viernes, 30 de mayo de 2014

LA EXPLOTACIÓN Y LA ACTIVIDAD



LA EXPLOTACIÓN Y LA ACTIVIDAD

Era de mañana temprano y los alegres pájaros estaban haciendo un terrible alboroto. El sol apenas tocaba las copas de los árboles y en la densa sombra no había aún parches de luz. Una serpiente debió haberse arrastrado recientemente por el pasto, porque había un largo y angosto rastro en el rocío. El cielo todavía no había perdido su color, y grandes nubes blancas se estaban juntando. De pronto el ruido de los pájaros cesó, para acrecentarse luego con gritos de advertencia y regaño cuando un gato vino a acostarse debajo de un arbusto. Un gran halcón había cazado un pájaro blanco y negro, y lo estaba despedazando con su agudo y curvo pico. Sostenía su presa con ávida ferocidad, y se tornó amenazador al acercársele dos o tres cuervos. Los ojos del halcón eran amarillos con estrechas rayas negras, y vigilaban a los cuervos y a nosotros sin pestañear.
“¿Por qué no he de ser explotado? No me importa que me utilicen por la causa, que tiene gran significación, y quiero identificarme completamente con ella. Lo que ellos hagan conmigo tiene poca importancia. Como ve, yo no cuento para nada. No puedo hacer gran cosa en este mundo, y por eso estoy ayudando a los que pueden. Pero tengo un problema de adhesión personal que me perturba en el trabajo. Es esta adhesión que deseo comprender”.
Pero ¿por qué ha de ser explotado? ¿No es Ud. tan importante como el individuo o el grupo que lo explota?
“No me preocupa ser explotado por la causa, que a mi juicio es lo más hermoso y valioso del mundo. Las personas con quienes trabajo son gente espiritual y de altos ideales, y saben mejor que yo lo que se debe hacer”.
¿Por qué piensa que son más capaces que Ud. para hacer bien las cosas? ¿Cómo sabe que son “espirituales”, para emplear sus propias palabras, y que tienen una visión más amplia? Después de todo, cuando Ud. ofreció sus servicios, debe haber considerado este asunto ¿o es que fue Ud. atraído, conmovido emocionalmente, y por eso se entregó al trabajo?
“Es una causa hermosa, y ofrecí mis servicios porque sentí que debía colaborar”.
Usted es como esos hombres que ingresan en el ejército para matar o ser muertos por una causa noble. ¿Saben ellos lo que están haciendo? ¿Sabe Ud. lo que está haciendo? ¿Cómo sabe que la causa que sirve es “espiritual”?
“Bien entendido, Ud. tiene razón. Estuve en el ejército cuatro años en la última guerra; ingresé en las filas, al igual que muchos otros, movido por un sentimiento de patriotismo. No creo haber considerado entonces lo que significaba matar; era lo que se debía hacer, y así ingresamos. Pero la gente que estoy ayudando ahora es “espiritual”?
¿Sabe Ud. lo que significa ser espiritual? Ante todo, ser ambicioso obviamente no es espiritual. ¿Y no son ellos ambiciosos?
“Me temo que sí. Nunca pensé en estas cosas; sólo deseaba ayudar en algo hermoso.”
¿Es ser ambicioso y encubrirlo con un conjunto de palabras altisonantes acerca de Maestros, de humanidad, de arte, de fraternidad? ¿Es espiritual estar agobiado con egocentrismo que se amplifica para incluir al vecino y al hombre allende los mares? Usted ayuda a los que supone que son espirituales, sin saber de qué se trata y dispuesto a que lo exploten.
“Sí, eso es insensato, ¿verdad? No quiero ser molestado en lo que estoy haciendo, y sin embargo tengo un problema; y lo que Ud. dice es aún más perturbador”.
¿No quiere Ud. que se le moleste? Después de todo, es sólo cuando somos molestados, despertados que empezamos a observar y a descubrir. Somos explotados debido a nuestra propia estupidez, que los astutos utilizan en nombre de la patria, de Dios, de alguna ideología. ¿Cómo puede la estupidez hacer bien en el mundo, aunque sean los astutos quienes la utilicen? Cuando los expertos explotan la estupidez, también ellos son estúpidos, porque tampoco saben adónde los conducen sus actividades. La acción del estúpido, de aquellos que no se dan cuenta de las modalidades de su propio pensamiento, conduce inevitablemente al conflicto, a la confusión y al sufrimiento.
Su problema puede no ser necesariamente el de la perturbación. Desde que está allí, ¿cómo puede ser?
“Perturba mi consagración al trabajo”.
