“¿CÓMO PUEDO AMAR?”
Estábamos muy alto en
la ladera de una montaña que dominaba el valle, y el gran río parecía una cinta
plateada en el sol. Aquí y allá el sol se filtraba a través del espeso follaje,
y se sentía el perfume de muchas flores. Era una mañana deliciosa, y el rocío
estaba todavía denso en el suelo. La fragante brisa cruzaba el valle, trayendo
el lejano ruido de la gente, el tañido de las campanas y el sonido de alguna
ocasional corneta. En el valle el humo subía verticalmente, y la brisa no tenía
bastante fuerza para dispersarlo. Era encantador mirar la columna de humo; se
alzaba desde el fondo del valle y parecía estirarse hasta el mismo cielo, como
aquel viejo pino. Una gran ardilla negra que nos estaba regañando, finalmente
dejó de hacerlo y bajó del árbol para investigar mejor, y entonces,
parcialmente satisfecha, se alejó a saltos. Una pequeña nube se estaba
formando, pero salvo eso el cielo estaba puro, de un suave azul pálido.
Nada de esto existía para él. Un problema inmediato lo absorbía,
tal como antes se había consumido con otros problemas. Los problemas se movían
y existían en su derredor. Era un hombre muy rico; mezquino y duro, tenía sin
embargo un aire complaciente y una constante sonrisa. Ahora estaba mirando el
valle, pero la vivificante belleza no lo conmovía; su rostro no se suavizó, sus
rasgos mostraban todavía dureza y determinación. Aún estaba a la caza, no de
dinero, sino de lo que él llamaba Dios. Continuamente hablaba del amor y de
Dios. Había buscado largamente, y había visto a varios instructores; y como ya
sentía el peso de los años, la búsqueda se hacía aun más ansiosa. Había venido
varias veces para conversar sobre esa cuestión, pero siempre había en él una
expresión astuta y calculadora; estaba constantemente aquilatando cuánto le
costaría hallar a Dios, cuán costosa sería la jornada. Sabía que no podía
llevarse consigo lo que tenía; pero ¿podría llevarse alguna otra cosa, alguna
clase de moneda que tuviese valor donde iba a ir? Era un hombre duro, y nunca
había en él un gesto de generosidad, ni del corazón ni de la mano. Siempre
vacilaba cuando tenía que dar algo más; consideraba que cada uno debe merecer
su recompensa, como se la había merecido él. Pero esa mañana estaba allí para
sincerarse completamente; porque había inquietudes que forcejeaban, serias
perturbaciones que se estaban introduciendo en su otrora exitosa vida. La diosa
del éxito no estaba del todo con él.
“Estoy empezando a darme cuenta de lo que soy”, dijo. “Durante
algunos años me he opuesto sutilmente a Ud. y le he resistido. Usted habla
contra el rico, dice duras cosas respecto de nosotros, y estuve disgustado con
Ud.; pero he sido incapaz de devolverle el golpe, porque no puedo ponerme a su
altura. Lo he intentado de distintas maneras, pero no puedo golpearlo. ¿Qué
quiere que haga? Ojalá que nunca lo hubiese escuchado ni me hubiese acercado a
Ud. Ahora paso noches desvelado, y antes dormía siempre tan bien; tengo sueños
torturantes, pese a que raramente solía soñar. He tenido miedo de Ud.,
silenciosamente lo he maldecido —pero no puedo retroceder. ¿Qué puedo hacer? No
tengo amigos, como Ud. lo señaló, ni puedo comprarlos como acostumbraba hacer
—lo que ha sucedido me ha puesto demasiado al descubierto. Tal vez pueda ser su
amigo. Usted ha ofrecido ayudarme, y aquí estoy. ¿Qué debo hacer?”
Estar abierto, descubrirse, no es fácil; ¿es acaso uno mismo que se
ha descubierto? ¿Ha abierto uno ese depósito que tan cuidadosamente ha
clausurado, después de haberlo llenado con las cosas que uno no quiere ver?
¿Desea realmente abrirlo y ver qué hay allí?
“Sí, lo deseo, pero ¿cómo he de proceder?”
¿Lo quiere realmente, o está meramente jugando con la intención?
Una vez abierto, por poco que sea, no puede volverse a cerrar. La puerta
permanecerá siempre abierta; día y noche sus contenidos se volcarán hacia
afuera. Uno podrá tratar de rehuirlo, como lo hace siempre; pero eso seguirá
estando allí, esperando y acechando. ¿Desea realmente abrirlo?
