EL INSTRUCTOR ESPIRITUAL
Dijo que su gurú era un hombre demasiado grande
para que se lo pudiera describir, y que durante muchos años había sido uno de
sus discípulos. Este instructor, siguió diciendo, impartía sus enseñanzas
mediante impresiones brutales, mediante expresiones obscenas, insultos y
acciones contradictorias; y agregó que entre sus secuaces había muchas personas
importantes. La misma crudeza del procedimiento forzaba a las personas a
pensar, las hacía estar atentas y tomar notas, lo cual se consideraba necesario
porque la mayoría de la gente estaba dormida y necesitaba ser sacudida. Este
instructor decía las cosas más terribles acerca de Dios, y parecía que sus
discípulos debían beber en abundancia dado que el mismo instructor bebía
copiosamente durante las comidas. Las enseñanzas sin embargo, eran profundas;
hubo un tiempo en que las guardaba en secreto, pero ahora las ponía a
disposición de todos.
El sol del atardecer otoñal penetraba a través de la ventana y se
podía oír el estrépito de la bulliciosa calle. Las hojas moribundas estaban
relucientes, y el aire era fresco y penetrante. Como sucede en todas las
ciudades, el ambiente era depresivo y penoso en contraste con la claridad del
atardecer; y la artificial alegría de la ciudad hacía esa impresión aun más
penosa Parece que hemos olvidado lo que es ser natural, reír libremente; por eso
nuestros rostros están contraídos por la angustia y la ansiedad. No obstante,
las hojas resplandecían en el sol y una nube cruzaba el cielo.
Hasta en los llamados movimientos espirituales se mantienen las
divisiones sociales. ¡Con qué vehemencia saludamos al que tiene titulo, y le
ofrecemos el asiento delantero! ¡Cómo cortejan los secuaces al que se hace
famoso! ¡Qué hambre tenemos de distinciones y rótulos! El ansia de distinciones
se convierte en lo que llamamos desarrollo espiritual: los que están cerca y
los que están lejos, la división jerárquica del Maestro y el iniciado, el
discípulo y el novicio. Esta ansia es obvia y en cierto modo comprensible en
nuestro mundo cotidiano; pero cuando la misma actitud es aplicada a un mundo en
que estas estúpidas distinciones no tienen ningún sentido, ello revela cuán
profundamente condicionados estamos por nuestras ansias y apetitos. Sin
comprender estas ansias, es completamente inútil tratar de estar libre de
vanidad.
“Pero”, continuó diciendo, “nosotros tenemos necesidad de guías, gurús, Maestros. Usted podrá haberlos
superado, pero nosotros que somos personas comunes los necesitamos, de lo
contrario estaríamos como ovejas extraviadas”.
Elegimos a nuestros líderes, tanto politices como espirituales,
dentro de nuestra propia confusión, y por lo tanto también ellos están
confusos. Queremos que se nos halague y consuele, que se nos estimule y
gratifique, y por eso elegimos un instructor que nos dará lo que ansiamos. No
buscamos la realidad, sino que vamos en pos de la satisfacción y la sensación.
Es esencial para nuestra propia glorificación que creemos el instructor, el
Maestro; y nos sentimos perdidos, contusos y ansiosos cuando somos
contrariados. Si no tenéis ningún instructor físicamente accesible, os fabricáis
uno muy remoto, oculto y misterioso; el primero depende de varias influencias
físicas y emocionales, y el último es autoproyectado, un ideal de nuestra
propia hechura; pero ambos son el resultado de vuestra elección, y la elección
está inevitablemente basada en la prevención, en el prejuicio. Tal vez
prefiráis dar a vuestro prejuicio un nombre más respetable y confortante, pero
lo que elijáis habrá salido de vuestra confusión y apetitos. Si estáis buscando
satisfacción, encontraréis naturalmente lo que deseáis, pero no llaméis a eso
verdad. La verdad surge cuando la satisfacción, el deseo de sensación, llega a
su término.
“Usted no me ha convencido de que yo no necesito un Maestro”, dijo.
La verdad no es asunto de argumentación y de convicción; no el
resultado de una opinión.
