EL PROCESO DEL ODIO
Era maestra, o más bien lo
había sido. Era afectuosa y buena, y esto se había convertido casi en una
rutina. Decía que estuvo enseñando durante más de veinticinco años, y que fue
feliz en ello; y, aunque hacia el fin hubo de alejarse de todo esto, había
persistido. Recientemente empezó a darse cuenta de lo que estaba hondamente
sepultado en su naturaleza. De repente lo había descubierto durante una de las
discusiones, y realmente le sorprendió y contrarió. Allí estaba aquello, y no
se trataba de una simple autoacusación; y, al recordar los años pasados, ahora
podía ver que ello siempre había estado allí. Realmente odiaba. No era odio
hacia ninguna persona determinada, sino un sentimiento de odio general, un
reprimido antagonismo contra todos y contra todo. La primera vez que lo
descubrió, creyó que era algo muy superficial que fácilmente podría desechar;
pero, a medida que pasaban los días, se encontró con que no era simplemente una
cosa ligera, sino un aborrecimiento profundamente arraigado y que había
continuado toda su vida. Lo que la horrorizaba era que siempre había creído ser
afectuosa y buena.
El amor es una cosa extraña; en tanto el pensamiento esté entretejido
con él, no será amor. Cuando pensáis en alguien a quien amáis, esa persona se
vuelve símbolo de agradables sensaciones, recuerdos, imágenes; pero eso no es
amor. El pensamiento es sensación y la sensación no es amor. El proceso mismo
del pensar es la negación del amor. El amor es la llama sin el humo del
pensamiento, de los celos, del antagonismo de la utilización, que son cosas de
la mente. Mientras el corazón esté agobiado con las cosas de la mente, tiene
que haber odio; porque la mente es el asiento del odio, del antagonismo, de la
oposición, del conflicto. El pensamiento es reacción, y la reacción, de una
manera o de otra, es siempre una fuente de enemistad. El pensamiento es
oposición, odio; el pensamiento está siempre en competencia, siempre buscando
un fin, el éxito; su realización es placer y su frustración es odio. El
conflicto es pensamiento enredado entre los opuestos; y la síntesis de los
opuestos sigue siendo odio, antagonismo.
“Mirad, siempre he creído que amaba a los niños, y hasta cuando
crecían solían venir a mí en demanda de consuelo cuando tenían penas. Yo daba
por sentado que los amaba, especialmente aquellos que eran mis favoritos fuera
de la clase: pero ahora veo que siempre ha habido por debajo una corriente de
odio, de antagonismo profundamente arraigado. ¿Que voy a hacer con este
descubrimiento? No podéis figuraros lo abrumada que estoy por ello, y aunque
decís que no debemos enjuiciar, este descubrimiento ha sido muy saludable”.
Habéis descubierto también el proceso del odio? Ver la causa, saber
por qué odiáis, es relativamente sencillo, pero ¿os dais cuenta de las
modalidades del odio? ¿Lo observáis como observaríais un nuevo y extraño
animal?
“¡Todo es tan nuevo para mí! Y yo nunca he seguido el proceso del
odio”.
Vamos a hacerlo ahora, y veamos qué sucede; contemplemos
pasivamente el odio a medida que se desenvuelva. No os horroricéis, no
condenéis ni encontréis pretextos; limitaos a observarlo pasivamente. El odio
es una forma de frustración, ¿no es así? La realización y la frustración van
siempre juntas.
¿En qué estáis interesada, no profesionalmente, sino en lo hondo?
“Siempre he querido pintar”.
¿Por qué no lo habéis hecho?
“Mi padre solía insistir en que yo no debía hacer nada que no
produjese dinero. Era un hombre muy agresivo, y el dinero era para él el fin de
todas las cosas; nunca hacía una cosa si no había dinero en ello, o si no
aportaba más prestigio, más poder. El más era su dios y nosotros todos éramos
sus hijos. Aunque yo lo quería, me oponía a él en muchas formas. Esta idea de
la importancia del dinero estaba profundamente arraigada en mí, y a mi me
gustaba la enseñanza, probablemente porque me ofrecía una oportunidad de mando.
