sábado, 31 de mayo de 2014

LA CONTINUIDAD



LA CONTINUIDAD

El hombre que se hallaba en el asiento contiguo terminó por hacer su propia presentación, dado que quería formular varias preguntas Dijo que prácticamente había leído todos los libros serios sobre la muerte y el más allá, tanto libros antiguos como modernos. Había sido miembro de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, había asistido a muchas sesiones con excelentes y reputados médiums, y había visto muchas manifestaciones que no eran en modo alguno fraudulentas. Como había profundizado tan seriamente este problema, en varias ocasiones él mismo vio cosas de naturaleza suprafísica; pero por supuesto, añadió, podían haber sido creadas por su imaginación, si bien consideraba que no lo eran. Sin embargo, a pesar de haber leído extensamente de haber conversado con mucha gente bien informada, y haber visto innegables manifestaciones físicas de personas fallecidas, no estaba todavía persuadido de haber comprendido la verdad en el asunto. Había discutido seriamente el problema de la creencia y de la incredulidad; tenía amigos entre aquellos que creían firmemente en su propia continuidad después de la muerte, y también entre quienes negaban todos los hechos y sostenían que la vida termina con la muerte del cuerpo físico. Aunque había adquirido considerable conocimiento y experiencia en materias psíquicas, quedaba en su mente un elemento de duda; y como los años pasaban deseaba conocer la verdad. No le tenía miedo a la muerte, pero la verdad referente a esto debía ser conocida.
El tren se detuvo, y justamente entonces pasaba un carro de dos ruedas, tirado por un caballo. Sobre el carro había un cuerpo humano, envuelto en una sábana de lienzo crudo y atado a dos largas estacas verdes de bambú, recién cortadas. Desde alguna aldea lo llevaban hacia el río para la cremación. A medida que el carro avanzaba por el áspero camino, el cuerpo era brutalmente sacudido, y bajo su lienzo la cabeza era la más castigada. Había sólo un pasajero en el carro al lado del conductor, debía ser un pariente cercano, pues sus ojos estaban enrojecidos por el llanto. El cielo presentaba el delicado azul de la temprana primavera, y unos niños jugaban y gritaban en el polvo del camino. La muerte debió haber sido un espectáculo muy corriente, porque cada cual volvió a lo que estaba haciendo. Incluso el hombre que inquiría sobre la muerte no puso atención en el carro y su triste carga.
La creencia condiciona la experiencia, y la experiencia entonces fortalece la creencia. Lo que creéis, eso experimentáis. La mente dicta e interpreta la experiencia, la atrae o la rechaza. La mente misma es el resultado de la experiencia, y puede reconocer o experimentar sólo aquello que le es familiar, que conoce, en cualquier nivel que sea. La mente no puede experimentar aquello que antes no ha conocido. La mente y sus respuestas son de mayor importancia que la experiencia; y confiar en la experiencia como medio para comprender la verdad es estar preso en la red de la ignorancia y la ilusión. Desear experimentar la verdad es negar la verdad, pues el deseo condiciona, y la creencia es otro disfraz del deseo. El conocimiento, la creencia, la convicción, la conclusión y la experiencia son impedimentos para la verdad; constituyen la estructura misma del “yo”. El “yo” no puede ser si no existe el efecto acumulativo de la experiencia; y el temor a la muerte es el temor de no ser, de no experimentar. Si existiera la seguridad, la certeza de experimentar, no habría temor. El temor solamente existe al establecer relación entre lo conocido y lo desconocido. Lo conocido siempre trata de aprehender lo desconocido; pero sólo puede aprehender lo que ya antes conocía. Lo desconocido jamás puede ser experimentado por lo conocido, lo conocido, lo experimentado, debe cesar para que lo desconocido sea.
El deseo de experimentar la verdad debe ser investigado y comprendido; pero si en la búsqueda hay un motivo, entonces la verdad no puede surgir. ¿Puede haber búsqueda sin un motivo, consciente o inconsciente? Con un motivo, ¿hay búsqueda? Si ya conocéis lo que queréis, si habéis formulado un fin, entonces la búsqueda es un medio para alcanzar ese fin, que es autoproyectado. Entonces lo que se busca es satisfacción, no la verdad; y los medios serán elegidos conforme a la gratificación que nos brinden. La comprensión de lo que es no necesita ningún motivo; el motivo y los medios impiden la comprensión. La búsqueda, que es alerta percepción sin opción, no es para algo; debe percatarse del ansia de alcanzar un fin, y de los medios utilizados. Esta alerta percepción no—optativa trae la comprensión de lo que es.
