LA SENSIBILIDAD
Era un jardín
encantador, con soleados prados y viejos y umbrosos árboles. La casa era
grande, con habitaciones espaciosas, alegres y bien proporcionadas. Los árboles
brindaban refugio a muchos pájaros y ardillas, y a la fuente bajaban aves de todo
tamaño, a veces águilas, pero ordinariamente cuervos, gorriones y ruidosos
“apagados. La casa y el jardín estaban apartados, tanto más en cuanto se
hallaban encerrados dentro de altos y blancos muros. El ámbito era apacible
entre esos muros, pero fuera de ellos dominaba el bullicio del camino y de la
aldea. El camino pasaba cerca del portón, y a poca distancia por ese camino
estaba la aldea, en los aledaños de una gran ciudad. La aldea era sucia, zanjas
abiertas a lo largo de su angosta callejuela principal. Las casas tenían techos
de paja y frentes decorados; había niños jugando en la callejuela. Algunos
tejedores habían extendido largos hilados de alegres colores parar hacer telas,
y un grupo de niños los observaba en su trabajo. Era una alegre escena brillante,
ruidosa, y olorosa Los aldeanos estaban recién bañados, y vestían muy poca ropa
porque el clima era caluroso. Hacia la caída de la tarde algunos de ellos se
emborrachaban y se hacían alborotadores y groseros.
Era solo un delgado muro que separaba el hermoso jardín, de la
aldea palpitante. Negar la fealdad y afirmar la belleza es ser insensible. El
cultivo de lo opuesto debe siempre estrechar la mente y limitar el corazón. La
virtud no es un opuesto; y si tiene un opuesto, deja de ser virtud. Percibir la
belleza de esa aldea es ser sensible al verde y florido jardín. Sólo queremos
saber de la belleza, y nos apartamos de lo que no es hermoso. Esta supresión
simplemente engendra insensibilidad, no desarrolla el aprecio de la belleza. Lo
bueno no está en el jardín, lejos de la aldea, sino en la sensibilidad que está
más allá de ambos. Negar o identificar conduce a la estrechez, que es ser
insensible. La sensibilidad no es cosa que pueda ser cuidadosamente cultivada
por la mente; ésta sólo puede dividir y dominar. Existe lo bueno y lo malo;
pero perseguir lo uno y evitar lo otro no conduce a esa sensibilidad que es
esencial para la existencia de la realidad.
La realidad no es lo opuesto de la ilusión, de lo falso, y si
tratáis de acercaros a ella como a un opuesto jamás llegará a surgir. La
realidad únicamente puede ser cuando cesan los opuestos. Condenar o identificar
produce el conflicto de los opuestos, y el conflicto solamente engendra
ulterior conflicto. Un hecho abordado sin emoción, sin negar o justificar, no
trae conflicto. Un hecho en sí no tiene opuesto; el opuesto surge sólo cuando
hay una actitud atractiva o defensiva. Es esta actitud que levanta los muros de
la insensibilidad y destruye la acción. Si preferimos permanecer en el jardín,
hay resistencia para la aldea; y donde hay resistencia no puede haber acción,
ya sea para el jardín o hacia la aldea. Puede haber actividad, pero no-acción.
La actividad se basa en una idea, y la acción no. Las ideas tienen opuestos, y
el movimiento dentro de los opuestos es mera actividad, por más prolongada o
modificada que sea. La actividad jamás podrá ser liberada.
La actividad tiene un pasado y un futuro, pero la acción no los
tiene. La acción está siempre en el presente, y es por lo tanto inmediata. La
reforma es actividad, no-acción, y lo que es reformando necesita nueva reforma.
La reforma es inacción, una actividad nacida como opuesto. La acción es de
instante en instante, y, cosa extraordinaria, no tiene contradicción inherente;
pero la actividad, aunque pueda aparecer sin defecto, está llena de
contradicción. La actividad de la revolución está llena de contradicciones y
por eso jamás puede liberar. El conflicto, la elección, jamás puede ser un
factor de liberación. Si hay elección, hay actividad y no-acción; porque la
elección está basada en la idea. La mente puede hallarse a gusto en la
actividad, pero no puede accionar. La acción brota de una fuente muy diferente.

