sábado, 31 de mayo de 2014

LA SOLEDAD



LA SOLEDAD

Su hijo había fallecido recientemente, y dijo que ahora no sabía qué hacer. El tiempo so le hacía tan largo, se hallaba tan fastidiada, cansada y afligida que estaba dispuesta a morir. Lo había criado con amorosa solicitud y dedicación, enviándolo luego a uno de las mejores escuelas y al colegio superior. No lo había mimado, si bien le proporcionó todo cuanto le fue necesario. Había puesto en él su fe y su esperanza, y le había consagrado todo su amor; pues no tenía ningún otro con quien compartirlo, ya que hacía mucho que estaba separada de su esposo. Su hijo había fallecido a raíz de un diagnóstico equivocado y de una operación —aunque, añadió sonriendo, los médicos dijeron que la operación había sido “un éxito”. Ahora quedaba sola, y la vida le parecía por lo tanto vana y sin sentido. Cuando él murió, lloró hasta quedar sin lágrimas, reducida a una estúpida y agotadora vacuidad. Había hecho muchos planes para los dos, pero ahora se sentía completamente perdida.
La brisa soplaba desde el mar, fresca y saludable, y bajo el árbol se respiraba quietud. Sobre las montañas los colores eran vividos, y los grajos azules estaban muy bulliciosos. Una vaca merodeaba por ahí, seguida por su ternero, y una ardilla saltaba sobre un árbol, chillando continuamente. Se sentó sobre una rama y empezó a regañar, y así continuó un buen rato, balanceando su cola de arriba abajo. Tenía ojos muy chispeantes y garras afiladas. Una lagartija salió para calentarse, y cazó una mosca. Las copas de los arboles se mecían suavemente, y un árbol muerto se erguía espléndido hacia el cielo. El sol lo estaba blanqueando. A su lado había otro árbol muerto, oscuro y curvado, más recientemente deteriorado. Algunas nubes reposaban sobre las distantes montañas.
¡Qué cosa tan extraña es la soledad, y cuán terrorífica es! Jamás aceptamos acercarnos demasiado a ella; y si por casualidad lo hacemos, prontamente volvemos a alejarnos. Haremos cualquier cosa por huir de la soledad, para encubrirla. Nuestra preocupación consciente e inconsciente parece ser evitarla o superarla. Tanto el evitar la soledad como el superarla resulta igualmente fútil; suprimida u olvidada, la pena, el problema, está todavía allí. Podéis perderos en una muchedumbre, y sin embargo hallaros completamente solitarios; podéis estar intensamente activos, pero la soledad silenciosamente se apodera de vosotros; dejad el libro, y está allí. Las diversiones y las bebidas no pueden sofocar la soledad; podéis eludirla temporariamente, pero cuando la risa y los efectos del alcohol han desaparecido, el temor a la soledad vuelve. Podéis ser ambiciosos y afortunados, podéis ejercer amplio poder sobre otros podéis ser ricos en conocimientos, podéis practicar el culto y olvidaros de vosotros mismos en la confusión de los ritos, pero hagáis lo que hiciereis, el dolor de la soledad continúa. Podréis existir sólo para vuestro hijo, para el Maestro, para la expresión de vuestro talento; pero como la oscuridad, la soledad os envuelve. Podéis amar u odiar, escapar de ella conforme a vuestro temperamento y a vuestras exigencias psicológicas; pero la soledad está ahí, esperando y acechando, retirándose sólo para acercarse de nuevo.
La soledad es el darse cuenta del completo aislamiento; y ¿no son nuestras actividades autoencerradoras? Aunque nuestros pensamientos y emociones sean expansivos, ¿no son acaso exclusivos y separativos? ¿No estamos buscando predominio en nuestra convivencia, en nuestros derechos y posesiones, creando así resistencia? ¿No consideramos el trabajo como “tuyo y mío»? ¿No estamos identificados con lo colectivo, con el país, o con los pocos? ¿No es acaso total nuestra tendencia a aislarnos, a dividir y separar? La actividad misma del “yo”, en cualquier nivel, es el proceso del aislamiento; y la soledad es la conciencia del “yo” sin actividad. La actividad, tanto física como psicológica, se convierte en un medio de autoexpansión; y cuando no hay actividad de ninguna especie, hay una alerta percepción de la vacuidad del “yo”. Es esta vacuidad la que tratamos de llenar, y en llenarla empleamos nuestra vida, ya sea en una forma noble o innoble. Puede parecernos que no existe ningún daño sociológico si se llena este vacío en una forma noble; pero la ilusión engendra indecible miseria y destrucción, que pueden no ser inmediatos. El ansia de llenar este vacío —o de escapar de él, que es lo mismo— no se puede sublimar o suprimir; porque ¿quién es la entidad que suprime o sublima? ¿No es esa misma entidad otra forma del ansia? Los objetos del ansia pueden variar, pero ¿no es toda ansia similar? Podéis cambiar el objeto de vuestra ansia desde la bebida hasta el ideal; pero sin comprender el proceso del ansia, la ilusión es inevitable.
No existe ninguna entidad separada del ansia; sólo hay ansia, no existe el que ansía. El ansia toma distintas apariencias en diferentes tiempos, según sus intereses. Lo nuevo es enfrentado por el recuerdo de estos diversos intereses, lo cual engendra conflicto, y así nace el que opta, que se establece a sí mismo como una entidad separada y distinta del ansia. Pero la entidad no es diferente de sus cualidades. El ente que trata de llenar o rehuir la vacuidad, la implenitud, la soledad, no es diferente de aquello que está eludiendo; él es eso. No puede huir de sí mismo; todo lo que puede hacer es comprenderse a sí mismo. Él es su soledad, su vacuidad; y en tanto la considere como algo separado de sí, estará en ilusión y en incesante conflicto. Cuando experimente directamente que él es su propia soledad, sólo entonces puede haber liberación del temor. El temor existe únicamente en relación con una idea, y la idea es la respuesta de la memoria como pensamiento. El pensamiento es el resultado de la experiencia; y aunque pueda meditar sobre la vacuidad, tener sensaciones con respecto a ella, no puede conocer la vacuidad directamente. La palabra “soledad”, con sus recuerdos de ansiedad y temor, impide la vivencia de lo nuevo. La palabra es memoria, y cuando la palabra ya no es más lo importante, entonces la relación entre el experimentador y lo experimentado es completamente diferente; entonces la relación es directa y no a través de una palabra, de la memoria; entonces el experimentador es la experiencia, y sólo esto trae liberación del temor.
El amor y la vacuidad no pueden morar juntos; cuando está la sensación de soledad, el amor no está. Podéis ocultar la vacuidad bajo la palabra “amor”, pero cuando el objeto de vuestro amor no está más o no responde, entonces conocéis la vacuidad, os sentís frustrados. Empleamos la palabra “amor” como un medio para escapar de nosotros mismos, de nuestra propia insuficiencia. Estamos apegados a la persona que amamos, somos celosos, la necesitamos cuando no está allí, y nos sentirnos completamente perdidos cuando muere; y entonces buscamos consuelo en alguna otra forma, en alguna creencia, en algún sustituto. ¿Es, todo eso, amor? El amor no es una idea, el efecto de una unión; el amor no es algo que pueda emplearse como una evasión de nuestro propio sufrimiento y cuando lo utilizamos así, creamos problemas que no tienen solución. El amor no es una abstracción, pero su realidad puede vivenciarse únicamente cuando la idea, la mente, no es ya el factor supremo.