EL MIEDO DE LA SOLEDAD INTERNA
¡Cuán necesario es
morir cada día, morir cada minuto para todo, para los muchos ayeres y para el
momento que acaba de pasar! Sin la muerte no hay renovación, sin la muerte no
hay creación. La carga del pasado crea su propia continuidad, y la ansiedad o
inquietud de ayer da nueva vida a la preocupación de hoy. El ayer se perpetúa
hoy y el mañana es aún el ayer. No se libra uno de esta continuidad más que en
la muerte. En morir hay gozo. Esta nueva mañana, fresca y clara, está libre de
la luz y la oscuridad de ayer; el canto de ese pájaro se oye por primera vez y
el ruido de esos niños no es el de ayer. Arrastramos la memoria de ayer y ella
oscurece nuestro ser. Mientras la mente sea la máquina mecánica de la memoria,
no conocerá descanso, quietud ni silencio. Siempre se está desgastando. Lo que
está en calma puede renacer, pero una cosa que está en constante actividad se
gasta y es inútil. El manantial está en el morir, y la muerte está tan cerca
como la vida.
Ella dijo que había estudiado durante cierto número de años con uno
de los famosos psicólogos, y que fue analizada por él, cosa que exigió un
tiempo considerable. Aunque había sido educada como cristiana y estudiado
también la filosofía hindú y sus maestros, nunca se incorporó a ningún grupo
determinado ni se asoció a ningún sistema de pensamiento. Como siempre, seguía
insatisfecha y hasta había renunciado al psicoanálisis; y ahora se dedicaba a
alguna especie de labor benéfica. Había estado casada y conocido todos los
infortunios de la vida familiar, así como sus gozos. Se había refugiado de
varias maneras: en el prestigio social, en el trabajo, en el dinero y en el
cálido encanto de este país, a orillas del mar azul. Las penas se habían
multiplicado, cosa que pudo soportar; pero nunca pudo pasar de cierta
profundidad, que no era muy grande.
Casi todo es superficial y pronto llega a su fin, sólo para empezar
de nuevo con una ulterior superficialidad. Lo inagotable no se descubre por
medio de ninguna actividad de la mente.
“He ido de una actividad a otra, de una desgracia a otra, siempre
acosada y siempre persiguiendo. Ahora que he llegado al fin de un empeño y
antes de que siga otro que me lleve durante cierto número de años, he seguido
un impulso más fuerte y aquí estoy. Tuve una buena vida, brillante y abundante.
Me han interesado muchas cosas y he estudiado ciertos asuntos con bastante
hondura; pero, de una manera o de otra, después de todos estos años, todavía
sigo en el borde de las cosas. Parece que no puedo penetrar más allá de cierto
punto; quiero profundizar más, pero no puedo. Se me dice que he hecho bien lo
que he estado haciendo, y esa misma bondad es lo que me ata. Mi
condicionamiento es de la clase benéfica: hacer el bien a otros, ayudar al
necesitado, consideración, generosidad, etc.; pero es cosa que ata, como
cualquier otro condicionamiento. Mi problema está en ser libre, no sólo de este
condicionamiento, sino de todos, e ir más allá. Esto se ha convertido en una
necesidad imperiosa, no sólo por haber escuchado las conferencias, sino también
por mi propia observación y experiencia. Por el momento, he dejado de lado mi
labor benéfica, y la cuestión de si he de continuar o no con ella se decidirá
más adelante”.
¿Por qué no se ha preguntado anteriormente la razón de todas estas
actividades?
“Nunca se me ha ocurrido el preguntarme por qué estoy en la labor
social. Siempre quise ayudar, hacer el bien. Y no ha sido simplemente
sentimentalismo vacuo. He descubierto que las personas con las que vivo no son
reales, sino solamente máscaras; son los que necesitan ayuda los que son
reales. Vivir con los enmascarados es insulso y estúpido, pero con los otros
hay pugna, dolor”.
¿Por qué os dedicáis a la beneficencia o a cualquier otra clase de
trabajo?
“Creo que es simplemente para seguir adelante. Tiene uno que vivir
y actuar, y mi condicionamiento ha sido el actuar lo más decentemente posible.
Nunca me he preguntado por qué hago estas cosas, y ahora tengo que averiguarlo.
