jueves, 29 de mayo de 2014

DISCIPLINA



DISCIPLINA

Habíamos llevado el coche a través de intensa circulación y ahora torcimos desde la carretera principal hacia una resguardada callejuela. Dejando el vehículo solo, seguimos un sendero que se abría paso por entre palmares y a lo largo de un campo de verde arroz, que estaba madurando. ¡Qué hermoso era aquel largo y encorvado arrozal, baldeado por las altas palmeras! Era una noche fresca, y la brisa agitaba los árboles con su pesado follaje. Inesperadamente, tras una vuelta del camino, surgió un lago. Era estrecho, largo y profundo. Y por ambos lados estaban las palmeras, tan juntas que parecían impenetrables. La brisa jugaba con el agua y se oía un murmullo a lo largo de la orilla. Unos muchachos se estaban bañando, desnudos, no avergonzados, y libres. Sus cuerpos brillaban y eran bellos, bien formados, esbeltos y ágiles. Nadaban hasta el centro del lago, luego regresaban y empezaban otra vez. El sendero pasaba después por un pueblo y, durante el regreso, la luna llena producía negras sombras; los muchachos ya se habían marchado, las aguas estaban iluminadas por la luna, y las palmeras eran como blancas columnas sobre el fondo oscuro lleno de sombras.
Había venido él desde cierta distancia y anhelaba encontrar la manera de sojuzgar la mente. Decía que se había retirado deliberadamente del mundo y que estaba viviendo con mucha sencillez en compañía de unos parientes, consagrado el tiempo a vencer la mente. Había practicado cierta disciplina durante unos años, pero aun no tenía dominada la mente; siempre estaba dispuesta a vagar y escaparse, como un animal atado. El se había privado de alimento, pero esto no le había servido; había experimentado con su régimen alimenticio, y esto le fue algo útil; pero nunca hubo paz alguna. Su mente estaba siempre formando imágenes, evocando pasadas escenas, sensaciones e incidentes; o bien pensaba sobre cómo se aquietaría mañana. Pero el mañana nunca llegaba, y todo el proceso se volvía de verdadera pesadilla. En muy raras ocasiones la mente estaba en calma, pero la calma pronto se convertía en un recuerdo, una cosa del pasado.
Lo que se vence, ha de ser conquistado una y otra vez. La represión es una manera de vencer, lo mismo que lo son la sustitución y la sublimación. Desear conquistar es engendrar nuevo conflicto. ¿Por qué queréis conquistar, calmar la mente?
“Siempre he estado interesado en cuestiones religiosas; he estudiado varias religiones, y todas ellas dicen que, para conocer a Dios, la mente ha de estar en calma. Siempre desde que me acuerdo, he querido encontrar a Dios, la penetrante belleza del mundo, la belleza del arrozal y la del sucio pueblo. Yo tenía una carrera muy prometedora, había viajado y todas esas cosas; pero una mañana sencillamente salí en busca de esa serenidad. Oí lo que dijisteis sobre ella el otro día, por lo cual he venido”.
Para encontrar a Dios, tratáis de someter a la mente. Pero ¿es el sosiego de la mente un medio de llegar a Dios? ¿Es la calma la moneda que abrirá las puertas del cielo? Queréis comprar vuestro camino hacia Dios, hacia la verdad o el nombre que queráis. ¿Podéis comprar lo eterno por medio de la virtud, la renunciación, la mortificación? Creemos que si hacemos ciertas cosas, si practicamos la virtud, si observamos la castidad, si nos retiramos del mundo, podremos medir lo inconmensurable; es, pues, un negocio, ¿no? Vuestra “virtud” es un medio para un fin.
“Pero la disciplina es necesaria para refrenar la mente. De lo contrario, no hay paz. Es que yo no la he disciplinado bastante; es culpa mía y no culpa de la disciplina”.
La disciplina es un medio para un fin. Pero el fin es lo desconocido. La verdad es lo desconocido, no puede conocerse; si se conoce, no es la verdad. Si podéis medir lo inconmensurable, entonces no lo es. Nuestra medida es la palabra, y la palabra no es lo real. La disciplina es el medio; pero el medio y el fin no son dos cosas disímiles, ¿verdad? Seguramente, el fin y el medio son una sola cosa; el medio es el fin, el único fin; no hay meta aparte del medio. La violencia como medio para la paz no es más que la perpetuación de la violencia. El medio es lo único que importa, y no el fin; el fin está determinado por el medio; el fin no está separado, fuera del medio.
 “Escucharé y trataré de comprender lo que estáis diciendo. Cuando no comprenda, preguntaré”.
