domingo, 1 de junio de 2014

LA SEPARATIVIDAD



LA SEPARATIVIDAD

Era un hombre pequeño y agresivo, profesor en una universidad. Había leído tanto que le resultaba difícil saber dónde empezaban sus propios pensamientos y dónde terminaban los pensamientos de los otros. Dijo que había sido un ferviente nacionalista y que en cierto modo había sufrido por ello. También había sido un religioso militante; pero ahora había rechazado todos esos obstáculos, gracias a Dios, y estaba libre de superstición. Afirmó con vehemencia que toda esta charla y discusión psicológica estaba extraviando a la gente, y que lo más importante era la reorganización económica del hombre; pues el hombre vive de pan en primer término, y después de eso viene todo lo demás. Debía producirse una violenta revolución y establecerse una nueva sociedad sin clases. No importaban los medios si el fin era alcanzado. Si fuera necesario ellos fomentarían el caos para dominar y establecer entonces un orden correcto. El colectivismo era esencial, y toda explotación individual debía eliminarse. Era muy explícito con respecto al futuro; y como el hombre era el producto del medio ambiente; ellos modelarían al hombre para el futuro; sacrificarían todo para el futuro, para el mundo que se iba a instaurar. La liquidación del hombre presente tenía poca importancia, porque ellos conocían el futuro.
Podemos estudiar la historia e interpretar los acontecimientos históricos conforme a nuestros prejuicios; pero tener certeza con respecto al futuro es estar en ilusión. El hombre no es el resultado de una sola influencia, sino que es inmensamente complejo; y acentuar una influencia mientras se minifican otras es crear un desequilibrio que conducirá todavía a mayor caos y sufrimiento. El hombre es un proceso total. Debe ser comprendida la totalidad y no meramente una parte, por muy importante que la parte pueda ser temporariamente. El sacrificio del presente por el porvenir es la insania de los poderosos; y el poder es pernicioso. Estos se arrogan el derecho de dirigir a la humanidad; son los nuevos sacerdotes. Los medios y el fin no están separados, son un fenómeno conjunto; los medios crean el fin. Mediante la violencia no se conseguirá nunca la paz; un estado policial no puede producir un ciudadano pacífico; por medio de la compulsión, no se obtendrá la libertad. Una sociedad sin clases no se puede establecer si el partido es todopoderoso; y ella jamás puede ser el resultado de una dictadura. Todo esto es obvio.
La separatividad del individuo no se destruye por su identificación con lo colectivo o con una ideología. La sustitución no elimina el problema de la separatividad, ni puede él ser suprimido. La sustitución y la supresión podrán obrar por un tiempo, pero la separatividad irrumpirá de nuevo con más violencia. El temor podrá relegarla temporariamente al trasfondo, pero el problema estará todavía allí. El problema no es cómo destacarse de la separatividad, sino por qué cada uno de nosotros le da tanta importancia. Los mismos individuos que desean establecer una sociedad sin clases, por sus actos de poder y autoridad crean división. Vosotros estáis separados de mí, y yo de otro, y eso es un hecho; pero ¿por qué le damos importancia a este sentimiento de separatividad, con todos sus malos resultados? Aunque existe una gran semejanza entre todos nosotros, somos sin embargo disímiles; y esta desemejanza da a cada uno el sentido de la importancia de ser diferente, de estar separado: la familia separada, el nombre, la propiedad, y el sentimiento de ser una entidad distinta. Esta separatividad, este sentido de individualidad ha causado enorme daño, y de ahí el deseo de colectivizar el trabajo y la acción, el sacrificio del individuo al conjunto, etc. Las religiones organizadas han tratado de supeditar la voluntad del particular a la voluntad del conjunto; y ahora el partido, que asume el papel del Estado, hace todo lo que puede para ahogar al individuo.
¿Por qué nos apagamos al sentimiento de la separatividad? Nuestras sensaciones son separadas y vivimos de sensaciones; somos sensaciones. Que se nos prive de sensaciones, agradables o penosas, y dejaremos de ser. Las sensaciones son importantes para nosotros y están identificadas con la separatividad. La vida privada y la vida como ciudadano tienen diferentes sensaciones en diferentes niveles, y cuando éstas chocan hay conflicto. Pero las sensaciones están siempre en guerra entre sí, ya sea en la vida privada o en la del ciudadano. El conflicto es inherente a la sensación. En tanto yo quiera ser poderoso o humilde, deben existir los conflictos de la sensación, que acarrean la miseria privada y social. El constante deseo de ser más o de ser menos da pie al sentimiento de la individualidad y de su separatividad. Si podemos enfrentar este hecho sin condenarlo o justificarlo, descubriremos que las sensaciones no constituyen toda nuestra vida. Entonces la mente como memoria, que es sensación llega a estar quieta, deja de estar trastornada por sus propios conflictos; y sólo entonces, cuando la mente es silenciosa y tranquila, hay una posibilidad de amar sin el “yo” y lo “mío”. Sin este amor, la acción colectiva es mera compulsión que engendra antagonismo y temor, causa de los conflictos individuales y sociales.