sábado, 31 de mayo de 2014

LA ALERTA PERCEPCIÓN



LA ALERTA PERCEPCIÓN

Había inmensas nubes, como agitadas olas blancas, en un cielo sereno y azul. A cientos de metros más abajo del lugar en que estábamos parados se veía la azulada curva de la bahía, y a lo lejos la tierra firme. Era una tarde agradable, tranquila y fresca, y en el horizonte se divisaba el humo de un barco. Los bosquecillos de naranjos se extendían hasta el pie de la montaña, y su fragancia llenaba el aire. Como siempre, la tarde se tornaba azul; hasta el aire mismo se volvía azulado, y las blancas casas perdían su brillo en ese delicado color. El azul del mar parecía volcarse sobre la tierra y cubrirla, y las montañas en lo alto eran también de un azul transparente. La escena era encantadora, y había un inmenso silencio. Aunque se oían los pocos ruidos del atardecer, estaban dentro de este silencio, formaban parte de él, lo mismo que nosotros. Este silencio renovaba todas las cosas, quitando las centurias de suciedad y dolor del corazón de las cosas; nuestra visión se clarificaba, y la mente participaba de ese silencio. Un asno rebuznó; los ecos llenaron el valle, y el silencio lo admitió. El fin del día era la muerte de todos los oyeres, y en esta muerte había un renacimiento, sin la melancolía del pasado. La vida era nueva en la inmensidad del silencio.
En la habitación esperaba un hombre, ansioso por discutir alguna cosa. Era singularmente vivaz, pero se hallaba tranquilamente sentado. Sin duda era un habitante de la ciudad, y su elegante traje lo hacia parecer más bien fuera de lugar en esa pequeña aldea y en esa habitación. Habló de sus actividades, de las dificultades de su profesión, de las trivialidades de la vida familiar y de la urgencia de sus deseos. Podía abarcar todos estos problemas tan inteligentemente como cualquier otro; pero lo que realmente lo confundía eran sus apetitos sexuales. Estaba casado y tenía hijos, pero había algo más aún. Sus actividades sexuales se habían convertido en un problema muy serio para él y lo estaban arrastrando casi a la decrepitud. Había hablado con algunos médicos y psiquiatras pero el problema todavía existía y de alguna manera debía encontrarle solución.
¡Cuán ansioso estamos de resolver nuestros problemas! ¡Cuán insistentemente buscamos una contestación, una salida, un remedio! Jamás consideramos el problema en sí, sino que andamos a tientas buscando con agitación y ansiedad una respuesta, que invariablemente es proyectada por nosotros mismos. Aunque el problema es autocreado, tratamos de encontrar una respuesta lejos de él. Buscar una respuesta es eludir el problema —que es justamente lo que la mayoría de nosotros queremos hacer. Entonces la respuesta viene a ser lo importante, y no el problema. La solución no está separada del problema; la respuesta está en el problema, no fuera de él. Si la respuesta es separada del evento principal, entonces creamos otros problemas: el problema de cómo obtener la respuesta, cómo realizarla, cómo ponerla en práctica, etc. Como la búsqueda de una respuesta es esquivar el problema, nos perdemos en ideales, convicciones, experiencias, que son autoproyecciones; rendimos culto a estos ídolos de nuestra propia fabricación y así nos volvemos más y más confusos y tediosos. Llegar a una conclusión es comparativamente fácil; pero comprender un problema es arduo, requiere un enfoque completamente diferente, un enfoque en el cual no haya ningún oculto deseo de respuesta.
Estar liberado del deseo de respuesta es esencial para la comprensión de un problema. Esta liberación facilita la plena atención; la mente no se distrae con ningún efecto secundario. Mientras haya conflicto a favor o en contra del problema, no puede haber ninguna comprensión del mismo; porque este conflicto es una distracción. Hay comprensión únicamente cuando hay comunión, y la comunión es imposible mientras haya resistencia o contienda, temor o aceptación. Se debe establecer una justa relación con el problema, lo cual es el comienzo de la comprensión; pero ¿cómo puede haber justa relación con un problema cuando sólo os interesa desembarazaros de él, es decir, encontrarle una solución? Justa relación significa comunión, y la comunión no puede existir si hay resistencia positiva o negativa. El enfoque del problema es más importante que el problema mismo; el enfoque conforma el problema, el fin. Los medios y el fin no son diferentes del enfoque. El enfoque decide la suerte del problema. Es de la mayor importancia cómo consideráis el problema, porque vuestra actitud y prejuicios, vuestros temores y esperanzas lo han de colorear. Una percepción alerta y sin previa opción de la manera de vuestro enfoque producirá una justa relación con el problema. El problema es autocreado, por consiguiente debe haber conocimiento de uno mismo, vosotros y el problema sois uno, no dos procesos separados. Vosotros sois el problema.