Utilizáis la disciplina, la sujeción, como medio de conseguir tranquilidad, ¿no es eso? La disciplina implica conformidad a una norma, reprimís con el fin de ser esto o aquello. ¿No es la disciplina, en su misma naturaleza, violencia? Puede causaros placer el disciplinaros, pero ¿no es ese mismo placer una forma de resistencia, que sólo engendra ulterior conflicto? ¿No es la práctica de la disciplina el cultivo de la defensa? Y lo que es defendido es siempre atacado ¿No implica la disciplina la represión de lo que es, para lograr un fin deseado? La represión, la sustitución y la sublimación no sirven más que para aumentar el esfuerzo y producir más conflicto. Podéis lograr reprimir una enfermedad, pero continuará apareciendo en diferentes formas hasta que sea desarraigada. La disciplina es la represión, la denominación de lo que es. La disciplina es una forma de violencia y así, gracias a un medio “falso”, esperamos conseguir el fin “verdadero”. Por medio de la resistencia, ¿cómo puede existir lo libre, lo verdadero? La libertad está al principio, no al fin; la meta es el primer paso, el medio es el fin. El primer paso debe ser libre, y no el último. La disciplina implica compulsión, sutil o brutal, exterior o autoimpuesta; y donde hay compulsión, habrá temor. El miedo, la compulsión, se utilizan como medio para un fin, siendo el fin el amor. ¿Puede haber amor por medio del temor? El amor existe cuando no hay temor en ningún nivel.
“Pero, sin alguna clase de compulsión, sin alguna clase de conformidad, ¿cómo puede funcionar la mente en absoluto?’
La actividad misma de la mente es una barrera para su propia comprensión. ¿No habéis observado nunca que sólo hay comprensión cuando la mente, como pensamiento, no está funcionando? La comprensión llega con la terminación del proceso del pensamiento, en el intervalo entre dos pensamientos. Decís que la mente debe estar en calma, y sin embargo deseáis que funcione. Si podemos ser sencillos en la vigilancia, comprenderemos; pero nuestra actitud es tan compleja que impide la comprensión. Ciertamente, lo que nos interesa no es la disciplina, la represión, la resistencia, sino el proceso y la terminación del pensamiento mismo. ¿Qué queremos significar cuando decimos que la mente vaga? Sencillamente que el pensamiento es perpetuamente arrastrado de una atracción a otra, de una a otra asociación, y está constantemente agitado. ¿Es posible que el pensamiento termine?
“Ese es justamente mi problema. Quiero dar fin al pensamiento. Ahora puedo ver lo fútil que es la disciplina; realmente veo su falsedad, su estupidez, y no seguiré por ese camino. Pero ¿cómo podré dar fin al pensamiento?”
Nuevamente, escuchad sin prejuicio, sin interponer conclusión alguna, ni propia ni de otro; escuchad para comprender, y no meramente para refutar o aceptar. Preguntáis de qué manera podéis dar fin al pensamiento, pero ¿sois vos, el pensador, una entidad separada de sus pensamientos? ¿Sois enteramente diferente de vuestros pensamientos? ¿No sois vos vuestros propios pensamientos? El pensamiento puede colocar al pensador en un nivel muy elevado y darle un nombre, separarlo de sí mismo; pero el pensador sigue estando dentro del proceso del pensamiento, ¿no es así? Sólo hay pensamiento, y éste crea al pensador; el pensamiento da forma al pensador, como entidad permanente, separada. El pensamiento se ve a sí mismo impermanente, en flujo constante, de modo que engendra al pensador como entidad permanente, aparte y diferente de sí mismo. Luego el pensador actúa sobre el pensamiento; el pensador dice: “Tengo que dar fin al pensamiento”. Pero sólo existe el proceso del pensar. No hay pensador aparte del pensamiento. Es vital vivencias esta verdad. No se trata de una mera repetición de frases. Sólo hay pensamientos, y no un pensador que piense pensamientos.
“Pero ¿cómo surgió originariamente el pensamiento?”
Por la percepción, el contacto, la sensación, el deseo y la identificación: “Quiero”, “No quiero”, y así sucesivamente. Ello es bastante sencillo, ¿no? Nuestro problema es: ¿Cómo puede terminar el pensamiento? Toda forma de compulsión, consciente o inconsciente, es enteramente inútil, porque implica uno que domina, uno que disciplina; y, como vemos, semejante entidad no existe. La disciplina es un proceso de condenación, comparación o justificación; y cuando se ve claramente que no hay entidad separada como pensador, el que disciplina, entonces sólo hay pensamientos, el proceso del pensar. Pensar es la respuesta de la memoria, de la experiencia, del pasado. También hay que percibir esto, no en el nivel verbal, sino que tiene uno que vivenciarlo. Sólo entonces hay una pasiva vigilancia en la que no existe el pensador, un darse cuenta en el cual el pensamiento está totalmente ausente. La mente, la totalidad de la experiencia, la autoconciencia que está siempre en el pasado, sólo está en calma cuando no se está proyectando; y esta proyección es el deseo de llegar a ser.
La mente está vacía sólo cuando el pensamiento no existe. Este no puede terminar más que por medio de la vigilancia u observación de todo pensamiento. En esta alerta percepción no hay observador ni censor; sin el censor, sólo hay vivencia. Al vivenciar no existen ni el experimentador ni lo experimentado. Lo experimentado es el pensamiento, que da nacimiento al pensador. Sólo cuando la mente está vivenciando hay calma, el silencio que no ha sido confeccionado, compuesto; y tan sólo en esa tranquilidad puede surgir lo real. La realidad no es del tiempo y no se puede medir.