LA OCUPACIÓN DE LA MENTE
Era una calle
angosta, cabalmente atestada de gente, pero con pocos vehículos. Cuando pasaba
un ómnibus o un automóvil, uno tenía que ponerse en el borde mismo, casi en la
cuneta. Había unos pocos negocios muy pequeños, y un pequeño templo sin
puertas. Este templo estaba excepcionalmente limpio, y en él había gente
lugareña, aunque no mucha. Al costado de uno de los negocios un muchacho
sentado en el suelo hacía guirnaldas y pequeños ramos de flores; debía tener
doce o catorce años. Tenía el hilo en un jarrito de agua, y frente a él,
desparramados en montoncitos sobre un trapo mojado, había jazmines, unas cuantas
rosas, caléndulas y otras flores. Con el hilo en una mano, recogía con la otra
un surtido de flores, y con una rápida y diestra vuelta del hilo las ataba y un
ramillete estaba hecho. No prestaba casi ninguna atención a lo que hacían sus
manos; sus ojos vagaban sobre la gente que pasaba, sonreían cuando reconocía a
alguien, volvían a mirar sus manos, y deambulaban de nuevo. Después otro
muchacho se le acercó, y se pusieron a charlar y a reír, aunque sus manos nunca
dejaron de hacer su tarea. Ya tenía una pila de ramos, pero era algo temprano
para venderlos. El muchacho se detuvo, se levantó y se fue, mas enseguida
regresó con otro muchacho menor que él, tal vez su hermano. Entonces retornó su
agradable trabajo con la misma facilidad y rapidez. Ahora la gente empezaba a
comprar los ramos, de a uno, o en grupos. Debían ser parroquianos, porque había
sonrisas, y se cambiaban pocas palabras. Desde ese momento no se movió de su
lugar. Se sentía la fragancia de muchas flores, y nos sonreímos mutuamente.
El camino conducía a una senda, y la senda a la casa.
¡Cuán atados estamos al pasado! Pero no sólo estamos atados al
pasado: somos el pasado. Y qué cosa tan complicada es el pasado, capa sobre
capa de indigestos recuerdos, tanto gratos como ingratos. Nos persigue día y
noche, y ocasionalmente hay una brecha que nos revela una clara luz. El pasado
es como una sombra que hace las cosas pesadas y fatigosas; en esa sombra, el
presente pierde su claridad, su frescura, y el mañana es la continuación de la
sombra. El pasado, el presente y el futuro están atados con el largo hilo de la
memoria; todo el manojo es memoria, con escasa fragancia, El pensamiento se
mueve a través del presente hacia el futuro, y retrocede de nuevo como un
incansable animal atado a un poste, se mueve dentro de su propio radio,
estrecho o amplio, pero jamás está libre de su propia sombra. Este movimiento
es la ocupación de la mente con el pasado, el presente y el futuro. La mente es
la ocupación. Si la mente no está ocupada, deja de existir; su misma ocupación
es su existencia. Que está ocupada con insultos o con alabanzas, con Dios o con
la bebida, con la virtud o la pasión, con el trabajo o la expresión, acumulando
o dando, todo es lo mismo; no es más que ocupación, tormento, desasosiego.
Estar ocupado con algo, ya sea con el moblaje o con Dios, es un estado de
pequeñez, de superficialidad.
La ocupación da a la mente una sensación de actividad, de estar
viviendo. Es por eso que la mente acumula, o renuncia; ella se sostiene con la
ocupación. La mente necesita estar ocupada con algo. De qué se ocupa es cosa de
muy poca importancia; lo importante es que está ocupada, y las ocupaciones más
ventajosas son las que tienen significación social. Estar ocupada con algo es
la naturaleza de la mente, y su actividad proviene de esto. Estar ocupada con
Dios, con el Estado, con el conocimiento, es la actividad de una mente pequeña.
Ocuparse con algo implica limitación, y el Dios de la mente es un dios
mezquino, por muy alto que ella pueda colocarlo. Sin ocupación, la mente no es;
y el temor de no ser hace que la mente sea agitada y activa. Esta agitada
actividad tiene apariencia de vida, pero no es vida; conduce siempre a la
muerte —una muerte que es la misma actividad en otra forma.
El sueño es otra ocupación de la mente, un signo de su agitación.
Soñar es la continuación del estado consciente, el despliegue de lo que no es
activo durante las horas de vigilia. La actividad tanto de la mente superficial
como de la mente más profunda es ocupacional. Una mente así sólo puede percibir
lo que termina como un continuado comienzo; jamás puede darse cuenta del
terminar, sino sólo de un resultado, y el resultado siempre es continuo. La
búsqueda de un resultado es la búsqueda de continuidad. La mente, la ocupación,
no tienen fin; y sólo para aquello que termina puede existir lo nuevo, sólo
para lo que muere puede haber vida La muerte de la ocupación, de la mente, es
el comienzo del silencio, del silencio total. No hay ninguna relación entre
este imponderable silencio y la actividad de la mente. Para que haya relación,
debe haber contacto, comunión; pero no hay ningún contacto entre el silencio y
la mente. La mente no puede entrar en comunión con el silencio; sólo puede
tener contacto con su propio estado autoproyectado, que ella llama silencio
Pero este silencio no es silencio, es meramente otra forma de ocupación. La
ocupación no es silencio. Únicamente hay silencio cuando la mente deja de estar
ocupada con el silencio.
El silencio está más allá del sueño, más allá de la ocupación de la
mente más profunda. La mente profunda es un residuo, el residuo del pasado, ya
sea abierto u oculto. Este pasado residual no puede experimentar el silencio;
puede soñar con él, como a menudo ocurre, pero el sueño no es lo real. El sueño
es a menudo tomado por lo real, pero el sueño y el soñador son la ocupación de
la mente. La mente es un proceso total, y no una parte exclusiva. El proceso
total de la actividad, residual y adquirida, no puede estar en comunión con ese
silencio que es inagotable.
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