Las actividades del “yo” son espantosamente monótonas. El “yo” es un fastidio; es intrínsecamente enervante, sin agudeza, frívolo. Sus deseos opuestos y en conflicto, sus esperanzas y frustraciones, sus realidades e ilusiones, son esclavizantes, y sin embargo vana; sus actividades conducen a su propia fatiga. El “yo” siempre está trepando y siempre cayendo, siempre persiguiendo y siempre fracasando, siempre ganando y siempre perdiendo; y de este fastidioso circulo de frivolidad trata continuamente de escapar. Huye a través de la actividad externa o por medio de agradables ilusiones, mediante la bebida, el sexo, la radio, los libros, la erudición, los entretenimientos, etc. Su poder de engendrar ilusiones es complejo y vasto. Estas ilusiones son de vuestra propia hechura, proyectadas por vosotros mismos; son el ideal, la concepción idolátrica de Maestros y salvadores, el futuro como medio de autoengrandecimiento, etc. Al tratar de escapar de su propia monotonía, el “yo” persigue sensaciones y excitaciones internas y externas. Estas son los sustitutos de la propia negación, y en los sustitutos el “yo” trata esperanzadamente de conseguir alivio. A menudo tiene éxito, pero el éxito sólo incrementa su propio deterioro. Persigue un sustituto tras de otros, cada uno de los cuales crea su propio problema, su propio conflicto y su sufrimiento.
Buscamos el propio olvido interior y exteriormente; algunos se entregan a la religión, y otros al trabajo y a la actividad. Pero no hay modo de olvidar el “yo”. El tumulto interior o exterior puede ocultar el “yo”, pero éste pronto emerge otra vez en diferente forma, bajo distinto aspecto, porque lo que esté reprimido necesita encontrar expansión. El olvido de sí mismo por medio de la bebida o del sexo; mediante el culto o la erudición, conduce a la dependencia, y aquello de lo cual dependéis crea un problema. Si para obtener expansión, para olvidaros de vosotros mismos, para vuestra dicha dependéis de la bebida o de un Maestro, entonces éstos llegan a ser vuestro problema. La dependencia engendra posesividad, envidia, temor; y entonces el temor y su superación se convierten en vuestro ansioso problema. En la búsqueda de felicidad creamos problemas, y en ellos nos vemos atrapados. Hallamos cierta felicidad en el olvido que resulta del sexo, y por eso lo utilizamos como un instrumento para realizar lo que deseamos. La felicidad por medio de algo invariablemente debe suscitar conflicto, porque entonces el medio es mucho más significativo e importante que la felicidad misma. Si obtengo felicidad por medio de la belleza de esa silla, entonces la silla llega a ser de suprema importancia para mí, y para conservarla debo estar en guardia contra los demás. En esta lucha, la dicha que una vez sentí por la belleza de la silla es completamente olvidada, se pierde, y soy desgraciado con la silla. En sí misma, la silla tiene poco valor; pero le he dado un valor extraordinario, porque es el instrumento de mi felicidad. Así los medios se convierten en sustitutos de la felicidad.
