LA DISTRACCIÓN
Es un ancho y largo canal,
que se extendía desde el río hasta las tierras que no tenían agua. El canal
estaba a mayor altura que el río, y el agua que entraba en él se controlaba con
un sistema de esclusas. Reinaba apacible calma a lo largo de ese canal;
barcazas pesadamente cargadas se movían hacia arriba y hacia abajo, y sus
triangulares velas blancas se perfilaban contra el azul del cielo y las oscuras
palmeras. Era un agradable atardecer, sereno y libre, y el agua estaba muy
quieta. Las palmeras y los mangos se reflejaban en ellas con tanta nitidez que
era difícil distinguir lo real de su reflejo. El sol poniente hacía diáfana el
agua, y el resplandor del atardecer brillaba en su superficie. La estrella del
atardecer comenzaba también a reflejarse. El agua se hallaba inmóvil y los
pocos lugareños que pasaban, por lo general conversando ruidosa y largamente,
estaban silenciosos. Hasta el susurro de las hojas había casado. Desde la
pradera llegaban algunos animales; bebían y desaparecían tan silenciosamente
como habían venido. El silencio poseía la tierra, parecía contener todas las
cosas.
El ruido termina, pero el silencio es penetrante y sin fin. Podemos
aislarnos del ruido, pero no hay encierro contra el silencio; ningún muro puede
ocultarlo, no hay resistencia posible contra él. El ruido intercepta todas las
cosas, es excluyente y aislador; el silencio lo incluye todo. El silencio, como
el amor, es indivisible; no admite división en ruido y silencio. La mente no
puede seguirlo ni ser aquietada para recibirlo. La mente que es aquietada sólo
puede reflejar sus propias imágenes, y éstas son vivas y claras, ruidosas en su
exclusión. Una mente que es aquietada sólo puede resistir, y toda resistencia
es agitación. La mente que es quieta, y no hecha quieta, está vivenciando el
silencio; el pensamiento, la palabra, están entonces dentro del silencio, y no
fuera de él. Es extraordinario cómo, en este silencio, la mente es tranquila,
con una tranquilidad que no es formada. Como la tranquilidad no se puede
adquirir, no tiene ningún valor y no es utilizable, tiene la calidad de lo
puro, de lo único. Lo que puede ser utilizado pronto se agota. La tranquilidad
no empieza ni termina, y una mente de tal manera tranquila conoce una
bienaventuranza que no es el reflejo de su propio deseo.
Ella dijo que siempre había estado agitada por una cosa u otra si
no era la familia, era el vecino o alguna actividad social. La agitación había
llenado su vida, y nunca pudo hallar la razón de estas constantes excitaciones.
No era muy feliz; ¿cómo podemos serlo con el mundo tal como es? Tuvo su parte
de pasajera felicidad, pero todo eso pertenecía al pasado y ahora buscaba algo
que diera sentido a su vida. Había pasado por muchas cosas que a su tiempo
parecían de valor, pero que después se reducían a la nada. Se había empeñado en
muchas actividades sociales de carácter serio, ardientemente había creído en
las cosas de la religión, había sufrido por la muerte de algún familiar, y tuvo
que someterse a una intervención quirúrgica de gravedad. La vida no había sido
complaciente con ella, agregó, y existían millones como ella en el mundo. Quería
ir más allá de todas estas cosas, ya fuesen superfluas o necesarias, y
encontrar algo que realmente valiese la pena.
Las cosas que valen la pena no pueden ser buscadas. No se pueden
adquirir deben acaecer, y el acaecer no puede ser artificiosamente planeado.
¿No es verdad que todo lo que tiene hondo significado siempre acaece, jamás es
producido? El acaecer es importante, no el hallar. El hallar es
comparativamente fácil, pero el acaecer es asunto muy diferente. No es que sea
difícil; pero el ansia de buscar, de hallar, debe terminar completamente para
que tenga lugar el acaecer. Hallar implica perder; para perder es necesario
tener. Poseer o ser poseído es no estar jamás libre para comprender.
¿Pero por qué ha existido siempre esta agitación, este desasosiego;
¿Se lo ha preguntado Ud. seriamente antes?
“Lo he intentado a medias, nunca objetivamente. Siempre he sido
distraída”.
No distraída, si me permite indicarlo; es que simplemente esto
nunca fue para Ud. un problema vital. Cuando hay un problema vital, entonces no
hay distracción. La distracción no existe; la distracción implica un interés
central del cual la mente se aparta pero si hay un interés central, no hay
distracción, es una evasión de lo que es. Nos gusta deambular muy lejos porque
el problema está muy cerca. El deambular da algo que hacer, como la agitación y
la murmuración; y aunque el deambular es a menudo penoso, lo preferimos a lo
que es.
