EL AMOR EN LA CONVIVENCIA
El sendero pasaba por
una granja y trepaba una colina desde donde se veían varios edificios, las
vacas con sus terneros, las gallinas, los caballos, y varias máquinas
agrícolas. Era un delicioso sendero, que serpenteaba entre bosques, y era a
menudo frecuentado por venados y otros animales silvestres que dejaban sus
huellas aquí y allá en la tierra blanda. Cuando el tiempo estaba muy tranquilo,
las voces de la granja, las risas y el sonido de la radio, se oían a gran
distancia. Era una granja bien cuidada y daba una impresión de limpieza en
todas partes. A menudo las voces eran coléricas, seguidas por el silencio de
los niños. Se oía un canto entre los árboles y las voces irritadas cubrían por
momentos este canto. De pronto, una mujer salió de la casa, golpeando la puerta;
se dirigió al establo y comenzó a golpear una vaca con un palo. El penetrante
ruido de estos golpes subía hasta la colina.
¡Qué fácil es destruir lo que amamos! ¡Qué prontamente se interpone
entre nosotros una barrera, una palabra, un gesto, una sonrisa! La salud, el
humor y el deseo arrojan una sombra, y lo que era luminoso se torna sombrío y
gravoso. Mediante el trato procuramos exhibirnos, y aquello que era vívido y
claro se vuelve fastidioso y confuso. A través de una constante fricción,
esperanza y frustración, lo que era hermoso y sencillo se torna temible y
expectante. La convivencia es compleja y difícil, y pocos salen de ella
indemnes. Aunque quisiéramos que fuera estática, duradera, continua, la
convivencia es un movimiento, un proceso que debe ser profunda y totalmente
comprendido y no ajustado a normas internas o externas. La conformidad, que es
la estructura social pierde su peso y autoridad sólo cuando hay amor. El amor
en la convivencia es un proceso purificador en cuanto revela las tretas del
“yo”: Sin esta revelación, la convivencia tiene poco significado.
¡Pero como luchamos contra esta revelación! La lucha toma muchas
formas: dominación o subordinación, temor o esperanza, envidia o aceptación, y
así por el estilo. La dificultad es que no amamos; y si amamos queremos que el
amor funcione de un modo particular, no le damos libertad. Amamos con nuestras
mentes y no con nuestros corazones. La mente puede modificarse a sí misma, pero
el corazón no lo puede. La mente puede hacerse invulnerable, pero el amor no lo
puede; la mente puede siempre substraerse, ser exclusiva, hacerse personal o
impersonal. El amor no puede ser comparado y limitado. Nuestra dificultad está
en eso que llamamos amor, el cual solo es de la mente. Llenamos nuestros corazones
con las cosas de la mente y así nuestros corazones permanecen siempre vacíos y
expectantes. Es la mente que se apega, que es envidiosa, que posee y destruye.
Nuestra vida está dominada por los medios físicos y por la mente. Nosotros no
amamos y no nos preocupamos por ello, pero ansiamos ser amados; damos para
recibir, lo cual es la generosidad de la mente y no del corazón. La mente
siempre busca certidumbre, seguridad; y ¿puede la mente asegurar el amor?
¿Puede la mente, cuya verdadera esencia es del tiempo, captar el amor, que es
su propia eternidad.
Pero incluso el amor del corazón tiene sus propias trampas; porque
tenemos el corazón tan corrompido que él es vacilante y confuso. Es esto que
hace la vida tan penosa y fastidiosa. Por momentos creemos tener amor, y poco
después lo hemos perdido. Nos viene una imponderable fuerza —no de la mente—,
cuyas fuentes no pueden ser sondeadas. Esta fuerza de nuevo es destruida por la
mente; porque en esta batalla la mente parece salir invariablemente victoriosa.
Este conflicto interno no puede ser resuelto por la astuta mente o por el
indeciso corazón. No hay ningún medio, ningún camino para poner término a este
conflicto. La misma búsqueda de un medio es otra argucia de la mente para ser
la dueña, para orillar el conflicto a fin de estar tranquila, de tener amor, de
llegar a ser algo.
Nuestra mayor dificultad es darnos cuenta amplia y profundamente de
que no hay ningún medio para amar, como fin deseado por la mente. Cuando
comprendemos esto real y profundamente, entonces hay una posibilidad de recibir
algo que no es de este mundo. Sin cl contacto de ese algo, hagamos lo que
queramos, no puede haber felicidad duradera en la convivencia. Si habéis
recibido esta bendición y yo no, naturalmente vosotros y yo estaremos en
conflicto. Podréis no estar vosotros en conflicto, pero yo lo estaré; y en mi
angustia y tristeza me aislaré. El dolor es tan exclusivo como el placer, y
hasta que exista ese amor que no es de nuestra creación, la convivencia será
penosa. Si existe la bendición de ese amor, no podréis sino amarme sea yo quien
fuere, porque entonces no ajustáis el amor de acuerdo a mi porte. Por más
engaños que la mente pueda poner en juego, vosotros y yo estamos separados;
aunque podamos estar en contacto en ciertos puntos, la integración no está con
vosotros, sino dentro de mí mismo Esta integración no es producida por la mente
en ningún momento surge sólo cuando la mente está por completo silenciosa,
cuando ha alcanzado el fin de su propia limitación. Solamente entonces no hay
dolor en la convivencia.



