“MI SENDERO Y VUESTRO SENDERO”
Era un erudito,
que hablaba varios idiomas, y tan aficionado al conocimiento como otro lo es a
la bebida. Continuamente citaba pasajes de otros para sostener sus propias
opiniones. Había incursionado en la ciencia y en el arte, y cuando daba su
opinión la acompañaba con una sacudida de cabeza y una sonrisa, que expresaban
de un modo sutil que esa no era meramente su opinión, sino la verdad final.
Dijo que tenía sus propias experiencias, que para él eran perentorias,
concluyentes. “Ud. también tiene sus experiencias”, dijo, “pero no puede
convencerme. Ud. va por su camino, y yo por el mío. Hay diferentes senderos que
conducen a la verdad, y algún día todos nos uniremos allí”. Sin dejar de
guardar las distancias, era amistoso, pero duro. Para él los Maestros, los
gurús, aunque no actuales y visibles, eran una realidad, y resultaba esencial
llegar a ser uno de sus discípulos. Juntamente con otros, el Maestro confería
el discipulado a aquellos que estaban dispuestos a aceptar este sendero y su
autoridad; pero él y su grupo no pertenecían a los que, mediante el espiritualismo,
buscan guías entre los muertos. Para hallar a los Maestros uno tenía que servir
trabajar, sacrificarse, obedecer y practicar ciertas virtudes; y por supuesto
la fe era necesaria.
Fiarse en la experiencia como medio para el descubrimiento de lo
que es, es estar preso en la ilusión. El deseo, el ansia, condiciona la
experiencia; y depender de la experiencia como medio para comprender la verdad
es seguir el camino del autoengrándecimiento. La experiencia jamás puede
liberarnos del dolor; la experiencia no es una respuesta adecuada al desafío de
la vida. Uno debe enfrentar el desafío de una manera nueva, fresca, porque el
desafío es siempre nuevo. Para hacer frente al desafío en forma adecuada, el
recuerdo condicionante de la experiencia debe ser desechado, las respuestas del
placer y del dolor deben ser hondamente comprendidas. La experiencia es un
impedimento para la verdad, pues la experiencia es del tiempo, es el resultado
del pasado; y ¿cómo puede una mente que es el resultado de la experiencia, del
tiempo, comprender lo atemporal? La verdad tocante a la experiencia no depende
de las personales idiosincrasias y aficiones; la verdad de esto se comprende
sólo cuando hay alerta percepción sin condenación, justificación, o cualquier
forma de identificación. La experiencia no nos aproxima a la verdad; no existe
“vuestra experiencia” o “mi experiencia”, sino sólo la inteligente comprensión
del problema.
Sin conocimiento propio, la experiencia engendra ilusión; con el
conocimiento propio, la experiencia, que es la respuesta al desafío, no deja un
residuo acumulativo como memoria. El conocimiento propio es el descubrimiento
de instante en instante de las modalidades del “yo”, sus intenciones y
propósitos, sus pensamientos y apetitos. Jamás podrá haber ‘vuestra experiencia”
y “mi experiencia”; el mismo término “mi experiencia” indica ignorancia y
aceptación de la ilusión. Pero a muchos nos gusta vivir en ilusión, porque en
ello hay gran satisfacción; es un paraíso personal que nos estimula y nos da un
sentimiento de superioridad. Si tengo capacidad, un don o astucia, me convierto
en un líder, en un intermediario, en un representante de esa ilusión; y como la
mayoría de la gente quiere eludir lo que es,
se erige una organización con propiedades y rituales, con votos y reuniones
secretas. La ilusión se conforma según la tradición, que la mantiene en el
terreno de la respetabilidad; y como casi todos buscamos poder en una u otra
forma, se establece el principio jerárquico, el novicio y el iniciado, el
discípulo y el Maestro, y aun entre los Maestros hay grados de desarrollo
espiritual. Casi todos queremos explotar y ser explotados y este sistema ofrece
los medios para ello, ya sea en forma oculta o abiertamente.
