sábado, 31 de mayo de 2014

“¿CÓMO PUEDO AMAR?”



“¿CÓMO PUEDO AMAR?”

Estábamos muy alto en la ladera de una montaña que dominaba el valle, y el gran río parecía una cinta plateada en el sol. Aquí y allá el sol se filtraba a través del espeso follaje, y se sentía el perfume de muchas flores. Era una mañana deliciosa, y el rocío estaba todavía denso en el suelo. La fragante brisa cruzaba el valle, trayendo el lejano ruido de la gente, el tañido de las campanas y el sonido de alguna ocasional corneta. En el valle el humo subía verticalmente, y la brisa no tenía bastante fuerza para dispersarlo. Era encantador mirar la columna de humo; se alzaba desde el fondo del valle y parecía estirarse hasta el mismo cielo, como aquel viejo pino. Una gran ardilla negra que nos estaba regañando, finalmente dejó de hacerlo y bajó del árbol para investigar mejor, y entonces, parcialmente satisfecha, se alejó a saltos. Una pequeña nube se estaba formando, pero salvo eso el cielo estaba puro, de un suave azul pálido.
Nada de esto existía para él. Un problema inmediato lo absorbía, tal como antes se había consumido con otros problemas. Los problemas se movían y existían en su derredor. Era un hombre muy rico; mezquino y duro, tenía sin embargo un aire complaciente y una constante sonrisa. Ahora estaba mirando el valle, pero la vivificante belleza no lo conmovía; su rostro no se suavizó, sus rasgos mostraban todavía dureza y determinación. Aún estaba a la caza, no de dinero, sino de lo que él llamaba Dios. Continuamente hablaba del amor y de Dios. Había buscado largamente, y había visto a varios instructores; y como ya sentía el peso de los años, la búsqueda se hacía aun más ansiosa. Había venido varias veces para conversar sobre esa cuestión, pero siempre había en él una expresión astuta y calculadora; estaba constantemente aquilatando cuánto le costaría hallar a Dios, cuán costosa sería la jornada. Sabía que no podía llevarse consigo lo que tenía; pero ¿podría llevarse alguna otra cosa, alguna clase de moneda que tuviese valor donde iba a ir? Era un hombre duro, y nunca había en él un gesto de generosidad, ni del corazón ni de la mano. Siempre vacilaba cuando tenía que dar algo más; consideraba que cada uno debe merecer su recompensa, como se la había merecido él. Pero esa mañana estaba allí para sincerarse completamente; porque había inquietudes que forcejeaban, serias perturbaciones que se estaban introduciendo en su otrora exitosa vida. La diosa del éxito no estaba del todo con él.
“Estoy empezando a darme cuenta de lo que soy”, dijo. “Durante algunos años me he opuesto sutilmente a Ud. y le he resistido. Usted habla contra el rico, dice duras cosas respecto de nosotros, y estuve disgustado con Ud.; pero he sido incapaz de devolverle el golpe, porque no puedo ponerme a su altura. Lo he intentado de distintas maneras, pero no puedo golpearlo. ¿Qué quiere que haga? Ojalá que nunca lo hubiese escuchado ni me hubiese acercado a Ud. Ahora paso noches desvelado, y antes dormía siempre tan bien; tengo sueños torturantes, pese a que raramente solía soñar. He tenido miedo de Ud., silenciosamente lo he maldecido —pero no puedo retroceder. ¿Qué puedo hacer? No tengo amigos, como Ud. lo señaló, ni puedo comprarlos como acostumbraba hacer —lo que ha sucedido me ha puesto demasiado al descubierto. Tal vez pueda ser su amigo. Usted ha ofrecido ayudarme, y aquí estoy. ¿Qué debo hacer?”
Estar abierto, descubrirse, no es fácil; ¿es acaso uno mismo que se ha descubierto? ¿Ha abierto uno ese depósito que tan cuidadosamente ha clausurado, después de haberlo llenado con las cosas que uno no quiere ver? ¿Desea realmente abrirlo y ver qué hay allí?
“Sí, lo deseo, pero ¿cómo he de proceder?”
¿Lo quiere realmente, o está meramente jugando con la intención? Una vez abierto, por poco que sea, no puede volverse a cerrar. La puerta permanecerá siempre abierta; día y noche sus contenidos se volcarán hacia afuera. Uno podrá tratar de rehuirlo, como lo hace siempre; pero eso seguirá estando allí, esperando y acechando. ¿Desea realmente abrirlo?