Es extraordinaria nuestra ansia de permanencia, de continuidad. Este deseo toma muchas formas, desde la más burda hasta la más sutil. Estamos muy familiarizados con las formas obvias: nombre, apariencia externa, carácter, etc. Pero el ansia sutil es mucho más difícil de descubrir y de comprender. La identidad como idea, como ser, como conocimiento, como devenir, en cualquier nivel, es difícil de percibir y dilucidar. Unicamente conocemos la continuidad, y jamás la no-continuidad. Conocemos la continuidad de la experiencia, de la memoria, de los incidentes pero no conocemos ese estado en el que esta continuidad no existe. Lo llamamos muerte, lo desconocido, lo misterioso, etc., y dándole un nombre esperamos de algún modo aprehenderlo —lo cual nuevamente es el deseo de continuidad.
La autoconciencia es experiencia, es nombrar la experiencia, y es por tanto registrarla; y este proceso se desarrolla en varias capas de la mente. Nos aferramos a este procese de autoconciencia a pesar de sus pasajeras alegrías, de sus interminables conflictos de su confusión y miseria. Esto es lo que conocemos, ésta es nuestra existencia, la continuidad de nuestro propio ser, de la idea, de la memoria, de la palabra. La idea continúa, total o parcialmente, la idea que estructura el “yo”; pero, ¿trae esta continuidad la libertad, en la que únicamente hay descubrimiento y renovación?
Lo que tiene continuidad nunca puede ser sino lo que es con ciertas modificaciones; pero estas modificaciones no le confieren calidad de cosa nueva. Podrá tomar una apariencia diferente, un diferente matiz; pero seguirá siendo todavía la idea, la memoria, la palabra. Este centro de continuidad no es una esencia espiritual, porque está ano dentro del campo del pensamiento, de la memoria, y por ende del tiempo. Unicamente puede experimentar su propia proyección, y mediante su experiencia autoproyectada darse a sí mismo ulterior continuidad. De este modo, mientras él exista, jamás podrá experimentar fuera de sí mismo. Debe morir; debe cesar de darse a sí mismo continuidad por medio de la idea por medio del recuerdo, por medio de la palabra. La continuidad es decadencia, y solamente hay vida en el morir. Sólo hay renovación con la cesación del centro, entonces el renacimiento es no—continuidad; entonces el morir es como la vida una renovación de instante en instante. Esta renovación es creación.

LA AUTODEFENSA



LA AUTODEFENSA

Era un hombre muy conocido, y estaba en condiciones de perjudicar a otros, lo que no hubiera vacilarla en hacer. Era astutamente superficial, desprovisto de generosidad, y trabajaba en su propio beneficio. Dijo que no tenía mayor capacidad para abordar ciertos temas, pero que las circunstancias lo habían obligado a venir, y que por eso estaba ahí. De todo lo que decía y de lo que no decía, resultaba bastante claro que era muy ambicioso y ejercía influencia sobre la gente que le rodeaba; era rudo cuando le convenía y suave cuando quería obtener algo. Tenía consideración hacia los que estaban por encima de él, trataba a sus iguales con tolerante condescendencia, e ignoraba por completo a los que estaban debajo de él. No había echado siquiera una ojeada al chofer que lo había traído. Su dinero lo hacía desconfiado, y tenía pocos amigos. Habló con sus hijos como si fuesen juguetes que lo divertían, y dijo que no podía sufrir el estar solo. Alguien lo había ofendido, y no podía vengarse porque esa persona estaba fuera de su alcance; por eso se desahogaba con aquellos que podía alcanzar. No intentaba comprender por qué era innecesariamente brutal, por qué quería lastimar a aquellos que pretendía amar. Mientras hablaba, lentamente comenzó a perder su frialdad y llego a ser casi amigable. Era la cordialidad del momento, cuyo calor se habría enfriado instantáneamente de habérsele contrariado, o si se le hubiera pedido algo. Como no se le pidió nada, se mostró liberal y por momentos afectuoso.
El deseo de hacer daño, de herir a otro, ya sea con la palabra, el gesto, o más profundamente, es poderoso en la mayoría de nosotros; es común y horriblemente agradable. El mismo deseo de no ser herido conduce a herir a otros; dañar a otros es una manera de defenderse a sí mismo. Esta autodefensa toma formas peculiares, que dependen de las circunstancias y tendencias. ¡Qué fácil es herir a otro, y qué delicadeza hace falta para no herir! Herimos a otros porque nosotros mismos estamos heridos, porque nos sentirnos tan magullados por nuestros propios conflictos y sufrimientos. Cuanto más torturados estamos interiormente, tanto mayor es el imperativo de ser violentos exteriormente. El tormento interior nos impele a buscar protección exterior; y cuanto más uno se defiende a sí mismo, tanto más ataca a los otros.
