PROGRESO Y REVOLUCIÓN
Estaban cantando en el
templo. Era un limpio templo de piedra tallada, macizo e indestructible. Había
más de treinta sacerdotes, desnudos hasta la cintura; su pronunciación del
sánscrito era precisa y clara y conocían el sentido del cántico. La profundidad
y el resonar de las palabras casi hacía temblar aquellos muros y columnas, e
instintivamente el grupo que estaba allí quedó en silencio. Se estaba cantando
la creación, el principio del mundo, y cómo se hizo venir al hombre a la
existencia. La gente había cerrado los ojos y el cántico estaba causando un
agradable trastorno: recuerdos nostálgicos de su juventud, pensamientos sobre
el progreso que habían realizado desde aquellos días juveniles, el extraño
efecto de las palabras sánscritas, la delicia de volver a oír el cántico.
Algunos repetían el canto para sí y sus labios se movían. La atmósfera se
estaba cargando de fuertes emociones, pero los sacerdotes prosiguieron con su
canto y los dioses permanecieron callados.
¡Cómo nos abrazamos a la idea del progreso! Nos gusta pensar que
alcanzaremos un estado mejor, que nos volveremos más compasivos, pacíficos y
virtuosos; nos gusta mucho aferrarnos a esta ilusión, y pocos se dan cuenta
profundamente de que este cambio es una apariencia, un mito satisfactorio. Nos
gusta pensar que algún día seremos mejores, pero entretanto continuamos.
Progreso es una palabra muy reconfortante, muy tranquilizadora, una palabra con
la que nos hipnotizamos. La cosa que es no puede convertirse en algo diferente;
la codicia no puede convertirse en no—codicia, lo mismo que tampoco puede la
violencia llegar a ser no—violencia. Podéis convertir el hierro de fundición en
una maravillosa y complicada máquina, pero el progreso es ilusión cuando se
aplica al propio devenir. La idea de que el “yo” se convierta en algo glorioso
es el sencillo engaño del anhelo de ser grande. Adoramos el éxito del Estado,
de la ideología, del ego, y nos engañamos con la consoladora ilusión del
progreso. El pensamiento puede progresar, llegar a ser algo más, ir hacia un
fin más perfecto o volverse silencioso; pero mientras el pensar sea un
movimiento adquisitivo o de renunciación, siempre será mera reacción. La
reacción siempre produce conflicto, y el progreso en el conflicto es mayor
confusión, más antagonismo.
Decía que era un revolucionario, dispuesto a matar o a morir por su
causa, por su ideología. Estaba preparado para matar por la causa de un mundo
mejor. Destruir el orden social presente produciría desde luego mayor caos,
pero esta contusión podría utilizarse para crear una sociedad sin clases. ¿Qué
importaba si se destruía a algunos o muchos en el proceso de construir un orden
social perfecto? Lo que importaba era el hombre futuro, y no el actual; el
mundo nuevo que iban a construir no tendría desigualdades, habría trabajo para
todos y habría felicidad.
¿Cómo podéis estar tan seguro del porvenir? ¿Qué es lo que os da
tanta certidumbre sobre él? Las personas religiosas prometen el cielo y vos
prometéis un mundo mejor en el futuro; vos tenéis vuestro libro y vuestros
sacerdotes, lo mismo que ellos tienen los suyos, de modo que realmente no hay
mucha diferencia entre vosotros. Pero, ¿qué es lo que os da tanta seguridad de
ver claramente el futuro?
“Lógicamente, si seguimos cierta dirección, el fin es cierto.
Además, hay muchas pruebas históricas que corroboran nuestra actitud”.
Todos traducimos el pasado con arreglo a nuestro propio
condicionamiento y lo interpretamos para que se ajuste a nuestros prejuicios.
Vos estáis tan inseguro del mañana como los demás lo estamos, y gracias al
cielo que sea así. Pero, evidentemente, es lo más ilógico sacrificar el
presente por un ilusorio porvenir.
“¿Creéis en el cambio o sois un instrumento de la burguesía
capitalista?”
El cambio es una continuidad modificada, a la que podéis llamar
revolución; pero la revolución fundamental es un proceso enteramente diferente.
No tiene nada que ver con la lógica ni con las pruebas históricas. Hay
revolución fundamental solamente en comprender el proceso total de la acción,
no en ningún nivel determinado, sea económico o ideológico, sino la acción como
un todo integrado. Semejante acción no es reacción. Vosotros sólo conocéis la
reacción de la antítesis y aquella ulterior reacción que llamáis síntesis. La
integración no es una síntesis intelectual, una conclusión verbal basada en el
estudio histórico. La integración sólo puede venir al comprender la reacción.
La mente es una serie de reacciones; y la revolución basada en reacciones, en
ideas, no es revolución en absoluto, sino solamente una continuidad modificada
de lo que ha existido. Podéis llamarla revolución, pero en realidad no lo es.
“¿Qué es para vos la revolución?”
El cambio basado en una idea no es revolución; porque la idea es la
respuesta de la memoria, lo cual es también reacción. La revolución fundamental
sólo es posible cuando las ideas no son importantes, y por tanto han cesado.
Una revolución nacida del antagonismo deja de ser lo que dice que es, es sólo
oposición y la oposición nunca puede ser creadora.
“La clase de revolución de que habláis es puramente una abstracción.
No tiene realidad en el mundo moderno. Sois un idealista vago, nada práctico en
absoluto”.