Pero, antes de ir más allá, quiero decir que soy una persona solitaria; aunque
veo a mucha gente, estoy sola y ello me gusta. Hay algo gozoso en estar uno
solo”.
Estar solo, en el más alto sentido, es esencial; pero la soledad
del que se retira da una sensación de poder, de fuerza, de invulnerabilidad.
Esa soledad es aislamiento, es una evasión, un refugio. Pero ¿no es importante
averiguar por qué no os habéis preguntado nunca la razón de todas vuestras
actividades, que suponéis buenas? ¿No deberíais inquirir en esto?
“Sí, vamos a hacerlo. Creo que es el miedo a la soledad interna lo
que me ha movido a hacer estas cosas”.
¿Por qué usáis la palabra “miedo” con respecto a la soledad
interna? Exteriormente no os importa estar sola, pero de la soledad interna
huís. ¿Por qué? El miedo no es una abstracción. Sólo existe en relación con
algo. El temor no existe por sí mismo. Existe como palabra pero sólo se siente
en contacto con otras cosas. ¿De qué tenéis miedo?
“De esta soledad interna”.
Hay miedo a la soledad interna solamente en relación con alguna
otra cosa. No podéis temer la soledad interna porque nunca la habéis mirado, la
estáis midiendo ahora con lo que ya conocéis. Conocéis la valía propia, si se
pueble decir así, como trabajadora social, como madre, como persona capaz y
eficiente, etc., conocéis el valor de vuestra soledad externa. Es pues en
relación con todo esto que medís u os enfrentéis a vuestra soledad interna;
conocéis lo que ha sido, mas no conocéis lo que es. Lo conocido, mirando hacia
lo desconocido, produce temor; es esta actividad lo que causa el miedo.
“Sí, eso es perfectamente cierto. Estoy comparando la soledad
interna con las cosas que conozco por experiencia. Son estas experiencias las
que causan el temor de algo que realmente no he experimentado en absoluto”.
Vuestro temor no es, pues, de la soledad interna, sino que el
pasado tiene miedo a algo que realmente no conoce, que no ha experimentado. Lo
pasado quiere absorber lo nuevo, convertirlo en una experiencia. Pero ¿puede el
pasado, que sois vos, experimentar lo nuevo, lo desconocido? Lo conocido puede
experimentar tan sólo aquello que es de sí mismo, nunca podrá experimentar lo
nuevo, lo desconocido. Al dar nombre a lo desconocido, al llamarlo soledad
interna, no habéis hecho más que reconocerlo verbalmente, y la palabra ocupa el
lugar de la vivencia; porque la palabra es la pantalla del miedo. La expresión
“soledad interna” está tapando el hecho, lo que es, y la palabra misma está creando temor.
“Pero en cierto modo no me creo capaz de ver el hecho”.
Vamos primero a comprender por qué no somos capaces de mirar el
hecho, y qué es lo que nos impide observarlo pasivamente. No tratéis de mirarlo
ahora, sino haced el favor de escuchar tranquilamente lo que se está diciendo.
Lo conocido, la experiencia pasada, está tratando de absorber lo
que llama la soledad interna; pero no puede experimentarla, porque no sabe lo
que es; conoce el término, pero no lo que está detrás de él. Lo desconocido no
puede experimentarse. Vos podéis pensar o especular sobre lo desconocido, o
tenerle miedo; pero el pensamiento no puede comprenderlo, porque el pensamiento
es resultado de lo conocido, de la experiencia. Como el pensamiento no puede
conocer lo desconocido, le tiene miedo. Habrá temor mientras el pensamiento
desee experimentar, comprender lo no conocido.
“Entonces, ¿qué ...?”
Escuchad, os ruego. Si escucháis bien, será percibida la verdad de
todo esto, y entonces la verdad será la única acción. Sea lo que fuere lo que
haga el pensamiento con respecto a la soledad interna, será una evasión, un
eludir lo que es. Al evitar lo que es el pensamiento crea su propio
condicionamiento, que impide experimentar lo nuevo, lo desconocido. El miedo es
la única respuesta del pensamiento a lo desconocidos el pensamiento puede
llamarlo de diversas maneras, pero seguirá siendo temor. Ved simplemente que el
pensamiento no puede actuar sobre lo desconocido, sobre lo que está tras la
expresión “soledad interna”. Sólo entonces se despliega lo que es, y es inagotable.