¿Qué es lo que defendemos, lo que tan cuidadosamente protegemos? Seguramente, es la idea de nosotros mismos, en cualquier nivel. Si no protegiéramos la idea, el centro de acumulación, no existiría el “yo” y lo “mío”. Entonces seríamos completamente sensibles, vulnerables en nuestro propio modo de ser, tanto en lo consciente como en lo oculto, pero como la mayoría de nosotros no desea descubrir el proceso del “yo”, resistimos cualquier intromisión en la idea de nosotros mismos. La idea de nosotros mismos es enteramente superficial; pero como la mayoría vivimos en la superficie, nos contentamos con ilusiones.
El deseo de ofender a otros es un hondo instinto. Acumulamos resentimiento, que da una particular vitalidad, una sensación de acción y vida, y lo que es acumulado debe ser descargado en forma de ira, insulto, desprecio, obstinación, y sus opuestos. Es esta acumulación de resentimiento la que necesita Condonación —la cual e torna innecesaria si no hay acumulación de ofensas.
¿Por qué acumulamos adulaciones e insultos, ofensas y afectos? Sin esta acumulación de experiencias y sus respuestas, nosotros no somos; no somos nada si no tenemos nombre, apegos, creencias. Es el temor a no ser nada que nos impele a acumular; y es este mismo temor, tanto consciente como inconsciente, que, a pesar de nuestras actividades acumulativas, trae nuestra desintegración y destrucción. Si podemos percibir la verdad de este temor, entonces es la verdad que nos libera de él, y no nuestra determinación intencional de ser libres.
Vosotros no sois nada. Podéis tener vuestro nombre y título, vuestra propiedad —y cuenta bancaria, podéis tener poder y ser famosos; pero a pesar de todas estas salvaguardias, sois como la nada. Podéis estar totalmente inconscientes de esta vacuidad, de esta nada, o simplemente no querer daros cuenta de ella; pero ella está ahí, hagáis lo que hiciereis para evitarlo. Podréis tratar de escapar de ella por caminos extraviados, mediante la violencia personal o colectiva, mediante el culto personal o colectivo, el conocimiento o la diversión; pero ya sea que estéis dormidos o despiertos, ella está siempre allí. Podéis daros cuenta de vuestra vinculación con esta nada y su temor sólo estando alerta en la percepción de las evasiones, sin optar. No estáis relacionados a ella como una entidad individual separada, no sois el observador que la vigila; sin vosotros, el pensador, el observador, ella no es. Vosotros y la nada sois uno; vosotros y la nada sois un fenómeno conjunto, no dos procesos separados. Si uno, como pensador, le tiene miedo y la aborda como algo contrario y opuesto a uno, entonces cualquier actitud que uno pueda adoptar con respecto a ella debe inevitablemente conducir a la ilusión y por lo tanto a nuevos conflictos y miserias. Cuando hay el descubrimiento, la vivencia de esa nada que sois, entonces el temor —que sólo existe ¿arando el pensador está separado de sus pensamientos y por consiguiente trata de establecer una relación con ellos— decae completamente. Sólo entonces es posible para la mente estar quieta; y en esta tranquilidad, la verdad adviene.

“MI SENDERO Y VUESTRO SENDERO”



“MI SENDERO Y VUESTRO SENDERO”

Era un erudito, que hablaba varios idiomas, y tan aficionado al conocimiento como otro lo es a la bebida. Continuamente citaba pasajes de otros para sostener sus propias opiniones. Había incursionado en la ciencia y en el arte, y cuando daba su opinión la acompañaba con una sacudida de cabeza y una sonrisa, que expresaban de un modo sutil que esa no era meramente su opinión, sino la verdad final. Dijo que tenía sus propias experiencias, que para él eran perentorias, concluyentes. “Ud. también tiene sus experiencias”, dijo, “pero no puede convencerme. Ud. va por su camino, y yo por el mío. Hay diferentes senderos que conducen a la verdad, y algún día todos nos uniremos allí”. Sin dejar de guardar las distancias, era amistoso, pero duro. Para él los Maestros, los gurús, aunque no actuales y visibles, eran una realidad, y resultaba esencial llegar a ser uno de sus discípulos. Juntamente con otros, el Maestro confería el discipulado a aquellos que estaban dispuestos a aceptar este sendero y su autoridad; pero él y su grupo no pertenecían a los que, mediante el espiritualismo, buscan guías entre los muertos. Para hallar a los Maestros uno tenía que servir trabajar, sacrificarse, obedecer y practicar ciertas virtudes; y por supuesto la fe era necesaria.
