EL SILENCIO
El coche era
excelente; tenía un motor poderoso y bien ajustado; tomaba las cuestas
fácilmente, sin ratear. El camino trepaba la pendiente desde la salida del
valle y corría entre huertos de naranjos y altos y frondosos nogales. Los
huertos se extendían en ambos lados del camino por más de sesenta kilómetros,
desde lo alto hasta el pie mismo de las montañas. Haciéndose recto, el camino
atravesaba uno o dos pesqueros pueblos, y luego continuaba por el campo
abierto, que ostentaba el color verde brillante de la alfalfa. Finalmente,
dando de nuevo vueltas entre muchas ondulaciones, el camino nos llevó al
desierto.
Era un camino llano; había escaso transito y el motor zumbaba sin
cesar. Teníamos la atención intensamente ocupada con el campo, con los
vehículos que pasaban ocasionalmente, con las señales camineras, con el claro
azul del cielo, con las personas sentadas en el coche; pero la mente estaba muy
quieta. No era la quietud de la fatiga, o del relajamiento, sino una
tranquilidad muy alerta. Esa quietud de la mente no dependía de cosa alguna en
particular; no existía el observador de esta tranquilidad; el experimentador
estaba totalmente ausente. Aunque manteníamos una conversación intermitente, no
había ninguna brecha en este silencio. Se oía el silbido del viento a medida
que el coche avanzaba velozmente, y sin embargo este silencio era inseparable
del sonido del viento, de los ruidos del vehículo, y de la conversación. La
mente no tenía ninguna reminiscencia de quietudes anteriores, de aquellos
silencios que había conocido; no se decía: “Esto es tranquilidad”. No había
verbalización, que sólo es el reconocimiento y la afirmación de alguna
experiencia similar. Y porque no había verbalización, el pensamiento estaba
ausente. No había ningún recuerdo, y por eso el pensamiento no era capaz de
recoger el silencio o de pensar en él; pues la palabra “quietud” no es la
quietud. Cuando la palabra está ausente, la mente no puede obrar, y así el
experimentador no puede acopiar con miras a nuevos deleites. No había proceso
de acumulación en formación, ni de aproximación o asimilación. El movimiento de
la mente estaba totalmente ausente.
El coche se detuvo delante de la casa. Los ladridos del perro la
descarga del vehículo y el general alboroto, en modo alguno afectaron este
extraordinario silencio. No había ninguna perturbación y la tranquilidad
seguía. El viento soplaba entre los pinos, las sombras eran largas, y un gato
montés se deslizó entre los matorrales. En este silencio había movimiento, y el
movimiento no era una distracción. La atención no estaba fija en nada que la
pudiera distraer. Hay distracción cuando el principal interés es cambiante;
pero en este silencio había ausencia de interés, y por eso no había divagación.
El movimiento no estaba fuera del silencio, sino que era parte de él. Era la
quietud, no de la muerte, de la decadencia, sirio de la vida con total ausencia
de conflicto. A la mayoría de nosotros, el embate del dolor y el placer, el
afán de actividad, nos da la sensación de vida; y si se nos quitara ese afán,
estaríamos perdidos y pronto nos desintegraríamos. Pero esta quietud y su
movimiento era creación en permanente renovación por sí misma. Era un
movimiento que no tenía comienzos y por eso no tenía fin; ni tampoco tenía
continuidad. El movimiento implica tiempo; pero aquí no había tiempo. El tiempo
es lo más y lo menos, lo cercano y lo lejano, el ayer y el mañana, pero en esta
quietud toda comparación cesaba. No era un silencio que terminaba para empezar
otra vez; no había repetición. Las muchas tretas de la mente astuta estaban
totalmente ausentes.
Si este silencio fuera una ilusión la mente tendría alguna relación
con él. Ya sea rechazándolo o apegándose a él, razonándolo o identificándose
con él con sutil satisfacción; mas desde que no tiene ninguna relación con este
silencio, la mente no pare e aceptarlo ni rechazarlo. La mente puede actuar
sólo con sus propias proyecciones, con las cosas que son de ella misma; pero no
tiene ninguna relación con las cosas que no son de su propio origen Este
silencio no es de la mente, y por eso la mente no puede cultivarlo ni
identificarse con él. El contenido de este silencio no puede ser medido por las
palabras.