LA CESACIÓN DEL PENSAMIENTO
Era un erudito,
muy versado en literatura antigua, y acostumbraba citar antiguos autores para
destacar sus propios pensamientos. Realmente se llegaba a dudar de que tuviera
pensamientos independientes de los libros. Por supuesto, no hay pensamiento
independiente; todo pensamiento es dependiente, condicionado. El pensamiento es
la verbalización de las influencias. Pensar es ser dependiente; el pensamiento
jamás puede ser libre. Pero él estaba interesado en la erudición; se hallaba sobrecargado
de conocimientos y lo ostentaba con arrogancia. Empezó a hablar directamente en
sánscrito, y quedó muy sorprendido y hasta algo fastidiado al comprobar que el
sánscrito no era absolutamente comprendido. Apenas podía creerlo. “Lo que Ud.
ha dicho en varias reuniones demuestra que o bien Ud. ha leído extensamente en
sánscrito, o que ha estudiado las traducciones de algunos de los grandes
instructores”, dijo él. Cuando supo que no era así, y que no había tal lectura
de libros religiosos, filosóficos o psicológicos, se mostró abiertamente
incrédulo.
Es extraordinaria la importancia que damos a la palabra impresa, a
los llamados libros sagrados. Los doctos, como los legos, son gramófonos;
siguen repitiendo, aun a pesar de que el disco puede haber cambiado. Están
interesados en el conocimiento y no en la vivencia. El conocimiento es un
impedimento para la vivencia. Pero el conocimiento es un puerto seguro, el
refugio de unos pocos; y así como los ignorantes se sienten impresionados por
el conocimiento, así el conocedor es respetado y honrado. El conocimiento es
una afición, como la bebida; el conocimiento no trae comprensión. El
conocimiento puede ser transmitido, pero no la sabiduría; debe haber liberación
del conocimiento para que pueda llegar la sabiduría. El conocimiento no es la
moneda que sirve para comprar la sabiduría; pero el hombre que ha entrado en el
refugio del conocimiento no se aventura ya a salir, porque la palabra alimenta
su pensamiento y se siente halagado con el pensar. El pensar es un estorbo para
la vivencia; y no hay sabiduría sin vivencia. El conocimiento, la idea, la
creencia, son obstáculos en el camino de la sabiduría.
Una mente ocupada no es libre, espontánea, y sólo en la
espontaneidad puede haber descubrimiento. Una mente ocupada es autoencerrada;
es inabordable, invulnerable, y en eso estriba su seguridad. El pensamiento,
por su propia naturaleza es autoislador; no puede hacerse vulnerable. El
pensamiento no puede ser espontáneo, nunca puede ser libre. El pensamiento es
la continuación del pasado, y aquello que continúa no puede ser libre. Sólo hay
libertad en el terminar.
Una mente ocupada crea aquello de que se ocupa. Puede inventar el
carro tirado por bueyes o el avión de chorro. Podemos pensar que somos
estúpidos, y somos estúpidos. Podemos pensar que somos Dios, y somos nuestra
propia concepción: “Yo soy Eso”.
“Pero seguramente es mejor estar ocupado en las cosas de Dios que
en las cosas del mundo, ¿no es cierto?
Lo que pensamos, somos; pero lo que importa es la comprensión del
proceso del pensamiento, y no acerca de qué pensamos. Que pensemos en Dios, o
en la bebida, no es lo importante; cada uno tiene su designio particular, pero
en ambos casos el pensamiento está ocupado con su propia proyección. Las ideas,
los ideales, las metas, etc., son todos proyecciones o ampliaciones del
pensamiento. Estar ocupado con nuestras propias proyecciones, en cualquier
nivel, es rendir culto al “yo”. El “Yo”, con mayúscula, sigue siendo una
proyección del pensamiento. Con cualquier cosa que el pensamiento se ocupe, eso
es él; y lo que es, no es otra cosa que pensamiento. Por lo tanto es importante
comprender el proceso del pensamiento.
El pensamiento es la respuesta al desafío, ¿no es así? Sin desafío,
no hay pensamiento. El proceso de desafío y respuesta es experiencia; y la
experiencia verbalizada es pensamiento. La experiencia no sólo es del pasado,
sino también del pasado en conjunción con el presente, es lo consciente tanto
como lo inconsciente. Este residuo de la experiencia es memoria, influencia; y
la respuesta de la memoria, del pasado, es pensamiento.
“¿Pero, es eso todo lo que se refiere al pensamiento? ¿No hay en el
pensamiento algo más profundo que la mera respuesta de la memoria?”
El pensamiento puede colocarse y se coloca en diferentes niveles,
en el de lo estúpido y en el de lo profundo, el de lo noble y el de lo innoble;
pero no por eso deja de ser pensamiento, ¿no es así? El Dios del pensamiento es
aún de la mente, de la palabra. El pensamiento sobre Dios no es Dios, es meramente
la respuesta de la memoria. La memoria es duradera, y por eso puede parecer
profunda; pero por su misma estructura nunca puede ser profunda. La memoria
puede estar oculta, no estar a la vista inmediata, pero eso no la hace
profunda. El pensamiento jamás puede ser profundo, no puede ser nada más que lo
que es. El pensamiento puede adjudicarse a sí mismo mayores valores, pero sigue
siendo pensamiento. Desde que la mente está ocupada con su propia proyección,
no ha ido más allá del pensamiento, sólo ha asumido un nuevo papel, una nueva
postura; bajo esta capa está aún el pensamiento.
“Pero ¿cómo puede uno trascender el pensamiento?”
Ese no es el caso, ¿verdad? No se puede trascender el pensamiento,
porque el “uno”, el hacedor del esfuerzo, es el resultado del pensamiento. En
el descubrimiento del proceso del pensamiento, lo cual es conocimiento propio,
la verdad de lo que es pone fin al proceso del pensamiento. La verdad de lo que
es no se puede encontrar en ningún libro, antiguo o moderno. Lo que se encuentra
es la palabra, pero no la verdad.
“Entonces ¿cómo se puede hallar la verdad?”
No se la puede hallar. El esfuerzo para hallar la verdad es un fin
autoproyectado; y ese fin no es la verdad. Un resultado no es la verdad; el
resultado es la continuación del pensamiento, desplegado o proyectado.
Únicamente cuando el pensamiento termina hay verdad. El pensamiento no puede
terminar mediante la compulsión, mediante la disciplina, ni por ninguna forma
de resistencia. El escuchar la historia de lo que es trae su propia liberación.
Es la verdad que libera, no el esfuerzo para ser libre.



