SILENCIO Y VOLUNTAD
No había casi
nadie en la larga y curva ribera. Unos pocos pescadores regresaban a su aldea
entre las altas palmeras. Mientras caminaban hacían hilo, enrollando el algodón
en sus muslos desnudos y envolviéndolo en la bobina; era un hilo muy fino y
fuerte. Algunos caminaban con facilidad y gracia, mientras otros tenían que
arrastrar los pies. Eran desnutridos, delgados, tostados por el sol. Un
muchacho pasó dando alegres zancadas y cantando; y el mar estaba agitado. El
viento no era fuerte, pero había mar gruesa, con atronadoras olas. La luna,
casi llena, comenzaba a asomar fuera del agua azul verdosa, y las rompientes
aparecían blancas contra la arena amarilla.
¡Cuán esencialmente sencilla es la vida y cómo la complicamos! La
vida es compleja, pero no sabemos cómo ser sencillos con ella. La complejidad
debe ser abordada sencillamente, de otra manera jamás la comprenderemos.
Sabemos demasiado, y por eso la vida nos elude; y lo demasiado es muy poco. Con
ese poco enfrentamos lo inmenso; y ¿cómo podemos medir lo inconmensurable?
Nuestra vanidad nos embota, la experiencia y el conocimiento nos atan, y las
aguas de la vida pasan sobre nosotros. Para cantar con ese muchacho, para
arrastrarse cansadamente con esos pescadores, para hacer el hilo sobre nuestros
muslos, para ser esos aldeanos y esa pareja del coche —para ser todo eso, no
como una artificiosa identidad, se requiere amor. El amor no es complejo, pero
la mente lo hace tal. Estamos demasiado con la mente, y no conocemos los
caminos del amor. Conocemos los caminos del deseo y la voluntad del deseo, pero
no conocemos el amor. El amor es la llama sin el humo. Estamos demasiado
familiarizados con el humo; llena nuestras cabezas y nuestros corazones, y
vemos oscuramente. No somos sencillos con la belleza de la llama; nos
torturamos con ella. No vivimos con la llama, siguiéndola rápidamente
dondequiera que pueda llevarnos. Sabemos demasiado, lo que siempre es poco, y
hacemos un sendero para el amor. El amor nos rehuye, pero tenemos el hueco
molde. Sencillos son aquellos que saben que no saben; ellos van lejos, porque
no tienen la sobrecarga del conocimiento.
El era un sannyasi de
cierta reputación; tenía la túnica amarilla y la mirada distante. Dijo que
había renunciado al mundo hacía muchos años y se aproximada ahora a la etapa en
que ni este mundo ni el otro le interesaban. Había practicado muchas
austeridades, había dominado el cuerpo ardua y firmemente, y tenía un
extraordinario control sobre su sistema respiratorio y nervioso. Esto le daba
una gran sensación de poder, aunque no lo hubiese buscado.
¿No es este poder tan perjudicial para la comprensión como el poder
de la ambición y de la vanidad? La codicia, como el temor, crea el poder de la
acción. Toda sensación de poder, de dominación, da fuerza al “yo”, al “mi” y a
lo “mío”; y ¿no es el “yo” un impedimento para la realidad?
“Lo inferior debe ser suprimido o debe ajustarse a lo superior. El
conflicto entre los diversos deseos de la mente y del cuerpo debe ser
silenciado; en el proceso de control, el domador gusta el poder, pero el poder
se utiliza para trepar más alto o para ir más hondo. El poder es dañoso
únicamente cuando se utiliza para sí mismo, pero no cuando se emplea para
despejar el camino hacia lo supremo. La voluntad es poder, es el dirigente;
cuando es empleada con fines personales es destructiva, pero usada en la justa
dirección es beneficiosa. Sin voluntad, no puede haber acción”.
Todo conductor utiliza el poder como medio para alcanzar un fin, y
eso mismo hace el hombre común; pero el conductor dice que él lo emplea en bien
de todos, mientras el hombre común sólo piensa en sí mismo. La meta del
dictador, del hombre de poder, del conductor, es la misma que la del conducido;
son similares, uno es la expansión del otro; y ambas son autoproyecciones.
Condenamos una y elogiamos la otra; pero ¿no son todas las metas el resultado
de nuestros propios prejuicios, inclinaciones, temores y esperanzas? Usted
utiliza la voluntad, el esfuerzo, el poder para abrirse camino hacia lo
supremo; este supremo es hechura del deseo, que es la voluntad. La voluntad
crea su propia meta y sacrifica o suprime todo para ese fin. El fin es ella
misma, sólo que es llamado lo supremo, o el Estado, o la ideología.