Fiarse en la experiencia como medio para el descubrimiento de lo que es, es estar preso en la ilusión. El deseo, el ansia, condiciona la experiencia; y depender de la experiencia como medio para comprender la verdad es seguir el camino del autoengrándecimiento. La experiencia jamás puede liberarnos del dolor; la experiencia no es una respuesta adecuada al desafío de la vida. Uno debe enfrentar el desafío de una manera nueva, fresca, porque el desafío es siempre nuevo. Para hacer frente al desafío en forma adecuada, el recuerdo condicionante de la experiencia debe ser desechado, las respuestas del placer y del dolor deben ser hondamente comprendidas. La experiencia es un impedimento para la verdad, pues la experiencia es del tiempo, es el resultado del pasado; y ¿cómo puede una mente que es el resultado de la experiencia, del tiempo, comprender lo atemporal? La verdad tocante a la experiencia no depende de las personales idiosincrasias y aficiones; la verdad de esto se comprende sólo cuando hay alerta percepción sin condenación, justificación, o cualquier forma de identificación. La experiencia no nos aproxima a la verdad; no existe “vuestra experiencia” o “mi experiencia”, sino sólo la inteligente comprensión del problema.
Sin conocimiento propio, la experiencia engendra ilusión; con el conocimiento propio, la experiencia, que es la respuesta al desafío, no deja un residuo acumulativo como memoria. El conocimiento propio es el descubrimiento de instante en instante de las modalidades del “yo”, sus intenciones y propósitos, sus pensamientos y apetitos. Jamás podrá haber ‘vuestra experiencia” y “mi experiencia”; el mismo término “mi experiencia” indica ignorancia y aceptación de la ilusión. Pero a muchos nos gusta vivir en ilusión, porque en ello hay gran satisfacción; es un paraíso personal que nos estimula y nos da un sentimiento de superioridad. Si tengo capacidad, un don o astucia, me convierto en un líder, en un intermediario, en un representante de esa ilusión; y como la mayoría de la gente quiere eludir lo que es, se erige una organización con propiedades y rituales, con votos y reuniones secretas. La ilusión se conforma según la tradición, que la mantiene en el terreno de la respetabilidad; y como casi todos buscamos poder en una u otra forma, se establece el principio jerárquico, el novicio y el iniciado, el discípulo y el Maestro, y aun entre los Maestros hay grados de desarrollo espiritual. Casi todos queremos explotar y ser explotados y este sistema ofrece los medios para ello, ya sea en forma oculta o abiertamente.
Explotar es ser explotado. El deseo de utilizar a otros para vuestras necesidades psicológicas crea dependencia, y si dependéis debéis tener, poseer; y lo que poseéis, os posee. Sin dependencia, sutil o burda, sin querer cosas, personas e ideas, sois vacíos, una cosa sin importancia. Queréis ser algo, y para evitar el roedor miedo de no ser nada pertenecéis a esta o aquella organización, a esta o aquella ideología, a esta iglesia o aquel templo; por consiguiente sois, explotados, a la vez que vosotros mismos explotáis. Esta estructura jerárquica ofrece una excelente oportunidad para la autoexpansión. Podéis querer la fraternidad, pero ¿cómo puede haber fraternidad si estáis persiguiendo la destrucción espiritual? Podéis reíros de los títulos mundanos; pero cuando admitís al Maestro, al salvador, al gurú en el reino del espíritu, ¿no asumís la actitud mundana? ¿Puede haber divisiones jerárquicas o grados en el desarrollo espiritual, en la comprensión de la verdad, en la realización de Dios? El amor no admite ninguna división. O bien amáis, o no amáis; pero no convirtáis la falta de amor en un proceso de largo desarrollo cuyo fin es el amor. Cuando reconocéis que no amáis, cuando percibís ese hecho sin previa opción, entonces hay una posibilidad de transformación; pero cultivar cuidadosamente esta distinción entre el Maestro y el discípulo, entre los que han alcanzado y los que no han alcanzado, entre el salvador y el pecador, es negar el amor. El explotador, que a su vez es explotado.
