viernes, 30 de mayo de 2014

EL EMBOTAMIENTO



EL EMBOTAMIENTO

Cuando el tren partió había todavía luz, pero las sombras se estaban extendiendo. La ciudad se volcaba alrededor de la vía férrea. La gente salía para ver pasar el tren y los pasajeros agitaban las manos saludando a sus amigos. Con un gran estruendo comenzamos a cruzar el puente sobre un ancho y sinuoso río; en ese punto su ancho era de varios kilómetros, y la otra orilla apenas era visible a la luz evanescente del atardecer. El tren cruzó el puente muy lentamente, como si estuviese tentando su camino; los tramos se hallaban enumerados, y había cincuenta y ocho entre las dos orillas. ¡Qué hermosas eran esas aguas, silenciosas, y de abundantes y profundas corrientes! Había islotes de arena que impresionaban deliciosamente a la distancia. La ciudad, con sus ruidos, polvo y suciedad, iba quedando atrás, y el limpio aire del atardecer penetraba por las ventanillas; pero el polvo apareció de nuevo tan pronto pasamos el largo puente.
El pasajero que ocupaba la cucheta inferior era muy conversador, y como teníamos una noche entera por delante, pensó que había en eso una razón para hacer preguntas. Era un hombre robusto, con grandes manos y pies. Empezó hablando de sí mismo, de su vida, de sus problemas y de sus hijos. Dijo que la India llegaría a ser tan próspera como América; esta superpoblación debía ser controlada, y la gente debía aprender a sentir su responsabilidad. Habló de la situación política y de la guerra, y terminó con un relato de sus propios viajes.
¡Cuán insensibles somos, cuán carentes de rápidas y adecuadas respuestas, qué poco libres somos para observar! Sin sensibilidad, ¿cómo puede haber flexibilidad y una rápida percepción, como puede haber receptividad, una comprensión libre de esfuerzos. El mismo esfuerzo impide la comprensión. La comprensión llega con la alta sensibilidad, pero la sensibilidad no es algo que se pueda cultivar. Lo que se puede cultivar es una postura, una cubierta artificial; y este revestimiento no es sensibilidad, es sólo una manera de ser, superficial o profunda según las influencias. La sensibilidad no es un efecto cultural, el resultado de la influencia: es mi estado de ser vulnerable, abierto. Lo abierto es lo implícito, lo desconocido, lo imponderable. Pero nosotros nos cuidamos de no ser sensibles; es demasiado penoso, demasiado apremiante, exige un constante ajuste, lo cual es consideración. Considerar es estar atento; pero preferimos más bien que se nos consuele, que se nos adormezca, que se nos embote. Los diarios, las revistas, los libros, a causa de nuestra afición a la lectura, dejan su huella embotadora, porque la lectura es una maravillosa evasión, como la bebida o una ceremonia. Queremos escapar al dolor de la vida, y el embotamiento es el modo más efectivo; el embotamiento traído por las explicaciones, por la adhesión a un líder o a un ideal, por la identificación con alguna realización, algún rótulo o característica. La mayoría queremos que se nos embote, y el hábito es muy efectivo para adormecer la mente. El hábito de la disciplina, de la práctica, del sostenido esfuerzo para llegar a ser —todas esas son respetables maneras de insensibilizarse
“¿Pero qué podríamos hacer en la vida si fuésemos sensibles? Todos nos contraeríamos y no habría acción efectiva alguna”.
¿Qué aportan al mundo los torpes y los insensibles? ¿Cuál es el resultado de su acción “efectiva”? Guerras, confusión interna y externa, crueldad y creciente miseria para sí y por ende para el mundo. La acción del que no vela y vigila ineludiblemente conduce a la destrucción, a la inseguridad física, a la desintegración. Pero la sensibilidad no llega fácilmente; la sensibilidad es la comprensión de lo simple, lo cual es altamente complejo. No es un proceso de retiro, de recogimiento, de aislamiento. Actuar con sensibilidad es percibir el proceso total del actor.
“Comprender el proceso total de mí mismo llevaría mucho tiempo, y mientras tanto mis negocios se arruinarían y mi familia se moriría de hambre”.
Su familia no moriría de hambre; aun cuando Ud. no hubiera ahorrado bastante dinero, siempre sería posible encontrar el medio de alimentarla. Sus negocios indudablemente se arruinarían; pero la desintegración en otros niveles de la existencia ya está ocurriendo. A Ud. le preocupa únicamente la bancarrota exterior, no quiere ver o saber lo que ocurre dentro de Ud. mismo. Usted descuida lo interior y espera construir lo exterior; y sin embargo lo interior está siempre sobreponiéndose a lo exterior. Lo exterior no puede mantenerse sin la plenitud de lo interior, pero la plenitud de lo interior no es la repetida sensación de una religión organizada ni la acumulación de hechos que llamamos conocimiento. Debemos comprender las modalidades de todos estos empeños interiores para que sobreviva lo externo, para estar sanos. No diga que Ud. no tiene tiempo, porque Ud. tiene tiempo en abundancia; no es una cuestión de falta de tiempo, sino de desatención y falta de disposición. Usted no tiene riqueza íntima porque, así como tiene ya la riqueza externa, desea también la interna. Usted no está buscando con qué alimentar a su familia, sino la satisfacción de la posesión. El hombre que posee, ya sea propiedades o conocimientos, jamás puede ser sensible, jamás puede ser vulnerable o abierto. Poseer es estar embotado, tanto si lo que posee es virtud como si es dinero. Poseer una persona es desconocerla; buscar y poseer la realidad es negarla. Cuando Ud. trata de llegar a ser virtuoso, deja de ser virtuoso; su busca de virtud sólo es adquisición o satisfacción en un diferente nivel. La satisfacción no es virtud, puesto que la virtud es liberación.
¿Cómo puede el embotado, el respetable, el no-virtuoso ser libre? La libertad de la soledad no es el encerrador proceso del aislamiento. Estar aislado en la riqueza o en la pobreza, en el conocimiento o en el éxito, en la idea o en la virtud, es ser torpe, insensible. El torpe, el respetable no puede estar en comunión; y cuando lo está, sólo es con sus propias proyecciones. Para estar en comunión debe haber sensibilidad, vulnerabilidad, la liberación del devenir, que es la liberación del temor. El amor no es un devenir, un “llegar a ser”. Aquello que deviene no puede estar en comunión, porque está siempre aislándose. El amor es lo vulnerable; el amor es lo abierto, lo imponderable, lo desconocido.