“Por supuesto, lo deseo, y por eso he venido. Debo arrostrarlo,
porque las cosas están llegando al extremo. ¿Qué debo hacer?”
Abrir y mirar. Para acumular riqueza es preciso agraviar, ser
cruel, carecer de generosidad; debe haber dureza, astuto cálculo deshonestidad;
debe haber ansia de poder, esa acción egocéntrica que es meramente encubierta
por palabras sonoras y agradables, tales como responsabilidad, deber,
eficiencia, derechos.
“Sí, todo eso es cierto, y
aun más. No he tenido consideración para nadie; las actividades religiosas sólo
han sido para mí un motivo de respetabilidad. Ahora que lo observo, noto que
todo giraba en torno mío. Yo era el centro, aunque pretendiera no serlo. Veo
todo eso. Pero, ¿qué puedo hacer?”
En primer término es necesario reconocer las cosas tal como son.
Pero aparte de todo eso, ¿cómo puede uno enjugar estas cosas si no hay afecto,
amor, esa llama sin humo? Unicamente esta llama podrá disipar el contenido del
depósito, y nada más, ningún análisis, ningún sacrificio, ninguna renunciación
puede hacerlo. Cuando existe esta llama, entonces ya no hay sacrificio,
renunciación; entonces Ud. hará frente a la tormenta sin esperar nada por ello.
“Pero ¿cómo puedo amar? Yo sé que no tengo afecto para la gente; he
sido cruel, y los que pudieron estar conmigo no lo están. Estoy completamente
solo, ¿cómo puedo conocer el amor? No soy tan insensato como para pensar que
puedo obtenerlo mediante algún acto de conciencia, adquirirlo mediante algún
sacrificio, alguna abnegación. Sé que no he amado nunca, y me doy cuenta que de
otro modo no estaría en esta situación. ¿Qué debo hacer? ¿Debo desprenderme de
mis propiedades, de mis riquezas?”
Cuando Ud. halla que el jardín que ha cultivado tan cuidadosamente
sólo ha producido malas hierbas, tiene que arrancarlas de raíz; tendrá que
derribar los muros que las han protegido. Usted podrá o no podrá hacerlo,
porque tiene extensos jardines, astutamente amurallados y bien protegidos. Lo
hará sólo cuando no haya intercambio; pero necesita hacerlo, porque morir rico
es haber vivido en vano. Pero además de todo esto, se necesita la llama que
purifique la mente y el corazón, haciendo que todas las cosas sean nuevas. Esta
llama no es de la mente, no es una cosa que pueda cultivarse. Se podrá lucir la
apariencia de la benevolencia, pero eso no es la llama; la actividad llamada
servicio, aunque beneficiosa y necesaria, no es amor; la tan practicada y
disciplinada tolerancia, la cultivada compasión de la iglesia y el templo, las
suaves palabras, los modales afables, el culto del salvador, de la imagen, del
ideal —nada de esto es amor.
“He escuchado y observado, me doy cuenta que no hay amor en ninguna
de estas cosas. Pero mi corazón está vacío, y ¿cómo he de llenarlo? ¿Qué debo
hacer?”
El apego niega el amor. El amor no se halla en el sufrimiento;
aunque los celos sean fuertes, no pueden sujetar el amor. La sensación y su
satisfacción están siempre terminando; pero el amor es inagotable.
“Estas son meras palabras para mí. Estoy hambriento: déme
alimento”.
Para alimentarse, se debe sentir hambre. Si Ud. tiene hambre,
encontrará alimento. ¿Tiene Ud. hambre realmente, o sólo ansía gustar algún
otro manjar? Si Ud. es glotón, hallará lo que le satisfaga; pero eso pronto
acabará, y no será amor.
“Pero, ¿qué debo hacer?”
Usted no hace más que repetir esa pregunta. Lo que debe hacer no es
lo importante; pero es esencial que Ud. perciba lo que está haciendo. Se
preocupa Ud. de la acción futura, y ése es un modo de eludir la acción
inmediata. Usted no quiere actuar, y por eso insiste preguntando qué debe
hacer. De nuevo recurre a la astucia, se engaña a sí mismo, y por eso su corazón
está vacío. Usted quiere llenarlo con las cosas de la mente; pero el amor no es
de la mente. Deje que su corazón esté vacío. No lo llene con palabras, con las
acciones de la mente. Deje que su corazón esté completamente vacío; sólo
entonces podrá colmarse.