La separación entre Dios o la realidad y vosotros es creada por vosotros mismos, por la mente que se aferra a lo conocido, a la certidumbre, a la seguridad. Ningún puente puede salvar esta separación; no hay ningún ritual, ninguna disciplina, ningún sacrificio, que os permita atravesarla; no hay ningún salvador, ningún Maestro, ningún gurú que pueda conduciros a lo real o a destruir esta separación. La división no está entre lo real y vosotros; está en vosotros mismos, es el conflicto de los deseos opuestos. El deseo crea su propio opuesto; y la transformación no es cuestión de concentrarse en un deseo sino de estar libre del conflicto que crea el ansia. El ansia, en cualquier nivel de nuestro ser engendra siempre más conflicto, y de este conflicto tratamos de escapar de todas las maneras posibles, lo cual únicamente acrecienta el conflicto tanto interior como exterior. Este conflicto no puede ser disuelto por algún otro, por grande que él sea, ni mediante ninguna magia o ritual. Estos podrán adormecernos agradablemente, mas al despertar el problema estará allí. Pero la mayoría de nosotros no desea despertar, y así vivimos en ilusión. Con la disolución del conflicto, hay tranquilidad, y sólo entonces puede advenir la realidad. Maestros, salvadores y gurús son de poca importancia, pero lo que es esencial es comprender el creciente conflicto del deseo; y esta comprensión sólo llega mediante el conocimiento propio y la constante y alerta percepción de los movimientos del “yo”.
La autopercepción es ardua, y desde que la mayoría de nosotros prefiere un camino fácil e ilusorio, erigimos la autoridad que moldea y regula nuestra vida. Esta autoridad puede ser colectiva, el Estado; o personal, el Maestro, el salvador, el gurú. Cualquier clase de autoridad es ofuscante, y engendra indolencia; y como casi todos consideramos que ser contemplativo es crear inquietud, nos supeditamos a la autoridad.
La autoridad engendra poder, y el poder siempre llega a ser centralizado y en consecuencia completamente corruptor; ella no sólo corrompe al que ejerce el poder, sino también al que la acata. La autoridad del conocimiento y de la experiencia pervierte, tanto si está investida en el Maestro, como en su representante o el sacerdote. Lo significativo es vuestra propia vida, este conflicto aparentemente incesante, y no el modelo o el líder. La autoridad del Maestro y del Sacerdote os apartan del objetivo central, que es el conflicto dentro de vosotros mismos. El sufrimiento nunca podrá ser comprendido y disuelto mediante la búsqueda de una forma de vida. Una búsqueda así es mera evasión del sufrimiento, la imposición de una norma, lo cual es una escapatoria; y lo que se elude sólo empeora, trayendo mayor calamidad y sufrimiento. La comprensión de vosotros mismos, por dolorosa o transitoriamente agradable que sea, es el principio de la sabiduría.
No hay ningún sendero que conduzca a la sabiduría. Si hay un sendero, entonces la sabiduría es lo formulado, es ya lo imaginado, lo conocido. ¿Puede ser conocida o cultivada la sabiduría? ¿Es algo que se puede aprender, que se puede acumular? Si es así, entonces se convierte en mero conocimientos en una cosa de la experiencia y de los libros. La experiencia y el conocimiento forman la cadena continua de respuestas y por eso jamás pueden comprender lo nuevo, lo fresco, lo increado. La experiencia y el conocimiento, siendo continuos, hacen un sendero de sus autoproyecciones, y de ahí que constantemente aten. La sabiduría es la comprensión de lo que es de instante en instante, sin la acumulación de la experiencia y del conocimiento. Lo que se acumula no da libertad para comprender, y sin libertad no puede haber descubrimiento; y es este continuo descubrimiento lo que crea la sabiduría. La sabiduría es siempre nueva, siempre fresca, y no hay medio alguno para obtenerla. El medio destruye la frescura, la novedad, el espontáneo descubrimiento.
Los muchos senderos que conducen a una realidad son la invención de una mente intolerante, son la resultante de una mente que cultiva la tolerancia. “Yo sigo mi camino, y vosotros seguís los vuestros, pero seamos amigos, y eventualmente nos uniremos”. ¿Nos uniremos vosotros y yo si vosotros vais hacia el Norte y yo hacia el Sur? ¿Podemos ser amigos si vosotros tenéis una serie de creencias y yo otra, si yo soy un asesino colectivo y vosotros sois pacíficos? Ser amigos implica convivencia en el trabajo, en el pensamiento; pero ¿hay alguna convivencia entre el hombre que odia y el hombre que ama? ¿Existe alguna relación entre el hombre que está en ilusión y el que es libre? El hombre libre puede tratar de establecer algún género de relación con el que está en cautiverio; pero quien está en ilusión no puede tener ningún vínculo con el hombre que es libre.
