sábado, 31 de mayo de 2014

PROBLEMAS Y EVASIONES



PROBLEMAS Y EVASIONES

Tengo muy serios problemas, y me parece que al tratar de resolverlos sólo consigo hacerlos más tortuosos y penosos. Estoy perdiendo la cabeza y no sé ya qué hacer. Por añadidura, soy sorda y me veo obligada a usar este mortificante aparato para poder oír. Tengo varios hijos y un esposo que me ha abandonado. Estoy realmente preocupada por mis niños, porque quiero evitarles todas las calamidades que yo he tenido que pasar”.
¡Cuán ansiosos estamos por hallar una respuesta a nuestros problemas! Estamos tan ansiosos de encontrar una respuesta que no podemos estudiar el problema, ello impide nuestra silenciosa observación del mismo. El problema es la cosa importante, y no la respuesta. Si buscamos una respuesta, la encontraremos; pero el problema persistirá, pues la respuesta es inaplicable al problema. Lo que buscamos es una evasión del problema y la solución es un remedio superficial; por lo tanto no hay comprensión del problema. Todos los problemas proceden de un origen, y sin comprender el origen todo intento de resolverlos únicamente conducirá a más confusión y sufrimiento. Ante todo debemos compenetrarnos de que nuestra intención de comprender el problema es seria, de que vemos la necesidad de estar libres de todos los problemas, pues solamente entonces podemos abordar al creador de los problemas. Sin liberarse de los problemas no puede haber tranquilidad, y la tranquilidad es esencial para la felicidad, la cual no es un fin en sí misma. Así como el lago está en calma cuando se detiene el viento, del mismo modo la mente está quieta cuando cesan los problemas. Pero la mente no puede ser aquietada; si lo es, está muerta, es un charco estancado. Cuando esto se vea claramente, entonces el creador de los problemas podrá ser observado. La observación debe ser silenciosa y no de acuerdo con ningún previo plan basado en el placer y en el dolor.
“¡Pero Ud. está pidiendo lo imposible! Nuestra educación ejercita la mente para distinguir, para comparar, para juzgar, para elegir, y es muy difícil no condenar o justificar lo que se observa. ¿Cómo podemos estar libres de este condicionamiento y observar silenciosamente?”
Si veis que la observación silenciosa, la pasiva y alerta percepción es esencial para la comprensión, entonces la verdad de nuestra percepción os libera del trasfondo. Sólo cuando no veis la inmediata necesidad de la pasiva y sin embargo alerta percepción es que surge el “cómo”, la búsqueda de un medio para disolver el trasfondo. Es la verdad que libera, no el medio o el sistema. La verdad de que sólo la silenciosa observación trae la comprensión debe ser descubierta; únicamente entonces estaréis libres de condenación y justificación. Cuando veis el peligro, no preguntáis cómo podréis evitarlo. Es porque no veis la necesidad de estar pasivamente alerta que preguntáis “cómo”. ¿Por qué no veis su necesidad?
“Yo lo deseo, pero jamás he pensado antes estas cosas. Todo lo que puedo decir es que quiero librarme de mis problemas, porque son una verdadera tortura para mí. Quiero ser feliz, como cualquier otra persona”.
Consciente o inconscientemente rehusamos ver la esencialidad del estar pasivamente alerta, porque en realidad nosotros no queremos separarnos de nuestros problemas; pues ¿qué seríamos sin ellos? Preferimos adherirnos a lo que conocemos, aunque sea penoso, antes que arriesgar la persecución de algo que puede llevarnos quién sabe dónde. Con los problemas, por lo menos, estamos familiarizados; pero el pensamiento de perseguir a su creador, sin saber adónde esto nos puede conducir, nos produce miedo y disgusto. La mente estaría perdida sin el tormento de los problemas; ella se alimenta de problemas, ya sea los del mundo o los de la cocina, políticos o personales, religiosos o ideológicos; así nuestros problemas nos hacen insignificantes y estrechos. Una mente que se consume con los problemas del mundo es tan insignificante como la que se atormenta con el progreso espiritual que está realizando. Los problemas recargan la mente con el miedo, porque ellos dan fuerza al “yo”, al “mi” y a lo “mío”. Sin problema, sin realizaciones y fracasos el “yo” no existe.