En mis vacaciones, solía pintar pero ello resultaba muy insatisfactorio; yo
quería consagrar mi vida a ello, mas en realidad sólo le dedicaba un par de
meses al año. Por fin, dejé de pintar, pero interiormente ello bullía. Ahora
veo como engendraba antagonismo”.
¿Estuvisteis alguna vez casada? ¿Tenéis hijos propios?
“Me enamoré de un hombre casado y vivíamos juntos secretamente. Yo
sentía unos celos furiosos de su esposa e hijos, y me asustaba el tener niños,
aunque los anhelaba. Me fueron negadas todas las cosas naturales, la compañía
diaria, etc. Y los celos eran una furia que me consumía. Él tuvo que
trasladarse a otra población y mis celos nunca amainaron. Eran una cosa
inaguantable. Para olvidarlo todo, me puse a enseñar más intensamente Mas ahora
veo que sigo siendo celosa, no de él, porque ya ha muerto sino de las personas
dichosas, de los casados, de los que tienen éxito, casi de cualquiera. ¡Se nos
negó lo que podíamos haber sido juntos!”
Los celos son odio, ¿verdad? Si uno ama, no hay lugar para ninguna
otra cosa. Pero no amamos; el humo asfixia nuestra vida y la llama muere.
“Ahora puedo ver que en la escuela, con mis hermanas casadas y en
casi todas mis relaciones, seguía la guerra, aunque encubierta. Yo me estaba
convirtiendo en la maestra ideal. Llegar a ser la maestra ideal era mi meta y
se me reconocía como tal”.
Cuanto más fuerte sea el ideal, más profunda será la represión, más
hondo el conflicto y el antagonismo.
Sí, todo eso lo veo ahora; y lo extraño es que al mirarlo en me
importe ser lo que soy realmente”
No os importa porque hay una especie de reconocimiento brutal, ¿no
es así? Este mismo reconocimiento produce cierto placer; da vitalidad, una
sensación de confianza por conocerse a sí misma, el poder del conocimiento.
Como los celos, aunque dolorosos, daban una sensación placentera, así ahora el
conocimiento de vuestro pasado os da un sentido de dominio, el cual también es
placentero. Habéis ahora encontrado un nuevo nombre para la frustración, para
los celos, y para el hecho de quedar abandonada: es el odio y su conocimiento.
Hay orgullo en el conocimiento, lo cual es otra forma de antagonismo. Pasamos
de una sustitución a otra, pero esencialmente todas las sustituciones son lo
mismo, aunque verbalmente parezcan diferentes. Estáis pues aprisionada en la
red del propio pensamiento, ¿no es cierto?
“Sí, pero ¿qué otra cosa puede una hacer?”
No preguntéis, sino observad el proceso de vuestro propio pensar.
¡Qué astuto y engañoso es! Promete alivio, pero sólo produce otra crisis, otro
antagonismo. Limitaos a observar esto pasivamente y dejad estar esa verdad.
“¿Habrá liberación de los celos, del odio, de esta constante y
reprimida batalla?”
Cuando estáis esperando algo, positiva o negativamente, estáis
proyectando vuestro propio deseo; conseguiréis vuestro deseo, pero eso no será
más que una nueva sustitución, y así, la batalla continúa de nuevo. Este deseo
de lograr o de eludir sigue estando dentro del campo de la oposición, ¿no es
cierto? Ved lo falso como falso, y entonces la verdad será. No tendréis que
buscarla. Lo que busquéis, lo encontraréis, pero no será la verdad. Es como un
hombre que sospecha y que encuentra lo que sospechaba, lo cual es relativamente
fácil y estúpido. Sólo daos cuenta pasivamente de todo este proceso del
pensamiento, y también del deseo de libraros de él.

