jueves, 29 de mayo de 2014

FELICIDAD CREADORA



FELICIDAD CREADORA

Hay una ciudad al lado del magnifico río amplios y largos escalones descienden hasta el borde del agua, y el mundo parece vivir en esos escalones. Desde primeras horas de la mañana hasta bastante después del oscurecer, están llenos de gente y de ruido; casi al nivel del agua hay unos pequeños peldaños salientes sobre los que se sienta el público y se pierde en sus esperanzas y anhelos, en sus dioses y cánticos. Suenan las campanas del templo, el almuédano llama; alguien está cantando y se ha congregado una enorme multitud, escuchando en atento silencio.
Más allá de todo esto, contorneando el recodo y río arriba, hay un cúmulo, de edificios. Con sus avenidas de árboles y amplias calzadas, se extienden varias millas hacia e interior; y a lo largo del río, por una calleja estrecha y sucia, entra uno en este apartado campo del estudio. Hay allí muchísimos estudiantes de todo el país, ávidos, activos y estrepitosos. Los maestros son pomposos, e intrigan para lograr mejores puestos y sueldos. Nadie parece preocuparse mucho sobre lo que les pasa a los estudiantes después que se marchan. Los profesores imparten ciertos conocimientos y técnicas rápidamente absorbidos por los que son listos; y cuando éstos se gradúan, se acabó. Los profesores tienen puestos seguros, tienen familias y seguridad; más cuando los alumnos se van, éstos tienen que hacer frente al tráfago y a la inseguridad de la vida. Hay edificios, profesores y alumnos como estos por todo el país. Algunos estudiantes alcanzan fama y posición en el mundo, otros crían hijos, luchan y mueren. El Estado quiere competentes técnicos, administradores que dirijan y gobiernen. Y siempre están ahí el ejército, la iglesia y los negocios. Por todo el mundo pasa lo mismo.
Es para aprender una técnica y tener un empleo, una profesión, para lo que pasamos por este proceso de atiborrar de datos y conocimientos la mente superficial, ¿no es cierto? Evidentemente, en el mundo moderno, un buen técnico tiene mejores probabilidades de ganarse la vida; pero luego, ¿qué? ¿Está más capacitado uno que sea técnico, para hacer frente al complejo problema del vivir, que uno que no lo sea? Una profesión es sólo parte de la vida, pero existen también las partes que están ocultas, que son sutiles y misteriosas. Recalcar lo uno y llegar o descuidar el resto tiene que llevar inevitablemente a una actividad muy desequilibrada y desintegradora. Esto es precisamente lo que está ocurriendo hoy en el mundo con siempre creciente conflicto, confusión y desdicha. Claro que hay algunas excepciones los creadores, los felices, los que están en contacto con algo que no está hecho por el hombre, y que no dependen de las cosa de la mente.
Vos y yo tenemos intrínsecamente la capacidad para ser dichosos, para ser creadores, para estar en contacto con algo situado más allá de las garras del tiempo. La felicidad creadora no es un don reservado para los pocos; y ¿por qué ocurre que la inmensa mayoría no conoce esa felicidad? ¿Por qué parece que algunos se mantienen en contacto con lo profundo, a pesar de circunstancias y accidentes, mientras que otros son destruidos por ellos? ¿Por qué son algunos elásticos, flexibles, mientras que otros se mantienen rígidos y son destruidos? A pesar del conocimiento unos tienen la puerta abierta para aquellos que ninguna persona ni libro puede ofrecer, mientras que otros son aplastados por la técnica y la autoridad. ¿Por qué? Está bastante claro que la mente quiere estar atrapada y segura en alguna clase de actividad, despreciando cosas más amplias y profundas, porque así se encuentra en terreno firme; de esta manera su educación, ejercicios, actividades, son fomentados y sostenidos en este nivel, y se encuentran pretextos para no rebasarlo.
Antes de ser contaminados por la llamada educación, muchos niños están en contacto con lo desconocido; ¡lo demuestran de tantas maneras! Pero el medio ambiente pronto empieza a cerrarse en torno suyo, y, pasada cierta edad, pierden aquella luz, aquella belleza que no se encuentra en ningún libro ni escuela. ¿Por qué? No digáis que la vida es demasiado para ellos, que tienen que hacer frente a duras realidades, que es su karma, que es el pecado de sus antepasados; todo esto son tonterías. La felicidad creadora es para todos y no sólo para los pocos. Vos podéis expresarla de una manera y yo de otra, pero es para todos. La felicidad creadora no tiene valor en el mercado; no es una mercancía que se haya de vender al mejor postor, sino que es lo único que puede ser para todos.
¿Es realizable la dicha creadora? Es decir, ¿puede la mente mantenerse en contacto con aquello que es la fuente de toda felicidad? ¿Puede esta actitud abierta ser sostenida, a pasar del conocimiento y la técnica, a pesar de la educación y del tumulto de la vida? Sí, puede, pero sólo cuando el educador esté educado para esta realidad, sólo cuando aquel que enseña esté él mismo en contacto con la fuente de la felicidad creadora. Nuestro problema no es, pues, el alumno, el niño, sino el maestro y el padre. La educación es un círculo vicioso sólo cuando no vemos la importancia, la necesidad esencial, por encima de toda otra cosa, de esta suprema felicidad. Bien mirado, estar abierto al manantial de esta dicha es la más alta religión; mas para realizar tal felicidad hay que prestarle adecuada atención, como se hace con los negocios. La profesión del instructor no es una mera tarea rutinaria, sino la expresión de la belleza y el gozo, que no puede medirse en términos de logro y éxito.
La luz de la realidad y su gloria se destruyen cuando asume el control la mente, que es el asiento del “ego”. El conocimiento de sí mismo es el principio de la sabiduría; sin conocimiento propio, el saber conduce a la ignorancia, a la pugna y al dolor.