Las sombras danzaban sobre
la verde pradera; y aunque el sol estaba ardiente, el cielo aparecía muy azul y
diáfano. Desde el otro lado del cerco una vaca miraba la pradera y la gente. La
reunión de gente era algo extraordinario para ella. Pero el tierno pasto le
resultaba familiar, más desde que las lluvias hacia tiempo habían cesado y la
tierra estaba calcinada. Un lagarto cazaba moscas y otros insectos sobre el
tronco de un roble. Las distantes montañas estaban brumosas y atractivas.
Ella dijo, después de la conversación bajo los árboles, que había
venido para escuchar, en caso de que hablara el maestro de los maestros. Lo
decía muy seriamente, pero ahora esa seriedad se había convertido en
obstinación. Esta obstinación se ocultaba tras las sonrisas y tras una razonada
tolerancia, que había sido cuidadosamente pensada y cultivada; era una cosa de
la mente y por tanto podía transformarse en violenta y colérica intolerancia.
Era una persona robusta y hablaba suavemente; pero ocultaba una inclinación a
la condenación, alimentada por sus convicciones y creencias. Era reprimida y
dura, pero estaba entregada a la fraternidad y a su buena causa. Después de una
pausa, agregó que sabía cuándo hablaría el maestro, pues ella y su grupo tenían
algún misterioso medio de conocimiento, que no era otorgado a otros. El deleite
del conocimiento exclusivo era evidenciado así por el modo en que lo decía, por
sus gestos e inclinaciones de cabeza.
El conocimiento exclusivo, particular, brinda un deleite
profundamente satisfactorio. Saber algo que otros no saben es motivo de
constante satisfacción; nos da la sensación de estar en contacto con cosas más
profundas que otorgan prestigio y autoridad. Vosotros estáis directamente en
contacto, tenéis algo que otros no tienen, y así sois importantes no sólo para
vosotros mismos, sino también para los demás. Los otros os mirarán un poco
aprensivamente, porque desean participar de lo que tenéis; pero vosotros dais,
siempre porque sabéis más. Sois el líder, la autoridad; y esta posición se
adquiere fácilmente, porque la gente desea que se le enseñe, que se le
conduzca. Cuanto más nos damos cuenta que estamos perdidos y confusos, tanto
más ansiamos que se nos guíe y que se nos aconseje; así se erige la autoridad
en nombre del Estado en nombre de la religión, en nombre de un Maestro o de un
dirigente político.
El culto de la autoridad, tanto en las grandes como en las pequeñas
cosas, es pernicioso, y más aún en materia religiosa. No hay ningún
intermediario entre vosotros y la realidad; y si hay alguno, es un
falsificador, un mistificador, sin que importe quién es, y tanto si se trata
del más grande de los salvadores como de vuestro último gurú o instructor.
El que sabe no sabe; únicamente puede conocer sus propios
prejuicios, sus creencias autoproyectadas y sus demandas sensorias. No puede
conocer la verdad, lo inconmensurable. La posición y la autoridad se pueden
erigir, cultivar astutamente, pero no la humildad. La virtud da libertad; pero
la humildad cultivada no es virtud, es mera sensación y por consiguiente es
perjudicial y destructiva; es una atadura, que deberá romperse una y otra vez.
Es importante descubrir, no quién es el Maestro, el santo, el
líder, sino por qué seguís. Sólo seguís para convertiros en algo para ganar,
para ser claros. La claridad no puede ser dada por otro. La confusión está en
nosotros; nosotros la hemos producido, y nosotros tenemos que disiparla.
Podemos alcanzar una satisfactoria posición, una seguridad íntima, un lugar en
la jerarquía de las creencias organizadas; pero todo esto es actividad que
conduce al autoencierro, al conflicto y al sufrimiento. Podéis sentir una
momentánea felicidad en vuestra realización, podéis convenceros de que vuestra
posición es inevitable, que es vuestro destino; pero en tanto deseéis llegar a
ser algo, en cualquier nivel, necesariamente tendréis sufrimiento y confusión.
Ser como la nada no es negación. La acción positiva o negativa de la voluntad,
que es el deseo sutilizado y realzado, siempre conduce a la oposición y al
conflicto; no es el medio de la comprensión. La erección de la autoridad y su
seguimiento es la negación de la comprensión. Cuando hay comprensión hay
libertad, la cual no puede ser adquirida, ni dada por otro. Lo que se adquiere
puede perderse, y lo que se da puede quitarse; y así la autoridad y su temor se
acrecientan. El temor no puede ser trascendido mediante apaciguamiento y
simpleza; termina con la cesación del deseo de devenir.