viernes, 30 de mayo de 2014

SILENCIO Y VOLUNTAD



SILENCIO Y VOLUNTAD

No había casi nadie en la larga y curva ribera. Unos pocos pescadores regresaban a su aldea entre las altas palmeras. Mientras caminaban hacían hilo, enrollando el algodón en sus muslos desnudos y envolviéndolo en la bobina; era un hilo muy fino y fuerte. Algunos caminaban con facilidad y gracia, mientras otros tenían que arrastrar los pies. Eran desnutridos, delgados, tostados por el sol. Un muchacho pasó dando alegres zancadas y cantando; y el mar estaba agitado. El viento no era fuerte, pero había mar gruesa, con atronadoras olas. La luna, casi llena, comenzaba a asomar fuera del agua azul verdosa, y las rompientes aparecían blancas contra la arena amarilla.
¡Cuán esencialmente sencilla es la vida y cómo la complicamos! La vida es compleja, pero no sabemos cómo ser sencillos con ella. La complejidad debe ser abordada sencillamente, de otra manera jamás la comprenderemos. Sabemos demasiado, y por eso la vida nos elude; y lo demasiado es muy poco. Con ese poco enfrentamos lo inmenso; y ¿cómo podemos medir lo inconmensurable? Nuestra vanidad nos embota, la experiencia y el conocimiento nos atan, y las aguas de la vida pasan sobre nosotros. Para cantar con ese muchacho, para arrastrarse cansadamente con esos pescadores, para hacer el hilo sobre nuestros muslos, para ser esos aldeanos y esa pareja del coche —para ser todo eso, no como una artificiosa identidad, se requiere amor. El amor no es complejo, pero la mente lo hace tal. Estamos demasiado con la mente, y no conocemos los caminos del amor. Conocemos los caminos del deseo y la voluntad del deseo, pero no conocemos el amor. El amor es la llama sin el humo. Estamos demasiado familiarizados con el humo; llena nuestras cabezas y nuestros corazones, y vemos oscuramente. No somos sencillos con la belleza de la llama; nos torturamos con ella. No vivimos con la llama, siguiéndola rápidamente dondequiera que pueda llevarnos. Sabemos demasiado, lo que siempre es poco, y hacemos un sendero para el amor. El amor nos rehuye, pero tenemos el hueco molde. Sencillos son aquellos que saben que no saben; ellos van lejos, porque no tienen la sobrecarga del conocimiento.
El era un sannyasi de cierta reputación; tenía la túnica amarilla y la mirada distante. Dijo que había renunciado al mundo hacía muchos años y se aproximada ahora a la etapa en que ni este mundo ni el otro le interesaban. Había practicado muchas austeridades, había dominado el cuerpo ardua y firmemente, y tenía un extraordinario control sobre su sistema respiratorio y nervioso. Esto le daba una gran sensación de poder, aunque no lo hubiese buscado.
¿No es este poder tan perjudicial para la comprensión como el poder de la ambición y de la vanidad? La codicia, como el temor, crea el poder de la acción. Toda sensación de poder, de dominación, da fuerza al “yo”, al “mi” y a lo “mío”; y ¿no es el “yo” un impedimento para la realidad?
“Lo inferior debe ser suprimido o debe ajustarse a lo superior. El conflicto entre los diversos deseos de la mente y del cuerpo debe ser silenciado; en el proceso de control, el domador gusta el poder, pero el poder se utiliza para trepar más alto o para ir más hondo. El poder es dañoso únicamente cuando se utiliza para sí mismo, pero no cuando se emplea para despejar el camino hacia lo supremo. La voluntad es poder, es el dirigente; cuando es empleada con fines personales es destructiva, pero usada en la justa dirección es beneficiosa. Sin voluntad, no puede haber acción”.
Todo conductor utiliza el poder como medio para alcanzar un fin, y eso mismo hace el hombre común; pero el conductor dice que él lo emplea en bien de todos, mientras el hombre común sólo piensa en sí mismo. La meta del dictador, del hombre de poder, del conductor, es la misma que la del conducido; son similares, uno es la expansión del otro; y ambas son autoproyecciones. Condenamos una y elogiamos la otra; pero ¿no son todas las metas el resultado de nuestros propios prejuicios, inclinaciones, temores y esperanzas? Usted utiliza la voluntad, el esfuerzo, el poder para abrirse camino hacia lo supremo; este supremo es hechura del deseo, que es la voluntad. La voluntad crea su propia meta y sacrifica o suprime todo para ese fin. El fin es ella misma, sólo que es llamado lo supremo, o el Estado, o la ideología.
