LA ALERTA PERCEPCIÓN
Había inmensas
nubes, como agitadas olas blancas, en un cielo sereno y azul. A cientos de
metros más abajo del lugar en que estábamos parados se veía la azulada curva de
la bahía, y a lo lejos la tierra firme. Era una tarde agradable, tranquila y
fresca, y en el horizonte se divisaba el humo de un barco. Los bosquecillos de
naranjos se extendían hasta el pie de la montaña, y su fragancia llenaba el
aire. Como siempre, la tarde se tornaba azul; hasta el aire mismo se volvía azulado,
y las blancas casas perdían su brillo en ese delicado color. El azul del mar
parecía volcarse sobre la tierra y cubrirla, y las montañas en lo alto eran
también de un azul transparente. La escena era encantadora, y había un inmenso
silencio. Aunque se oían los pocos ruidos del atardecer, estaban dentro de este
silencio, formaban parte de él, lo mismo que nosotros. Este silencio renovaba
todas las cosas, quitando las centurias de suciedad y dolor del corazón de las
cosas; nuestra visión se clarificaba, y la mente participaba de ese silencio.
Un asno rebuznó; los ecos llenaron el valle, y el silencio lo admitió. El fin
del día era la muerte de todos los oyeres, y en esta muerte había un
renacimiento, sin la melancolía del pasado. La vida era nueva en la inmensidad
del silencio.
En la habitación esperaba un hombre, ansioso por discutir alguna
cosa. Era singularmente vivaz, pero se hallaba tranquilamente sentado. Sin duda
era un habitante de la ciudad, y su elegante traje lo hacia parecer más bien
fuera de lugar en esa pequeña aldea y en esa habitación. Habló de sus
actividades, de las dificultades de su profesión, de las trivialidades de la
vida familiar y de la urgencia de sus deseos. Podía abarcar todos estos
problemas tan inteligentemente como cualquier otro; pero lo que realmente lo
confundía eran sus apetitos sexuales. Estaba casado y tenía hijos, pero había
algo más aún. Sus actividades sexuales se habían convertido en un problema muy
serio para él y lo estaban arrastrando casi a la decrepitud. Había hablado con
algunos médicos y psiquiatras pero el problema todavía existía y de alguna
manera debía encontrarle solución.
¡Cuán ansioso estamos de resolver nuestros problemas! ¡Cuán
insistentemente buscamos una contestación, una salida, un remedio! Jamás consideramos
el problema en sí, sino que andamos a tientas buscando con agitación y ansiedad
una respuesta, que invariablemente es proyectada por nosotros mismos. Aunque el
problema es autocreado, tratamos de encontrar una respuesta lejos de él. Buscar
una respuesta es eludir el problema —que es justamente lo que la mayoría de
nosotros queremos hacer. Entonces la respuesta viene a ser lo importante, y no
el problema. La solución no está separada del problema; la respuesta está en el
problema, no fuera de él. Si la respuesta es separada del evento principal,
entonces creamos otros problemas: el problema de cómo obtener la respuesta,
cómo realizarla, cómo ponerla en práctica, etc. Como la búsqueda de una
respuesta es esquivar el problema, nos perdemos en ideales, convicciones,
experiencias, que son autoproyecciones; rendimos culto a estos ídolos de
nuestra propia fabricación y así nos volvemos más y más confusos y tediosos.
Llegar a una conclusión es comparativamente fácil; pero comprender un problema
es arduo, requiere un enfoque completamente diferente, un enfoque en el cual no
haya ningún oculto deseo de respuesta.
Estar liberado del deseo de respuesta es esencial para la
comprensión de un problema. Esta liberación facilita la plena atención; la
mente no se distrae con ningún efecto secundario. Mientras haya conflicto a
favor o en contra del problema, no puede haber ninguna comprensión del mismo;
porque este conflicto es una distracción. Hay comprensión únicamente cuando hay
comunión, y la comunión es imposible mientras haya resistencia o contienda,
temor o aceptación. Se debe establecer una justa relación con el problema, lo
cual es el comienzo de la comprensión; pero ¿cómo puede haber justa relación
con un problema cuando sólo os interesa desembarazaros de él, es decir,
encontrarle una solución? Justa relación significa comunión, y la comunión no
puede existir si hay resistencia positiva o negativa. El enfoque del problema
es más importante que el problema mismo; el enfoque conforma el problema, el
fin. Los medios y el fin no son diferentes del enfoque. El enfoque decide la
suerte del problema. Es de la mayor importancia cómo consideráis el problema,
porque vuestra actitud y prejuicios, vuestros temores y esperanzas lo han de
colorear. Una percepción alerta y sin previa opción de la manera de vuestro
enfoque producirá una justa relación con el problema. El problema es
autocreado, por consiguiente debe haber conocimiento de uno mismo, vosotros y
el problema sois uno, no dos procesos separados. Vosotros sois el problema.
