jueves, 29 de mayo de 2014

SENSACION Y FELICIDAD



SENSACION Y FELICIDAD

Estábamos muy alto sobre el verde mar, y el ruido de las hélices batiendo el aire y el estruendo del escape hacían difícil la conversación. Además, había algunos estudiantes que iban a una reunión deportiva en la isla; uno de ellos tenía un banjo, y durante varias horas estuvo tocando y cantando. Luego invitó a los otros, y todos se pusieron a cantar juntos. El muchacho del banjo tenía buena voz, y las canciones eran americanas, típicas y de los vaqueros o de jazz. Lo hacían todo muy bien, exactamente como un disco de gramófono. Constituían un grupo singular, interesado sólo en el presente; no tenía otro pensamiento que no fuera el gozo inmediato. El mañana encerraba todas las inquietudes: el trabajo, el casamiento la vejez y la muerte. Pero aquí, alto sobre el mar, sólo existían las canciones y las revistas americanas. Pasó desapercibido para ellos el relampagueó entre las oscuras nubes, y nunca miraron la curva de la tierra prolongándose en el mar, ni tampoco la distante aldea bajo el sol.
La isla estaba ahora casi debajo de nosotros. Aparecía verde y resplandeciente, recién lavada por las lluvias. ¡Qué prolijo y ordenado se veía todo desde esa altura! Las colinas más altas parecían chatas, y sin movimiento alguno las blancas olas. Un oscuro velero de pesca huía de la tormenta; pronto estaría a salvo, pues el puerto se hallaba a la vista. El tortuoso río bajaba al mar a través de un terreno pardo amarillento. A esa altura se veía lo que ocurría en ambas márgenes del río, y el pasado y el futuro se unían. El futuro no estaba oculto, aunque se hallase velado. Allá arriba no existía ni el pasado ni el futuro; el curvo espacio no ocultaba el tiempo de la siembra ni el tiempo de la siega.
El hombre que ocupaba el asiento inmediato empezó a hablar de las dificultades de la vida. Se quejaba de su trabajo, de los viajes incesantes, de la desconsideración de su familia, y de la banalidad de la política moderna. Se dirigía a una localidad muy lejana, y estaba bastante afligido por tener que dejar su hogar. A medida que conversaba se volvía más y más serio y preocupado por el mundo, y particularmente por él mismo y por su familia.
“Quisiera dejar todo esto y retirarme a algún lugar tranquilo, trabajar un poco, y ser feliz. No creo haber sido feliz en toda mi vida, y no sé lo que ello significa. Vivimos, nos multiplicamos, trabajamos y morimos, como cualquier otro animal. He perdido todo entusiasmo, salvo el de juntar dinero, y aun eso se está volviendo más bien molesto. Soy bastante eficiente en mi trabajo y gano un buen salario, pero no tengo la más vaga idea de lo que pueda implicar todo esto. Desearía ser feliz, ¿qué cree Ud. que puedo hacer para lograrlo?”
La comprensión es cosa muy compleja, y éste no es por cierto el lugar apropiado para una conversación seria.
“Temo que sea ésta mi única oportunidad apenas aterricemos tendré que proseguir el viaje. Quizá yo no parezca serio, pero tengo condiciones para la seriedad; la única dificultad es que no puede haber unidad en esas condiciones. En el fondo soy realmente serio. Mi padre y mis más antiguos parientes eran conocidos por su seriedad, pero las presentes condiciones económicas no permiten que uno sea completamente serio. He sido arrastrado lejos de todo eso, pero desearía volver a ello y olvidar toda esta estupidez. Supongo que soy débil y me quejo de las circunstancias, pero de todas maneras, quisiera ser realmente feliz”.
Una cosa es la sensación, y otra la felicidad. La sensación siempre está buscando nuevas sensaciones, en círculos cada vez más amplios. No hay fin para el goce de las sensaciones, se multiplican pero en su realización siempre hay insatisfacción, existe siempre el deseo de más, y esta demanda no tiene fin. La sensación y la insatisfacción son inseparables, pues el deseo de más la une. La sensación es el deseo de más y el deseo de menos. En el acto mismo de la realización de la sensación nace la demanda de más. El más está siempre en el futuro; es la permanente insatisfacción con lo que ha sido. Hay conflicto entre lo que ha sido y lo que será. La sensación siempre es insatisfacción. Podemos cubrir la sensación con el manto de la religión, pero ella sigue siendo lo que es: una cosa de la mente y una fuente de conflicto y aprensión. Las sensaciones físicas están siempre reclamando más; y cuando son contrariadas, hay ira, celos, aversión. Hay goce en la aversión, y la envidia satisface; cuando una sensación es contrariada, la satisfacción se apoya en el mismo antagonismo que surge de la frustración.
