domingo, 1 de junio de 2014

TRES PIADOSOS EGOISTAS



TRES PIADOSOS EGOISTAS

El otro día vinieron a verme tres devotos egoístas. El primero era un sanyasi, un hombre que había renunciado al mundo; el segundo era un orientalista que creía firmemente en la fraternidad; y el tercero era un convicto forjador de una maravillosa utopía. Cada uno de los tres luchaba con ardor por su propia obra y miraba con desdén las actitudes y actividades de los otros. Cada uno se afirmaba en su propia convicción, se sentía ardientemente apegado a su forma particular de creencia, y los tres, por extraño que parezca, eran crueles.
Me dijeron, especialmente el utopista, que estaban dispuestos a negarse o sacrificarse a sí mismos y a sus amigos por aquello en que creían. Parecían humildes y suaves, particularmente el hombre de la fraternidad, pero había en ellos dureza de corazón y esa peculiar intolerancia que es característica del superior. Eran los escogidos, los intérpretes; sabían y estaban seguros.
En el transcurso de una seria conversación, el sanyasi dijo que estaba preparándose para su próxima vida. Esta vida, declaró, tenía muy poco que ofrecerle, pues él había visto a través de todas las ilusiones mundanas y había abandonado los caminos del mundo. Tenía algunas debilidades personales y cierta dificultad para concentrarse, añadió, pero en su próxima vida alcanzaría el ideal que había fijado para sí mismo.
Todo su interés y vitalidad reposaban en su convicción de que iba a ser algo en su próxima vida. Conversamos un buen rato, y su énfasis estaba siempre en el mañana, en el futuro. Dijo que el pasado existía, pero siempre en relación al futuro. Dijo que él era más que un pasaje al futuro, y el hoy interesaba únicamente por el mañana. Si no hubiera mañana, preguntó, ¿para qué esforzarse? Valdría lo mismo vegetar o ser como la apacible vaca.
Toda la vida era un continuo movimiento del pasado hacia el futuro a través del momentáneo presente. Debemos usar el presente, dijo, para ser algo en el futuro: para ser sabios, para ser fuertes, para ser compasivos. Tanto el presente como el futuro eran transitorios, pero mañana la fruta estará madura. Insistió en que el hoy no es más que un peldaño y que no deberíamos estar demasiado ansiosos o demasiado particularizados con él; debemos mantener claro el ideal del mañana y tratar de hacer la jornada con éxito. En síntesis, el presente le causaba impaciencia.
El hombre de la fraternidad era más instruido, y su lenguaje más poético; era experto en el manejo de las palabras, y completamente suave y convincente. También había esculpido un nicho divino para sí en el futuro. Tenía que ser algo. Esta idea le llenaba el corazón, y había reunido discípulos para ese futuro. La muerte, dijo, era una cosa hermosa, porque nos aproxima a ese nicho divino que hacía posible para él vivir en este triste y feo mundo.
Sostenía la necesidad de cambiar y embellecer el mundo, y trabajaba con ardor por la fraternidad humana. Consideraba que la ambición, con su secuela de crueldades y corrupciones, era inevitable en un mundo en el que es preciso hacer las cosas; y que por desgracia, si uno deseaba realizar ciertas actividades orgánizativas, tenía que ser un poco severo. La obra era importante porque estaba ayudando a la humanidad, y cualquiera que se opusiese tenía que ser separado —suavemente, por supuesto. Para ese trabajo la organización era de la mayor importancia y no debía ser estorbada. “Otros tienen sus senderos”, dijo, “pero el nuestro es esencial y quienquiera que se nos interponga no es de los nuestros”.
El utopista era una extraña mezcla de idealista y de hombre práctico. Su Biblia no era la antigua sino la nueva. Creía en la nueva implícitamente. Conocía de antemano el desarrollo del futuro, pues el nuevo libro lo predecía. Su plan era confundir, organizar y realizar. El presente, dijo, está corrompido, debe ser destruido, y fuera de esta destrucción lo nuevo debe construirse. El presente tenía que ser sacrificado por el futuro. El hombre futuro era lo que importaba, no el hombre presente.
“Nosotros sabemos cómo crear ese hombre futuro”, dijo, “podemos plasmar su mente y corazón; pero necesitamos llegar al poder para hacer algo bueno. Estamos dispuestos a sacrificarnos y a sacrificar a otros para traer un nuevo orden. Mataremos a cualquiera que se interponga en el camino, pues los medios carecen de importancia; el fin justifica los medios”.
Para la paz final, cualquier forma de violencia podía ser usada; para la final libertad individual, la tiranía en el presente era inevitable. “Cuando tengamos el poder en nuestras manos”, declaró, “emplearemos toda forma de compulsión para hacer posible un nuevo mundo sin distinciones de clase, sin sacerdotes. Nunca nos apartaremos de nuestra tesis central, estaremos fijos ahí, pero nuestra estrategia y nuestras tácticas variarán de acuerdo con las cambiantes circunstancias. Planeamos, organizamos y actuamos para destruir al hombre presente en aras del hombre futuro”.
El sannyasi, el hombre de la fraternidad y el utopista, viven todos para el mañana, para el futuro. No son ambiciosos en el sentido mundano, no desean altos honores, riquezas o reconocimiento, pero son ambiciosos en una forma mucho más sutil. El utopista se ha identificado como un grupo que, según piensa, tendrá el poder de reorientar al mundo; el hombre de la fraternidad aspira a ser exaltado, y el sannyasi a alcanzar su meta. Todos están preocupados con su propio devenir, con su propia realización y expansión. No ven que ese deseo niega la paz, la fraternidad y la suprema felicidad.