Las actividades del “yo” son espantosamente monótonas. El “yo” es
un fastidio; es intrínsecamente enervante, sin agudeza, frívolo. Sus deseos
opuestos y en conflicto, sus esperanzas y frustraciones, sus realidades e
ilusiones, son esclavizantes, y sin embargo vana; sus actividades conducen a su
propia fatiga. El “yo” siempre está trepando y siempre cayendo, siempre
persiguiendo y siempre fracasando, siempre ganando y siempre perdiendo; y de
este fastidioso circulo de frivolidad trata continuamente de escapar. Huye a
través de la actividad externa o por medio de agradables ilusiones, mediante la
bebida, el sexo, la radio, los libros, la erudición, los entretenimientos, etc.
Su poder de engendrar ilusiones es complejo y vasto. Estas ilusiones son de vuestra
propia hechura, proyectadas por vosotros mismos; son el ideal, la concepción
idolátrica de Maestros y salvadores, el futuro como medio de
autoengrandecimiento, etc. Al tratar de escapar de su propia monotonía, el “yo”
persigue sensaciones y excitaciones internas y externas. Estas son los
sustitutos de la propia negación, y en los sustitutos el “yo” trata
esperanzadamente de conseguir alivio. A menudo tiene éxito, pero el éxito sólo
incrementa su propio deterioro. Persigue un sustituto tras de otros, cada uno
de los cuales crea su propio problema, su propio conflicto y su sufrimiento.
Buscamos el propio olvido interior y exteriormente; algunos se
entregan a la religión, y otros al trabajo y a la actividad. Pero no hay modo
de olvidar el “yo”. El tumulto interior o exterior puede ocultar el “yo”, pero
éste pronto emerge otra vez en diferente forma, bajo distinto aspecto, porque
lo que esté reprimido necesita encontrar expansión. El olvido de sí mismo por
medio de la bebida o del sexo; mediante el culto o la erudición, conduce a la
dependencia, y aquello de lo cual dependéis crea un problema. Si para obtener
expansión, para olvidaros de vosotros mismos, para vuestra dicha dependéis de
la bebida o de un Maestro, entonces éstos llegan a ser vuestro problema. La
dependencia engendra posesividad, envidia, temor; y entonces el temor y su
superación se convierten en vuestro ansioso problema. En la búsqueda de
felicidad creamos problemas, y en ellos nos vemos atrapados. Hallamos cierta
felicidad en el olvido que resulta del sexo, y por eso lo utilizamos como un
instrumento para realizar lo que deseamos. La felicidad por medio de algo
invariablemente debe suscitar conflicto, porque entonces el medio es mucho más
significativo e importante que la felicidad misma. Si obtengo felicidad por
medio de la belleza de esa silla, entonces la silla llega a ser de suprema
importancia para mí, y para conservarla debo estar en guardia contra los demás.
En esta lucha, la dicha que una vez sentí por la belleza de la silla es completamente
olvidada, se pierde, y soy desgraciado con la silla. En sí misma, la silla
tiene poco valor; pero le he dado un valor extraordinario, porque es el
instrumento de mi felicidad. Así los medios se convierten en sustitutos de la
felicidad.
Cuando el medio de mi felicidad es una persona, entonces el
conflicto y la confusión, el antagonismo y el sufrimiento son mayores. Si la
convivencia se basa en el mero uso, ¿existe alguna relación excepto la más
superficial, entre el que usa y el que es usado? Si lo utilizo a Ud. para mi
felicidad, ¿estoy yo realmente relacionado con Ud.? La convivencia implica
comunión con otro en diferentes niveles; y ¿hay comunión con otro cuando ese
otro es sólo una herramienta, un instrumento de mi felicidad? Al utilizar así a
otro, ¿no estoy yo realmente procurando aislarme, pensando que así seré feliz?