La sensación es siempre una reacción, y erra de una reacción a otra. El errabundo es la mente; la mente es sensación. La mente es el depósito de las sensaciones; agradables o desagradables, y toda experiencia es reacción. La mente es memoria, y ésta después de todo es reacción. La reacción o sensación jamás puede ser satisfecha; la respuesta jamás puede estar contenta. La respuesta siempre es negación, y lo que no es, nunca puede ser. La sensación no conoce el contento. La sensación, la reacción debe siempre crear conflicto, y el mismo conflicto es nueva sensación. La confusión crea confusión. La actividad de la mente, en todos sus diferentes niveles, es la persecución de la sensación; y cuando su expansión es contrariada, halla satisfacción retrayéndose. La sensación es el conflicto de los opuestos; y en este conflicto de la resistencia y la aceptación, de la concesión y la negación, hay una satisfacción que está siempre buscando nuevas satisfacciones.
La mente jamás puede hallar felicidad. La felicidad no es cosa que pueda ser perseguida y hallada, como la sensación. Se puede hallar sensación una y otra vez, porque ella siempre se pierde; pero la felicidad no se puede hallar. La felicidad que se recuerda es solo una sensación, una reacción en pro o en contra del presente. Lo que se ha ido no es felicidad; la experiencia de la felicidad que se ha ido es sensación, pues el recuerdo es el pasado, y el pasado es sensación. La felicidad no es sensación.
¿Se ha dado Ud. cuenta alguna vez de ser feliz?
“Por supuesto que sí, gracias a Dios, de lo contrario no sabría lo que es ser feliz”.
Por cierto, lo que Ud. conoció, fue la sensación de una experiencia que Ud. llama felicidad; pero eso no es felicidad. Lo que Ud. conoce es el pasado, no el presente; y el pasado es sensación, reacción, recuerdo. Usted recuerda que fue feliz; y ¿puede el pasado decir lo que es la felicidad? Puede recordar pero no puede ser. El reconocimiento no es la felicidad; saber lo que es ser feliz, no es felicidad. El reconocimiento es la respuesta de la memoria; y ¿puede la mente, el complejo de los recuerdos, de las experiencias, ser feliz? El mismo reconocimiento impide la vivencia.
Cuando Ud. se da cuenta que es feliz, ¿hay felicidad? Cuando hay felicidad, ¿es consciente de ello? La conciencia viene sólo con el conflicto, el conflicto del recuerdo del más. La felicidad no es el recuerdo del más. Donde hay conflicto, no hay felicidad. El conflicto está donde esté la mente. En todos los niveles el pensamiento es la respuesta de la memoria, y por eso invariablemente engendra conflicto. El pensamiento es sensación, y la sensación no es felicidad. Las sensaciones siempre buscan satisfacción. El fin es sensación, pero la felicidad no es un fin; no puede ser buscada.
“Pero ¿cómo pueden las sensaciones terminar?”
Terminar con las sensaciones es invitar la muerte. La mortificación sólo es otra forma de sensación. En la mortificación, física o psicológica, la sensibilidad se destruye, pero no la sensación. El pensamiento que se mortifica a sí mismo solo busca nuevas sensaciones, pues el pensamiento en si es sensación. La sensación jamas puede poner término a la sensación; puede tener diferentes sensaciones en otros niveles, pero no hay fin para la sensación. Destruir la sensación es insensibilizarse, morir; no ver, no oler, no tocar es estar muerto, lo cual es aislamiento. Nuestro problema es completamente diferente, ¿no es cierto? El pensamiento jamás puede traer felicidad; sólo puede recordar sensaciones, pues el pensamiento es sensación. La felicidad no se puede cultivar, producir, ni se puede progresar hacia ella. El pensamiento sólo puede ir hacia lo que conoce, pero lo conocido no es felicidad; lo conocido es sensación. Por más que haga, el pensamiento no puede ser o buscar la felicidad. El pensamiento sólo puede darse cuenta de su propia estructura, de su propio movimiento. Cuando el pensamiento hace un esfuerzo para concluir consigo mismo, sólo procura ser más dichoso, alcanzar una meta, un fin que resulte más satisfactorio. El más es conocimiento, pero no felicidad. El pensamiento debe darse cuenta de sus propias modalidades, de sus propios y sutiles engaños. Con la alerta percepción de sí misma, sin ningún deseo de ser o de no ser, la mente llega a un estado de inacción. La inacción no es la muerte; es una pasiva vigilancia en la que el pensamiento está totalmente inactivo. Es el más alto estado de sensibilidad. Cuando la mente está completamente inactiva en todos sus niveles únicamente entonces hay acción. Las actividades de la mente son todas meras sensaciones, reacciones al estímulo, a la influencia, y por lo tanto no son acciones en absoluto. Cuando la mente está inactiva, hay acción; esta acción es sin causa, y sólo en ella existe la bienaventuranza.