SENSACION Y FELICIDAD
Estábamos muy alto
sobre el verde mar, y el ruido de las hélices batiendo el aire y el estruendo
del escape hacían difícil la conversación. Además, había algunos estudiantes
que iban a una reunión deportiva en la isla; uno de ellos tenía un banjo, y
durante varias horas estuvo tocando y cantando. Luego invitó a los otros, y
todos se pusieron a cantar juntos. El muchacho del banjo tenía buena voz, y las
canciones eran americanas, típicas y de los vaqueros o de jazz. Lo hacían todo
muy bien, exactamente como un disco de gramófono. Constituían un grupo
singular, interesado sólo en el presente; no tenía otro pensamiento que no
fuera el gozo inmediato. El mañana encerraba todas las inquietudes: el trabajo,
el casamiento la vejez y la muerte. Pero aquí, alto sobre el mar, sólo existían
las canciones y las revistas americanas. Pasó desapercibido para ellos el
relampagueó entre las oscuras nubes, y nunca miraron la curva de la tierra
prolongándose en el mar, ni tampoco la distante aldea bajo el sol.
La isla estaba ahora casi debajo de nosotros. Aparecía verde y
resplandeciente, recién lavada por las lluvias. ¡Qué prolijo y ordenado se veía
todo desde esa altura! Las colinas más altas parecían chatas, y sin movimiento
alguno las blancas olas. Un oscuro velero de pesca huía de la tormenta; pronto
estaría a salvo, pues el puerto se hallaba a la vista. El tortuoso río bajaba
al mar a través de un terreno pardo amarillento. A esa altura se veía lo que
ocurría en ambas márgenes del río, y el pasado y el futuro se unían. El futuro
no estaba oculto, aunque se hallase velado. Allá arriba no existía ni el pasado
ni el futuro; el curvo espacio no ocultaba el tiempo de la siembra ni el tiempo
de la siega.
El hombre que ocupaba el asiento inmediato empezó a hablar de las
dificultades de la vida. Se quejaba de su trabajo, de los viajes incesantes, de
la desconsideración de su familia, y de la banalidad de la política moderna. Se
dirigía a una localidad muy lejana, y estaba bastante afligido por tener que
dejar su hogar. A medida que conversaba se volvía más y más serio y preocupado
por el mundo, y particularmente por él mismo y por su familia.
“Quisiera dejar todo esto y retirarme a algún lugar tranquilo,
trabajar un poco, y ser feliz. No creo haber sido feliz en toda mi vida, y no
sé lo que ello significa. Vivimos, nos multiplicamos, trabajamos y morimos,
como cualquier otro animal. He perdido todo entusiasmo, salvo el de juntar
dinero, y aun eso se está volviendo más bien molesto. Soy bastante eficiente en
mi trabajo y gano un buen salario, pero no tengo la más vaga idea de lo que
pueda implicar todo esto. Desearía ser feliz, ¿qué cree Ud. que puedo hacer
para lograrlo?”
La comprensión es cosa muy compleja, y éste no es por cierto el
lugar apropiado para una conversación seria.
“Temo que sea ésta mi única oportunidad apenas aterricemos tendré
que proseguir el viaje. Quizá yo no parezca serio, pero tengo condiciones para
la seriedad; la única dificultad es que no puede haber unidad en esas
condiciones. En el fondo soy realmente serio. Mi padre y mis más antiguos
parientes eran conocidos por su seriedad, pero las presentes condiciones
económicas no permiten que uno sea completamente serio. He sido arrastrado
lejos de todo eso, pero desearía volver a ello y olvidar toda esta estupidez.
Supongo que soy débil y me quejo de las circunstancias, pero de todas maneras,
quisiera ser realmente feliz”.
Una cosa es la sensación, y otra la felicidad. La sensación siempre
está buscando nuevas sensaciones, en círculos cada vez más amplios. No hay fin
para el goce de las sensaciones, se multiplican pero en su realización siempre
hay insatisfacción, existe siempre el deseo de más, y esta demanda no tiene
fin. La sensación y la insatisfacción son inseparables, pues el deseo de más la
une. La sensación es el deseo de más y el deseo de menos. En el acto mismo de
la realización de la sensación nace la demanda de más. El más está siempre en
el futuro; es la permanente insatisfacción con lo que ha sido. Hay conflicto
entre lo que ha sido y lo que será. La sensación siempre es insatisfacción.
Podemos cubrir la sensación con el manto de la religión, pero ella sigue siendo
lo que es: una cosa de la mente y una fuente de conflicto y aprensión. Las
sensaciones físicas están siempre reclamando más; y cuando son contrariadas,
hay ira, celos, aversión. Hay goce en la aversión, y la envidia satisface;
cuando una sensación es contrariada, la satisfacción se apoya en el mismo
antagonismo que surge de la frustración.
La sensación es siempre una reacción, y erra de una reacción a
otra. El errabundo es la mente; la mente es sensación. La mente es el depósito
de las sensaciones; agradables o desagradables, y toda experiencia es reacción.
