EL ESTIMULO
“Las montañas me hicieron silenciosa”,
dijo ella. “He estado en el Engandine, y su belleza me hizo completamente
silenciosa; quedé sobrecogida ante tanta maravilla. Fue una tremenda
experiencia. Deseo en lo posible mantener ese silencio, ese viviente, vibrante
y conmovedor silencio. Cuando Ud. habla de silencio, supongo que quiere
significar esta extraordinaria experiencia que yo he tenido. Realmente me
gustaría saber si Ud. se refiere a la misma naturaleza de silencio que yo he
experimentado. El efecto de este silencio ha permanecido mucho tiempo en mí, y
ahora vuelvo de nuevo a él, trato de recapturarlo y de vivir en él”.
A Ud. la ha sumido en el silencio el Engandine, a otro una hermosa
forma humana, y a otro un Maestro, un libro, o la bebida. Mediante estímulos
externos quedamos sometidos a una sensación que llamamos silencio y que es
sumamente agradable. El efecto de la belleza y de la grandeza es ahuyentar
nuestros problemas y conflictos cotidianos, lo que es un alivio. Mediante
estimulas externos, la mente se aquieta temporariamente; quizá sea ésta una
experiencia nueva, una nueva satisfacción, y la mente trata de volver a ella
por el recuerdo cuando ya no la experimenta más. Quizá no sea posible
permanecer en las montañas, dado que uno tiene que volver a sus ocupaciones;
pero es en cambio posible buscar ese estado de quietud mediante alguna otra
forma de estimulo, por medio de la bebida, de una persona, o de una idea, que
es lo que la mayoría de nosotros hacemos. Estas diversas formas de estimulo son
los medios de que nos valemos para aquietar la mente; por consiguiente los
medios se tornan significativos, importantes, y nos apagamos a ellos. Dado que
los medios nos brindan el placer del silencio, se vuelven dominantes en
nuestras vidas; constituyen la inversión de nuestros intereses, una necesidad
psicológica que defendemos y por la cual, si es necesario, nos destruimos los
unos a los otros. Los medios toman el lugar de la experiencia, que es ahora
sólo un recuerdo.
Los estímulos pueden variar, teniendo cada uno un significado de
acuerdo con el condicionamiento de la persona. Pero hay una similitud en todos
los estímulos: el deseo de huir de lo que es,
de nuestra rutina diaria, de una relación que ha perdido su vitalidad y del
conocimiento que siempre está volviéndose viejo. Vosotros elegís un tipo de
evasión, yo otro, y mi tipo particular siempre es considerado de mayor valor
que el vuestro; pero toda evasión, ya sea en la forma de un ideal, del
cinematógrafo, o de la iglesia, es dañina, conduce a la ilusión y el engaño.
Las evasiones psicológicas son más perjudiciales que las manifiestas, porque
son más sutiles y complejas y por eso mismo más difíciles de descubrir. El
silencio que surge a través del estímulo, el silencio que proviene de las
disciplinas, de los controles, de las resistencias, ya sean positivas o
negativas, es un resultado, un efecto, y por lo tanto no es creativo; está
muerto.
Hay un silencio que no es una reacción, un resultado; un silencio
que no es la consecuencia del estimulo, de la sensación; un silencio que no es
un agregado, que no es una conclusión. Surge cuando el proceso del pensamiento
es comprendido. El pensamiento es la respuesta de la memoria, de determinadas
conclusiones, conscientes o inconscientes; esta memoria dicta la acción
conforme al placer y al dolor. Así las ideas controlan la acción, por eso hay
conflicto entre la acción y la idea. Este conflicto está siempre con nosotros,
y a medida que se intensifica hay un impulso para librarse de él; pero mientras
este conflicto no sea comprendido y resuelto, cualquier intento de librarse de
él sólo será una evasión. En tanto la acción responda a una idea, el conflicto
es inevitable físicamente cuando la acción está libre de la idea cesa el
conflicto.
“¿Pero puede jamás la acción estar libre de la idea? Seguramente no
puede haber acción sin que antes haya habido ideación. La acción sigue a la
idea, y yo no podría quizás imaginar ninguna acción que no sea el resultado de
la idea”.
La idea es el resultado de la memoria; la idea es la verbalización
de la memoria; la idea es una inadecuada reacción al desafío, a la vida. La
respuesta adecuada a la vida es acción, no ideación. Respondemos con ideas para
protegernos contra la acción. Las ideas limitan la acción. Hay seguridad en el
campo de las ideas, pero no en la acción; así la acción queda subordinada a la
idea. La idea es la norma autoprotectora con respecto a la acción. En intensas
crisis hay acción directa, libre de la idea. Es contra esta acción espontánea
que se ha disciplinado la mente; y como para la mayoría de nosotros la mente es
dominante, las ideas actúan como freno sobre la acción y por lo tanto hay
fricción entre la acción y la ideación.
“Yo noto que mi mente añora esa feliz experiencia del Engandine.
¿Es una evasión revivir esa experiencia en el recuerdo?”
Evidentemente. Lo efectivo es su vida en el presente: esta populosa
calle, sus ocupaciones, sus inmediatas relaciones. Si todo esto fuera agradable
y satisfactorio, las montañas del Engandine desaparecerían; pero como lo actual
es confuso y penoso, Ud. se vuelve a una experiencia que ha pasado y que está
muerta. Ud. podrá recordar esa experiencia, pero ella ha terminado; Ud. le da
vida sólo por la memoria. Es como inyectar vida en una cosa muerta. Siendo el presente
estúpido, superficial, nos volvemos hacia el pasado o buscamos un futuro
proyectado por nosotros mismos. Esta evasión del presente conduce
inevitablemente a la ilusión. Ver el presente tal como es realmente, sin
condenación o justificación, es comprender lo que es, y entonces hay acción que produce una transformación en lo que es.