¿Desea seriamente ahondar todo esto, o sólo juega con ello?
“Quisiera realmente ahondarlo hasta agotarlo. Por eso he venido”.
Usted se siente desdichada porque falta el manantial que mantenga
la fuente llena, ¿no es así? Quizá haya oído alguna vez el susurro del agua
entre los guijarros, pero ahora el cauce está seco. Ha conocido la felicidad,
pero ella siempre ha quedado atrás, como una cosa del pasado. ¿Es ese manantial
que Ud. busca a tientas? ¿Y puede buscarlo, o tiene que llegar a él
inesperadamente? Si supiese dónde está, encontraría el medio para alcanzarlo;
pero ignorándolo, no hay sendero que la conduzca a él. Saber es impedir que
ello ocurra. ¿Es ese uno de sus problemas?
“Es eso exactamente. La vida es tan pesada y estéril, y si eso
pudiera suceder no habría nada más que pedir”.
¿Es la soledad un problema para Ud.?
“No me preocupa la soledad, sé cómo tratarla. O bien salgo a dar un
paseo, o me quedo tranquilamente con ella hasta que se va. Además, me gusta
estar sola”.
Todos sabemos lo que es estar solo; un doloroso y temible vacío que
no se puede calmar. También sabemos cómo huir de él. Algunos están atrapados en
una avenida particular, y otros siguen porque todos hemos explorado las muchas
avenidas de la evasión, explorando; pero ni los unos ni los otros están en
directa relación con lo que es. Dice
Ud. que sabe cómo arreglarse con la soledad. Si puedo indicarlo, esta misma
acción con respecto a la soledad es su modo de evitarla. Usted sale a dar un
paseo, o permanece en compañía de la soledad hasta que se va. Siempre está
actuando sobre ella, no deja que ella le cuente su historia. Quiere dominarla,
superarla, huir de ella; por lo tanto en su relación con ella hay temor.
¿Es también la realización uno de sus problemas? Realizarse en algo
implica eludir lo que uno es, ¿no es
cierto? Soy insignificante; pero si me identifico con el país, con la familia o
con alguna creencia, me siento realizado, completo. Esta búsqueda para
completarse es la fuga de lo que es.
“Sí, así es; también eso es mi problema”.
Si podemos comprender lo que es,
tal vez cesen entonces todos estos problemas. Afrontamos cada problema con el
propósito de evitarlo; queremos hacer algo a su respecto. Este hacer impide que
estemos en directa relación con él, y tal enfoque obstaculiza la comprensión
del problema. La mente está ocupada buscando una manera de arreglar el
problema, lo cual es en realidad rehuirlo; y así el problema nunca es
comprendido, siempre está allí. Para que el problema, lo que es, se descubra y cuente toda su
historia, la mente debe ser sensible, ágil para seguir. Si anestesiamos la
mente mediante evasiones, mediante el saber cómo arreglarnos con el problema, o
buscamos una explicación o una causa, lo que sólo es una conclusión verbal,
entonces la mente se embota y no puede seguir rápidamente la historia, que el
problema, lo que es, está revelando.
Vea la verdad de esto, y la mente será sensible; y sólo entonces podrá recibir.
Cualquier actividad de la mente con respecto al problema únicamente la hace más
pesada y por lo tanto incapaz de seguir, de poner atención al problema. Cuando
la mente es sensible —no hecha sensible, lo que sólo es un diferente modo de
embotarla —entonces lo que es, la
vacuidad, tiene un significado completamente diferente.
Por favor trate de vivenciar a medida que proseguirnos, no se quede
en el nivel verbal.
¿Cuál es la relación de la mente con respecto a lo que es? Por lo pronto, a lo que es se le ha dado un nombre, una
definición, un símbolo de asociación, y este nombrar impide la relación
directa, lo que hace a la mente pesada, insensible. La mente y lo que es no son dos procesos separados, pero
el nombrar los separa. Cuando este nombrar cesa, hay una relación directa: la
mente y lo que es son uno. Lo que es, es ahora el observador mismo sin un
nombre, y sólo entonces lo que es se
transforma; no es más lo que llamamos vacuidad con sus asociaciones de temores,
etc. Entonces la mente sólo es el estado de vivencia, en el cual no existe el
experimentador ni lo experimentado. Entonces hay una inmensurable profundidad,
porque el que mide se ha ido. Lo que es profundo es silencioso, tranquilo, y en
esta tranquilidad está el manantial de lo inagotable. La agitación de la mente
proviene del empleo de la palabra. Cuando la palabra no es, lo inconmensurable
es.



