viernes, 30 de mayo de 2014

LA OCUPACIÓN DE LA MENTE



LA OCUPACIÓN DE LA MENTE

Era una calle angosta, cabalmente atestada de gente, pero con pocos vehículos. Cuando pasaba un ómnibus o un automóvil, uno tenía que ponerse en el borde mismo, casi en la cuneta. Había unos pocos negocios muy pequeños, y un pequeño templo sin puertas. Este templo estaba excepcionalmente limpio, y en él había gente lugareña, aunque no mucha. Al costado de uno de los negocios un muchacho sentado en el suelo hacía guirnaldas y pequeños ramos de flores; debía tener doce o catorce años. Tenía el hilo en un jarrito de agua, y frente a él, desparramados en montoncitos sobre un trapo mojado, había jazmines, unas cuantas rosas, caléndulas y otras flores. Con el hilo en una mano, recogía con la otra un surtido de flores, y con una rápida y diestra vuelta del hilo las ataba y un ramillete estaba hecho. No prestaba casi ninguna atención a lo que hacían sus manos; sus ojos vagaban sobre la gente que pasaba, sonreían cuando reconocía a alguien, volvían a mirar sus manos, y deambulaban de nuevo. Después otro muchacho se le acercó, y se pusieron a charlar y a reír, aunque sus manos nunca dejaron de hacer su tarea. Ya tenía una pila de ramos, pero era algo temprano para venderlos. El muchacho se detuvo, se levantó y se fue, mas enseguida regresó con otro muchacho menor que él, tal vez su hermano. Entonces retornó su agradable trabajo con la misma facilidad y rapidez. Ahora la gente empezaba a comprar los ramos, de a uno, o en grupos. Debían ser parroquianos, porque había sonrisas, y se cambiaban pocas palabras. Desde ese momento no se movió de su lugar. Se sentía la fragancia de muchas flores, y nos sonreímos mutuamente.
El camino conducía a una senda, y la senda a la casa.
¡Cuán atados estamos al pasado! Pero no sólo estamos atados al pasado: somos el pasado. Y qué cosa tan complicada es el pasado, capa sobre capa de indigestos recuerdos, tanto gratos como ingratos. Nos persigue día y noche, y ocasionalmente hay una brecha que nos revela una clara luz. El pasado es como una sombra que hace las cosas pesadas y fatigosas; en esa sombra, el presente pierde su claridad, su frescura, y el mañana es la continuación de la sombra. El pasado, el presente y el futuro están atados con el largo hilo de la memoria; todo el manojo es memoria, con escasa fragancia, El pensamiento se mueve a través del presente hacia el futuro, y retrocede de nuevo como un incansable animal atado a un poste, se mueve dentro de su propio radio, estrecho o amplio, pero jamás está libre de su propia sombra. Este movimiento es la ocupación de la mente con el pasado, el presente y el futuro. La mente es la ocupación. Si la mente no está ocupada, deja de existir; su misma ocupación es su existencia. Que está ocupada con insultos o con alabanzas, con Dios o con la bebida, con la virtud o la pasión, con el trabajo o la expresión, acumulando o dando, todo es lo mismo; no es más que ocupación, tormento, desasosiego. Estar ocupado con algo, ya sea con el moblaje o con Dios, es un estado de pequeñez, de superficialidad.
La ocupación da a la mente una sensación de actividad, de estar viviendo. Es por eso que la mente acumula, o renuncia; ella se sostiene con la ocupación. La mente necesita estar ocupada con algo. De qué se ocupa es cosa de muy poca importancia; lo importante es que está ocupada, y las ocupaciones más ventajosas son las que tienen significación social. Estar ocupada con algo es la naturaleza de la mente, y su actividad proviene de esto. Estar ocupada con Dios, con el Estado, con el conocimiento, es la actividad de una mente pequeña. Ocuparse con algo implica limitación, y el Dios de la mente es un dios mezquino, por muy alto que ella pueda colocarlo. Sin ocupación, la mente no es; y el temor de no ser hace que la mente sea agitada y activa. Esta agitada actividad tiene apariencia de vida, pero no es vida; conduce siempre a la muerte —una muerte que es la misma actividad en otra forma.
El sueño es otra ocupación de la mente, un signo de su agitación. Soñar es la continuación del estado consciente, el despliegue de lo que no es activo durante las horas de vigilia. La actividad tanto de la mente superficial como de la mente más profunda es ocupacional. Una mente así sólo puede percibir lo que termina como un continuado comienzo; jamás puede darse cuenta del terminar, sino sólo de un resultado, y el resultado siempre es continuo. La búsqueda de un resultado es la búsqueda de continuidad. La mente, la ocupación, no tienen fin; y sólo para aquello que termina puede existir lo nuevo, sólo para lo que muere puede haber vida La muerte de la ocupación, de la mente, es el comienzo del silencio, del silencio total. No hay ninguna relación entre este imponderable silencio y la actividad de la mente. Para que haya relación, debe haber contacto, comunión; pero no hay ningún contacto entre el silencio y la mente. La mente no puede entrar en comunión con el silencio; sólo puede tener contacto con su propio estado autoproyectado, que ella llama silencio Pero este silencio no es silencio, es meramente otra forma de ocupación. La ocupación no es silencio. Únicamente hay silencio cuando la mente deja de estar ocupada con el silencio.
El silencio está más allá del sueño, más allá de la ocupación de la mente más profunda. La mente profunda es un residuo, el residuo del pasado, ya sea abierto u oculto. Este pasado residual no puede experimentar el silencio; puede soñar con él, como a menudo ocurre, pero el sueño no es lo real. El sueño es a menudo tomado por lo real, pero el sueño y el soñador son la ocupación de la mente. La mente es un proceso total, y no una parte exclusiva. El proceso total de la actividad, residual y adquirida, no puede estar en comunión con ese silencio que es inagotable.

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