domingo, 1 de junio de 2014

LA MEDITACIÓN



LA MEDITACIÓN

Había practicado durante cierto número de años lo que llamaba meditación; había seguido determinadas disciplinas después de leer algunos libros sobre la materia, y había estado en un monasterio de cierta clase, en el que se meditaba varias horas por día. No parecía sentimental, ni estaba aturdido por los tormentos del autosacrificio. Decía que, aunque después de esos muchos años había llegado a controlar la mente, a veces todavía escapaba a su control; que no había alegría en su meditación; y que las disciplinas autoimpuestas lo estaban haciendo más bien rígido y seco. En el fondo estaba francamente descontento con todo eso. Había pertenecido a varias de las llamadas sociedades religiosas, pero ahora había terminado con todas ellas y buscaba independientemente el Dios que todas prometían. Estaba entrando en años y empezaba a sentirse un poco cansado.
La verdadera meditación es esencial para purgar la mente, pues sin vaciar la mente no puede haber renovación. La mera continuidad es decadencia. La mente se deteriora por la constante repetición, por la fricción del mal uso, por las sensaciones que terminan por embotarla y fatigarla. El control de la mente no es importante; lo importante es descubrir los intereses de la mente. La mente es un manojo de intereses en conflicto, y el mero fortalecimiento de un interés contra otro es lo que llamamos concentración, el proceso de la disciplina. La disciplina es cultivo de la resistencia, y donde hay resistencia no hay comprensión. Una mente bien disciplinada no es una mente libre, y es únicamente en la libertad que puede hacerse cualquier descubrimiento. Debe haber espontaneidad para descubrir los movimientos del “yo”, sea cual fuere el nivel en que esté situado. Aunque puede haber descubrimientos desagradables, los movimientos del “yo” deben ser expuestos y comprendidos; pero las disciplinas destruyen la espontaneidad que permite hacer los descubrimientos. Las disciplinas, por estrictas que sean, fijan la mente en un molde. La mente se ajustará a aquello para lo cual ha sido entrenada; pero eso a lo que se ajusta no es lo real. Las disciplinas son meras imposiciones y por eso jamás pueden ser medios para la denudación. Mediante la disciplina la mente puede fortalecerse a sí misma en su propósito; pero este propósito es autoproyectado y por lo tanto no es lo real. La mente crea la realidad a su propia imagen y semejanza, y las disciplinas simplemente dan vitalidad a esa imagen.
Unicamente en el descubrimiento puede haber alegría —el descubrimiento de las modalidades del “yo” de instante en instante. El “yo”, en cualquier nivel que esté colocado, siempre es de la mente. Todo lo que la mente puede pensar es de la mente. La mente no puede pensar en algo que no sea de ella misma; no puede pensar en lo desconocido. El “yo”, en cualquier nivel es lo conocido; y aunque pueden existir capas del “yo” que pasan inadvertidas para la mente superficial, ellas siguen estando todavía dentro del campo de lo conocido. Los movimientos del “yo” se revelan en la acción de la convivencia; y cuando la convivencia no está confinada dentro de una norma, da oportunidad a la autorrevelación. La convivencia es la acción del “yo”, y para comprender esta acción debe haber alerta percepción sin opción; porque elegir es acentuar un interés contra otro. Esta percepción es la vivencia de la acción del “yo”, y en esta vivencia no existe el experimentador ni lo experimentado. Así la mente es vaciada de sus acumulaciones; no existe entonces el “yo”, el acopiador. Las acumulaciones, las memorias almacenadas son el “yo”; el “yo” no es una entidad separada de las acumulaciones. El “yo” se separa a sí mismo de sus características como el observador, el vigía, el contralor, con el fin de salvaguardarse, para darse continuidad en medio de lo impermanente. La vivencia del proceso unitario integral libera la mente de su dualismo. Así el proceso total de la mente, tanto el visible como el oculto, es vivenciado y comprendido —no parte por parte, no actividad por actividad, sino en su totalidad. Entonces los sueños y las actividades cotidianas son siempre un proceso de vaciado. La mente debe estar completamente vacía para recibir; pero el ansia de hallarse vacía con el fin de recibir es un impedimento hondamente arraigado, y esto también debe ser comprendido completamente, no en algún nivel particular. El ansia de experimentar debe cesar enteramente, lo que sucede sólo cuando el experimentador no se alimenta a sí mismo a base de experiencias y de sus recuerdos.
La expurgación de la mente debe realizarse no sólo en sus niveles superficiales, sino también en sus ocultas profundidades; y esto sólo puede ocurrir cuando el proceso de nombrar o determinar llega a su fin. El nombrar sólo fortalece y da continuidad al experimentador, al deseo de permanencia, a las características de la memoria particularizaste. Debe haber una silenciosa percepción del nombrar, para que así pueda ser comprendido. Nombramos no sólo para comunicarnos, sino también para dar continuidad y sustancia a una experiencia, para revivir y repetir sus sensaciones. Este proceso de nombrar debe cesar, no sólo en las capas superficiales de la mente, sino a través de toda su estructura. Esta es una ardua tarea, en la que no es posible comprender fácilmente o experimentar a la ligera; pues la totalidad de nuestra conciencia es un proceso de nombrar o determinar experiencias, para luego almacenarlas y registrarlas. Es este proceso que alimenta y fortalece a la entidad ilusoria, al experimentador como ente distinto y separado de la experiencia. Sin pensamientos no hay pensador. Los pensamientos crean al pensador, que se aísla a sí mismo para darse permanencia; pues los pensamientos son siempre transitorios.
Hay liberación cuando el ser en su totalidad, en lo superficial tanto como en lo oculto, es purificado del pasado. La voluntad es deseo; y si existe cualquier movimiento de la voluntad, cualquier esfuerzo para ser libre, para desnudarse a sí misma, entonces jamás podrá haber liberación, la purificación del ser en su totalidad. Cuando todas las diversas capas de la conciencia estén quietas, completamente tranquilas, sólo entonces está presente lo inconmensurable, la bienaventuranza que no es del tiempo, la renovación de la creación,