EL AUTOSACRIFICIO
Era un hombre más
bien gordo y muy satisfecho de sí mismo. Había sido reducido a prisión y
golpeado varias veces por la policía, y ahora era un político muy conocido y en
vías de ser ministro. Estuvo en varias de las reuniones, discretamente sentado
entre los demás; pero muchos se daban cuenta de su presencia, y él era
consciente de eso. Cuando habló, tenía la voz autoritaria de la tribuna, varias
personas lo miraron, y su voz bajó de tono. Aunque estaba entre ellos, se
mantenía apartado; era el gran político, conocido y admirado; pero la
consideración sólo iba hasta cierto punto, y no más allá. Era fácil darse
cuenta de todo esto apenas la discusión comenzó, y existía esa peculiar
atmósfera que se crea cuando una figura muy conocida está entre el auditorio,
una atmósfera de sorpresa y expectación, de camaradería y sospecha, de
condescendiente distingo y agrado.
Había venido con un amigo, y el amigo comenzó a explicar quién era
él: el número de veces que había estado encarcelado, los malos tratos que había
tenido que soportar, y los inmensos sacrificios que había hecho por la causa de
la libertad de su país. Había sido un hombre pudiente, completamente
europeizado, poseedor de una gran casa y jardines, de varios coches, etc.
Mientras el amigo narraba las hazañas del personaje, su tono se hacía cada vez
más admirativo y respetuoso; pero entre líneas su pensamiento parecía decir:
“Tal vez no sea todo lo que debiera ser, pero al fin y al cabo, si se
consideran los sacrificios que ha hecho, eso al menos es algo”. El personaje
mismo habló de mejoras, del desarrollo hidroeléctrico, de llevar prosperidad al
pueblo, de la corriente amenaza del comunismo, de vastos proyectos y metas. El
hombre quedaba olvidado, pero los proyectos y las ideologías sobraban.
La renunciación hecha para ganar una finalidad es un trueque; en
ella no hay desprendimiento, sino solamente intercambio. El autosacrificio es
una extensión del “yo”. El sacrificio del “yo” es un refinamiento del “yo”, y
por muy sutil que el ‘yo” se haga, sigue siendo todavía encerrado, mezquino,
limitado. Renunciar por una causa, por grande, extensa y significativa que sea,
es sustituir la causa por el “yo”; la causa o la idea se convierte en el “yo”,
en el “mi” y lo “mío”. El sacrificio consciente es la expansión del “yo”, que
cede para volver a recoger; es la afirmación negativa del “yo”. Ceder es otra
forma de adquisición. Renunciáis a esto para ganar aquello. Ponéis esto a un
nivel más bajo, y aquello a un nivel más alto; y para ganar lo más alto,
“renunciáis” a lo más bajo. En este proceso no hay desprendimiento, sino
únicamente la ganancia de una mayor satisfacción; y la búsqueda de mayor
satisfacción no contiene ningún elemento de sacrificio. ¿Por qué usar una
sonora palabra de rectitud para una grata actividad que todos consienten? Usted
renuncia a su posición social para ganar una diferente clase de posición, y
presumiblemente Ud. la tiene ahora: por lo tanto su sacrificio le ha traído la
deseada recompensa. Algunos quieren su recompensa en el cielo, otros aquí y
ahora.
“Esta recompensa ha llegado en el curso de los acontecimientos,
pero yo nunca he buscado conscientemente recompensa alguna desde que me uní al
movimiento”.
El hecho mismo de unirse a un movimiento popular o impopular
constituye su propia recompensa, ¿no es así? Podemos habernos unido sin buscar
conscientemente una recompensa, pero los impulsos internos que nos impelen a
unirnos son complejos, y sin comprenderlos es imposible decir que no hemos
buscado recompensa. Por cierto, lo importante es comprender este impulso de
renunciar, de sacrificar, ¿no es cierto? ¿Por qué queremos desprendernos? Para
contestar eso, ¿no debemos averiguar primero por qué estamos apegados? Únicamente
cuando estamos apegados hablamos de desapego; no habría lucha para ser
desapegado si no hubiera apego. No habría renunciación si no hubiera posesión.
Poseemos, y luego renunciamos para poseer algo distinto. Esta progresiva
renunciación es considerada como algo noble y edificante.
“Sí, eso es cierto. Si no hubiera posesiones, por supuesto no
habría ninguna necesidad de renunciar”.
Por consiguiente, la renunciación, el autosacrificio, no es un
gesto de grandeza, que pueda ser glorificado e imitado. Poseemos porque sin
posesiones no somos nada. Las posesiones son muchas y variadas. El que no posee
cosas mundanas, puede estar apegado al conocimiento, a las ideas; otro puede
estar apegado a la virtud; otro a la experiencia, otro al nombre y a la fama,
etc. Sin posesiones, el “yo” no existe; el “yo” es la posesión, el moblaje, la
virtud, el nombre. En su temor de no ser, la mente se aferra al nombre, al
moblaje, al valor; y se desprenderá de esto con el fin de ocupar un nivel más
alto, siendo lo más alto aquello que nos parece que es lo más agradable, lo más
permanente. El temor a la inseguridad, el temor de no ser, conduce al apego, a
la posesión. Cuando la posesión no nos satisface o es penosa, renunciamos a
ella para adherirnos a otra cosa más agradable. La posesión más satisfactoria
es la palabra Dios, o su sustituto, el Estado.
“Pero el temor de no ser nada es una cosa natural. Me parece que
Ud. sugiere que deberíamos desear no ser nada”.
Mientras Ud. procure llegar a ser algo, mientras esté poseído por
algo, inevitablemente habrá conflicto, confusión y creciente sufrimiento. Usted
podrá creer que Ud. mismo, en su realización y su éxito, no se verá atrapado en
esta progresiva desintegración; pero no podrá escapar a ella, porque Ud. es de
ella. Sus actividades, sus pensamientos, la misma estructura de su existencia,
están basados en el conflicto y en la confusión, y por lo tanto están basados
en el proceso de la desintegración. Mientras Ud. no esté dispuesto a no ser
nada, que es lo que en verdad Ud. es, inevitablemente creará tristeza y
antagonismo. La buena voluntad que nos lleva a no ser nada, no es cuestión de
renunciación, de compulsión, interna o externa, sino de la verdad de lo que es. Ver la verdad de lo que es trae la liberación del miedo a la
inseguridad, del miedo que engendra el apego y lleva a la ilusión del desapego,
de la renunciación. El amor a lo que es,
es el principio de la sabiduría. Sólo el amor puede compartir, sólo él puede
comulgar pero la renunciación y el autosacrificio constituyen el camino del
aislamiento y de la ilusión.