sábado, 31 de mayo de 2014

EL DESEO DE DICHA



EL DESEO DE DICHA

El árbol solitario en el amplio prado verde era el centro de un reducido mundo que incluía el bosque, la casa y el pequeño lago; todo el espacio de los alrededores parecía converger hacia el árbol, que era alto y frondoso. Debía ser muy viejo, pero había en él tanta frescura como en un retoño; no tenía casi ninguna rama muerta, y sus hojas estaban limpias, relucientes en el sol de la mañana. Como estaba solo, todas las cosas parecían venir a él. Venados y faisanes, conejos y ganado se congregaban en su sombra, especialmente al mediodía. La simétrica belleza de ese árbol daba una forma al cielo, y a la luz de cada mañana el árbol parecía ser la única cosa viviente. Desde el bosque, el árbol parecía muy lejano; pero desde el árbol, el bosque, la casa y aun el cielo, se veían próximos, e incluso uno tenía la impresión que podría tocar las pasajeras nubes.
Hacia un rato que estábamos sentados bajo el árbol cuando él vino a reunirse con nosotros. Se hallaba seriamente interesado en la meditación, y dijo que la había practicado durante muchos años. No pertenecía a ninguna particular escuela de pensamiento, y aunque había leído a muchos de los místicos cristianos, se sentía más atraído hacia las meditaciones y disciplinas de los santos hindúes y budistas. Pronto comprobó, siguió diciendo, la inconsistencia del ascetismo, con su peculiar fascinación y cultivo del poder a través de la abstinencia, y desde un principio había evitado todos los extremos. Sin embargo, había practicado la disciplina, un constante autocontrol, y estaba decidido a agotar todas las posibilidades de la meditación e ir aun más allá. Había llevado lo que se consideraba una vida estrictamente moral, si bien esto era sólo un detalle, y no se sentía atraído por los caminos del mundo. En un tiempo había jugado con las cosas mundanas, pero esto era cosa del pasado. Realizaba también una tarea de su preferencia, mas ello era asimismo completamente incidental.
El fin de la meditación es la meditación misma. La búsqueda de algo a través y más allá de la meditación, es un fin lucrativo; y lo que se gana, otra vez se pierde. El buscar un resultado es la continuación de la autoproyección; él resultado, por elevado que sea, es la proyección del deseo. La meditación como medio para llegar, ganar o descubrir, sólo fortalece al meditador. El meditador es la meditación; la meditación es la comprensión del meditador.
“Yo medito para hallar la realidad última, o para permitir que la realidad se manifieste. No es exactamente un resultado lo que busco, sino es beatitud que ocasionalmente llega a sentirse. Ella está allí; y como un hombre sediento ansía el agua, así deseo yo esa inexpresable felicidad. Esa bienaventuranza es infinitamente mayor que toda alegría, y yo la persigo como a mí más caro deseo”.
Vale decir, Ud. medita para lograr lo que quiere. Para conseguir lo que desea, Ud. se sujeta a una estricta disciplina, sigue ciertas reglas y normas; Ud. establece y sigue un rumbo para alcanzar lo que está al final. Espera obtener ciertos resultados, ciertos estados bien definidos que dependen de la persistencia de su esfuerzo, y experimentar progresivamente un gozo siempre mayor. Este bien planeado método le asegura el resultado final. Por lo tanto, su meditación es un negocio muy bien calculado, ¿no es cierto?
“Cuando Ud. lo presenta de ese modo, visto superficialmente parece más bien absurdo; pero en su sentido más profundo, ¿en qué consiste la falta? ¿Qué es esencialmente lo que hay de falso en la búsqueda de esa beatitud? Por supuesto busco un resultado para todos mis esfuerzos; pero insisto nuevamente, ¿por qué no habría de hacerlo?”
Este deseo de beatitud implica que la beatitud es algo final, permanente, ¿no es así? Todos los otros resultados han sido insatisfactorios; hemos buscado ardientemente objetivos mundanos y nos hemos dado cuenta de su naturaleza transitoria, y ahora deseamos un estado permanente, un final que no tenga término. La mente está buscando un refugio final e imperecedero; por eso se disciplina y se adiestra, practica virtudes para lograr lo que desea. Puede ser que haya experimentado alguna vez esa beatitud, y ahora la persigue afanosamente. Como otros cazadores de resultados, Ud. persigue el suyo, sólo que Ud. lo ha colocado en un nivel diferente; podrá llamarlo superior, pero eso nada cambia. Un resultado significa un final; el llegar lleva implícito otro esfuerzo para devenir. La mente jamás descansa, siempre está luchando, siempre realizando, siempre ganando —y, por supuesto, siempre está con temor de perder. A este proceso se lo llama meditación. ¿Puede una mente que está atrapada en un interminable devenir conocer la bienaventuranza? ¿Puede una mente que se ha impuesto una disciplina, estar siempre libre para recibir esa beatitud? Mediante el esfuerzo y la lucha, mediante la resistencia y las renunciaciones, la mente se torna insensible; y ¿puede una mente así ser abierta y vulnerable? Por el deseo de esa beatitud, ¿no ha levantado Ud. un muro en derredor suyo, que impide que lo imponderable, lo desconocido pueda penetrar? ¿No se ha cerrado Ud. efectivamente a lo nuevo? De lo viejo, Ud. se ha hecho un sendero que lo lleve a lo nuevo; y ¿puede lo nuevo estar contenido en lo viejo?
La mente jamás puede crear lo nuevo; la mente misma es un resultado, y todos los resultados son el producto de lo viejo. Los resultados nunca pueden ser nuevos; la persecución de un resultado jamás puede ser espontánea; aquello que es libre no puede perseguir un fin. La meta, el ideal, es siempre una proyección de la mente, y eso, por cierto, no es meditación. La meditación es la liberación del meditador; sólo en la libertad hay descubrimiento, sensibilidad para recibir. Sin libertad, no puede haber beatitud; pero la libertad no llega mediante la disciplina. La disciplina hace el molde de la libertad, pero el molde no es la libertad. El molde se rompe de instante en instante. El instante de ruptura es un instante olvidado. Es el momento recordado que da forma al molde, y sólo entonces surge el hacedor del molde, el creador de todos los problemas, los conflictos, las miserias.
Meditar es liberar la mente de sus propios pensamientos en todos los niveles. El pensamiento crea al pensador. El pensador no está separado del pensamiento; son un proceso unitario, y no dos procesos separados. El proceso separado sólo conduce a la ignorancia y a la ilusión. El meditador es la meditación. Entonces la mente es solitaria, no hecha solitaria; es silenciosa, no hecha silenciosa. Unicamente al solitario puede llegar lo que es sin causa, sólo para él hay beatitud.