“Pero sin el ‘yo’ ¿cómo se puede existir? El es el principio de toda acción”.
En tanto la acción sea el resultado del deseo, de la memoria, del temor, del placer y el dolor, inevitablemente debe engendrar conflicto, confusión y antagonismo. Nuestra acción es la consecuencia de nuestro condicionamiento, en cualquier nivel que sea; y nuestra respuesta al desafío, siendo inadecuado e incompleta, debe producir conflicto, que es el problema El conflicto es la verdadera estructura del “yo”. Es enteramente posible vivir sin conflicto, sin el conflicto de la codicia, del miedo, del éxito; pero esta posibilidad será meramente teórica y no efectiva hasta que ella sea descubierta a través de la vivencia directa. Vivir sin codicia sólo es posible cuando se comprenden las modalidades del yo.
“¿Cree Ud. que mi sordera se debe a mis temores y represiones? Los médicos me han asegurado que no tengo ningún defecto estructural. ¿Habrá alguna posibilidad de que recupere mi oído? De una u otra manera, he estado reprimida toda mi vida; nunca he hecho nada de lo que realmente deseaba hacer”.
Reprimirse interior y exteriormente es más fácil que comprender. El comprender es arduo, especialmente para los que han sido profundamente condicionados desde la infancia. Por firme que sea la represión se convierte en una cuestión de hábito. La comprensión jamas puede convertirse en un hábito, en un asunto de rutina ella requiere una constante atención, una constante vigilancia. Para comprender, debe haber flexibilidad, sensibilidad, un entusiasmo que nada tiene que ver con el sentimentalismo. La supresión en cualquier forma no requiere la vivacidad de la alerta percepción; es el modo más fácil y más estúpido de proceder con las respuestas. La supresión es sometimiento a una idea, a una norma, y brinda superficial seguridad, respetabilidad. La comprensión es liberadora, pero la supresión es siempre limitadora, autoencerradora. El temor de la autoridad, de la inseguridad, de la opinión, levanta un refugio ideológico, con su contraparte física, al cual recurre la mente. Este refugio, cualquiera que sea el nivel en que pueda estar colocado, siempre sustenta al temor; y del temor proviene la sustitución, la sublimación o la disciplina, que son todas formas de la represión. La represión debe hallar una salida, que puede ser una dolencia física o alguna clase de ilusión ideológica. El precio que se paga está de acuerdo con nuestros temperamentos e idiosincrasias.
“He notado que en cuanto oigo algo que me resulta desagradable, me refugio detrás de este aparatito, que así me ayuda a escapar hacia mi propio mundo. Pero ¿cómo puede uno librarse de la represión, que viene de años? ¿No requerirá eso un tiempo demasiado largo?”
No es una cuestión de tiempo, de rastrear en el pasado, o de un cuidadoso análisis; es cuestión de ver la verdad de la represión. Mediante la pasiva alerta percepción, sin ninguna opción, del proceso total de la represión, la verdad de esto se descubrirá inmediatamente. No se puede descubrir la verdad de la represión si pensamos en términos de ayer y de mañana; no se puede comprender la verdad por el transcurso del tiempo. La verdad no es algo que se pueda alcanzar; se ve o no se ve, no puede ser percibida gradualmente. La voluntad de liberarse de la represión es un impedimento para la comprensión de la verdad; pues la voluntad es deseo, ya sea positivo o negativo, y con el deseo no puede haber pasiva y alerta percepción. Es el deseo o el ansia lo que origina la represión; y este mismo deseo, aunque ahora se llame voluntad no puede nunca librarse a sí mismo de su propia creación. Una vez más, la verdad de la voluntad debe ser entendida mediante una pasiva y no obstante alerta percepción. El analizador, si bien puede separarse a sí mismo de lo que está analizando, es parte de lo analizado, y como está condicionado por la cosa que analiza, no puede liberarse de ella. Repito, debemos ver la verdad de esto. Es la verdad la que libera, no la voluntad y el esfuerzo.