Los que están separados, aferrados a su estado de separación, tratan de establecer una relación con otros que están también encerrados en sí mismos; pero tales intentos invariablemente engendran conflictos y sufrimientos. Para evitar este dolor, los más hábiles inventan la tolerancia, que consiste en atender cada uno a su propio encierro y en procurar ser benévolos y generosos. La tolerancia es de la mente, no del corazón. Habláis de tolerancia cuando amáis? Pero cuando el corazón está vacío, entonces la mente lo llena con sus artificiosos recursos y temores. No hay comunión cuando hay tolerancia.
No hay sendero que conduzca a la verdad. La verdad debe ser descubierta, pero no hay ninguna fórmula para su descubrimiento. Lo que es formulado no es verdadero. Debéis aventuraros en el inexplorado mar, que es vosotros mismos. Debéis lanzaros al descubrimiento de vosotros mismos, pero no conforme a ningún plan o norma, pues entonces no hay ningún descubrimiento. El descubrimiento trae alegría —no la alegría recordada, comparativa, sino la alegría que es siempre nueva. El conocimiento propio es el comienzo de la sabiduría, en cuya tranquilidad y silencio está lo inconmensurable.

LA ALERTA PERCEPCIÓN



LA ALERTA PERCEPCIÓN

Había inmensas nubes, como agitadas olas blancas, en un cielo sereno y azul. A cientos de metros más abajo del lugar en que estábamos parados se veía la azulada curva de la bahía, y a lo lejos la tierra firme. Era una tarde agradable, tranquila y fresca, y en el horizonte se divisaba el humo de un barco. Los bosquecillos de naranjos se extendían hasta el pie de la montaña, y su fragancia llenaba el aire. Como siempre, la tarde se tornaba azul; hasta el aire mismo se volvía azulado, y las blancas casas perdían su brillo en ese delicado color. El azul del mar parecía volcarse sobre la tierra y cubrirla, y las montañas en lo alto eran también de un azul transparente. La escena era encantadora, y había un inmenso silencio. Aunque se oían los pocos ruidos del atardecer, estaban dentro de este silencio, formaban parte de él, lo mismo que nosotros. Este silencio renovaba todas las cosas, quitando las centurias de suciedad y dolor del corazón de las cosas; nuestra visión se clarificaba, y la mente participaba de ese silencio. Un asno rebuznó; los ecos llenaron el valle, y el silencio lo admitió. El fin del día era la muerte de todos los oyeres, y en esta muerte había un renacimiento, sin la melancolía del pasado. La vida era nueva en la inmensidad del silencio.
En la habitación esperaba un hombre, ansioso por discutir alguna cosa. Era singularmente vivaz, pero se hallaba tranquilamente sentado. Sin duda era un habitante de la ciudad, y su elegante traje lo hacia parecer más bien fuera de lugar en esa pequeña aldea y en esa habitación. Habló de sus actividades, de las dificultades de su profesión, de las trivialidades de la vida familiar y de la urgencia de sus deseos. Podía abarcar todos estos problemas tan inteligentemente como cualquier otro; pero lo que realmente lo confundía eran sus apetitos sexuales. Estaba casado y tenía hijos, pero había algo más aún. Sus actividades sexuales se habían convertido en un problema muy serio para él y lo estaban arrastrando casi a la decrepitud. Había hablado con algunos médicos y psiquiatras pero el problema todavía existía y de alguna manera debía encontrarle solución.
¡Cuán ansioso estamos de resolver nuestros problemas! ¡Cuán insistentemente buscamos una contestación, una salida, un remedio! Jamás consideramos el problema en sí, sino que andamos a tientas buscando con agitación y ansiedad una respuesta, que invariablemente es proyectada por nosotros mismos. Aunque el problema es autocreado, tratamos de encontrar una respuesta lejos de él. Buscar una respuesta es eludir el problema —que es justamente lo que la mayoría de nosotros queremos hacer. Entonces la respuesta viene a ser lo importante, y no el problema. La solución no está separada del problema; la respuesta está en el problema, no fuera de él. Si la respuesta es separada del evento principal, entonces creamos otros problemas: el problema de cómo obtener la respuesta, cómo realizarla, cómo ponerla en práctica, etc. Como la búsqueda de una respuesta es esquivar el problema, nos perdemos en ideales, convicciones, experiencias, que son autoproyecciones; rendimos culto a estos ídolos de nuestra propia fabricación y así nos volvemos más y más confusos y tediosos. Llegar a una conclusión es comparativamente fácil; pero comprender un problema es arduo, requiere un enfoque completamente diferente, un enfoque en el cual no haya ningún oculto deseo de respuesta.
