viernes, 30 de mayo de 2014

LA AMBICIÓN



LA AMBICIÓN

El bebé había llorado toda la noche, y la pobre madre hizo cuanto pudo para tranquilizarlo. Le cantó, lo reprendió, lo mimó y lo hamacó; pero todo fue inútil. Estaría echando los dientes, y fue una fatigosa noche para toda la familia. Pero ahora el alba apuntaba sobre la oscura arboleda, y finalmente el bebé se tranquilizó. Había una peculiar calma mientras el cielo se hacía más y más claro. Las ramas muertas se veían claras contra el cielo, frágiles y desnudas; un niño llamó, un perro ladró, un carro pasó ruidosamente, y un nuevo día había empezado. La madre salió con su bebé, cuidadosamente envuelto, y tomó el camino que cruzaba la aldea, donde esperó un ómnibus. Presumiblemente lo llevaba a un médico. Parecía cansada y envejecida después de esa noche de insomnio, pero el bebé estaba profundamente dormido.
Pronto el sol asomó sobre las copas de los árboles, y el rocío brilló sobre el verde pasto. Un tren silbó a lo lejos, y las distantes montañas parecían frescas y umbrosas. Un gran pájaro voló ruidosamente, pues lo molestamos mientras empollaba. Nuestra llegada debió ser muy repentina, porque no tuvo tiempo para cubrir sus huevos con hojas secas. Había más de una docena. Aun destapados era difícil verlos, tan hábilmente los había ocultado, y ahora los estaba vigilando desde un árbol distante. Vimos a la madre con su cría unos pocos días más tarde, y el nido estaba vacío.
Había sombra fresca y a lo largo del sendero que llevaba a través de los húmedos bosques hacia la cumbre de la lejana colina, y las zarzas estaban en flor. Como había llovido copiosamente unos pocos días antes, la tierra era blanda y cedía. Había sembrados de papas nuevas, y lejos en el valle estaba la ciudad. Era una hermosa y dorada mañana. Más allá de la colina, el sendero llevaba de vuelta a la casa.
Ella era muy inteligente. Había leído todos los Últimos libros conocía las últimas obras teatrales, y estaba bien informada sobre cierta filosofía que se había convertido en la última manía. Se había sometido al psicoanálisis, y aparentemente había leído mucho sobre psicología, porque conocía la jerga. Se había propuesto entrevistar a todas las personas importantes, y casualmente encontró a alguien que la trajo. Hablaba con soltura y se expresaba con equilibrio y efecto. Se había casado, pero no tuvo hijos, y era perceptible que todo eso había pasado, y que ahora estaba en una etapa diferente. Debió haber sido rica, porque tenía en su derredor la particular atmósfera de la opulencia. Comenzó preguntando directamente: “¿En qué forma ayuda Ud. al mundo en la presente crisis?” Debía ser ésta una de sus preguntas habituales. Continuó preguntando, más ansiosamente, sobre la prevención de la guerra, sobre los efectos del Comunismo, y sobre el futuro del hombre.
¿No son las guerras, los crecientes desastres y miserias, la consecuencia de nuestra vida diaria? ¿No somos, cada uno de nosotros responsables de esta crisis? El futuro está en el presente; el futuro no será muy diferente si no hay comprensión del presente. Pero ¿no cree Ud. que cada uno de nosotros es responsable de este conflicto y de esta confusión?
“Quizá sea así; pero ¿adónde lleva este reconocimiento de la responsabilidad? ¿Qué valor tiene mi pequeña acción en la vasta acción destructiva? ¿En qué forma afectará mi pensamiento la general estupidez del hombre? Lo que está sucediendo en el mundo es pura estupidez, y mi inteligencia de ningún modo podrá afectarla. Además piense en el tiempo que se requeriría para que la acción individual hiciera alguna impresión sobre el mundo”.
¿Es el mundo diferente de Ud.? ¿No ha sido la estructura de la sociedad levantada por personas como Ud. y yo? Para producir un cambio radical en la estructura, ¿no debemos Ud. y yo transformarnos fundamentalmente? ¿Cómo puede haber una profunda revolución de valores si ella no comienza con nosotros? Para ayudar en la presente crisis, ¿debemos buscar una nueva ideología, un nuevo plan económico? ¿O debemos empezar a comprender el conflicto y la confusión dentro de nosotros mismos, lo cual, en su proyección, es el mundo? ¿Pueden las nuevas ideologías traer unión entre hombre y hombre? ¿Las creencias no ponen al hombre contra el hombre? ¿No debemos abandonar nuestras barreras ideológicas —pues todas las barreras son ideológicas— y considerar nuestros problemas, no a través de la prevención de conclusiones y fórmulas, sino directamente y sin prejuicios? Jamás estamos directamente en relación con nuestros problemas, sino siempre por intermedio de alguna creencia o formulación. Sólo podemos resolver nuestros problemas cuando estamos directamente en relación con ellos. No son nuestros problemas que ponen al hombre contra el hombre, sino nuestras ideas acerca de ellos. Los problemas nos unen, pero las ideas nos separan.