Cuando el medio de mi felicidad es una persona, entonces el conflicto y la confusión, el antagonismo y el sufrimiento son mayores. Si la convivencia se basa en el mero uso, ¿existe alguna relación excepto la más superficial, entre el que usa y el que es usado? Si lo utilizo a Ud. para mi felicidad, ¿estoy yo realmente relacionado con Ud.? La convivencia implica comunión con otro en diferentes niveles; y ¿hay comunión con otro cuando ese otro es sólo una herramienta, un instrumento de mi felicidad? Al utilizar así a otro, ¿no estoy yo realmente procurando aislarme, pensando que así seré feliz? A este autoaislamiento lo llamo convivencia; pero de hecho no hay ninguna comunión en este proceso. La comunión únicamente puede existir donde no hay ningún temor; y hay corrosivo temor y sufrimiento donde hay utilización y por lo tanto dependencia. Como nada puede vivir en aislamiento, los intentos de la mente para aislarse conducen a su propia frustración y miseria. Para escapar de esta sensación de implenitud, buscamos completarnos en las ideas, en las personas, en las cosas; y sí nuevamente volvemos al punto de partida, en la búsqueda de sustitutos.
Los problemas existirán siempre donde las actividades del “yo” sean dominantes. El darse cuenta de cuáles son y cuáles no son las actividades del “yo” requiere constante vigilancia. Esta vigilancia no es una atención disciplinada, sino una vasta y alerta percepción en la que no hay elección previa. La atención disciplinada fortalece el “yo”; se convierte en un sustituto y una dependencia. La alerta percepción, por el contrario, no es autoinducida, ni es la resultante de la práctica; es la comprensión del contenido total del problema, lo oculto tanto como lo superficial. Para que lo oculto se manifieste es necesario comprender lo superficial; lo oculto no puede revelarse si la mente superficial no está quieta. Este proceso no es verbal en absoluto, ni es tampoco asunto de mera experiencia. La verbalización indica embotamiento de la mente, y la experiencia, siendo acumulativa, contribuye a la repetición. La alerta percepción no es asunto de determinación, porque la directiva que responde a un propósito es resistencia; que tiende hacia la exclusividad. La alerta percepción es la observación silenciosa y sin opción de lo que es; en esta alerta percepción el problema se revela a sí mismo, y así es plena y completamente comprendido.
Un problema no se resuelve en su propio nivel, siendo complejo, debe ser comprendido en su proceso total. Tratar de resolver un problema en un sólo nivel, físico o psicológico, conduce a nuevos conflictos y confusiones. Para la resolución de un problema, debe haber esta alerta percepción, esta pasiva vigilancia que revela su proceso total.
El amor no es sensación. Las sensaciones dan nacimiento al pensamiento a través de las palabras y los símbolos. Las sensaciones y el pensamiento reemplazan al amor; se convierten en sustitutos del amor. Las sensaciones son de la mente, lo mismo que los apetitos sexuales. La mente engendra los apetitos, la pasión, por medio del recuerdo, del cual deriva agradables sensaciones. La mente se compone de diferentes y contradictorios intereses o deseos, con sus exclusivas sensaciones; y éstas chocan entre sí cuando una u otra comienza a predominar, creando así un problema. Las sensaciones son tanto agradables como desagradables, y la mente se adhiere a lo agradable, convirtiéndose así en su esclava. Esta servidumbre se convierte en un problema porque la mente es el receptáculo de las sensaciones contradictorias. Escapar de lo doloroso es también un cautiverio, con sus propias ilusiones y problemas. La mente es la creadora de los problemas, y por lo tanto no puede resolverse. El amor no es de la mente; pero cuando la mente predomina hay sensación, que es llamada entonces amor. Es en este amor de la mente que se puede pensar, que puede ser descripto e identificado. La mente puede anular o adelantar las sensaciones agradables, y este proceso es el apetito, sin que importe en qué nivel es colocado. Dentro del campo de la mente el amor no puede estar. La mente es el área del temor y el cálculo, de la envidia y la dominación, de la comparación y la negación, y por eso el amor no está en ella. Los celos, como el orgullo, son de la mente; pero eso no es amor. El amor y el proceso de la mente no pueden estar unidos, no pueden ser unificados. Cuando predominan las sensaciones, no hay espacio para el amor; por consiguiente las cosas de la mente llenan el corazón. Así el amor se convierte en lo desconocido, en objeto de persecución y de adoración; se le convierte en un ideal, para ser utilizado y creído, y los ideales son siempre autoproyectados. De modo que la mente predomina completamente. Así el amor se reduce a una palabra, a una sensación. Entonces él amor se hace relativo, “yo amo más y tú amas menos”. Pero el amor no es personal ni impersonal; el amor es un estado de ser en el que la sensación como pensamiento está totalmente ausente.