CLARIDAD EN LA ACCIÓN
Era una agradable
mañana, purificada después de las lluvias. Los árboles tenían hojas nuevas, que
la brisa del mar había puesto a bailar. El pasto estaba verde y lozano, y el
ganado lo comía ávidamente, por lo que luego de unos pocos meses no quedaría de
él ni una brizna. La fragancia del jardín llenaba la habitación, y los niños
gritaban y reían. Las palmeras tenían dorados cocos, y las hojas de los
bananeros, grandes y colgantes, no estaban aún desgajados por la edad y el
viento. ¡Qué hermosa estaba la tierra, era todo un poema de color! Detrás de la
aldea más allá de las grandes casas y de los bosquecillos, se veía el mar,
lleno de luz y de atronadoras olas. Mar adentro había una pequeña barca, unos
pocos troncos atados, con un solitario hombre pescando.
Ella era muy joven, tendría alrededor de veinte años hacía poco que
se había casado, y sin embargo los años ya habían dejado sus huellas en ella.
Refirió que pertenecía a una familia distinguida, muy culta y trabajadora; se
había diplomado en letras con mención de honor, y se podía apreciar que era
despejada y vivaz. Una vez iniciada la conversación, hablaba con facilidad y
soltura, pero de pronto volvíase autoconsciente y quedaba callada. Quería
desahogarse, pues según dijo no había hablado a nadie sobre su problema, ni aun
a sus padres. Gradualmente, poco a poco, su pena fue traduciéndose en palabras.
Las palabras tienen sentido sólo en un determinado nivel; tienen un modo de
falsear, de no dar todo el significado a sus símbolos, de crear un engaño que
no es en absoluto premeditado. Ella deseaba expresar mucho más que el mero
significado de las palabras, y lo conseguía; no podía hablar de ciertas cosas,
por más que lo intentase, pero su mismo silencio era la expresión de dolorosas
e insoportables indignidades de una convivencia que habíase convertido en un simple
contrato. Su esposo la había maltratado y abandonado, y sus pequeños hijos
apenas si podían acompañarla. Estaban ahora viviendo separados ¿debía ella
regresar al hogar?
¡Qué poderoso influjo tiene sobre nosotros la respetabilidad! ¿Qué
dirá la gente? ¿Puede uno vivir solo, especialmente una mujer, sin que la gente
murmure? La respetabilidad es un disfraz para el hipócrita; cometemos en
pensamiento todos los crímenes posibles, pero exteriormente somos
irreprochables. Ella estaba cortejando la respetabilidad y se hallaba
confundida. Es extraordinario cómo, cuando uno tiene íntima claridad, todo lo
que pueda acaecer está bien. Cuando existe esta claridad interior, lo que esta
bien no es lo que está de acuerdo con nuestro deseo, sino que todo lo que es está bien. El contentamiento viene
con la comprensión de lo que es.
¡Pero qué difícil es ser claro!
“¿Cómo puedo tener claridad acerca de lo que debiera hacer?”
La acción no sigue a la claridad: la claridad es acción. Usted se preocupa por lo que debería hacer, y no por ser
clara. Usted gira entre la respetabilidad y lo que debería hacer, entre la
esperanza y lo que es. El dual deseo
de respetabilidad y de alguna acción ideal trae conflicto y confusión, y sólo
cuando Ud. es capaz de enfrentar lo que es, hay claridad. Lo que es, no es lo que debería ser, lo cual es deseo forzado hacia un particular modelo;
lo que es, es lo actual, no lo
deseable sino el hecho. Probablemente Ud. no lo haya abordado nunca de este
modo, usted ha pensado o ha calculado astutamente, contrapesando esto con
aquello, planeando y contraplaneando, lo que obviamente la ha conducido a esta
contusión que la hace preguntar qué debe hacer. Cualquier elección que Ud. haga
en estado de confusión únicamente puede conducir a mayor confusión. Vea esto
simple y directamente; si lo hace, entonces será capaz de observar lo que es sin deformación. Lo implícito es su
propia acción. Si lo que es está
claro, entonces verá que no hay elección sino sólo acción, y la pregunta de lo
que debería hacer jamas surgirá; tal pregunta aparece sólo cuando existe la
incertidumbre de la elección. La acción no es para elegir la acción de elegir
es la acción de la confusión.
“Estoy empezando a ver lo que Ud. quiere decir: debo ser clara en
mí misma, sin la presunción de la respetabilidad, sin cálculos interesados, sin
el espíritu del negocio. Yo tengo claridad, pero es difícil mantener la
claridad, ¿verdad?”
No, en absoluto. Mantener es resistir. Usted no está manteniendo la
claridad y oponiéndose a la confusión: está vivenciando ser inevitablemente aun
más confusa. Cuando vivencia todo esto, lo que es la confusión, y ve que toda
acción que surge de ella debe no porque otro se lo haya dicho sino porque lo ve
directamente por sí misma, entonces la claridad de lo que es está allí; usted no mantiene la claridad, ella está ahí.
“Comprendo bien lo que Ud. quiere decir. Sí, me resulta claro; todo
está bien. Pero ¿qué hay del amor? No sabemos lo que significa el amor. Creí
que amaba, pero veo que no era así”.
Según lo que me ha referido. Ud. se casó por temor a la soledad y
por apremios y necesidades físicas; y ha visto que nada de esto es amor. Tal
vez lo haya llamado amor para hacerlo respetable, pero de hecho era una
cuestión de conveniencia encubierta bajo la palabra “amor”. Para la mayoría de
la gente, esto es amor, con todo su humo ofuscante: el temor de la inseguridad,
de la soledad, de la frustración, del desamparo en la vejez, y así por el
estilo. Pero todo esto es un mero proceso de pensamiento, que obviamente no es
amor. El pensamiento tiende a la repetición, y la repetición convierte la
convivencia en una rutina. El pensamiento es un proceso desgastados, que no se
renueva a sí mismo, que sólo puede continuar; y lo que tiene continuidad no
puede ser lo nuevo, lo fresco. El pensamiento es sensación, es sensualidad, es
el problema sexual. El pensamiento no puede terminar consigo mismo para ser
creativo; no puede llegar a ser algo diferente de lo que es, vale decir
sensación. El pensamiento es siempre lo rutinario, lo pasado, lo viejo; jamás
puede ser nuevo. Como Ud. ve, el amor no es pensamiento. El amor es cuando el
pensador no es. El pensador no es una entidad diferente del pensamiento; el
pensamiento y el pensador son uno. El pensador es el pensamiento.
El amor no es sensación; es una llama sin humo. Conocerá el amor
cuando Ud. ya no tenga existencia como pensador. Usted no puede sacrificarse a
sí misma, al pensador, por amor. No puede haber ninguna acción deliberada por
amor, pues el amor no es de la mente. La disciplina, la voluntad de amar, es el
pensamiento del amor; y el pensamiento del amor es sensación. El pensamiento no
puede pensar en el amor, pues el amor está fuera del alcance de la mente. El
pensamiento es continuo, y el amor es inagotable. Aquello que es inagotable
siempre es nuevo, y lo que tiene continuidad está siempre en el temor de
terminar. Aquello que termina conoce el eterno comienzo del amor.