LA VIDA EN UNA CIUDAD
Era un salón
bien proporcionado, tranquilo y apacible. El moblaje era elegante y de muy buen
gusto, y la alfombra gruesa y suave. Había un hogar de mármol, con el fuego
encendido, y viejos vasos de diferentes partes del mundo. En las paredes
colgaban modernos cuadros tan buenos como algunos de los antiguos maestros. Se
había dedicado considerable atención y cuidado a la belleza y comodidad de la
sala, lo que reflejaba opulencia y buen gusto. La habitación daba sobre un
pequeño jardín, con un cantero que debió haber sido segado y rastrillado
durante muchísimos años.
La vida en una ciudad está extrañamente desconectada del universo;
los edificios levantados por el hombre han tomado el lugar de los valles y las
montañas, y el estruendo del tráfico ha sustituido al de los turbulentos
arroyos. De noche apenas si se ven las estrellas, por más que uno lo desee,
porque las luces de la ciudad son demasiado brillantes; y durante el día el
cielo está limitado y aprisionado. Con los habitantes de la ciudad ocurre algo
definido: son sutiles y civilizados, tienen iglesias y museos, confiterías y
teatros, hermosos vestidos e innumerables tiendas. Por todas partes hay gente,
en las calles, en las fábricas, en las habitaciones. Una nube atraviesa el
cielo, y casi nadie la mira. Hay precipitación y tumulto.
Pero en este salón había una tranquila e ininterrumpida dignidad.
Se respiraba esa atmósfera peculiar de los ricos, la sensación de completa
seguridad y certeza, y la ansiada libertad de la necesidad. Él decía que le
interesaba la filosofía, tanto oriental como occidental, y que era absurdo
empezar con los griegos, como si nada hubiese existido antes que ellos; y luego
comenzó a hablar de su problema: cómo dar, y a quién dar. El problema de tener
dinero, con sus muchas responsabilidades, era un tanto perturbador para él.
¿Por qué se había hecho de esto un problema? ¿Importaba saber a quién daría, y
con qué ánimo? ¿Por qué se había convertido esto en un problema?
Entró en la habitación su esposa, elegante, vistosa y curiosa.
Ambos parecían muy instruidos, artificiosos y mundanamente cultos; eran
inteligentes y estaban interesados en muchas cosas. Sus condiciones eran
producto tanto de la ciudad como del campo, pero de corazón pertenecían más
bien a la ciudad. Sólo una cosa, la compasión, parecía serles completamente
ajena. Evidenciaban un profundo cultivo de las cualidades mentales; había una
perspicacia, una sagacidad tremenda, pero no iba muy lejos. Ella escribía un
poco, y él era una especie de político; hablaban con suma facilidad y
confianza. La duda es sin embargo esencial para descubrir, para alcanzar mayor
comprensión; pero ¿cómo puede haber duda cuando se sabe tanto, cuando la
autoprotectora armadura está tan fortalecida y toda brecha es sellada por
dentro? La apariencia y la forma adquieren extraordinaria importancia para
quienes están en el cautiverio de los sentidos; entonces la belleza es
sensación, la bondad un sentimiento, y la verdad una cuestión intelectual. Cuando
predominan las sensaciones, el confort se vuelve esencial, no sólo para el
cuerpo, sino también para la psiquis; y la comodidad, especialmente la de la
mente, es corrosiva, conduce a la ilusión.
Somos las cosas que poseemos, somos aquello a lo que estamos
apegados. El apego no tiene nobleza. El apego al conocimiento no es diferente
de cualquier otra afición agradable. El apego es autoabsorción, tanto en el
nivel más bajo como en el más alto. El apego es autodecepción, es una manera de
escapar de la vacuidad del “yo”. Las cosas a las que estamos apegados
—propiedad, personas, ideas—, se tornan muy importantes, porque sin las muchas
cosas que llenan su vacío, el “yo” no existe. El miedo de no ser conduce a la
posesión; y el miedo engendra ilusión, el cautiverio de las conclusiones. Las
conclusiones, materiales o ideológicas, impiden la fruición de la inteligencia,
la libertad en la cual únicamente puede surgir la realidad; y sin esta
libertad, la astucia es considerada como inteligencia. Los caminos de la astucia
son siempre complejos y destructivos. Es esta astucia autoprotectora la que nos
conduce al apego; y cuando el apego nos causa dolor, es esta misma astucia la
que busca el desapego y encuentra placer en el orgullo y la vanidad de la
renunciación. La comprensión de los caminos de la astucia, de las modalidades
del “yo”, es el principio de la inteligencia.