otro os escuche debéis pagarle ya sea en moneda, en oraciones, o en creencia. El profesional os escuchará, es su ocupación, pero en eso no hay ningún alivio permanente. Queremos descargarnos libremente, espontáneamente, sin tenerlo que lamentar después. La purificación de la confesión no depende del que escucha, sino del que desea abrir su corazón. Abrir el corazón es importante, y se ha de hallar alguien, tal vez un mendigo, ante quien será posible vaciarlo. La introspección jamás podrá abrir el corazón; es aislante, deprimente y completamente inútil. Estar abierto es escuchar, no sólo a uno mismo, sino también a cada influencia a cada movimiento en derredor de uno. Será o no posible hacer algo tangible con respecto a lo que uno oye, pero el mismo hecho de estar abierto crea su propia acción. Esta forma de escuchar purifica vuestro propio corazón, desembarazándolo de las cosas de la mente. Escuchar con la mente es parlotear, y en eso no hay alivio ni para vosotros ni para los demás; es simplemente continuar con la angustia, lo cual es estupidez.
Sin apresurarse llegaron al punto en cuestión.
“Hemos venido para hablarle de nuestro problema. Somos celosos —yo no lo soy, pero ella sí—. Aunque antes no solía ser tan abiertamente celosa como ahora, los celos han estado siempre en acecho. No creo haberle dado nunca ningún motivo para estar celosa, pero ella encuentra siempre una razón”.
¿Cree Ud. que hay razones para tener celos? ¿Hay una causa que determina los celos? ¿Y desaparecerán los celos si se llega a conocer la causa? ¿No ha observado Ud. que aun cuando se conozca la causa, los celos continúan? No busquemos la razón, sino procuremos comprender los celos mismos. Como Ud. dice, uno podría hallar siempre algún motivo para sentir envidia; la envidia es lo que interesa comprender, y no cuál es su causa.
“He sentido celos durante mucho tiempo. No conocía a mi esposo muy bien cuando nos casamos, y Ud. sabe lo que pasa; los celos se infiltran gradualmente, como el humo en la cocina”.
Los celos son una de las formas de poseer al hombre o a la mujer, ¿no es así? Cuanto más celosos somos, mayor es el sentimiento de posesión. Poseer algo nos hace felices; considerar algo como exclusivamente nuestro, aunque se traté de un perro, nos alienta y nos reconforta. Ser exclusivos en nuestra posesión nos da seguridad y certidumbre. Poseer algo nos hace importante; es a esta importancia que nos aferramos. Pensar que poseemos, no un lápiz o una casa, sino un ser humano, nos hace sentir fuertes y extraordinariamente contentos. La envidia no se debe a los otros sino al sentimiento de nuestro propio valor e importancia.
“Pero yo no soy importante, no soy nada; mi esposo es todo lo que tengo. Ni siquiera mis hijos cuentan para el caso”.
Todos tenemos una sola cosa a la que nos aferramos particularmente, aunque pueda tomar diferentes formas. Usted se apega a su esposo, otros a sus hijos, y otros aun a alguna creencia; mas la intención es la misma. Sin el objeto al que nos apegamos nos sentimos desesperadamente perdidos, ¿no es así? Tenemos miedo de sentirnos completamente solos. Este temor es celo, aborrecimiento, angustia. No hay mucha diferencia entre envidia y aversión.
“Pero, nosotros nos amamos mutuamente”.
¿Entonces cómo puede Ud. estar celosa? Nos amamos, y esto es lo desgraciado del caso. Usted está utilizando a su esposo, como él la utiliza a Ud. para ser feliz, para tener un compañero, para no sentirse sola; quizá no posea Ud. mucho, pero al menos tiene alguien con quien estar. Esta mutua necesidad y utilización es lo que llamamos amor.
“Pero esto es espantoso”.
No es espantoso, sólo que jamás lo miramos. Lo llamamos espantoso, le damos un nombre y enseguida miramos a otra parte —que es lo que Ud. está haciendo.
 “Ya lo sé, pero no quiero mirar. Quiero seguir como soy, aun cuando eso signifique estar celosa, porque no puedo ver en la vida ninguna otra cosa”.
Si Ud. viera alguna otra cosa no estaría ya celosa de su esposo, ¿verdad? Pero se aferraría a la otra cosa, tal como ahora está aterrada a su esposo; por consiguiente estaría celosa también de la otra cosa. Usted quiere hallar un sustituto para su marido, y no liberarse de los celos. Todos somos así: antes de abandonar una cosa, queremos estar muy seguros de alguna otra. Pero es sólo cuando estamos completamente inseguros, que no hay lugar para la envidia. Hay envidia cuando hay certeza, cuando sabemos que tenemos algo. Esta sensación de certeza es exclusiva; poseer es ser envidioso. La posesividad engendra aversión. En realidad odiamos lo que poseemos, como se pone de relieve en los celos. Donde hay posesión jamás puede haber amor; poseer es destruir el amor.
“Estoy empezando a ver. Nunca he amado realmente a mi marido, ¿no es cierto? Estoy empezando a comprender.
Y ella lloró.