“¿Puede el conflicto terminar sin el poder de la voluntad?”
Sin comprender las modalidades del conflicto y cómo surge ¿qué
valor tiene la mera supresión o sublimación del conflicto, o el hallarle un
sustituto? Usted puede ser capaz de suprimir una enfermedad, pero ésta pronto
aparecerá de nuevo en otra forma. La voluntad en sí misma es conflicto, es la
consecuencia de la lucha; la voluntad es propósito, es deseo dirigido. Sin
comprender el proceso del deseo, controlarlo simplemente es provocar una nueva
quemadura, un nuevo dolor. El control es evasión. Ud. puede controlar un niño o
un problema, pero no por eso los habrá comprendido. La comprensión es de mucho
mayor importancia que el llegar a una conclusión. La acción de la voluntad es
destructiva, porque la acción que persigue un fin es egocéntrica, separativa,
aisladora. Usted no puede silenciar el conflicto, el deseo porque el que hace el
esfuerzo es el mismo creador del conflicto del deseo. El pensador y sus
pensamientos son el resultado del deseo; y sin comprender el deseo, que es el
“yo” colocado en cualquier nivel, alto o bajo, la mente estará siempre atrapada
en la ignorancia. El camino hacia lo supremo no pasa a través de la voluntad,
del deseo. Lo supremo sólo puede surgir cuando el que hace el esfuerzo ya no
está. Es la voluntad que engendra el conflicto, el deseo de llegar a ser o de
marchar hacia lo supremo. Cuando la mente, que está compuesta de deseo, llega a
su fin, no mediante el esfuerzo, entonces en esa quietud, que no es un
objetivo, surge la realidad.
“Pero, ¿no es la sencillez esencial para esa quietud”.
¿Qué entiende Ud. por sencillez? ¿Quiere decir identificación con
la sencillez, o ser sencillo?
“No se puede ser sencillo sin identificarse con lo que es sencillo,
tanto exterior como interiormente”.
Usted se hace sencillo, ¿no es así? Usted es complicado, pero se
torna sencillo mediante la identificación, identificándose a sí mismo con la
rusticidad del aldeano o con la indumentaria del monje. Yo soy esto, y llego a
ser aquello. Pero ¿este proceso de devenir conduce a la sencillez, o meramente
a la idea de la sencillez? La identificación con la idea de lo sencillo no es sencillez,
¿verdad? ¿Soy yo sencillo por el hecho de afirmar que lo soy, o porque insisto
en identificarme con un modelo de sencillez? La sencillez se funda en la
comprensión de lo que es, no en
tratar de cambiar lo que es en
sencillez. ¿Puede Ud. cambiar lo que es
en algo que no es? ¿Puede la codicia, ya sea de Dios, del dinero o de la
bebida, convertirse nunca en no—codicia? Aquello con lo cual nos identificamos
es siempre lo autoproyectado, tanto si se trata de lo supremo, del Estado o de
la familia. La identificación, en cualquier plano que sea, es siempre el
proceso del “yo”.
La sencillez es la comprensión de lo que es, por muy complejo que ello pueda ser. Lo que es no es difícil de comprender, pero lo
que impide que se comprenda es la perturbación de la comparación, de la
condenación, del prejuicio, ya sea negativo o positivo, etc. Son estas cosas
las que contribuyen a la complejidad. Lo que es nunca es complejo en sí mismo, siempre es sencillo. Lo que Ud.
es, es sencillo de comprender, pero se hace complejo por la forma en que Ud. lo
enfoca; por lo tanto es necesario que haya comprensión del proceso total del
enfoque, que es lo que hace la complejidad. Si Ud. no condena al niño, entonces
él es lo que es y resulta posible actuar. La acción de la condenación conduce a
la complejidad; la acción de lo que es,
es sencillez.
Nada es esencial para la quietud salvo la quietud misma; ella es su
propio principio y su propio fin. Nada esencial la crea, pues ella es. Ningún
medio puede jamás conducir a la quietud. Sólo cuando la quietud es algo
adquirible, realizable, el medio se torna esencial. Si la quietud se pudiera
comprar, entonces la moneda sería importante; pero la moneda, y lo que con ella
se compra, no son la quietud. Los medios son ruidosos, violentos, o sutilmente
adquisitivos, y el fin es de la misma naturaleza, porque el fin está en los
medios, Si el comienzo es silencio, el fin es también silencio. No hay medios
para el silencio; el silencio es cuando el ruido no es. El ruido no llega a su
fin mediante los nuevos ruidos del esfuerzo, de la disciplina, de las
austeridades, de la voluntad. Vea la verdad de esto, y habrá silencio.



