LA CONFORMIDAD
Era visiblemene
inteligente, activo, y dado a la lectura de unos pocos libros selectos. Aunque
casado, no era un hombre del hogar. Decía de sí mismo que era un idealista y
que trabajaba para la sociedad; había estado en prisión por razones políticas,
y tenía muchos amigos. No le interesaba adquirir prestigio ni para sí mismo ni
para el partido, que él consideraba como una misma cosa. Estaba realmente
interesado en hacer la obra social que pudiese conducir a alguna felicidad
humana. Era lo que se podía llamar un hombre religioso, sin ser no obstante
sentimental o supersticioso ni creyente de ninguna doctrina o rito en
particular. Dijo que había venido para discutir sobre el problema de la
contradicción, no sólo dentro de uno mismo sino también en la naturaleza y en
el mundo. Le parecía que esta contradicción era inevitable: el inteligente y el
estúpido, los deseos contrapuestos en el fuero íntimo, la palabra en conflicto
con el hecho, y el hecho con el pensamiento. Había encontrado esta contradicción
en todas partes.
Estar conforme es ser irreflexivo. Es más fácil y más seguro seguir
una norma de conducta sin desviación, adaptarse a una ideología o a una
tradición, que arriesgarse a la inquietud del pensamiento. Para obedecer a la
autoridad, interna o externa, no se requiere ninguna discusión; eso descarta el
pensamiento, con sus ansiedades y perturbaciones. El seguir nuestras propias
conclusiones, experiencias, determinaciones, no crea contradicciones en
nosotros; nos conformamos con nuestro propio designio, elegimos un sendero
particular y lo seguimos determinada e inflexiblemente. ¿No buscamos, la
mayoría de nosotros, un modo de vivir que no sea demasiado molesto, en el que
haya por lo menos seguridad psicológica? ¡Y cómo respetamos al hombre que vive
su ideal! A tales hombres los convertimos en ejemplos, que deben ser imitados y
honrados. Acercarse a un ideal, aunque requiera una cierta suma de esfuerzo y
lucha, es al fin y al cabo agradable y satisfactorio porque después de todo,
los ideales son de factura casera, son autoproyectados. Vosotros elegís a
nuestro héroe, religioso o mundano y lo seguís. El deseo de estar conforme
brinda una peculiar fuerza y satisfacción, porque en la sinceridad hay
seguridad. Pero la sinceridad no es sencillez, y sin sencillez no puede haber
comprensión. Estar conforme con un modelo bien ideado satisface el afán de
realización, y en su éxito hay comodidad y seguridad. La erección de un ideal y
el constante acercamiento a él desarrolla resistencia, y la adaptabilidad está
dentro de los limites de la norma. La conformidad ofrece seguridad y certeza, y
es por esto que nos aferramos a ella con desesperación
Estar en contradicción consigo mismo es vivir en conflicto y
aflicción. El “yo”, en su misma estructura es contradictorio, está constituido
por muchas entidades con diferentes máscaras, cada una en oposición con las
otras. Todo el edificio del “yo” es el resultado de contrapuestos intereses y
valores, de muchos y variables deseos en diferentes niveles de su ser; y todos
estos deseos engendran sus propios opuestos. El “yo”, el “ego”, es una malla de
complejos deseos, cada uno con su propio ímpetu y designio, a menudo en
oposición a otras esperanzas y empeños. Estas máscaras son adoptadas de acuerdo
con el estimulo de las circunstancias y sensaciones; por consiguiente, dentro
de la estructura del “yo” la contradicción es inevitable. Esta contradicción
íntima crea ilusión y sufrimiento, y para escapar de ella recurrimos a toda
clase de autoengaños que sólo acrecientan nuestros conflictos y miserias.