Explotar es ser explotado. El deseo de utilizar a otros para vuestras
necesidades psicológicas crea dependencia, y si dependéis debéis tener, poseer;
y lo que poseéis, os posee. Sin dependencia, sutil o burda, sin querer cosas,
personas e ideas, sois vacíos, una cosa sin importancia. Queréis ser algo, y
para evitar el roedor miedo de no ser nada pertenecéis a esta o aquella
organización, a esta o aquella ideología, a esta iglesia o aquel templo; por
consiguiente sois, explotados, a la vez que vosotros mismos explotáis. Esta
estructura jerárquica ofrece una excelente oportunidad para la autoexpansión.
Podéis querer la fraternidad, pero ¿cómo puede haber fraternidad si estáis
persiguiendo la destrucción espiritual? Podéis reíros de los títulos mundanos;
pero cuando admitís al Maestro, al salvador, al gurú en el reino del espíritu, ¿no asumís la actitud mundana?
¿Puede haber divisiones jerárquicas o grados en el desarrollo espiritual, en la
comprensión de la verdad, en la realización de Dios? El amor no admite ninguna
división. O bien amáis, o no amáis; pero no convirtáis la falta de amor en un
proceso de largo desarrollo cuyo fin es el amor. Cuando reconocéis que no
amáis, cuando percibís ese hecho sin previa opción, entonces hay una
posibilidad de transformación; pero cultivar cuidadosamente esta distinción
entre el Maestro y el discípulo, entre los que han alcanzado y los que no han
alcanzado, entre el salvador y el pecador, es negar el amor. El explotador, que
a su vez es explotado.
La separación entre Dios o la realidad y vosotros es creada por
vosotros mismos, por la mente que se aferra a lo conocido, a la certidumbre, a
la seguridad. Ningún puente puede salvar esta separación; no hay ningún ritual,
ninguna disciplina, ningún sacrificio, que os permita atravesarla; no hay
ningún salvador, ningún Maestro, ningún gurú
que pueda conduciros a lo real o a destruir esta separación. La división no
está entre lo real y vosotros; está en vosotros mismos, es el conflicto de los
deseos opuestos. El deseo crea su propio opuesto; y la transformación no es
cuestión de concentrarse en un deseo sino de estar libre del conflicto que crea
el ansia. El ansia, en cualquier nivel de nuestro ser engendra siempre más
conflicto, y de este conflicto tratamos de escapar de todas las maneras
posibles, lo cual únicamente acrecienta el conflicto tanto interior como
exterior. Este conflicto no puede ser disuelto por algún otro, por grande que
él sea, ni mediante ninguna magia o ritual. Estos podrán adormecernos
agradablemente, mas al despertar el problema estará allí. Pero la mayoría de
nosotros no desea despertar, y así vivimos en ilusión. Con la disolución del
conflicto, hay tranquilidad, y sólo entonces puede advenir la realidad.
Maestros, salvadores y gurús son de poca importancia, pero lo que es esencial
es comprender el creciente conflicto del deseo; y esta comprensión sólo llega
mediante el conocimiento propio y la constante y alerta percepción de los
movimientos del “yo”.
La autopercepción es ardua, y desde que la mayoría de nosotros
prefiere un camino fácil e ilusorio, erigimos la autoridad que moldea y regula
nuestra vida. Esta autoridad puede ser colectiva, el Estado; o personal, el
Maestro, el salvador, el gurú.
Cualquier clase de autoridad es ofuscante, y engendra indolencia; y como casi
todos consideramos que ser contemplativo es crear inquietud, nos supeditamos a
la autoridad.