Si puedo preguntarle, ¿por qué está Ud. aparentemente tan preocupada por la crisis?
 “Oh, no lo sé. Veo tanto sufrimiento, tanta miseria, y siento que algo hay que hacer”.
¿Está Ud. realmente interesada, o simplemente ambiciona hacer algo?
“Cuando Ud. lo plantea en esa forma, me parece que tengo la ambición de hacer algo en que pueda triunfar”.
Muy pocos somos honestos en nuestro pensar. Queremos tener éxito, ya sea para nosotros mismos, o para el ideal, para la creencia con la cual nos hemos identificado. El ideal es nuestra propia proyección, es el producto de maestra mente, y nuestra mente experimenta conforme a nuestro condicionamiento. Para estas autoproyecciones trabajamos, nos esclavizamos y morimos. El nacionalismo, como el culto de Dios, es sólo la glorificación de uno mismo. Es el uno mismo lo que nos importa, real o ideológicamente, y no el desastre y la miseria. En verdad nada queremos hacer por la crisis; ésta es meramente un nuevo tema para el asalto, un campo para el que es socialmente activo y para el idealista.
¿Por qué somos tan ambiciosos?
“Si no lo fuéramos, nada se podría hacer en el mundo. Si no fuésemos ambiciosos estaríamos todavía viajando en carreta. La ambición es un diferente nombre del progreso. Sin progreso, nos estancaríamos, nos deterioraríamos”.
Haciendo las cosas en el mundo, también estamos engendrando guerras e indecibles miserias. ¿Es progreso la ambición? Por el momento no estamos considerando el progreso, sino la ambición. ¿Por qué somos ambiciosos? ¿Por qué queremos triunfar, ser alguien? ¿Por qué luchamos para ser superiores? ¿A qué todo este esfuerzo por asegurarnos, ya sea directamente o por medio de una ideología o del Estado? ¿No es esta autoafirmación la causa principal de nuestro conflicto y confusión? Sin ambición, ¿acaso pereceríamos? ¿No podemos sobrevivir físicamente sin ser ambiciosos?
“¿Quién quisiera sobrevivir sin éxito, sin reconocimiento?”
Este deseo de éxito, de aplauso, ¿no trae conflicto interno y externo? ¿Decaeríamos estando libres de ambición? ¿Es estancamiento el no tener conflictos? Podemos doparnos con drogas, adormecernos con creencias, con doctrinas, y así no tener profundos conflictos. Para la mayoría de nosotros, cierta clase de actividad es la droga. Obviamente, tal estado es decadencia, desintegración. Pero cuando nos damos cuenta de lo falso como falso, ¿trae ello la muerte? Darse cuenta que la ambición en cualquiera de sus formas, ya se trate de la felicidad, de Dios, o del éxito, es el principio del conflicto, tanto interno como externo, seguramente no significa el fin de toda acción, el fin de la vida.
¿Por qué somos ambiciosos?
“Me sentiría fastidiada si no estuviese ocupada en el esfuerzo para obtener ciertos resultados. Antes solía ser ambiciosa para mi esposo, y supongo que Ud. diría que lo era para mí misma a través de mi esposo; y ahora soy ambiciosa para mí misma por medio de una idea. Nunca he pensado en la ambición, simplemente he sido ambiciosa”.
¿Por qué somos astutos y ambiciosos? ¿No es la ambición un impulso para evitar lo que es? ¿No es esta astucia realmente estúpida, que es lo que somos? ¿Por qué estamos tan asustados de lo que es? ¿De qué sirve escapar, si todo lo que somos está siempre allí? Tal vez logremos escapar, pero aun así lo que somos permanece, engendrando conflicto y miseria. ¿Por qué estamos tan temerosos de nuestra soledad, de nuestra vacuidad? Toda actividad que nos aleje de lo que es está destinada a traernos pesadumbre y antagonismo. El conflicto es la negación de lo que es o la evasión de lo que es; no hay conflicto que no sea eso. Nuestro conflicto se vuelve siempre más complejo e insoluble porque no enfrentamos lo que es. No hay complejidad en lo que es, sino únicamente en las muchas evasiones que buscamos.