LA FUTILIDAD DEL RESULTADO
Ellos habían llegado
desde diferentes partes del mundo, y habían estado discutiendo algunos
problemas que nos atañen a la mayoría. Es bueno dilucidar las cosas; pero las
meras palabras, los hábiles argumentos y los muchos conocimientos no nos traen
la liberación de nuestros dolorosos problemas. La habilidad y el conocimiento
pueden, como ocurre a menudo, demostrar su propia futilidad, y el
descubrimiento de su futilidad hace a la mente silenciosa. En ese silencio, llega
la comprensión del problema; pero buscar ese silencio es engendrar otro
problema, otro conflicto. Las explicaciones, el descubrimiento de las causas,
las disecciones analíticas del problema, no lo resuelven de ningún modo; pues
no es posible resolverlos por los caminos de la mente. La mente sólo puede
crear nuevos problemas. Puede eludir el problema mediante explicaciones,
ideales, intenciones; pero por más que haga, la mente no puede liberarse del
problema. La mente misma es el campo en el cual crecen y se multiplican los
problemas, los conflictos. El pensamiento no puede silenciarse a sí mismo;
puede cubrirse con el manto del silencio, pero eso sólo es ocultación y pose.
El pensamiento puede destruirse a sí mismo por la acción disciplinada con un
predeterminado fin; pero la muerte no es el silencio. La muerte es más
vocinglera que la vida. Cualquier movimiento de la mente es un impedimento para
el silencio.
Por la ventana abierta penetró una confusión de sonidos: las
ruidosas conversaciones y las querellas de la aldea, el escape de una
locomotora, los gritos de los niños y sus libres risas, el rumor de una
carreta, el zumbido de las abejas, el estridente llamado de los cuervos. Y en
medio de todo este ruido, un silencio se insinuaba en la habitación, no buscado
ni invitado. Ese silencio extendía sus alas a través de las palabras y los
argumentos, a través de las incomprensiones y las diatribas. La condición de
ese silencio no es la cesación del ruido, de la charla y la palabra; para
incluir a ese silencio, la mente debe perder su capacidad de expandirse. Ese
silencio está libre de todas las compulsiones, conformidades, esfuerzos; es
inagotable y por lo mismo siempre nuevo, siempre fresco. Mas la palabra no es
ese silencio.
¿Por que es que buscamos resultados, metas? ¿Por qué la mente está
siempre persiguiendo un fin? ¿Y por qué no habría de perseguir un fin? Al venir
aquí, ¿no estamos buscando algo, alguna experiencia, algún deleite? Estamos
cansados y hastiados de las muchas cosas con que nos hemos estado entreteniendo;
nos hemos alejado de ellas, y ahora queremos un nuevo juguete. Pasamos de una
cosa a otra, como una mujer que va de compras mirando vidrieras, hasta que
encontramos algo que nos satisfaga completamente; y entonces nos quedamos allí
estancados. Continuamente estamos ansiando algo; y habiendo probado muchas
cosas, en su mayoría insatisfactorias, queremos ahora lo último: Dios, la
verdad, lo que sea. Queremos un resultado, una nueva experiencia, una nueva
sensación que perdure a pesar de todo. Jamás vemos la futilidad del resultado,
sino sólo la de un resultado particular; por eso vagamos de un resultado a
otro, esperando siempre encontrar uno que ponga fin a toda búsqueda.
La búsqueda del resultado, del éxito, ata, limita; siempre está
aproximándose a su término. La ganancia es un proceso de terminación. Llegar es
morir. Sin embargo eso es lo que estamos buscando, ¿no es así? Estamos buscando
la muerte, sólo que la llamamos resultado, meta, propósito. Queremos llegar.
Estamos cansados de esta eterna lucha, y queremos llegar allí —un “allí”
colocado en cualquier nivel. No vemos la ruinosa destrucción de la lucha, sino
sólo el deseo de librarnos de ella mediante la ganancia de un resultado. No
vemos la verdad de la lucha, del conflicto, y por eso la utilizamos como medio
para lograr lo que queremos, lo que más nos satisface; y lo más satisfactorio
está determinado por la intensidad de nuestro descontento. Este deseo de un
resultado siempre termina en la ganancia pero queremos un resultado que nunca termine.
Así, pues, ¿cuál es nuestro problema? Cómo estar libre del ansia de resultados,
¿verdad?
“Creo que es eso. El mismo deseo de estar libre es también deseo de
un resultado, ¿no es cierto?”
Si seguimos esa línea, quedaremos completamente estancados. ¿Es que
no podemos ver la futilidad del resultado, en cualquier nivel que lo
coloquemos? ¿Es ese nuestro problema? Veamos nuestro problema claramente, y
entonces tal vez seamos capaces de comprenderlo. ¿Se trata acaso de comprobar
la futilidad de un resultado,, para descartar así todo deseo de resultados? Si
percibimos la inutilidad de una evasión, entonces todas las evasiones son
vanas. ¿Es ese nuestro problema? Por cierto que no, ¿verdad? Tal vez podamos
enfocarlo diferentemente.
¿No es también la experiencia un resultado? Si queremos estar
libres de los resultados, ¿no debemos también estar libres de la experiencia?
Porque ¿no es la experiencia una consecuencia, una terminación?
“¿Terminación de qué?”
Terminación de la vivencia. La experiencia es el recuerdo de la
vivencia, ¿no es cierto? Cuando termina la vivencia hay experiencia, el
resultado. Mientras haya vivencia, no hay experiencia; la experiencia no es más
que el recuerdo de haber vivenciado. En cuanto el estado de vivencia
desaparece, comienza la experiencia. La experiencia está siempre estorbando la
vivencia, la vida. Los resultados, las experiencias, llegan a un término; pero
la vivencia es inagotable. Cuando lo inagotable es estorbado por el recuerdo,
entonces empieza la búsqueda de resultados. La mente, el resultado, está
siempre buscando un fin, un propósito, y eso es muerte. La muerte no existe
cuando el experimentador ya no está. Unicamente entonces surge lo inagotable.