“Por supuesto, lo deseo, y por eso he venido. Debo arrostrarlo, porque las cosas están llegando al extremo. ¿Qué debo hacer?”
Abrir y mirar. Para acumular riqueza es preciso agraviar, ser cruel, carecer de generosidad; debe haber dureza, astuto cálculo deshonestidad; debe haber ansia de poder, esa acción egocéntrica que es meramente encubierta por palabras sonoras y agradables, tales como responsabilidad, deber, eficiencia, derechos.
 “Sí, todo eso es cierto, y aun más. No he tenido consideración para nadie; las actividades religiosas sólo han sido para mí un motivo de respetabilidad. Ahora que lo observo, noto que todo giraba en torno mío. Yo era el centro, aunque pretendiera no serlo. Veo todo eso. Pero, ¿qué puedo hacer?”
En primer término es necesario reconocer las cosas tal como son. Pero aparte de todo eso, ¿cómo puede uno enjugar estas cosas si no hay afecto, amor, esa llama sin humo? Unicamente esta llama podrá disipar el contenido del depósito, y nada más, ningún análisis, ningún sacrificio, ninguna renunciación puede hacerlo. Cuando existe esta llama, entonces ya no hay sacrificio, renunciación; entonces Ud. hará frente a la tormenta sin esperar nada por ello.
“Pero ¿cómo puedo amar? Yo sé que no tengo afecto para la gente; he sido cruel, y los que pudieron estar conmigo no lo están. Estoy completamente solo, ¿cómo puedo conocer el amor? No soy tan insensato como para pensar que puedo obtenerlo mediante algún acto de conciencia, adquirirlo mediante algún sacrificio, alguna abnegación. Sé que no he amado nunca, y me doy cuenta que de otro modo no estaría en esta situación. ¿Qué debo hacer? ¿Debo desprenderme de mis propiedades, de mis riquezas?”
Cuando Ud. halla que el jardín que ha cultivado tan cuidadosamente sólo ha producido malas hierbas, tiene que arrancarlas de raíz; tendrá que derribar los muros que las han protegido. Usted podrá o no podrá hacerlo, porque tiene extensos jardines, astutamente amurallados y bien protegidos. Lo hará sólo cuando no haya intercambio; pero necesita hacerlo, porque morir rico es haber vivido en vano. Pero además de todo esto, se necesita la llama que purifique la mente y el corazón, haciendo que todas las cosas sean nuevas. Esta llama no es de la mente, no es una cosa que pueda cultivarse. Se podrá lucir la apariencia de la benevolencia, pero eso no es la llama; la actividad llamada servicio, aunque beneficiosa y necesaria, no es amor; la tan practicada y disciplinada tolerancia, la cultivada compasión de la iglesia y el templo, las suaves palabras, los modales afables, el culto del salvador, de la imagen, del ideal —nada de esto es amor.
“He escuchado y observado, me doy cuenta que no hay amor en ninguna de estas cosas. Pero mi corazón está vacío, y ¿cómo he de llenarlo? ¿Qué debo hacer?”
El apego niega el amor. El amor no se halla en el sufrimiento; aunque los celos sean fuertes, no pueden sujetar el amor. La sensación y su satisfacción están siempre terminando; pero el amor es inagotable.
“Estas son meras palabras para mí. Estoy hambriento: déme alimento”.
Para alimentarse, se debe sentir hambre. Si Ud. tiene hambre, encontrará alimento. ¿Tiene Ud. hambre realmente, o sólo ansía gustar algún otro manjar? Si Ud. es glotón, hallará lo que le satisfaga; pero eso pronto acabará, y no será amor.
“Pero, ¿qué debo hacer?”
Usted no hace más que repetir esa pregunta. Lo que debe hacer no es lo importante; pero es esencial que Ud. perciba lo que está haciendo. Se preocupa Ud. de la acción futura, y ése es un modo de eludir la acción inmediata. Usted no quiere actuar, y por eso insiste preguntando qué debe hacer. De nuevo recurre a la astucia, se engaña a sí mismo, y por eso su corazón está vacío. Usted quiere llenarlo con las cosas de la mente; pero el amor no es de la mente. Deje que su corazón esté vacío. No lo llene con palabras, con las acciones de la mente. Deje que su corazón esté completamente vacío; sólo entonces podrá colmarse.