EL EMBOTAMIENTO
Cuando el tren
partió había todavía luz, pero las sombras se estaban extendiendo. La ciudad se
volcaba alrededor de la vía férrea. La gente salía para ver pasar el tren y los
pasajeros agitaban las manos saludando a sus amigos. Con un gran estruendo
comenzamos a cruzar el puente sobre un ancho y sinuoso río; en ese punto su
ancho era de varios kilómetros, y la otra orilla apenas era visible a la luz
evanescente del atardecer. El tren cruzó el puente muy lentamente, como si
estuviese tentando su camino; los tramos se hallaban enumerados, y había
cincuenta y ocho entre las dos orillas. ¡Qué hermosas eran esas aguas,
silenciosas, y de abundantes y profundas corrientes! Había islotes de arena que
impresionaban deliciosamente a la distancia. La ciudad, con sus ruidos, polvo y
suciedad, iba quedando atrás, y el limpio aire del atardecer penetraba por las
ventanillas; pero el polvo apareció de nuevo tan pronto pasamos el largo
puente.
El pasajero que ocupaba la cucheta inferior era muy conversador, y
como teníamos una noche entera por delante, pensó que había en eso una razón
para hacer preguntas. Era un hombre robusto, con grandes manos y pies. Empezó
hablando de sí mismo, de su vida, de sus problemas y de sus hijos. Dijo que la
India llegaría a ser tan próspera como América; esta superpoblación debía ser
controlada, y la gente debía aprender a sentir su responsabilidad. Habló de la
situación política y de la guerra, y terminó con un relato de sus propios
viajes.
¡Cuán insensibles somos, cuán carentes de rápidas y adecuadas
respuestas, qué poco libres somos para observar! Sin sensibilidad, ¿cómo puede
haber flexibilidad y una rápida percepción, como puede haber receptividad, una
comprensión libre de esfuerzos. El mismo esfuerzo impide la comprensión. La
comprensión llega con la alta sensibilidad, pero la sensibilidad no es algo que
se pueda cultivar. Lo que se puede cultivar es una postura, una cubierta
artificial; y este revestimiento no es sensibilidad, es sólo una manera de ser,
superficial o profunda según las influencias. La sensibilidad no es un efecto
cultural, el resultado de la influencia: es mi estado de ser vulnerable,
abierto. Lo abierto es lo implícito, lo desconocido, lo imponderable. Pero
nosotros nos cuidamos de no ser sensibles; es demasiado penoso, demasiado
apremiante, exige un constante ajuste, lo cual es consideración. Considerar es
estar atento; pero preferimos más bien que se nos consuele, que se nos
adormezca, que se nos embote. Los diarios, las revistas, los libros, a causa de
nuestra afición a la lectura, dejan su huella embotadora, porque la lectura es
una maravillosa evasión, como la bebida o una ceremonia. Queremos escapar al
dolor de la vida, y el embotamiento es el modo más efectivo; el embotamiento
traído por las explicaciones, por la adhesión a un líder o a un ideal, por la
identificación con alguna realización, algún rótulo o característica. La
mayoría queremos que se nos embote, y el hábito es muy efectivo para adormecer
la mente. El hábito de la disciplina, de la práctica, del sostenido esfuerzo
para llegar a ser —todas esas son respetables maneras de insensibilizarse
“¿Pero qué podríamos hacer en la vida si fuésemos sensibles? Todos
nos contraeríamos y no habría acción efectiva alguna”.
¿Qué aportan al mundo los torpes y los insensibles? ¿Cuál es el
resultado de su acción “efectiva”? Guerras, confusión interna y externa,
crueldad y creciente miseria para sí y por ende para el mundo. La acción del
que no vela y vigila ineludiblemente conduce a la destrucción, a la inseguridad
física, a la desintegración. Pero la sensibilidad no llega fácilmente; la
sensibilidad es la comprensión de lo simple, lo cual es altamente complejo. No
es un proceso de retiro, de recogimiento, de aislamiento. Actuar con
sensibilidad es percibir el proceso total del actor.
“Comprender el proceso total de mí mismo llevaría mucho tiempo, y
mientras tanto mis negocios se arruinarían y mi familia se moriría de hambre”.
Su familia no moriría de hambre; aun cuando Ud. no hubiera ahorrado
bastante dinero, siempre sería posible encontrar el medio de alimentarla. Sus
negocios indudablemente se arruinarían; pero la desintegración en otros niveles
de la existencia ya está ocurriendo. A Ud. le preocupa únicamente la bancarrota
exterior, no quiere ver o saber lo que ocurre dentro de Ud. mismo. Usted
descuida lo interior y espera construir lo exterior; y sin embargo lo interior
está siempre sobreponiéndose a lo exterior. Lo exterior no puede mantenerse sin
la plenitud de lo interior, pero la plenitud de lo interior no es la repetida
sensación de una religión organizada ni la acumulación de hechos que llamamos
conocimiento. Debemos comprender las modalidades de todos estos empeños
interiores para que sobreviva lo externo, para estar sanos. No diga que Ud. no
tiene tiempo, porque Ud. tiene tiempo en abundancia; no es una cuestión de
falta de tiempo, sino de desatención y falta de disposición. Usted no tiene
riqueza íntima porque, así como tiene ya la riqueza externa, desea también la
interna. Usted no está buscando con qué alimentar a su familia, sino la
satisfacción de la posesión. El hombre que posee, ya sea propiedades o
conocimientos, jamás puede ser sensible, jamás puede ser vulnerable o abierto.
Poseer es estar embotado, tanto si lo que posee es virtud como si es dinero.
Poseer una persona es desconocerla; buscar y poseer la realidad es negarla.
Cuando Ud. trata de llegar a ser virtuoso, deja de ser virtuoso; su busca de
virtud sólo es adquisición o satisfacción en un diferente nivel. La
satisfacción no es virtud, puesto que la virtud es liberación.
¿Cómo puede el embotado, el respetable, el no-virtuoso ser libre?
La libertad de la soledad no es el encerrador proceso del aislamiento. Estar
aislado en la riqueza o en la pobreza, en el conocimiento o en el éxito, en la
idea o en la virtud, es ser torpe, insensible. El torpe, el respetable no puede
estar en comunión; y cuando lo está, sólo es con sus propias proyecciones. Para
estar en comunión debe haber sensibilidad, vulnerabilidad, la liberación del
devenir, que es la liberación del temor. El amor no es un devenir, un “llegar a
ser”. Aquello que deviene no puede estar en comunión, porque está siempre
aislándose. El amor es lo vulnerable; el amor es lo abierto, lo imponderable,
lo desconocido.



