LA SOLEDAD
Su hijo había
fallecido recientemente, y dijo que ahora no sabía qué hacer. El tiempo so le
hacía tan largo, se hallaba tan fastidiada, cansada y afligida que estaba
dispuesta a morir. Lo había criado con amorosa solicitud y dedicación,
enviándolo luego a uno de las mejores escuelas y al colegio superior. No lo
había mimado, si bien le proporcionó todo cuanto le fue necesario. Había puesto
en él su fe y su esperanza, y le había consagrado todo su amor; pues no tenía
ningún otro con quien compartirlo, ya que hacía mucho que estaba separada de su
esposo. Su hijo había fallecido a raíz de un diagnóstico equivocado y de una
operación —aunque, añadió sonriendo, los médicos dijeron que la operación había
sido “un éxito”. Ahora quedaba sola, y la vida le parecía por lo tanto vana y
sin sentido. Cuando él murió, lloró hasta quedar sin lágrimas, reducida a una
estúpida y agotadora vacuidad. Había hecho muchos planes para los dos, pero
ahora se sentía completamente perdida.
La brisa soplaba desde el mar, fresca y saludable, y bajo el árbol
se respiraba quietud. Sobre las montañas los colores eran vividos, y los grajos
azules estaban muy bulliciosos. Una vaca merodeaba por ahí, seguida por su
ternero, y una ardilla saltaba sobre un árbol, chillando continuamente. Se
sentó sobre una rama y empezó a regañar, y así continuó un buen rato,
balanceando su cola de arriba abajo. Tenía ojos muy chispeantes y garras
afiladas. Una lagartija salió para calentarse, y cazó una mosca. Las copas de
los arboles se mecían suavemente, y un árbol muerto se erguía espléndido hacia
el cielo. El sol lo estaba blanqueando. A su lado había otro árbol muerto,
oscuro y curvado, más recientemente deteriorado. Algunas nubes reposaban sobre
las distantes montañas.
¡Qué cosa tan extraña es la soledad, y cuán terrorífica es! Jamás
aceptamos acercarnos demasiado a ella; y si por casualidad lo hacemos,
prontamente volvemos a alejarnos. Haremos cualquier cosa por huir de la
soledad, para encubrirla. Nuestra preocupación consciente e inconsciente parece
ser evitarla o superarla. Tanto el evitar la soledad como el superarla resulta
igualmente fútil; suprimida u olvidada, la pena, el problema, está todavía
allí. Podéis perderos en una muchedumbre, y sin embargo hallaros completamente
solitarios; podéis estar intensamente activos, pero la soledad silenciosamente
se apodera de vosotros; dejad el libro, y está allí. Las diversiones y las
bebidas no pueden sofocar la soledad; podéis eludirla temporariamente, pero
cuando la risa y los efectos del alcohol han desaparecido, el temor a la
soledad vuelve. Podéis ser ambiciosos y afortunados, podéis ejercer amplio
poder sobre otros podéis ser ricos en conocimientos, podéis practicar el culto
y olvidaros de vosotros mismos en la confusión de los ritos, pero hagáis lo que
hiciereis, el dolor de la soledad continúa. Podréis existir sólo para vuestro
hijo, para el Maestro, para la expresión de vuestro talento; pero como la
oscuridad, la soledad os envuelve. Podéis amar u odiar, escapar de ella
conforme a vuestro temperamento y a vuestras exigencias psicológicas; pero la
soledad está ahí, esperando y acechando, retirándose sólo para acercarse de
nuevo.