A este autoaislamiento lo llamo convivencia; pero de hecho no hay ninguna
comunión en este proceso. La comunión únicamente puede existir donde no hay
ningún temor; y hay corrosivo temor y sufrimiento donde hay utilización y por
lo tanto dependencia. Como nada puede vivir en aislamiento, los intentos de la
mente para aislarse conducen a su propia frustración y miseria. Para escapar de
esta sensación de implenitud, buscamos completarnos en las ideas, en las
personas, en las cosas; y sí nuevamente volvemos al punto de partida, en la
búsqueda de sustitutos.
Los problemas existirán siempre donde las actividades del “yo” sean
dominantes. El darse cuenta de cuáles son y cuáles no son las actividades del
“yo” requiere constante vigilancia. Esta vigilancia no es una atención
disciplinada, sino una vasta y alerta percepción en la que no hay elección
previa. La atención disciplinada fortalece el “yo”; se convierte en un
sustituto y una dependencia. La alerta percepción, por el contrario, no es
autoinducida, ni es la resultante de la práctica; es la comprensión del
contenido total del problema, lo oculto tanto como lo superficial. Para que lo
oculto se manifieste es necesario comprender lo superficial; lo oculto no puede
revelarse si la mente superficial no está quieta. Este proceso no es verbal en
absoluto, ni es tampoco asunto de mera experiencia. La verbalización indica
embotamiento de la mente, y la experiencia, siendo acumulativa, contribuye a la
repetición. La alerta percepción no es asunto de determinación, porque la
directiva que responde a un propósito es resistencia; que tiende hacia la
exclusividad. La alerta percepción es la observación silenciosa y sin opción de
lo que es; en esta alerta percepción el problema se revela a sí mismo, y así es
plena y completamente comprendido.
Un problema no se resuelve en su propio nivel, siendo complejo,
debe ser comprendido en su proceso total. Tratar de resolver un problema en un
sólo nivel, físico o psicológico, conduce a nuevos conflictos y confusiones.
Para la resolución de un problema, debe haber esta alerta percepción, esta
pasiva vigilancia que revela su proceso total.
El amor no es sensación. Las sensaciones dan nacimiento al
pensamiento a través de las palabras y los símbolos. Las sensaciones y el
pensamiento reemplazan al amor; se convierten en sustitutos del amor. Las
sensaciones son de la mente, lo mismo que los apetitos sexuales. La mente
engendra los apetitos, la pasión, por medio del recuerdo, del cual deriva
agradables sensaciones. La mente se compone de diferentes y contradictorios
intereses o deseos, con sus exclusivas sensaciones; y éstas chocan entre sí
cuando una u otra comienza a predominar, creando así un problema. Las
sensaciones son tanto agradables como desagradables, y la mente se adhiere a lo
agradable, convirtiéndose así en su esclava. Esta servidumbre se convierte en
un problema porque la mente es el receptáculo de las sensaciones
contradictorias. Escapar de lo doloroso es también un cautiverio, con sus
propias ilusiones y problemas. La mente es la creadora de los problemas, y por
lo tanto no puede resolverse. El amor no es de la mente; pero cuando la mente
predomina hay sensación, que es llamada entonces amor. Es en este amor de la
mente que se puede pensar, que puede ser descripto e identificado. La mente
puede anular o adelantar las sensaciones agradables, y este proceso es el
apetito, sin que importe en qué nivel es colocado. Dentro del campo de la mente
el amor no puede estar. La mente es el área del temor y el cálculo, de la
envidia y la dominación, de la comparación y la negación, y por eso el amor no
está en ella. Los celos, como el orgullo, son de la mente; pero eso no es amor.
El amor y el proceso de la mente no pueden estar unidos, no pueden ser
unificados. Cuando predominan las sensaciones, no hay espacio para el amor; por
consiguiente las cosas de la mente llenan el corazón. Así el amor se convierte
en lo desconocido, en objeto de persecución y de adoración; se le convierte en
un ideal, para ser utilizado y creído, y los ideales son siempre
autoproyectados. De modo que la mente predomina completamente. Así el amor se
reduce a una palabra, a una sensación. Entonces él amor se hace relativo, “yo
amo más y tú amas menos”. Pero el amor no es personal ni impersonal; el amor es
un estado de ser en el que la sensación como pensamiento está totalmente
ausente.