“Pero el Maestro me ayuda a vencer mi codicia, mi envidia”,
insistió.
¿Puede otro, por grande que sea, ayudar a producir una
transformación en Ud.? Si lo puede, entonces Ud. no está transformado; está
meramente dominado, influido. Esta influencia podrá durar mucho tiempo, pero
Ud. no estará transformado. Habrá sido subyugado; y tanto si es subyugado por
la envidia como por lo que se llama una noble influencia, será igualmente
esclavo, no será libre. Nos agrada ser serviles, depender de alguien, ya se
trate de un Maestro o de cualquier otro, porque en esta dependencia hay
seguridad, el Maestro se convierte en el refugio. Poseer es ser poseído, pero
la posesión no es liberación de la codicia.
“Debo resistir la codicia”, dijo. “Debo luchar con ella, hacer el
mayor esfuerzo para destruirla, y sólo así conseguiré eliminarla”.
Por lo que Ud. dice, debe haber estado muchos años en conflicto con
la codicia, y sin embargo no está libre de ella. No diga que no ha insistido
bastante, como sería la respuesta obvia. ¿Puede Ud. comprender algo por medio
del conflicto? Conquistar no es comprender. Lo que Ud. conquiste tendrá que ser
conquistado una y otra vez; y sin embargo, sólo puede haber liberación de
aquello que es plenamente comprendido. Para comprender, debe haber alerta
percepción del proceso de la resistencia. Resistir es mucho más fácil que
comprender; y además, hemos sido educados para resistir. En la resistencia no
se requiere ninguna observación, ninguna consideración, ninguna comunión; la resistencia
es un indicio del embotamiento de la mente. Una mente que resiste está
encerrada en sí misma y por eso en ella no cabe la sensibilidad, la
comprensión. Comprender las modalidades de la resistencia es mucho más
importante que deshacerse de la codicia. De hecho Ud. no está escuchando lo que
se dice; está considerando las varias convicciones surgidas en sus años de
lucha y resistencia. Ahora está Ud. convencido, y en relación con sus
convicciones, acerca de las cuales habrá probablemente escrito y predicado, Ud.
ha reunido amigos; en su Maestro tiene hecha Ud. una inversión, que le ha
ayudado a resistir. Es por eso que su pasado le impide escuchar lo que se dice.
“Estoy y no estoy de acuerdo con Ud.”, observó.
Lo que demuestra que no está escuchando. Usted está contraponiendo
sus convicciones frente a lo que se dice, lo cual no es escuchar. Tiene Ud.
miedo de escuchar y por eso está en conflicto, por eso está de acuerdo y al
mismo tiempo en desacuerdo.
“Probablemente tiene Ud. razón”, dijo, “pero no puedo deshacerme de
todo lo que he reunido: mis amigos, mi conocimiento, mi experiencia. Sé que
debería hacerlo, pero simplemente no puedo, y ese es el hecho”.
El conflicto íntimo será ahora mayor que nunca en él; pues una vez
que os habéis dado cuenta de lo que es, aunque sea de mala gana, y lo negáis a
causa de vuestras convicciones, se produce una profunda contradicción. Esta
contradicción es dualidad. No puede haber conciliación entre deseos opuestos; y
si se crea un puente, no es más que resistencia, vale decir conformismo. Sólo
en la comprensión de lo que es se da la liberación de lo que es.
Es un hecho que a los secuaces les gusta ser contrariados y
dirigidos, ya sea en forma suave o ruda. Consideran que el trato duro forma
parte de su disciplina —disciplina para el éxito espiritual—. El deseo de ser
golpeado, de ser rudamente sacudido, es parte del placer de golpear; y esta
mutua degradación del líder y del secuaz es la consecuencia del deseo de
sensación. Es debido a vuestro creciente deseo de sensación que seguís y así
creáis un líder, un gurú; y por esta
nueva satisfacción haréis sacrificios, soportaréis incomodidades, insultos y
reprimendas. Todo esto es parte de la mutua explotación, nada tiene que ver con
la realidad y jamás conducirá a la felicidad.