La soledad es el darse cuenta del completo aislamiento; y ¿no son
nuestras actividades autoencerradoras? Aunque nuestros pensamientos y emociones
sean expansivos, ¿no son acaso exclusivos y separativos? ¿No estamos buscando
predominio en nuestra convivencia, en nuestros derechos y posesiones, creando
así resistencia? ¿No consideramos el trabajo como “tuyo y mío»? ¿No estamos
identificados con lo colectivo, con el país, o con los pocos? ¿No es acaso
total nuestra tendencia a aislarnos, a dividir y separar? La actividad misma
del “yo”, en cualquier nivel, es el proceso del aislamiento; y la soledad es la
conciencia del “yo” sin actividad. La actividad, tanto física como psicológica,
se convierte en un medio de autoexpansión; y cuando no hay actividad de ninguna
especie, hay una alerta percepción de la vacuidad del “yo”. Es esta vacuidad la
que tratamos de llenar, y en llenarla empleamos nuestra vida, ya sea en una
forma noble o innoble. Puede parecernos que no existe ningún daño sociológico si
se llena este vacío en una forma noble; pero la ilusión engendra indecible
miseria y destrucción, que pueden no ser inmediatos. El ansia de llenar este
vacío —o de escapar de él, que es lo mismo— no se puede sublimar o suprimir;
porque ¿quién es la entidad que suprime o sublima? ¿No es esa misma entidad
otra forma del ansia? Los objetos del ansia pueden variar, pero ¿no es toda
ansia similar? Podéis cambiar el objeto de vuestra ansia desde la bebida hasta
el ideal; pero sin comprender el proceso del ansia, la ilusión es inevitable.
No existe ninguna entidad separada del ansia; sólo hay ansia, no
existe el que ansía. El ansia toma distintas apariencias en diferentes tiempos,
según sus intereses. Lo nuevo es enfrentado por el recuerdo de estos diversos
intereses, lo cual engendra conflicto, y así nace el que opta, que se establece
a sí mismo como una entidad separada y distinta del ansia. Pero la entidad no
es diferente de sus cualidades. El ente que trata de llenar o rehuir la
vacuidad, la implenitud, la soledad, no es diferente de aquello que está
eludiendo; él es eso. No puede huir de sí mismo; todo lo que puede hacer es
comprenderse a sí mismo. Él es su soledad, su vacuidad; y en tanto la considere
como algo separado de sí, estará en ilusión y en incesante conflicto. Cuando
experimente directamente que él es su propia soledad, sólo entonces puede haber
liberación del temor. El temor existe únicamente en relación con una idea, y la
idea es la respuesta de la memoria como pensamiento. El pensamiento es el resultado
de la experiencia; y aunque pueda meditar sobre la vacuidad, tener sensaciones
con respecto a ella, no puede conocer la vacuidad directamente. La palabra
“soledad”, con sus recuerdos de ansiedad y temor, impide la vivencia de lo
nuevo. La palabra es memoria, y cuando la palabra ya no es más lo importante,
entonces la relación entre el experimentador y lo experimentado es
completamente diferente; entonces la relación es directa y no a través de una
palabra, de la memoria; entonces el experimentador es la experiencia, y sólo
esto trae liberación del temor.
El amor y la vacuidad no pueden morar juntos; cuando está la
sensación de soledad, el amor no está. Podéis ocultar la vacuidad bajo la
palabra “amor”, pero cuando el objeto de vuestro amor no está más o no
responde, entonces conocéis la vacuidad, os sentís frustrados. Empleamos la
palabra “amor” como un medio para escapar de nosotros mismos, de nuestra propia
insuficiencia. Estamos apegados a la persona que amamos, somos celosos, la
necesitamos cuando no está allí, y nos sentirnos completamente perdidos cuando
muere; y entonces buscamos consuelo en alguna otra forma, en alguna creencia,
en algún sustituto. ¿Es, todo eso, amor? El amor no es una idea, el efecto de
una unión; el amor no es algo que pueda emplearse como una evasión de nuestro
propio sufrimiento y cuando lo utilizamos así, creamos problemas que no tienen
solución. El amor no es una abstracción, pero su realidad puede vivenciarse
únicamente cuando la idea, la mente, no es ya el factor supremo.