LA EXPLOTACIÓN Y LA ACTIVIDAD
Era de mañana
temprano y los alegres pájaros estaban haciendo un terrible alboroto. El sol
apenas tocaba las copas de los árboles y en la densa sombra no había aún
parches de luz. Una serpiente debió haberse arrastrado recientemente por el
pasto, porque había un largo y angosto rastro en el rocío. El cielo todavía no
había perdido su color, y grandes nubes blancas se estaban juntando. De pronto
el ruido de los pájaros cesó, para acrecentarse luego con gritos de advertencia
y regaño cuando un gato vino a acostarse debajo de un arbusto. Un gran halcón
había cazado un pájaro blanco y negro, y lo estaba despedazando con su agudo y
curvo pico. Sostenía su presa con ávida ferocidad, y se tornó amenazador al
acercársele dos o tres cuervos. Los ojos del halcón eran amarillos con
estrechas rayas negras, y vigilaban a los cuervos y a nosotros sin pestañear.
“¿Por qué no he de ser explotado? No me importa que me utilicen por
la causa, que tiene gran significación, y quiero identificarme completamente
con ella. Lo que ellos hagan conmigo tiene poca importancia. Como ve, yo no
cuento para nada. No puedo hacer gran cosa en este mundo, y por eso estoy
ayudando a los que pueden. Pero tengo un problema de adhesión personal que me
perturba en el trabajo. Es esta adhesión que deseo comprender”.
Pero ¿por qué ha de ser explotado? ¿No es Ud. tan importante como
el individuo o el grupo que lo explota?
“No me preocupa ser explotado por la causa, que a mi juicio es lo
más hermoso y valioso del mundo. Las personas con quienes trabajo son gente
espiritual y de altos ideales, y saben mejor que yo lo que se debe hacer”.
¿Por qué piensa que son más capaces que Ud. para hacer bien las
cosas? ¿Cómo sabe que son “espirituales”, para emplear sus propias palabras, y
que tienen una visión más amplia? Después de todo, cuando Ud. ofreció sus
servicios, debe haber considerado este asunto ¿o es que fue Ud. atraído,
conmovido emocionalmente, y por eso se entregó al trabajo?
“Es una causa hermosa, y ofrecí mis servicios porque sentí que
debía colaborar”.
Usted es como esos hombres que ingresan en el ejército para matar o
ser muertos por una causa noble. ¿Saben ellos lo que están haciendo? ¿Sabe Ud.
lo que está haciendo? ¿Cómo sabe que la causa que sirve es “espiritual”?
“Bien entendido, Ud. tiene razón. Estuve en el ejército cuatro años
en la última guerra; ingresé en las filas, al igual que muchos otros, movido
por un sentimiento de patriotismo. No creo haber considerado entonces lo que
significaba matar; era lo que se debía hacer, y así ingresamos. Pero la gente
que estoy ayudando ahora es “espiritual”?
¿Sabe Ud. lo que significa ser espiritual? Ante todo, ser ambicioso
obviamente no es espiritual. ¿Y no son ellos ambiciosos?
“Me temo que sí. Nunca pensé en estas cosas; sólo deseaba ayudar en
algo hermoso.”
¿Es ser ambicioso y encubrirlo con un conjunto de palabras altisonantes
acerca de Maestros, de humanidad, de arte, de fraternidad? ¿Es espiritual estar
agobiado con egocentrismo que se amplifica para incluir al vecino y al hombre
allende los mares? Usted ayuda a los que supone que son espirituales, sin saber
de qué se trata y dispuesto a que lo exploten.
“Sí, eso es insensato, ¿verdad? No quiero ser molestado en lo que
estoy haciendo, y sin embargo tengo un problema; y lo que Ud. dice es aún más
perturbador”.
¿No quiere Ud. que se le moleste? Después de todo, es sólo cuando
somos molestados, despertados que empezamos a observar y a descubrir. Somos
explotados debido a nuestra propia estupidez, que los astutos utilizan en
nombre de la patria, de Dios, de alguna ideología. ¿Cómo puede la estupidez
hacer bien en el mundo, aunque sean los astutos quienes la utilicen? Cuando los
expertos explotan la estupidez, también ellos son estúpidos, porque tampoco
saben adónde los conducen sus actividades. La acción del estúpido, de aquellos
que no se dan cuenta de las modalidades de su propio pensamiento, conduce
inevitablemente al conflicto, a la confusión y al sufrimiento.
Su problema puede no ser necesariamente el de la perturbación.