La autoridad engendra poder, y el poder siempre llega a ser
centralizado y en consecuencia completamente corruptor; ella no sólo corrompe
al que ejerce el poder, sino también al que la acata. La autoridad del conocimiento
y de la experiencia pervierte, tanto si está investida en el Maestro, como en
su representante o el sacerdote. Lo significativo es vuestra propia vida, este
conflicto aparentemente incesante, y no el modelo o el líder. La autoridad del
Maestro y del Sacerdote os apartan del objetivo central, que es el conflicto
dentro de vosotros mismos. El sufrimiento nunca podrá ser comprendido y
disuelto mediante la búsqueda de una forma de vida. Una búsqueda así es mera
evasión del sufrimiento, la imposición de una norma, lo cual es una
escapatoria; y lo que se elude sólo empeora, trayendo mayor calamidad y
sufrimiento. La comprensión de vosotros mismos, por dolorosa o transitoriamente
agradable que sea, es el principio de la sabiduría.
No hay ningún sendero que conduzca a la sabiduría. Si hay un
sendero, entonces la sabiduría es lo formulado, es ya lo imaginado, lo
conocido. ¿Puede ser conocida o cultivada la sabiduría? ¿Es algo que se puede
aprender, que se puede acumular? Si es así, entonces se convierte en mero conocimientos
en una cosa de la experiencia y de los libros. La experiencia y el conocimiento
forman la cadena continua de respuestas y por eso jamás pueden comprender lo
nuevo, lo fresco, lo increado. La experiencia y el conocimiento, siendo
continuos, hacen un sendero de sus autoproyecciones, y de ahí que
constantemente aten. La sabiduría es la comprensión de lo que es de instante en instante, sin la
acumulación de la experiencia y del conocimiento. Lo que se acumula no da
libertad para comprender, y sin libertad no puede haber descubrimiento; y es
este continuo descubrimiento lo que crea la sabiduría. La sabiduría es siempre
nueva, siempre fresca, y no hay medio alguno para obtenerla. El medio destruye
la frescura, la novedad, el espontáneo descubrimiento.
Los muchos senderos que conducen a una realidad son la invención de
una mente intolerante, son la resultante de una mente que cultiva la
tolerancia. “Yo sigo mi camino, y vosotros seguís los vuestros, pero seamos
amigos, y eventualmente nos uniremos”. ¿Nos uniremos vosotros y yo si vosotros
vais hacia el Norte y yo hacia el Sur? ¿Podemos ser amigos si vosotros tenéis
una serie de creencias y yo otra, si yo soy un asesino colectivo y vosotros
sois pacíficos? Ser amigos implica convivencia en el trabajo, en el
pensamiento; pero ¿hay alguna convivencia entre el hombre que odia y el hombre
que ama? ¿Existe alguna relación entre el hombre que está en ilusión y el que
es libre? El hombre libre puede tratar de establecer algún género de relación
con el que está en cautiverio; pero quien está en ilusión no puede tener ningún
vínculo con el hombre que es libre.
Los que están separados, aferrados a su estado de separación,
tratan de establecer una relación con otros que están también encerrados en sí
mismos; pero tales intentos invariablemente engendran conflictos y
sufrimientos. Para evitar este dolor, los más hábiles inventan la tolerancia,
que consiste en atender cada uno a su propio encierro y en procurar ser
benévolos y generosos. La tolerancia es de la mente, no del corazón. Habláis de
tolerancia cuando amáis? Pero cuando el corazón está vacío, entonces la mente
lo llena con sus artificiosos recursos y temores. No hay comunión cuando hay
tolerancia.
No hay sendero que conduzca a la verdad. La verdad debe ser descubierta,
pero no hay ninguna fórmula para su descubrimiento. Lo que es formulado no es
verdadero. Debéis aventuraros en el inexplorado mar, que es vosotros mismos.
Debéis lanzaros al descubrimiento de vosotros mismos, pero no conforme a ningún
plan o norma, pues entonces no hay ningún descubrimiento. El descubrimiento
trae alegría —no la alegría recordada, comparativa, sino la alegría que es
siempre nueva. El conocimiento propio es el comienzo de la sabiduría, en cuya
tranquilidad y silencio está lo inconmensurable.