LA AUTODEFENSA
Era un hombre muy
conocido, y estaba en condiciones de perjudicar a otros, lo que no hubiera
vacilarla en hacer. Era astutamente superficial, desprovisto de generosidad, y
trabajaba en su propio beneficio. Dijo que no tenía mayor capacidad para
abordar ciertos temas, pero que las circunstancias lo habían obligado a venir,
y que por eso estaba ahí. De todo lo que decía y de lo que no decía, resultaba
bastante claro que era muy ambicioso y ejercía influencia sobre la gente que le
rodeaba; era rudo cuando le convenía y suave cuando quería obtener algo. Tenía
consideración hacia los que estaban por encima de él, trataba a sus iguales con
tolerante condescendencia, e ignoraba por completo a los que estaban debajo de
él. No había echado siquiera una ojeada al chofer que lo había traído. Su
dinero lo hacía desconfiado, y tenía pocos amigos. Habló con sus hijos como si
fuesen juguetes que lo divertían, y dijo que no podía sufrir el estar solo.
Alguien lo había ofendido, y no podía vengarse porque esa persona estaba fuera
de su alcance; por eso se desahogaba con aquellos que podía alcanzar. No
intentaba comprender por qué era innecesariamente brutal, por qué quería
lastimar a aquellos que pretendía amar. Mientras hablaba, lentamente comenzó a
perder su frialdad y llego a ser casi amigable. Era la cordialidad del momento,
cuyo calor se habría enfriado instantáneamente de habérsele contrariado, o si
se le hubiera pedido algo. Como no se le pidió nada, se mostró liberal y por
momentos afectuoso.
El deseo de hacer daño, de herir a otro, ya sea con la palabra, el
gesto, o más profundamente, es poderoso en la mayoría de nosotros; es común y
horriblemente agradable. El mismo deseo de no ser herido conduce a herir a
otros; dañar a otros es una manera de defenderse a sí mismo. Esta autodefensa
toma formas peculiares, que dependen de las circunstancias y tendencias. ¡Qué
fácil es herir a otro, y qué delicadeza hace falta para no herir! Herimos a otros
porque nosotros mismos estamos heridos, porque nos sentirnos tan magullados por
nuestros propios conflictos y sufrimientos. Cuanto más torturados estamos
interiormente, tanto mayor es el imperativo de ser violentos exteriormente. El
tormento interior nos impele a buscar protección exterior; y cuanto más uno se
defiende a sí mismo, tanto más ataca a los otros.
¿Qué es lo que defendemos, lo que tan cuidadosamente protegemos?
Seguramente, es la idea de nosotros mismos, en cualquier nivel. Si no
protegiéramos la idea, el centro de acumulación, no existiría el “yo” y lo
“mío”. Entonces seríamos completamente sensibles, vulnerables en nuestro propio
modo de ser, tanto en lo consciente como en lo oculto, pero como la mayoría de
nosotros no desea descubrir el proceso del “yo”, resistimos cualquier
intromisión en la idea de nosotros mismos. La idea de nosotros mismos es
enteramente superficial; pero como la mayoría vivimos en la superficie, nos
contentamos con ilusiones.
El deseo de ofender a otros es un hondo instinto. Acumulamos
resentimiento, que da una particular vitalidad, una sensación de acción y vida,
y lo que es acumulado debe ser descargado en forma de ira, insulto, desprecio,
obstinación, y sus opuestos. Es esta acumulación de resentimiento la que necesita
Condonación —la cual e torna innecesaria si no hay acumulación de ofensas.
¿Por qué acumulamos adulaciones e insultos, ofensas y afectos? Sin
esta acumulación de experiencias y sus respuestas, nosotros no somos; no somos
nada si no tenemos nombre, apegos, creencias. Es el temor a no ser nada que nos
impele a acumular; y es este mismo temor, tanto consciente como inconsciente,
que, a pesar de nuestras actividades acumulativas, trae nuestra desintegración
y destrucción. Si podemos percibir la verdad de este temor, entonces es la
verdad que nos libera de él, y no nuestra determinación intencional de ser
libres.
Vosotros no sois nada. Podéis tener vuestro nombre y título,
vuestra propiedad —y cuenta bancaria, podéis tener poder y ser famosos; pero a
pesar de todas estas salvaguardias, sois como la nada. Podéis estar totalmente
inconscientes de esta vacuidad, de esta nada, o simplemente no querer daros
cuenta de ella; pero ella está ahí, hagáis lo que hiciereis para evitarlo.
Podréis tratar de escapar de ella por caminos extraviados, mediante la
violencia personal o colectiva, mediante el culto personal o colectivo, el
conocimiento o la diversión; pero ya sea que estéis dormidos o despiertos, ella
está siempre allí. Podéis daros cuenta de vuestra vinculación con esta nada y
su temor sólo estando alerta en la percepción de las evasiones, sin optar. No
estáis relacionados a ella como una entidad individual separada, no sois el
observador que la vigila; sin vosotros, el pensador, el observador, ella no es.
Vosotros y la nada sois uno; vosotros y la nada sois un fenómeno conjunto, no
dos procesos separados. Si uno, como pensador, le tiene miedo y la aborda como
algo contrario y opuesto a uno, entonces cualquier actitud que uno pueda
adoptar con respecto a ella debe inevitablemente conducir a la ilusión y por lo
tanto a nuevos conflictos y miserias. Cuando hay el descubrimiento, la vivencia
de esa nada que sois, entonces el temor —que sólo existe ¿arando el pensador
está separado de sus pensamientos y por consiguiente trata de establecer una
relación con ellos— decae completamente. Sólo entonces es posible para la mente
estar quieta; y en esta tranquilidad, la verdad adviene.