La mente es memoria, y ésta después de todo es reacción. La reacción o
sensación jamás puede ser satisfecha; la respuesta jamás puede estar contenta.
La respuesta siempre es negación, y lo que no es, nunca puede ser. La sensación
no conoce el contento. La sensación, la reacción debe siempre crear conflicto,
y el mismo conflicto es nueva sensación. La confusión crea confusión. La
actividad de la mente, en todos sus diferentes niveles, es la persecución de la
sensación; y cuando su expansión es contrariada, halla satisfacción
retrayéndose. La sensación es el conflicto de los opuestos; y en este conflicto
de la resistencia y la aceptación, de la concesión y la negación, hay una satisfacción
que está siempre buscando nuevas satisfacciones.
La mente jamás puede hallar felicidad. La felicidad no es cosa que
pueda ser perseguida y hallada, como la sensación. Se puede hallar sensación
una y otra vez, porque ella siempre se pierde; pero la felicidad no se puede
hallar. La felicidad que se recuerda es solo una sensación, una reacción en pro
o en contra del presente. Lo que se ha ido no es felicidad; la experiencia de
la felicidad que se ha ido es sensación, pues el recuerdo es el pasado, y el
pasado es sensación. La felicidad no es sensación.
¿Se ha dado Ud. cuenta alguna vez de ser feliz?
“Por supuesto que sí, gracias a Dios, de lo contrario no sabría lo
que es ser feliz”.
Por cierto, lo que Ud. conoció, fue la sensación de una experiencia
que Ud. llama felicidad; pero eso no es felicidad. Lo que Ud. conoce es el
pasado, no el presente; y el pasado es sensación, reacción, recuerdo. Usted
recuerda que fue feliz; y ¿puede el pasado decir lo que es la felicidad? Puede
recordar pero no puede ser. El reconocimiento no es la felicidad; saber lo que
es ser feliz, no es felicidad. El reconocimiento es la respuesta de la memoria;
y ¿puede la mente, el complejo de los recuerdos, de las experiencias, ser
feliz? El mismo reconocimiento impide la vivencia.
Cuando Ud. se da cuenta que es feliz, ¿hay felicidad? Cuando hay
felicidad, ¿es consciente de ello? La conciencia viene sólo con el conflicto,
el conflicto del recuerdo del más. La felicidad no es el recuerdo del más.
Donde hay conflicto, no hay felicidad. El conflicto está donde esté la mente.
En todos los niveles el pensamiento es la respuesta de la memoria, y por eso
invariablemente engendra conflicto. El pensamiento es sensación, y la sensación
no es felicidad. Las sensaciones siempre buscan satisfacción. El fin es
sensación, pero la felicidad no es un fin; no puede ser buscada.
“Pero ¿cómo pueden las sensaciones terminar?”
Terminar con las sensaciones es invitar la muerte. La mortificación
sólo es otra forma de sensación. En la mortificación, física o psicológica, la
sensibilidad se destruye, pero no la sensación. El pensamiento que se mortifica
a sí mismo solo busca nuevas sensaciones, pues el pensamiento en si es
sensación. La sensación jamas puede poner término a la sensación; puede tener
diferentes sensaciones en otros niveles, pero no hay fin para la sensación.
Destruir la sensación es insensibilizarse, morir; no ver, no oler, no tocar es
estar muerto, lo cual es aislamiento. Nuestro problema es completamente
diferente, ¿no es cierto? El pensamiento jamás puede traer felicidad; sólo
puede recordar sensaciones, pues el pensamiento es sensación. La felicidad no
se puede cultivar, producir, ni se puede progresar hacia ella. El pensamiento
sólo puede ir hacia lo que conoce, pero lo conocido no es felicidad; lo
conocido es sensación. Por más que haga, el pensamiento no puede ser o buscar
la felicidad. El pensamiento sólo puede darse cuenta de su propia estructura,
de su propio movimiento. Cuando el pensamiento hace un esfuerzo para concluir
consigo mismo, sólo procura ser más dichoso, alcanzar una meta, un fin que
resulte más satisfactorio. El más es conocimiento, pero no felicidad. El
pensamiento debe darse cuenta de sus propias modalidades, de sus propios y
sutiles engaños. Con la alerta percepción de sí misma, sin ningún deseo de ser
o de no ser, la mente llega a un estado de inacción. La inacción no es la
muerte; es una pasiva vigilancia en la que el pensamiento está totalmente
inactivo. Es el más alto estado de sensibilidad. Cuando la mente está completamente
inactiva en todos sus niveles únicamente entonces hay acción. Las actividades
de la mente son todas meras sensaciones, reacciones al estímulo, a la
influencia, y por lo tanto no son acciones en absoluto. Cuando la mente está
inactiva, hay acción; esta acción es sin causa, y sólo en ella existe la
bienaventuranza.