Desde que está allí, ¿cómo puede ser?
“Perturba mi consagración al trabajo”.
Su consagración no es completa desde que tiene un problema que le
perturba. Su consagración quizá sea una acción irreflexiva, y el problema puede
ser una señal, una advertencia para no ser atrapado en sus presentes
actividades.
“Pero lo que estoy haciendo es de mi gusto”.
Y tal vez esa sea toda la dificultad. Queremos absorbernos en
alguna clase de actividad, cuanto más satisfactoria es la actividad, tanto más
nos aferramos a ella. El deseo de estar satisfecho nos hace estúpidos, y la
satisfacción es la misma cosa en todos los niveles; no hay satisfacciones más
altas y más bajas. Aunque consciente o inconscientemente podamos disfrazar
nuestra satisfacción con palabras nobles, el mismo deseo de estar satisfechos
nos hace torpes. Conseguimos satisfacción, comodidad, seguridad psicológica
mediante cierta clase de actividad; y habiéndola alcanzado, o imaginando que la
hemos alcanzado, deseamos que no se nos perturbe. Pero siempre hay perturbación
—a menos que estemos muertos, o que comprendamos el proceso total del
conflicto, de la lucha. Casi todos nosotros queremos estar muertos, ser
insensibles, porque el vivir es doloroso; y contra ese dolor construimos muros
de resistencia, los muros del condicionamiento. Estos muros aparentemente
protectores sólo engendran mayor conflicto y sufrimiento. ¿No es lo importante
comprender el problema más bien que hallarle una salida? Su problema puede ser
lo real, y quizá su trabajo sea un escape sin mayor significación.
“Todo esto es muy perturbador, y tendré que reflexionarlo muy
cuidadosamente”.
Debajo de los árboles el calor empezaba a hacerse sentir, y nos
fuimos. Pero ¿cómo puede una mente superficial hacer bien jamás? ¿No es el
hacer “el bien”, indicio de una mente superficial? ¿La mente, por muy astuta,
sutil o sabia que sea, no es siempre superficial? La mente superficial jamás
puede llegar a ser lo insondable; el mismo llegar a ser es el camino de la
superficialidad. El devenir es la persecución de lo autoproyectado. La
proyección puede ser verbalmente lo más elevado, quizá sea una amplia visión, esquema
o plan; sin embargo es siempre el engendro de lo superficial. Haga lo que
hiciere, lo superficial jamás puede llegar a ser lo profundo; toda acción de su
parte, todo movimiento de la mente en cualquier nivel, sigue siendo de lo
superficial. Es muy difícil para la mente superficial ver que sus actividades
son vanas, inútiles. Es la mente superficial que es activa, y esta misma
actividad la mantiene en ese estado. Su actividad es su propio
condicionamiento. El condicionamiento, consciente u oculto, es el deseo de
estar libre del conflicto, de la lucha y este deseo levanta vallas contra el
movimiento de la vida, contra el soplo de lo desconocido; y dentro de estos
muros de conclusiones, de creencias, de explicaciones, de ideologías, la mente
se estanca. Sólo lo que es superficial y estancado, muere.
El mismo deseo de encontrar refugio a través del condicionamiento
engendra más lucha, más problemas; pues el condicionamiento es separativo, y lo
separado, lo aislado no puede vivir. Los separados, aunque se unan a otros
separados, no se convierten en lo total. Lo separado es siempre lo aislado, por
más que acumule y junte, se expanda, incluya e identifique. El condicionamiento
es destructivo, desintegrante; pero la mente superficial no puede ser la verdad
de esto, porque es activa en la búsqueda de la verdad. Esta misma actividad
impide la recepción de la verdad. La verdad es acción, no la actividad de lo
superficial, del buscador, del ambicioso. La verdad es el bien, lo hermoso, no
la actividad del danzarín, del planificador, del tejedor de palabras. Es la
verdad que libera al superficial, no su plan de liberación. Lo superficial, la
mente, jamás puede liberarse a sí misma; sólo puede moverse de un
condicionamiento a otro, imaginando que el otro es más libre. Lo más nunca es
libre, es condicionado, es una extensión de lo menos. El movimiento de devenir,
del hombre que quiere llegar a ser el Buddha o el gerente, es la actividad de
lo superficial. Los superficiales están siempre temerosos de lo que son; pero
lo que son es la verdad. La verdad está en la silenciosa observación de lo que
es, y es la verdad que transforma lo que es.