Al contrario, el idealista es el hombre con una idea, y éste es el
que no es revolucionario. Las ideas dividen, y la separación es desintegración;
no tiene nada de revolución. El hombre que tiene una ideología se interesa por
ideas, palabras, y no por la acción directa; él elude la acción directa. Una
ideología es un impedimento para la acción directa.
“¿No creéis que puede haber igualdad por medio de la revolución?”
La revolución basada en una idea, por muy lógica y de acuerdo con
las pruebas históricas que sea, no pueden producir igualdad. La función misma
de la idea es separar a las personas. La creencia religiosa o política, pone al
hombre contra el hombre. Las llamadas religiones han dividido a las gentes y
aun las dividen. La creencia organizada que se llama religión, es como
cualquier otra ideología, una cosa de la mente y, por lo tanto, separativa Vos,
con vuestra ideología, estáis haciendo lo mismo, ¿no es verdad? Vos también
estáis formando un núcleo o grupo en torno de una idea queréis incluir a todos
en vuestro grupo, como igualmente lo quiere el creyente. Queréis salvar al
mundo a vuestra manera, como él a la suya. Vosotros os matáis y liquidáis unos
a otros, todo por un mundo mejor. Ninguno de vosotros os interesáis por un
mundo mejor, sino por modelar el mundo con arreglo a vuestra idea. ¿Cómo puede
la idea contribuir a la igualdad?
“En el seno de la idea todos somos iguales, aunque tengamos funciones
diferentes. Primero somos lo que la idea representa y después somos
funcionarios individuales. En la función, tenemos gradaciones, pero no como
representantes de una ideología”.
Esto es precisamente lo que han proclamado todas las demás
creencias organizadas. Ante los ojos de Dios todos somos iguales pero en
capacidad hay variación, la vida es una pero las divisiones sociales son
inevitables. Al sustituir una ideología por otra, no habéis cambiado el hecho
fundamental de que un grupo o individuo trata a otro como inferior. Realmente
hay desigualdad en todos los niveles de la existencia. Uno tiene capacidad, y
otro no; uno dirige y otro sigue; uno está embotado y otro es sensible, alerta,
adaptable; uno pinta o escribe y otro cava; uno es un hombre de ciencia y otro
barrendero. La desigualdad es un hecho y ninguna revolución puede eliminarla.
Lo que hace la llamada revolución es sustituir un grupo por otro, y el nuevo
grupo asume entonces el poder, político o económico se convierte en la nueva
clase alta, que procede a fortalecerse por medio de privilegios, etc.; conoce
todos los trucos de la otra clase, que ha sido derribada. No ha abolido la
desigualdad ¿no es así?
“Con el tiempo la abolirá. Cuando todo el mundo piense como
nosotros, entonces habrá igualdad ideológica”.
La cual no es igualdad en absoluto, sino meramente una idea, una
teoría, el sueño de otro mundo, como el del creyente religioso. ¡Cuán cerca
estáis unos de otros! Las ideas dividen, son separativas, se oponen, crean
conflicto. Una idea nunca puede producir la igualdad ni aun en su propio mundo.
Si todos creyéramos la misma cosa al mismo tiempo, al mismo nivel, habría
cierta igualdad pero eso es una imposibilidad, una mera especulación, que sólo
puede llevar a la ilusión.
“¿Es que estéis despreciando toda igualdad? ¿Estáis adoptando una
actitud cínica y condenando todos los esfuerzos para crear igualdad de
oportunidades para todos?”
No soy cínico, sino que estoy poniendo hechos evidentes; ni tampoco
estoy contra la igualdad de oportunidades. Seguramente que sólo es posible ir
más allá y acaso descubrir una manera eficaz de encararse con este problema de
la desigualdad, cuando comprendemos lo actual, lo que es. Enfrentarse con lo
que es mediante una idea, una conclusión, un sueno, no es comprender lo que es. La observación con prejuicio no es
observación en absoluto. El hecho es que existe desigualdad en todos los
niveles de la conciencia, de la vida, y cualquier cosa que hagamos, no podemos
cambiar esta realidad.
Ahora bien, ¿es posible encarar el hecho de la desigualdad sin
crear nuevo antagonismo, nueva división? La revolución ha utilizado al hombre
como medio para un fin. El fin era importante, mas no el hombre. Las religiones
han sostenido, por lo menos verbalmente, que el hambre es importante; pero
ellas también han utilizado al hombre para levantar el edificio de la creencia,
del dogma. La utilización del hombre para un propósito necesariamente ha de
crear el sentimiento del superior y del inferior, del que está cerca y del que
está lejos, del que sabe y del que no sabe. Esta separación es desigualdad
psicológica y es el factor de desintegración en la sociedad. Actualmente sólo
conocemos la relación como utilidad; la sociedad utiliza al individuo, lo mismo
que los individuos se utilizan unos a los otros para beneficiarse de diversas
maneras. Esta utilización de otro es la causa fundamental de la división
psicológica del hombre contra el hombre.
Sólo dejamos de utilizarnos unos a otros cuando la idea no es el
factor que motiva la relación. Con la idea viene la explotación, y la
explotación engendra antagonismo.
“Entonces, ¿cuál es el factor que existe cuando cesa la idea?”
Es el amor, el único factor que puede producir una revolución
fundamental. El amor es la única verdadera revolución. Pero el amor no es una
idea; existe cuando no existe el pensamiento. El amor no es un instrumento de
propaganda; no es algo para cultivarse y para gritarse desde lo alto de las
casas. Sólo cuando desaparezca la bandera de la creencia, el jefe o conductor,
la idea como acción planeada, podrá haber amor y el amor es la única revolución
creadora y constante.