Su consagración no es completa desde que tiene un problema que le perturba. Su consagración quizá sea una acción irreflexiva, y el problema puede ser una señal, una advertencia para no ser atrapado en sus presentes actividades.
“Pero lo que estoy haciendo es de mi gusto”.
Y tal vez esa sea toda la dificultad. Queremos absorbernos en alguna clase de actividad, cuanto más satisfactoria es la actividad, tanto más nos aferramos a ella. El deseo de estar satisfecho nos hace estúpidos, y la satisfacción es la misma cosa en todos los niveles; no hay satisfacciones más altas y más bajas. Aunque consciente o inconscientemente podamos disfrazar nuestra satisfacción con palabras nobles, el mismo deseo de estar satisfechos nos hace torpes. Conseguimos satisfacción, comodidad, seguridad psicológica mediante cierta clase de actividad; y habiéndola alcanzado, o imaginando que la hemos alcanzado, deseamos que no se nos perturbe. Pero siempre hay perturbación —a menos que estemos muertos, o que comprendamos el proceso total del conflicto, de la lucha. Casi todos nosotros queremos estar muertos, ser insensibles, porque el vivir es doloroso; y contra ese dolor construimos muros de resistencia, los muros del condicionamiento. Estos muros aparentemente protectores sólo engendran mayor conflicto y sufrimiento. ¿No es lo importante comprender el problema más bien que hallarle una salida? Su problema puede ser lo real, y quizá su trabajo sea un escape sin mayor significación.
“Todo esto es muy perturbador, y tendré que reflexionarlo muy cuidadosamente”.
Debajo de los árboles el calor empezaba a hacerse sentir, y nos fuimos. Pero ¿cómo puede una mente superficial hacer bien jamás? ¿No es el hacer “el bien”, indicio de una mente superficial? ¿La mente, por muy astuta, sutil o sabia que sea, no es siempre superficial? La mente superficial jamás puede llegar a ser lo insondable; el mismo llegar a ser es el camino de la superficialidad. El devenir es la persecución de lo autoproyectado. La proyección puede ser verbalmente lo más elevado, quizá sea una amplia visión, esquema o plan; sin embargo es siempre el engendro de lo superficial. Haga lo que hiciere, lo superficial jamás puede llegar a ser lo profundo; toda acción de su parte, todo movimiento de la mente en cualquier nivel, sigue siendo de lo superficial. Es muy difícil para la mente superficial ver que sus actividades son vanas, inútiles. Es la mente superficial que es activa, y esta misma actividad la mantiene en ese estado. Su actividad es su propio condicionamiento. El condicionamiento, consciente u oculto, es el deseo de estar libre del conflicto, de la lucha y este deseo levanta vallas contra el movimiento de la vida, contra el soplo de lo desconocido; y dentro de estos muros de conclusiones, de creencias, de explicaciones, de ideologías, la mente se estanca. Sólo lo que es superficial y estancado, muere.
El mismo deseo de encontrar refugio a través del condicionamiento engendra más lucha, más problemas; pues el condicionamiento es separativo, y lo separado, lo aislado no puede vivir. Los separados, aunque se unan a otros separados, no se convierten en lo total. Lo separado es siempre lo aislado, por más que acumule y junte, se expanda, incluya e identifique. El condicionamiento es destructivo, desintegrante; pero la mente superficial no puede ser la verdad de esto, porque es activa en la búsqueda de la verdad. Esta misma actividad impide la recepción de la verdad. La verdad es acción, no la actividad de lo superficial, del buscador, del ambicioso. La verdad es el bien, lo hermoso, no la actividad del danzarín, del planificador, del tejedor de palabras. Es la verdad que libera al superficial, no su plan de liberación. Lo superficial, la mente, jamás puede liberarse a sí misma; sólo puede moverse de un condicionamiento a otro, imaginando que el otro es más libre. Lo más nunca es libre, es condicionado, es una extensión de lo menos. El movimiento de devenir, del hombre que quiere llegar a ser el Buddha o el gerente, es la actividad de lo superficial. Los superficiales están siempre temerosos de lo que son; pero lo que son es la verdad. La verdad está en la silenciosa observación de lo que es, y es la verdad que transforma lo que es.