LA LLAMA Y EL HUMO
Había hecho calor
todo el día y era un sacrificio estar afuera. El resplandor del camino y del
agua, de por sí fuerte y penetrante, se hacía más intenso aún con el color
blanco de las casas; y la tierra que había sido verde estaba ahora de un
amarillo brillante y seca. No se esperaban lluvias por varios meses. El arroyo
se había desecado y ahora no era más que una sinuosa cinta de arena. Algunas
vacas se cobijaban en la sombra de los árboles, y el muchacho que las cuidaba,
sentado aparte, se entretenía en su soledad tirando piedras y cantando. La
aldea distaba algunos kilómetros, y él se hallaba solo consigo mismo; era
delgado y desnutrido, pero alegre, y asimismo su canto no era triste.
La casa se encontraba más allá de la colina, y cuando llegamos a
ella el sol se estaba poniendo. Desde la terraza se podían ver las verdes copas
de las palmeras, extendiéndose en una onda sin fin hasta las amarillas arenas.
Las palmeras proyectaban una sombra amarilla, y su verde era dorado. Olas allá
de las amarillentas arenas estaba el mar verde—gris. Blancas olas rompían sobre
la playa, pero las aguas profundas estaban quietas. Las nubes comenzaban a
colorearse sobre el mar, aunque el sol se estaba poniendo muy lejos de ellas.
La estrella del atardecer aparecía. Una brisa fresca se levantó, pero la
terraza todavía estaba caliente. Se había reunido un pequeño grupo de personas,
que debieron estar esperando allí durante algún tiempo.
“Soy casada y madre de varios hijos, pero nunca he sentido amor.
Estoy comenzando a dudar de que exista. Conocemos sensaciones, pasiones,
excitaciones y alegres placeres, pero no creo que conozcamos el amor. A menudo
decimos que amamos, pero siempre hay alguna reserva. Físicamente podemos no
tener reservas, podemos darnos completamente al principio; pero aun entonces
hay alguna reserva. El dar es propio de los sentidos, pero aquello que por sí
solo puede dar está muy lejos de haber despertado. Nos unimos y nos perdemos en
el humo, pero eso no es la llama. ¿Por qué no tenemos la llama? ¿Por qué no
arde la llama sin el humo? Tal vez nos hayamos vuelto demasiado hábiles,
demasiado conocedores para tener ese perfume. Yo supongo que soy bastante
instruida, que soy bastante moderna y estúpidamente superficial. A despecho de
mi fácil conversación, pienso que soy en realidad torpe”.
Pero ¿se trata de torpeza? ¿Es el amor un brillante ideal, algo
inalcanzable, pero que se torna alcanzable cuando se llenan ciertas
condiciones? ¿Podríamos llenar todas esas condiciones? Hablamos de la belleza,
escribimos sobre ella, la pintamos, la danzamos, la predicamos, pero no somos
bellos, ni conocemos el amor. Sólo conocemos las palabras.
Ser abierto y vulnerable es ser sensible; donde hay reserva, hay
insensibilidad. Lo vulnerable es lo inseguro, lo que está libre del mañana; lo
abierto es lo implícito, lo desconocido. Lo que es abierto y vulnerable es
hermoso; lo encerrado es torpe e insensible. La torpeza, como la habilidad, es
una forma de autoprotección. Abrimos esta puerta, pero cuidamos que esté
cerrada la otra, pues buscamos la fresca brisa sólo a través de una abertura
particular. Jamás nos ponemos al descubierto o abrimos todas las puertas y
ventanas al mismo tiempo. La sensibilidad no es algo que se pueda conseguir con
el tiempo. Lo torpe nunca puede volverse sensible; lo torpe siempre es torpe.
La estupidez jamás puede llegar a ser inteligente. La intención de llegar a ser
inteligente es estúpida. Esa es una de nuestras dificultades, ¿no es cierto?
Siempre tratamos de llegar a ser algo —y la torpeza permanece.
“Entonces ¿qué tiene uno que hacer?”
Nada tiene que hacer, sino ser lo que Ud. es, insensible. Hacer es
eludir lo que es, y escapar de lo que es, es la más grosera forma de estupidez.
Cualquier cosa que haga, la estupidez sigue siendo estupidez. Lo insensible no
puede volverse sensible; todo lo que puede hacer es darse cuenta de lo que es,
dejar que se revele la historia de lo que es. No interfiera la insensibilidad,
porque lo que interfiere es lo insensible, lo estúpido. Escúchela, y ella le
contará su historia no traduzca ni actúe, sino escuche la historia hasta el fin
sin interrupción o interpretación. Sólo entonces habrá acción. El hacer no es
importante, pero el escuchar sí lo es.
Para dar, debe existir lo inagotable. Aquello reservado que da es
el temor de terminar, y sólo en el terminar existe lo inagotable. Dar no es
terminar. El dar es de lo mucho o de lo poco; y lo mucho o lo poco es lo
limitado, el humo, el dar y el tomar. El humo es deseo expresado en los celos,
el odio, la decepción; el humo es el temor del tiempo; el humo es el recuerdo,
la experiencia. No hay dar, sino solamente extensión del humo. La reserva es
inevitable, porque no hay nada que dar. Participar no es dar; la conciencia de
participar o de dar pone término a la comunión. El humo no es la llama, pero
nosotros lo tomamos por la llama. Dé se cuenta del humo, lo que es, sin tratar
de hacer desaparecer el humo para ver la llama.
“¿Es posible tener esa llama, o sólo es para los pocos?”
Que sea para los pocos o para los muchos no hace al caso, ¿verdad?
Ese camino sólo nos conduce a la ignorancia y a la ilusión. Lo que nos incumbe
es la llama. ¿Puede Ud. tener esa llama, esa llama sin humo? Descúbralo observe
el humo silenciosa y pacientemente. Usted no puede disipar el humo, porque Ud.
es el humo. El cuanto el humo se va, la llama aparece. Esa llama es
inextinguible. Todo lo que tiene un principio y un fin, pronto se agota, se
consume. Cuando el corazón está vacío de las cosas de la mente y la mente está
vacía de pensamientos, entonces hay amor. Aquello que es vacío es inagotable.
La lucha no está entre la llama y el humo, sino entre las
diferentes respuestas dentro del humo. La llama y el humo no pueden estar en
conflicto entre sí. Para estar en conflicto, deben estar en relación; y ¿cómo
puede haber relación entre ellos? El uno es cuando el otro no es.