“¿Puede el conflicto terminar sin el poder de la voluntad?”
Sin comprender las modalidades del conflicto y cómo surge ¿qué valor tiene la mera supresión o sublimación del conflicto, o el hallarle un sustituto? Usted puede ser capaz de suprimir una enfermedad, pero ésta pronto aparecerá de nuevo en otra forma. La voluntad en sí misma es conflicto, es la consecuencia de la lucha; la voluntad es propósito, es deseo dirigido. Sin comprender el proceso del deseo, controlarlo simplemente es provocar una nueva quemadura, un nuevo dolor. El control es evasión. Ud. puede controlar un niño o un problema, pero no por eso los habrá comprendido. La comprensión es de mucho mayor importancia que el llegar a una conclusión. La acción de la voluntad es destructiva, porque la acción que persigue un fin es egocéntrica, separativa, aisladora. Usted no puede silenciar el conflicto, el deseo porque el que hace el esfuerzo es el mismo creador del conflicto del deseo. El pensador y sus pensamientos son el resultado del deseo; y sin comprender el deseo, que es el “yo” colocado en cualquier nivel, alto o bajo, la mente estará siempre atrapada en la ignorancia. El camino hacia lo supremo no pasa a través de la voluntad, del deseo. Lo supremo sólo puede surgir cuando el que hace el esfuerzo ya no está. Es la voluntad que engendra el conflicto, el deseo de llegar a ser o de marchar hacia lo supremo. Cuando la mente, que está compuesta de deseo, llega a su fin, no mediante el esfuerzo, entonces en esa quietud, que no es un objetivo, surge la realidad.
“Pero, ¿no es la sencillez esencial para esa quietud”.
¿Qué entiende Ud. por sencillez? ¿Quiere decir identificación con la sencillez, o ser sencillo?
“No se puede ser sencillo sin identificarse con lo que es sencillo, tanto exterior como interiormente”.
Usted se hace sencillo, ¿no es así? Usted es complicado, pero se torna sencillo mediante la identificación, identificándose a sí mismo con la rusticidad del aldeano o con la indumentaria del monje. Yo soy esto, y llego a ser aquello. Pero ¿este proceso de devenir conduce a la sencillez, o meramente a la idea de la sencillez? La identificación con la idea de lo sencillo no es sencillez, ¿verdad? ¿Soy yo sencillo por el hecho de afirmar que lo soy, o porque insisto en identificarme con un modelo de sencillez? La sencillez se funda en la comprensión de lo que es, no en tratar de cambiar lo que es en sencillez. ¿Puede Ud. cambiar lo que es en algo que no es? ¿Puede la codicia, ya sea de Dios, del dinero o de la bebida, convertirse nunca en no—codicia? Aquello con lo cual nos identificamos es siempre lo autoproyectado, tanto si se trata de lo supremo, del Estado o de la familia. La identificación, en cualquier plano que sea, es siempre el proceso del “yo”.
La sencillez es la comprensión de lo que es, por muy complejo que ello pueda ser. Lo que es no es difícil de comprender, pero lo que impide que se comprenda es la perturbación de la comparación, de la condenación, del prejuicio, ya sea negativo o positivo, etc. Son estas cosas las que contribuyen a la complejidad. Lo que es nunca es complejo en sí mismo, siempre es sencillo. Lo que Ud. es, es sencillo de comprender, pero se hace complejo por la forma en que Ud. lo enfoca; por lo tanto es necesario que haya comprensión del proceso total del enfoque, que es lo que hace la complejidad. Si Ud. no condena al niño, entonces él es lo que es y resulta posible actuar. La acción de la condenación conduce a la complejidad; la acción de lo que es, es sencillez.
Nada es esencial para la quietud salvo la quietud misma; ella es su propio principio y su propio fin. Nada esencial la crea, pues ella es. Ningún medio puede jamás conducir a la quietud. Sólo cuando la quietud es algo adquirible, realizable, el medio se torna esencial. Si la quietud se pudiera comprar, entonces la moneda sería importante; pero la moneda, y lo que con ella se compra, no son la quietud. Los medios son ruidosos, violentos, o sutilmente adquisitivos, y el fin es de la misma naturaleza, porque el fin está en los medios, Si el comienzo es silencio, el fin es también silencio. No hay medios para el silencio; el silencio es cuando el ruido no es. El ruido no llega a su fin mediante los nuevos ruidos del esfuerzo, de la disciplina, de las austeridades, de la voluntad. Vea la verdad de esto, y habrá silencio.