sábado, 31 de mayo de 2014

EL DESAFIO Y LA RESPUESTA



EL DESAFIO Y LA RESPUESTA

El río se hallaba crecido y anchuroso; en algunos lugares tenía un ancho de varios kilómetros y ver tanta agua era una delicia. Al norte estaban las verdes colinas, frescas después de la tormenta. Era espléndido el espectáculo de la gran curva del río con las blancas velas. Las velas eran grandes y triangulares, y en la luz del amanecer había en ellas un encanto, parecían surgir del agua. Los ruidos del día no habían comenzado aún, y el canto de un botero casi al otro lado del río llegaba flotando sobre las aguas. A esa hora su canto parecía llenar la tierra, silenciando todos los demás sonidos; hasta el silbato de un tren se hizo suave y soportable.
Empezó gradualmente el ruido de la aldea; las disputas en voz alta en la fuente del agua, los balidos de las cabras, el mugido de las vacas pidiendo el ordeñe, los pesados carros sobre el camino, el agudo graznido de los cuervos, los gritos y las risas de los chicos. Y así nació un nuevo día. El sol asomaba sobre las palmeras y los monos se habían ubicado sobre el muro, tocando casi el suelo con sus largas colas. Eran grandes pero muy tímidos; si se los llamaba, saltaban al suelo y huían hacia un gran árbol en el campo. Tenían la cara y las patas negras, y una mirada inteligente, pero no eran tan ‘hábiles y traviesos como los monos pequeños.
“¿Por qué es el pensamiento tan persistente? Parece tan inquieto, tan desesperadamente insistente. No importa lo que se haga, siempre está activo, como esos monos, y su misma actividad es agotadora. No podemos escapar de él, nos persigue implacablemente. Tratamos de suprimirlo, y pocos segundos después irrumpe otra vez. Jamás está quieto, jamás en reposo; siempre está persiguiendo, siempre analizando, siempre torturándose. Dormidos o despiertos, el pensamiento está en constante agitación, y parece no tener paz ni reposo”.
¿Puede jamás el pensamiento estar en paz? Puede por cierto pensar acerca de la paz y tratar de ser apacible, forzándose para quedar quieto; pero ¿puede el pensamiento en sí mismo ser tranquilo? ¿No es el pensamiento inquieto por su propia naturaleza? ¿No es el pensamiento la constante respuesta al constante desafío? No puede haber cesación del desafío, porque cada movimiento de la vida es un desafío; y si no hay una alerta percepción del desafío, entonces hay decadencia, muerte. La verdadera modalidad de la vida es desafío y respuesta. La respuesta puede ser adecuada o inadecuada; y es la insuficiencia de la respuesta al desafío que provoca el pensamiento, con su inquietud. El desafío exige acción, no verbalización. La verbalización es pensamiento. La palabra, el símbolo, retarda la acción; y la idea es la palabra, como la memoria es la palabra. No hay memoria sin el símbolo, sin la palabra. La memoria es la palabra, el pensamiento y ¿puede el pensamiento ser la verdadera respuesta al desafío? ¿Es el desafío una idea? El desafío es siempre nuevo, fresco; y ¿puede el pensamiento, la idea, ser siempre nuevo? Cuando el pensamiento encuentra el desafío, que siempre es nuevo, ¿no es su respuesta el resultado de lo viejo, del pasado?
Cuando lo viejo se une a lo nuevo, inevitablemente la unión es incompleta; y esta implenitud es el pensamiento en su inquieta búsqueda de plenitud. ¿Puede el pensamiento, la idea, ser jamás completo? El pensamiento, la idea, es la respuesta de la memoria; y la memoria es siempre incompleta. La experiencia es la respuesta al desafío. Esta respuesta está condicionada por el pasado, por la memoria; tal respuesta sólo refuerza el condicionamiento. La experiencia no libera, ella fortalece la creencia, el recuerdo, y es este recuerdo el que responde al desafío; por lo tanto la experiencia es la que condiciona.
“Pero ¿qué lugar tiene el pensamiento?”
¿Quiere Ud. decir qué lugar tiene el pensamiento en la acción? ¿Tiene la idea alguna función en la acción? La idea interviene en la acción para modificarla, para controlarla, para modelarla; pero la idea no es acción. La idea, la creencia, es una salvaguardia contra la acción, hace las veces de contralor, modificando y modelando la acción. La idea es la norma para la acción.
“¿Puede haber acción sin norma?”
No es posible cuando uno busca un resultado. La acción encaminada hacia una meta predeterminada no es acción en absoluto, sino sometimiento a la creencia, a la idea. Si se busca conformidad, entonces el pensamiento, la idea, tiene un lugar. Es la función del pensamiento crear normas para lo que llamamos acción, y matar de ese modo la acción. La mayoría de nosotros estamos empeñados en matar la acción; y la idea, la creencia, el dogma, ayudan a destruirla. La acción implica inseguridad, vulnerabilidad para lo desconocido; y el pensamiento, la creencia, que es lo conocido es una efectiva barrera para lo desconocido. El pensamiento jamás puede penetrar en lo desconocido; debe cesar para que lo desconocido sea. La acción de lo desconocido está más allá de la acción del pensamiento; y el pensamiento, dándose cuenta de esto, consciente o inconscientemente se aferró a lo conocido. Lo conocido está siempre respondiendo a lo desconocido, al desafío; y de esta inadecuada respuesta surge el conflicto, la confusión y el sufrimiento. Sólo cuando cesa lo conocido, la idea, puede darse la acción de lo desconocido, que es lo inconmensurable.