La ambición en cualquier forma —para el grupo, para la salvación individual o para la realización espiritual— es acción postergada. El deseo es siempre del futuro; el deseo de llegar a ser es inacción en el presente. El ahora tiene más importancia que el mañana. En el ahora está todo el tiempo, y comprender el ahora es estar libre del tiempo. El devenir es la continuación del tiempo, del dolor. Devenir no contiene ser. Ser es siempre en el presente, y ser es la forma más elevada de transformación. Devenir es mera continuidad modificada, y sólo hay transformación radical en el presente, en ser.



LA IDENTIFICACIÓN



LA IDENTIFICACIÓN

¿Por qué os identificáis con otra persona, con un grupo, con un país? ¿Por qué os llamáis cristianos, hindúes, budistas, o por qué pertenecéis a alguna de las innumerables sectas? Religiosa y políticamente uno se identifica con este o aquel grupo por tradición o hábito, por impulso, prejuicio, imitación y pereza. Esta identificación pone término a toda comprensión creadora, y entonces uno llega a ser un mero instrumento en manos de un partido, del sacerdote o del líder favorito.
El otro día alguien dijo que él era un “Krishnamurtiano”, mientras que fulano pertenecía a otro grupo. Al decir eso, era completamente inconsciente de las implicaciones de esa identificación. No se trataba en modo alguno de un tonto; era instruido, culto y todo lo demás. Ni era tampoco sentimental o impresionable; por el contrario, era claro y definido.
¿Por qué había llegado a ser un “Krishnamurtiano”? Había seguido a otros, había pertenecido a fastidiosos grupos y organizaciones, y finalmente se encontró identificado con esta particular persona. Por lo que decía, parecía que su viaje había ya concluido. Había tomado una posición y eso era el fin de la cuestión; había elegido y nada podía hacerlo vacilar. Ahora podía confortablemente recogerse y seguir afanosamente todo lo que se había dicho y lo que se diría.
Cuando nos identificamos con otro, ¿es eso un indicio de amor? ¿La identificación implica experimentación? ¿No pone la identificación término al amor y al experimento? La identificación, ciertamente, es posesión, la aserción de propiedad; y la propiedad niega el amor, ¿no es así? Poseer es estar seguro; la posesión es defensa, es hacerse invulnerable. En la identificación hay resistencia, ya sea grosera o sutil; ¿Y es el amor una forma de resistencia autoprotectora? ¿Hay amor cuando hay defensa?
El amor es vulnerable, flexible, receptivo; es la más alta forma de sensibilidad, y la identificación conduce a la insensibilidad. Identificación y amor no pueden ir juntos, pues el uno destruye al otro. La identificación es esencialmente un proceso de pensamiento por medio del cual la mente se protege y expande; y en el llegar a ser algo ella necesita resistir y defender, necesita poseer y descartar. En este proceso de devenir, la mente o el “yo” se hace cada vez más tenaz y más capaz; pero esto no es amor. La identificación destruye la libertad, y únicamente en la libertad puede existir la más alta forma de sensibilidad.
¿Debe haber identificación para experimentar? El mismo acto de la identificación ¿no pone término al inquirir, al descubrir? La felicidad que brinda la verdad no puede existir si no hay experimentación en el autodescubrimiento. La identificación pone término al descubrimiento; es otra forma de pereza. La identificación es un sustituto de la experiencia, y es por lo tanto completamente falsa.
Para experimentar, toda identificación debe cesar. Para hacer un experimento no debe haber miedo. El temor impide la experiencia. Es el miedo que conduce a la identificación —identificación con otro, con un grupo, con una ideología, etc. El temor necesita resistir, suprimir; y en un estado de autodefensa, ¿cómo es posible aventurarse en el incierto mar? La verdad o la felicidad no pueden advenir sin emprender la jornada en los caminos del «yo”, No podréis viajar lejos si estáis anclados. La identificación es un refugio. Un refugio requiere protección, y aquello que es protegido pronto es destruido. La identificación acarrea su propia destrucción, y de ahí el constante conflicto entre las diversas identificaciones.
Cuanto más luchamos a favor o en contra de la identificación, tanto mayor es la resistencia a la comprensión. Si uno se da cuenta del total proceso de la identificación, externa tanto como interna, si uno percibe que su expresión exterior es proyectada por la demanda interior, entonces hay una posibilidad de descubrimiento y felicidad. Aquel que se ha identificado a sí mismo jamás puede conocer la libertad, en la cual únicamente toda verdad se revela.



