LA IDEA Y EL HECHO
Hacía cierto número
de años que ella se había casado. Pero no había tenido hijos; no podía
tenerlos, y este hecho la turbaba seriamente. Sus hermanas tenían hijos, ¿por
qué debía ella sufrir esta maldición? Se había casado muy joven, como era la
costumbre, y había visto mucho sufrimiento, pero también había conocido muchas
alegrías. Su esposo ocupaba un cargo burocrático en una gran corporación o
departamento de gobierno. También él estaba preocupado porque no tenían hijos,
pero parecía haberse conformado; y además, agregó ella, era un hombre muy
ocupado. Era evidente que ella lo dominaba, aunque no con rigor. Se apoyaba en
él, y por eso no podía dejar de dominarlo. Puesto que no tenía hijos, trataba
ella de completarse en él; pero en esto se vio frustrada pues él era débil y
ella tenía que hacerse cargo de las cosas. En la oficina, dijo sonriendo, se le
consideraba arbitrario, un tirano, que se imponía a todos; pero en casa era
blando y complaciente. Ella quería que se ajustara a ciertas normas, y lo
estaba empujando, por supuesto muy suavemente, dentro de su propio molde; pero
él no se avenía a entrar. Ella no tenía nadie en quien apoyarse y a quien
brindar su cariño.
La idea es para nosotros más importante que el hecho; el concepto
de lo que uno debiera ser tiene más
significación que lo que uno es. El
futuro es siempre más halagüeño que el presente. La imagen, el símbolo, es de
mayor valor que lo actual; y sobre lo actual tratamos de sobreponer la idea, el
modelo. Así creamos una contradicción entre lo que es y lo que debería ser.
Lo que debería ser es la idea, la
ficción, y por eso hay conflicto entre lo actual y la ilusión —no en ellos
mismos, sino en nosotros. Nos gusta más la ilusión que lo actual; la idea es
más atrayente, más satisfactoria, y así nos aferramos a ella. De este modo la
ilusión se convierte en lo real y lo actual se convierte en lo falso, y en este
conflicto entre lo que llamamos real y lo que llamamos falso estamos atrapados.
¿Por qué nos aferramos a la idea, deliberada o inconscientemente,
y desechamos lo actual? La idea, el modelo, es autoproyectado; es una forma de
culto de sí mismo, de autoperpetuación, y de allí que sea satisfactoria. La
idea da poder para dominar, para ser afirmativo, para guiar, para modelar; y en
la idea, que es autoproyectada, nunca hay negación del “yo”, desintegración del
“yo”. Por consiguiente el modelo o la idea enriquecen el “yo”; y también esto
se considera que es amor. Amo a mi hijo o a mi marido y quisiera que fuese esto
o aquello, quisiera que fuese algo distinto de lo que es.
Si es que queremos comprender lo que es, el modelo o la idea deben
ser abandonados. Desechar la idea es difícil solamente cuando no hay urgencia
en la comprensión de lo que es. El
conflicto existe en nosotros entre la idea y lo que es porque la idea autoproyectada brinda mayor satisfacción que lo
que es. Es sólo cuando lo que es, lo actual, debe ser enfrentado, que el modelo se destruye; de modo que la
cuestión no es cómo estar libre de la idea, sino cómo enfrentar lo actual.
Solamente es posible enfrentar lo actual cuando hay comprensión del proceso de
la satisfacción, de las modalidades del “yo”.
Todos buscamos la autorrealización, aunque en muchas formas
diferentes: por medio del dinero o el poder, por medio de los hijos o el
esposo, la patria o la idea, el servicio o el sacrificio, la dominación o la
sumisión. Pero ¿hay autorrealización? El fin de la realización siempre es
autoproyectado, autoelegido, así que esta ansia de realizar es una forma de
autoperpetuación. Ya sea consciente o inconscientemente, el camino de la
autorrealización es escogido por uno mismo, está basado en el deseo de obtener
satisfacción, que debe ser permanente; de manera que la búsqueda de la
autorrealización es la búsqueda de la permanencia del deseo. El deseo siempre
es transitorio, no tiene morada fija; puede perpetuar durante algún tiempo el
objeto al que está apegado, pero el deseo en sí mismo no tiene permanencia. Nos
damos cuenta de esto instintivamente, y por eso tratamos de hacer permanente la
idea, la creencia, la cosa, el vínculo; pero como también esto es imposible,
creamos el experimentador como una esencia perramente, el “yo” separado y
diferente del deseo, el pensador separado y diferente de sus pensamientos. Esta
separación es obviamente falsa, y conduce a la ilusión.
La búsqueda de permanencia es lo que eternamente exige
autorrealización pero el “yo” jamás puede realizarse, es impermanente, y
aquello en que se realiza debe también ser impermanente. La continuidad de sí
mismo es decadencia, en ella no hay ningún elemento de transformación ni el
hálito de lo nuevo. El “yo” debe cesar para que lo nuevo sea. El “yo” es la
idea, el modelo, el manojo de recuerdos, y cada realización es la nueva
continuidad de la idea, de la experiencia. La experiencia siempre es
condicionante; el experimentador está siempre separándose y diferenciándose a
sí mismo de la experiencia. Por lo tanto debe haber liberación de la
experiencia, del deseo de experimentar. La realización es el modo de encubrir
la pobreza interior, la vacuidad, y en la realización hay aflicción y ansiedad.