sábado, 31 de mayo de 2014

LA VIDA EN UNA CIUDAD



LA VIDA EN UNA CIUDAD

Era un salón bien proporcionado, tranquilo y apacible. El moblaje era elegante y de muy buen gusto, y la alfombra gruesa y suave. Había un hogar de mármol, con el fuego encendido, y viejos vasos de diferentes partes del mundo. En las paredes colgaban modernos cuadros tan buenos como algunos de los antiguos maestros. Se había dedicado considerable atención y cuidado a la belleza y comodidad de la sala, lo que reflejaba opulencia y buen gusto. La habitación daba sobre un pequeño jardín, con un cantero que debió haber sido segado y rastrillado durante muchísimos años.
La vida en una ciudad está extrañamente desconectada del universo; los edificios levantados por el hombre han tomado el lugar de los valles y las montañas, y el estruendo del tráfico ha sustituido al de los turbulentos arroyos. De noche apenas si se ven las estrellas, por más que uno lo desee, porque las luces de la ciudad son demasiado brillantes; y durante el día el cielo está limitado y aprisionado. Con los habitantes de la ciudad ocurre algo definido: son sutiles y civilizados, tienen iglesias y museos, confiterías y teatros, hermosos vestidos e innumerables tiendas. Por todas partes hay gente, en las calles, en las fábricas, en las habitaciones. Una nube atraviesa el cielo, y casi nadie la mira. Hay precipitación y tumulto.
Pero en este salón había una tranquila e ininterrumpida dignidad. Se respiraba esa atmósfera peculiar de los ricos, la sensación de completa seguridad y certeza, y la ansiada libertad de la necesidad. Él decía que le interesaba la filosofía, tanto oriental como occidental, y que era absurdo empezar con los griegos, como si nada hubiese existido antes que ellos; y luego comenzó a hablar de su problema: cómo dar, y a quién dar. El problema de tener dinero, con sus muchas responsabilidades, era un tanto perturbador para él. ¿Por qué se había hecho de esto un problema? ¿Importaba saber a quién daría, y con qué ánimo? ¿Por qué se había convertido esto en un problema?
Entró en la habitación su esposa, elegante, vistosa y curiosa. Ambos parecían muy instruidos, artificiosos y mundanamente cultos; eran inteligentes y estaban interesados en muchas cosas. Sus condiciones eran producto tanto de la ciudad como del campo, pero de corazón pertenecían más bien a la ciudad. Sólo una cosa, la compasión, parecía serles completamente ajena. Evidenciaban un profundo cultivo de las cualidades mentales; había una perspicacia, una sagacidad tremenda, pero no iba muy lejos. Ella escribía un poco, y él era una especie de político; hablaban con suma facilidad y confianza. La duda es sin embargo esencial para descubrir, para alcanzar mayor comprensión; pero ¿cómo puede haber duda cuando se sabe tanto, cuando la autoprotectora armadura está tan fortalecida y toda brecha es sellada por dentro? La apariencia y la forma adquieren extraordinaria importancia para quienes están en el cautiverio de los sentidos; entonces la belleza es sensación, la bondad un sentimiento, y la verdad una cuestión intelectual. Cuando predominan las sensaciones, el confort se vuelve esencial, no sólo para el cuerpo, sino también para la psiquis; y la comodidad, especialmente la de la mente, es corrosiva, conduce a la ilusión.
Somos las cosas que poseemos, somos aquello a lo que estamos apegados. El apego no tiene nobleza. El apego al conocimiento no es diferente de cualquier otra afición agradable. El apego es autoabsorción, tanto en el nivel más bajo como en el más alto. El apego es autodecepción, es una manera de escapar de la vacuidad del “yo”. Las cosas a las que estamos apegados —propiedad, personas, ideas—, se tornan muy importantes, porque sin las muchas cosas que llenan su vacío, el “yo” no existe. El miedo de no ser conduce a la posesión; y el miedo engendra ilusión, el cautiverio de las conclusiones. Las conclusiones, materiales o ideológicas, impiden la fruición de la inteligencia, la libertad en la cual únicamente puede surgir la realidad; y sin esta libertad, la astucia es considerada como inteligencia. Los caminos de la astucia son siempre complejos y destructivos. Es esta astucia autoprotectora la que nos conduce al apego; y cuando el apego nos causa dolor, es esta misma astucia la que busca el desapego y encuentra placer en el orgullo y la vanidad de la renunciación. La comprensión de los caminos de la astucia, de las modalidades del “yo”, es el principio de la inteligencia.