EL PARLOTEO Y EL DESASOSIEGO



EL PARLOTEO Y EL DESASOSIEGO

¡Qué parecido singular tienen entre sí el parloteo y el desasosiego! Ambos son el resultado de una mente agitada. Una mente agitada debe tener una cambiante variedad de expresiones y acciones, debe estar ocupada; debe tener sensaciones siempre nuevas y más fuertes, intereses pasajeros; y el parloteo contiene los elementos de todas estas cosas.
El parloteo es la misma antítesis de la intensidad y de la seriedad. Hablar de otro, ya sea en forma agradable o viciosa, no es más que una evasión de sí mismo, y la evasión siempre es la causa de la agitación. La evasión por su propia naturaleza es agitación. Parece que la mayoría de la gente gusta ocuparse de los asuntos ajenos, y este interés se revela en la lectura de innumerables revistas y diarios, con sus chismosas columnas, sus narraciones de crímenes, divorcios, etc.
Como nos preocupamos por lo que otros piensan de nosotros, también ansiamos saber todo lo que se relaciona con los demás; y de ahí provienen todas las manifestaciones burdas o sutiles del snobismo y del culto a la autoridad. Así nos volvemos más y más exteriorizados e interiormente vacíos. Cuanto más nos volvemos hacia lo exterior, más sensaciones y distracciones necesitamos, y esto engendra una mente que nunca está quieta, que no es capaz de honda búsqueda y descubrimiento.
El parloteo es la expresión de una mente agitada; pero estar meramente en silencio no indica una mente tranquila. La tranquilidad no surge con la abstinencia o la negación ella adviene con la comprensión de lo que es. Para comprender lo que es se requiere una alerta percepción, porque lo que es, no es estético.
Si no tuviésemos preocupaciones, la mayoría de nosotros sentiríamos como si no estuviéramos viviendo; estar luchando con un problema es para la mayoría de nosotros un indicio de existencia. No podemos imaginarnos la vida sin un problema y cuanto más ocupados estamos con un problema, tanto más creemos que estamos alerta. La constante tensión sobre un problema que el mismo pensamiento ha creado, sólo embota la mente, haciéndola insensible y produciéndole cansancio.
¿Por qué esta incesante preocupación con un problema? ¿Acaso el atormentarse resolverá el problema? ¿O bien surge la respuesta al problema sólo cuando la mente está quieta? Pero para la mayoría de la gente, una mente quieta es cosa bastante temible; tienen terror a la quietud, porque nadie sabe lo que puede descubrir en sí mismo, y el desasosiego constituye un preventivo. Una mente que tiene miedo de descubrir debe siempre estar a la defensiva, y la agitación es su defensa.
Por medio de una constante tensión, el hábito y la influencia de las circunstancias, las capas conscientes de la mente se tornan agitadas e incansables. La existencia moderna favorece esta actividad superficial y las distracciones, lo que constituye otra forma de autodefensa. La defensa es resistencia, y ésta impide la comprensión.
El desasosiego, al igual que el parloteo, tiene la apariencia de la intensidad y de la seriedad; pero si lo observamos más atentamente, veremos que proviene de la atracción y no de la seriedad. La atracción es siempre cambiante, y es por esto que los objetos del parloteo y del desasosiego continuamente cambian. El cambio es meramente continuidad modificada. El parloteo y el desasosiego sólo pueden terminar cuando la agitación de la mente es comprendida. Mera abstinencia, control o disciplina no sólo no crearán tranquilidad, sino que embotarán la mente, haciéndola insensible y confinada.
La curiosidad no conduce a la comprensión. La comprensión adviene con el conocimiento propio. El que sufre no es curioso; y la simple curiosidad con sus especulativas modalidades, es un impedimento para el conocimiento propio. La especulación, como la curiosidad, es indicio de agitación; y una mente agitada, por muy hábil que sea, destruye la comprensión y la felicidad.