Cuando la contradicción interna se hace insoportable, consciente o
inconscientemente tratamos de evadirnos cayendo en el suicidio, en la locura; o
nos entregamos a una idea, a un grupo, a un país, a alguna actividad que nos absorberá
por completo; o bien nos volcamos hacia la religión organizada, con sus dogmas
y sus ritos. Así esta división en nosotros mismos nos lleva ya sea a una mayor
expansión o a la autodestrucción, a la locura. El tratar de ser algo distinto
de lo que somos desarrolla la contradicción; el temor de lo que es crea la ilusión de su opuesto, y en
la persecución del opuesto esperamos escapar del temor. La síntesis no es el
cultivo de lo opuesto; la síntesis no surge a través de la oposición porque
todos los opuestos contienen los elementos de sus propios opuestos. La
contradicción en nosotros mismos nos conduce a toda clase de respuestas físicas
y psicológicas, suaves o violentas, respetables o peligrosas; y la conformidad
sólo confunde y oscurece aun más la contradicción. La sutil persecución de un
particular deseo, de un interés particular, conduce a la autoencerradora
oposición. La contradicción interna acarrea conflicto externo, y el conflicto
indica contradicción. Sólo en la comprensión de las modalidades del deseo hay
liberación de la autocontradicción.
La integración jamás puede estar limitada a las capas superficiales
de la mente; no es algo que pueda aprenderse en un colegio; no surge con el
conocimiento o con la propia inmolación. Sólo la integración trae liberación de
la conformidad y de la contradicción; pero la integración no es cuestión de
fundir en uno todos los deseos y los múltiples intereses. La integración no es
someterse a una norma, por noble y sutil que sea; debe ser enfrentada, no en
forma directa, positivamente, sino de manera indirecta, negativamente. Tener
una concepción de la integración es adaptarse a un molde, lo cual sólo lleva a
la estupidez y la destrucción. Perseguir la integración es hacer de ella un
ideal, una meta autoproyectada. Y como todos los ideales son autoproyectados,
inevitablemente originan conflicto y enemistad. Lo que proyecta el “yo” debe
ser de su propia naturaleza, y por eso mismo contradictorio y confuso La
integración no es una idea, una mera respuesta de la memoria, y por lo tanto no
puede ser cultivada. El deseo de integración surge debido al conflicto; pero el
conflicto no se trasciende cultivando la integración. Podéis encubrir, negar la
contradicción, o ser inconsciente de ella; pero ella está ahí, esperando para
irrumpir.
Lo que nos concierne es el conflicto, no la integración. La
integración, al igual que la paz, es un subproducto, no un fin en sí misma; es
un resultado, y por eso es de importancia secundaria. En la comprensión del
conflicto habrá no sólo integración y paz, sino algo infinitamente más grande.
El conflicto no puede ser suprimido o sublimado, ni tampoco hay un sustituto
para él. Surge con el ansia, con el deseo de continuar, de llegar a ser más —lo
cual no significa que deba existir el estancamiento de la satisfacción. “Más”
es el constante grito del “yo”; es el ansia de sensación, ya sea del pasado o
del futuro. La sensación es de la mente, y por eso la mente no es el
instrumento para la comprensión del conflicto. La comprensión no es verbal, no
es un proceso mental, y en consecuencia no es materia de experiencia. La
experiencia es memoria, y sin la palabra, el símbolo, la imagen, no hay
memoria. Podréis leer volúmenes sobre el conflicto, pero eso no tiene nada que
ver con la comprensión del conflicto. Para comprender el conflicto el
pensamiento no debe interponerse; debe haber una alerta percepción del
conflicto sin el pensador. El pensador es el que elige, el que invariablemente
toma partido por lo agradable, por lo que satisface, y de ese modo sostiene el
conflicto; podrá desembarazarse de algún conflicto particular, pero queda allí
el terreno apto para nuevos conflictos. El pensador justifica o condena, y así
impide la comprensión. Estando ausente el pensador, existe la vivencia directa
del conflicto, pero no como una experiencia que soporta un experimentador. En
el estado de vivencia no existe el experimentador ni lo experimentado. La
vivencia es directa; entonces la relación es directa, y no a través de la
memoria. Es esta relación directa que trae comprensión. La comprensión nos
libera del conflicto; y con la liberación del conflicto hay integración.