Estar liberado del deseo de respuesta es esencial para la comprensión de un problema. Esta liberación facilita la plena atención; la mente no se distrae con ningún efecto secundario. Mientras haya conflicto a favor o en contra del problema, no puede haber ninguna comprensión del mismo; porque este conflicto es una distracción. Hay comprensión únicamente cuando hay comunión, y la comunión es imposible mientras haya resistencia o contienda, temor o aceptación. Se debe establecer una justa relación con el problema, lo cual es el comienzo de la comprensión; pero ¿cómo puede haber justa relación con un problema cuando sólo os interesa desembarazaros de él, es decir, encontrarle una solución? Justa relación significa comunión, y la comunión no puede existir si hay resistencia positiva o negativa. El enfoque del problema es más importante que el problema mismo; el enfoque conforma el problema, el fin. Los medios y el fin no son diferentes del enfoque. El enfoque decide la suerte del problema. Es de la mayor importancia cómo consideráis el problema, porque vuestra actitud y prejuicios, vuestros temores y esperanzas lo han de colorear. Una percepción alerta y sin previa opción de la manera de vuestro enfoque producirá una justa relación con el problema. El problema es autocreado, por consiguiente debe haber conocimiento de uno mismo, vosotros y el problema sois uno, no dos procesos separados. Vosotros sois el problema.
Las actividades del “yo” son espantosamente monótonas. El “yo” es un fastidio; es intrínsecamente enervante, sin agudeza, frívolo. Sus deseos opuestos y en conflicto, sus esperanzas y frustraciones, sus realidades e ilusiones, son esclavizantes, y sin embargo vana; sus actividades conducen a su propia fatiga. El “yo” siempre está trepando y siempre cayendo, siempre persiguiendo y siempre fracasando, siempre ganando y siempre perdiendo; y de este fastidioso circulo de frivolidad trata continuamente de escapar. Huye a través de la actividad externa o por medio de agradables ilusiones, mediante la bebida, el sexo, la radio, los libros, la erudición, los entretenimientos, etc. Su poder de engendrar ilusiones es complejo y vasto. Estas ilusiones son de vuestra propia hechura, proyectadas por vosotros mismos; son el ideal, la concepción idolátrica de Maestros y salvadores, el futuro como medio de autoengrandecimiento, etc. Al tratar de escapar de su propia monotonía, el “yo” persigue sensaciones y excitaciones internas y externas. Estas son los sustitutos de la propia negación, y en los sustitutos el “yo” trata esperanzadamente de conseguir alivio. A menudo tiene éxito, pero el éxito sólo incrementa su propio deterioro. Persigue un sustituto tras de otros, cada uno de los cuales crea su propio problema, su propio conflicto y su sufrimiento.
Buscamos el propio olvido interior y exteriormente; algunos se entregan a la religión, y otros al trabajo y a la actividad. Pero no hay modo de olvidar el “yo”. El tumulto interior o exterior puede ocultar el “yo”, pero éste pronto emerge otra vez en diferente forma, bajo distinto aspecto, porque lo que esté reprimido necesita encontrar expansión. El olvido de sí mismo por medio de la bebida o del sexo; mediante el culto o la erudición, conduce a la dependencia, y aquello de lo cual dependéis crea un problema. Si para obtener expansión, para olvidaros de vosotros mismos, para vuestra dicha dependéis de la bebida o de un Maestro, entonces éstos llegan a ser vuestro problema. La dependencia engendra posesividad, envidia, temor; y entonces el temor y su superación se convierten en vuestro ansioso problema. En la búsqueda de felicidad creamos problemas, y en ellos nos vemos atrapados. Hallamos cierta felicidad en el olvido que resulta del sexo, y por eso lo utilizamos como un instrumento para realizar lo que deseamos. La felicidad por medio de algo invariablemente debe suscitar conflicto, porque entonces el medio es mucho más significativo e importante que la felicidad misma. Si obtengo felicidad por medio de la belleza de esa silla, entonces la silla llega a ser de suprema importancia para mí, y para conservarla debo estar en guardia contra los demás. En esta lucha, la dicha que una vez sentí por la belleza de la silla es completamente olvidada, se pierde, y soy desgraciado con la silla. En sí misma, la silla tiene poco valor; pero le he dado un valor extraordinario, porque es el instrumento de mi felicidad. Así los medios se convierten en sustitutos de la felicidad.