PENSAMIENTO Y AMOR



PENSAMIENTO Y AMOR

El pensamiento, con su contenido emocional y sensacional, no es amor. El pensamiento invariablemente niega el amor. El pensamiento se funda en la memoria, y el amor no es memoria. Cuando pensáis en alguien a quien amáis, ese pensamiento no es amor. Podréis recordar las costumbres de un amigo, sus gestos, su idiosincrasia, y pensar en incidentes agradables o desagradables de vuestras relaciones con esa persona, pero las imágenes que el pensamiento evoca no son amor. Por su propia naturaleza, el pensamiento es separativo. El sentido de tiempo y espacio, de separación y tristeza, surge del proceso de pensamiento, y es sólo cuando ese proceso cesa que puede advenir el amor.
El pensamiento inevitablemente engendra el sentimiento de propiedad, esa posesividad que consciente o inconscientemente cultiva los celos. Donde hay celos, evidentemente no hay amor; sin embargo para la mayoría de la gente, los celos constituyen un indicio de amor. Los celos son el resultado del pensamiento, una respuesta del contenido emocional del pensamiento. Cuando el sentimiento de poseer o de ser poseído se ve obstaculizado, hay tal vacío que la envidia toma el lugar del amor. Es debido a que el pensamiento juega el papel del amor que surgen todas las complicaciones y sufrimientos.
Si no pensarais en otra persona, diríais que no la amáis. Pero ¿es amor el hecho de pensar en la persona? Si no pensaseis en un amigo que creéis amar, os espantaríais, ¿verdad? Si no pensarais en un amigo que ha muerto, os consideraríais desleales, sin amor, etc. Miraríais tal estado como insensible, indiferente, y así os pondríais a pensar en esa persona, querríais tener fotografías, imágenes hechas por la mano o por la mente pero llenar así vuestro corazón con las cosas de la mente, es no dejar lugar para el amor. Cuando estáis con un amigo, no penséis en él; es sólo en su ausencia que el pensamiento comienza a recrear escenas y experiencias que están muertas. Este revivir del pasado es llamado amor. Así para la mayoría de nosotros, amor es muerte, una negación de la vida; vivimos con el pasado, con lo muerto; por consiguiente nosotros mismos estamos muertos, aunque llamemos a eso amor.
El proceso del pensamiento siempre niega el amor. Es el pensamiento el que tiene implicaciones emocionales, no el amor. El pensamiento es el mayor impedimento para el amor. El pensamiento crea división entre lo que es y lo que debería ser, y sobre esta división se basa la moralidad; pero ni lo moral ni lo inmoral conoce el amor. Esta estructura moral, creada por la mente para mantener la convivencia social, no es amor, sino un proceso endurecedor como el del cemento. El pensamiento no conduce al amor, el pensamiento no cultiva el amor; pues el amor no puede ser cultivado como una planta en el jardín. El mismo deseo de cultivar cl amor no es más que la acción del pensamiento.
Si estáis completamente alerta y perceptivos, veréis qué importante papel juega el pensamiento en vuestra vida. El pensamiento tiene evidentemente su lugar, pero de ningún modo está relacionado con el amor. Lo que se relaciona con el pensamiento puede ser comprendido por el pensamiento, mas lo que no está relacionado con el pensamiento no puede ser captado por la mente. Preguntaréis ¿qué es entonces el amor? Amor es un estado de ser en que no existe el pensamiento: pero la misma definición del; amor es un proceso de pensamiento, y por lo tanto no es amor.
Tenemos que comprender el pensamiento mismo, y no tratar de captar el amor mediante el pensamiento La negación del pensamiento no trae amor. Hay liberación del pensamiento sólo cuando es completamente comprendido su hondo significado; y para eso es esencial un profundo conocimiento de sí mismo, no vanas y superficiales aserciones. Lo que revela la índole del pensamiento es la meditación y no la repetición, la alerta percepción y no la definición. Sin alerta percepción y sin vivencias los procesos del pensamiento, el amor no puede ser.