EL PODER
El hombre era muy
pobre, pero capaz y habilidoso; estaba contento, o a lo menos parecía estarlo,
con lo poco que poseía, y no tenía cargas de familia. A menudo venia para
conversar sobre distintas cosas, y tenia grandes sueños para el futuro, era
vehemente y entusiasta, simple en sus placeres, y se deleitaba haciendo
pequeñas cosas para los demás. Decía que no le atraía el dinero ni las
comodidades físicas; pero gustaba describir lo que hubiera hecho si hubiese
tenido dinero, cómo habría financiado esto o aquello, cómo habría fundado la
escuela perfecta, y cosas por el estilo. Era más bien un soñador y fácilmente
se dejaba llevar por su propio entusiasmo y por el de los demás.
Pasaron varios años, y un día apareció de nuevo. Se había operado
en él una extraña transformación. La mirada soñadora había desaparecido; era
definidamente materialista, casi letal en sus opiniones, y bastante áspero en
sus juicios. Había viajado, y sus modales eran altamente pulidos y
artificiales; tornábase agradable o desagradable por momentos. Había heredado
una cantidad de dinero que tuvo la suerte de multiplicar varias veces, y se
había vuelto una persona completamente distinta. Apenas nos visita ahora; y
cuando en raras ocasiones nos encontramos, se muestra distanciado y abstraído.
Tanto la pobreza como la riqueza constituyen una atadura. El que es
consciente de su pobreza y el que es consciente de su riqueza, son por igual
juguete de las circunstancias. Ambos son corruptibles, porque ambos buscan lo
que corrompe: el poder. El poder es más importante que las posesiones, más
importante que la riqueza y las ideas. Estas dan poder; pero pueden ser
abandonadas, y aun así el sentirlo del poder permanece. Uno puede procurar
poder mediante la sencillez de vida, mediante la virtud, mediante el partido,
mediante la renunciación; pero tales medios constituyen una mera sustitución y
no deberían engañarnos. El deseo de posición, prestigio y poder —el poder que
se adquiere mediante la agresión y la humildad, mediante el ascetismo y el
conocimiento, la explotación y la negación de sí mismo— es sutilmente incitante
y casi instintivo. El éxito en cualquier forma es poder, y el fracaso es
meramente la negación del éxito. Ser poderoso, ser afortunado es ser esclavo,
lo que es la negación de la virtud. La virtud da libertad, pero no es una cosa
que pueda ganarse. Toda realización, tanto individual como colectiva, se
convierte en un medio de poder. El éxito en este mundo, y el poder que trae el
autocontrol y la negación de sí mismo, deben evitarse: porque ambos falsean la
comprensión. Es el deseo de éxito que impide la humildad; y sin humildad ¿cómo
puede haber comprensión? El hombre que tiene éxito está endurecido, encerrado
en sí mismo está sobrecargado con su propia importancia, con sus
responsabilidades, realizaciones y recuerdos. Es necesario estar libre de las
autoimpuestas responsabilidades y de la carga de la realización; porque lo que
está sobrecargado no puede ser veloz, y para comprender se requiere una mente
rápida y flexible. La gracia les es negada a los afortunados, porque son
incapaces de conocer el amor, que es la verdadera belleza de la vida.
El deseo de éxito es el deseo de dominación. Dominar es poseer, y
la posesión es el camino del aislamiento. Este autoaislamiento es lo que la
mayoría de nosotros busca mediante el nombre, la convivencia, el trabajo, la
ideación. En el aislamiento hay poder pero el poder engendra antagonismo y
dolor; porque el aislamiento es la resultante del temor, y el temor pone fin a
toda comunicación. La comunión es convivencia; y por placentera o dolorosa que
la convivencia pueda ser, en ella existe la posibilidad de olvidarse de sí
mismo. El aislamiento es la modalidad del “yo”, y toda actividad del “yo” trae
conflicto y sufrimiento.