Cuando el medio de mi felicidad es una persona, entonces el conflicto y la confusión, el antagonismo y el sufrimiento son mayores. Si la convivencia se basa en el mero uso, ¿existe alguna relación excepto la más superficial, entre el que usa y el que es usado? Si lo utilizo a Ud. para mi felicidad, ¿estoy yo realmente relacionado con Ud.? La convivencia implica comunión con otro en diferentes niveles; y ¿hay comunión con otro cuando ese otro es sólo una herramienta, un instrumento de mi felicidad? Al utilizar así a otro, ¿no estoy yo realmente procurando aislarme, pensando que así seré feliz? A este autoaislamiento lo llamo convivencia; pero de hecho no hay ninguna comunión en este proceso. La comunión únicamente puede existir donde no hay ningún temor; y hay corrosivo temor y sufrimiento donde hay utilización y por lo tanto dependencia. Como nada puede vivir en aislamiento, los intentos de la mente para aislarse conducen a su propia frustración y miseria. Para escapar de esta sensación de implenitud, buscamos completarnos en las ideas, en las personas, en las cosas; y sí nuevamente volvemos al punto de partida, en la búsqueda de sustitutos.
Los problemas existirán siempre donde las actividades del “yo” sean dominantes. El darse cuenta de cuáles son y cuáles no son las actividades del “yo” requiere constante vigilancia. Esta vigilancia no es una atención disciplinada, sino una vasta y alerta percepción en la que no hay elección previa. La atención disciplinada fortalece el “yo”; se convierte en un sustituto y una dependencia. La alerta percepción, por el contrario, no es autoinducida, ni es la resultante de la práctica; es la comprensión del contenido total del problema, lo oculto tanto como lo superficial. Para que lo oculto se manifieste es necesario comprender lo superficial; lo oculto no puede revelarse si la mente superficial no está quieta. Este proceso no es verbal en absoluto, ni es tampoco asunto de mera experiencia. La verbalización indica embotamiento de la mente, y la experiencia, siendo acumulativa, contribuye a la repetición. La alerta percepción no es asunto de determinación, porque la directiva que responde a un propósito es resistencia; que tiende hacia la exclusividad. La alerta percepción es la observación silenciosa y sin opción de lo que es; en esta alerta percepción el problema se revela a sí mismo, y así es plena y completamente comprendido.
Un problema no se resuelve en su propio nivel, siendo complejo, debe ser comprendido en su proceso total. Tratar de resolver un problema en un sólo nivel, físico o psicológico, conduce a nuevos conflictos y confusiones. Para la resolución de un problema, debe haber esta alerta percepción, esta pasiva vigilancia que revela su proceso total.
El amor no es sensación. Las sensaciones dan nacimiento al pensamiento a través de las palabras y los símbolos. Las sensaciones y el pensamiento reemplazan al amor; se convierten en sustitutos del amor. Las sensaciones son de la mente, lo mismo que los apetitos sexuales. La mente engendra los apetitos, la pasión, por medio del recuerdo, del cual deriva agradables sensaciones. La mente se compone de diferentes y contradictorios intereses o deseos, con sus exclusivas sensaciones; y éstas chocan entre sí cuando una u otra comienza a predominar, creando así un problema. Las sensaciones son tanto agradables como desagradables, y la mente se adhiere a lo agradable, convirtiéndose así en su esclava. Esta servidumbre se convierte en un problema porque la mente es el receptáculo de las sensaciones contradictorias. Escapar de lo doloroso es también un cautiverio, con sus propias ilusiones y problemas. La mente es la creadora de los problemas, y por lo tanto no puede resolverse. El amor no es de la mente; pero cuando la mente predomina hay sensación, que es llamada entonces amor. Es en este amor de la mente que se puede pensar, que puede ser descripto e identificado. La mente puede anular o adelantar las sensaciones agradables, y este proceso es el apetito, sin que importe en qué nivel es colocado. Dentro del campo de la mente el amor no puede estar. La mente es el área del temor y el cálculo, de la envidia y la dominación, de la comparación y la negación, y por eso el amor no está en ella. Los celos, como el orgullo, son de la mente; pero eso no es amor. El amor y el proceso de la mente no pueden estar unidos, no pueden ser unificados. Cuando predominan las sensaciones, no hay espacio para el amor; por consiguiente las cosas de la mente llenan el corazón. Así el amor se convierte en lo desconocido, en objeto de persecución y de adoración; se le convierte en un ideal, para ser utilizado y creído, y los ideales son siempre autoproyectados. De modo que la mente predomina completamente. Así el amor se reduce a una palabra, a una sensación. Entonces él amor se hace relativo, “yo amo más y tú amas menos”. Pero el amor no es personal ni impersonal; el amor es un estado de ser en el que la sensación como pensamiento está totalmente ausente.