EL DESAFIO Y LA RESPUESTA
El río se hallaba
crecido y anchuroso; en algunos lugares tenía un ancho de varios kilómetros y
ver tanta agua era una delicia. Al norte estaban las verdes colinas, frescas
después de la tormenta. Era espléndido el espectáculo de la gran curva del río
con las blancas velas. Las velas eran grandes y triangulares, y en la luz del
amanecer había en ellas un encanto, parecían surgir del agua. Los ruidos del
día no habían comenzado aún, y el canto de un botero casi al otro lado del río
llegaba flotando sobre las aguas. A esa hora su canto parecía llenar la tierra,
silenciando todos los demás sonidos; hasta el silbato de un tren se hizo suave
y soportable.
Empezó gradualmente el ruido de la aldea; las disputas en voz alta
en la fuente del agua, los balidos de las cabras, el mugido de las vacas
pidiendo el ordeñe, los pesados carros sobre el camino, el agudo graznido de
los cuervos, los gritos y las risas de los chicos. Y así nació un nuevo día. El
sol asomaba sobre las palmeras y los monos se habían ubicado sobre el muro,
tocando casi el suelo con sus largas colas. Eran grandes pero muy tímidos; si
se los llamaba, saltaban al suelo y huían hacia un gran árbol en el campo.
Tenían la cara y las patas negras, y una mirada inteligente, pero no eran tan
‘hábiles y traviesos como los monos pequeños.
“¿Por qué es el pensamiento tan persistente? Parece tan inquieto,
tan desesperadamente insistente. No importa lo que se haga, siempre está
activo, como esos monos, y su misma actividad es agotadora. No podemos escapar
de él, nos persigue implacablemente. Tratamos de suprimirlo, y pocos segundos
después irrumpe otra vez. Jamás está quieto, jamás en reposo; siempre está
persiguiendo, siempre analizando, siempre torturándose. Dormidos o despiertos,
el pensamiento está en constante agitación, y parece no tener paz ni reposo”.
¿Puede jamás el pensamiento estar en paz? Puede por cierto pensar
acerca de la paz y tratar de ser apacible, forzándose para quedar quieto; pero
¿puede el pensamiento en sí mismo ser tranquilo? ¿No es el pensamiento inquieto
por su propia naturaleza? ¿No es el pensamiento la constante respuesta al
constante desafío? No puede haber cesación del desafío, porque cada movimiento
de la vida es un desafío; y si no hay una alerta percepción del desafío,
entonces hay decadencia, muerte. La verdadera modalidad de la vida es desafío y
respuesta. La respuesta puede ser adecuada o inadecuada; y es la insuficiencia
de la respuesta al desafío que provoca el pensamiento, con su inquietud. El
desafío exige acción, no verbalización. La verbalización es pensamiento. La
palabra, el símbolo, retarda la acción; y la idea es la palabra, como la
memoria es la palabra. No hay memoria sin el símbolo, sin la palabra. La
memoria es la palabra, el pensamiento y ¿puede el pensamiento ser la verdadera
respuesta al desafío? ¿Es el desafío una idea? El desafío es siempre nuevo,
fresco; y ¿puede el pensamiento, la idea, ser siempre nuevo? Cuando el
pensamiento encuentra el desafío, que siempre es nuevo, ¿no es su respuesta el
resultado de lo viejo, del pasado?
Cuando lo viejo se une a lo nuevo, inevitablemente la unión es
incompleta; y esta implenitud es el pensamiento en su inquieta búsqueda de
plenitud. ¿Puede el pensamiento, la idea, ser jamás completo? El pensamiento,
la idea, es la respuesta de la memoria; y la memoria es siempre incompleta. La
experiencia es la respuesta al desafío. Esta respuesta está condicionada por el
pasado, por la memoria; tal respuesta sólo refuerza el condicionamiento. La
experiencia no libera, ella fortalece la creencia, el recuerdo, y es este
recuerdo el que responde al desafío; por lo tanto la experiencia es la que
condiciona.
“Pero ¿qué lugar tiene el pensamiento?”
¿Quiere Ud. decir qué lugar tiene el pensamiento en la acción?
¿Tiene la idea alguna función en la acción? La idea interviene en la acción
para modificarla, para controlarla, para modelarla; pero la idea no es acción.
La idea, la creencia, es una salvaguardia contra la acción, hace las veces de
contralor, modificando y modelando la acción. La idea es la norma para la
acción.
“¿Puede haber acción sin norma?”
No es posible cuando uno busca un resultado. La acción encaminada
hacia una meta predeterminada no es acción en absoluto, sino sometimiento a la
creencia, a la idea. Si se busca conformidad, entonces el pensamiento, la idea,
tiene un lugar. Es la función del pensamiento crear normas para lo que llamamos
acción, y matar de ese modo la acción. La mayoría de nosotros estamos empeñados
en matar la acción; y la idea, la creencia, el dogma, ayudan a destruirla. La
acción implica inseguridad, vulnerabilidad para lo desconocido; y el
pensamiento, la creencia, que es lo conocido es una efectiva barrera para lo
desconocido. El pensamiento jamás puede penetrar en lo desconocido; debe cesar
para que lo desconocido sea. La acción de lo desconocido está más allá de la
acción del pensamiento; y el pensamiento, dándose cuenta de esto, consciente o
inconscientemente se aferró a lo conocido. Lo conocido está siempre
respondiendo a lo desconocido, al desafío; y de esta inadecuada respuesta surge
el conflicto, la confusión y el sufrimiento. Sólo cuando cesa lo conocido, la
idea, puede darse la acción de lo desconocido, que es lo inconmensurable.