domingo, 1 de junio de 2014

LA SENSIBILIDAD



LA SENSIBILIDAD

Era un jardín encantador, con soleados prados y viejos y umbrosos árboles. La casa era grande, con habitaciones espaciosas, alegres y bien proporcionadas. Los árboles brindaban refugio a muchos pájaros y ardillas, y a la fuente bajaban aves de todo tamaño, a veces águilas, pero ordinariamente cuervos, gorriones y ruidosos “apagados. La casa y el jardín estaban apartados, tanto más en cuanto se hallaban encerrados dentro de altos y blancos muros. El ámbito era apacible entre esos muros, pero fuera de ellos dominaba el bullicio del camino y de la aldea. El camino pasaba cerca del portón, y a poca distancia por ese camino estaba la aldea, en los aledaños de una gran ciudad. La aldea era sucia, zanjas abiertas a lo largo de su angosta callejuela principal. Las casas tenían techos de paja y frentes decorados; había niños jugando en la callejuela. Algunos tejedores habían extendido largos hilados de alegres colores parar hacer telas, y un grupo de niños los observaba en su trabajo. Era una alegre escena brillante, ruidosa, y olorosa Los aldeanos estaban recién bañados, y vestían muy poca ropa porque el clima era caluroso. Hacia la caída de la tarde algunos de ellos se emborrachaban y se hacían alborotadores y groseros.
Era solo un delgado muro que separaba el hermoso jardín, de la aldea palpitante. Negar la fealdad y afirmar la belleza es ser insensible. El cultivo de lo opuesto debe siempre estrechar la mente y limitar el corazón. La virtud no es un opuesto; y si tiene un opuesto, deja de ser virtud. Percibir la belleza de esa aldea es ser sensible al verde y florido jardín. Sólo queremos saber de la belleza, y nos apartamos de lo que no es hermoso. Esta supresión simplemente engendra insensibilidad, no desarrolla el aprecio de la belleza. Lo bueno no está en el jardín, lejos de la aldea, sino en la sensibilidad que está más allá de ambos. Negar o identificar conduce a la estrechez, que es ser insensible. La sensibilidad no es cosa que pueda ser cuidadosamente cultivada por la mente; ésta sólo puede dividir y dominar. Existe lo bueno y lo malo; pero perseguir lo uno y evitar lo otro no conduce a esa sensibilidad que es esencial para la existencia de la realidad.
La realidad no es lo opuesto de la ilusión, de lo falso, y si tratáis de acercaros a ella como a un opuesto jamás llegará a surgir. La realidad únicamente puede ser cuando cesan los opuestos. Condenar o identificar produce el conflicto de los opuestos, y el conflicto solamente engendra ulterior conflicto. Un hecho abordado sin emoción, sin negar o justificar, no trae conflicto. Un hecho en sí no tiene opuesto; el opuesto surge sólo cuando hay una actitud atractiva o defensiva. Es esta actitud que levanta los muros de la insensibilidad y destruye la acción. Si preferimos permanecer en el jardín, hay resistencia para la aldea; y donde hay resistencia no puede haber acción, ya sea para el jardín o hacia la aldea. Puede haber actividad, pero no-acción. La actividad se basa en una idea, y la acción no. Las ideas tienen opuestos, y el movimiento dentro de los opuestos es mera actividad, por más prolongada o modificada que sea. La actividad jamás podrá ser liberada.
La actividad tiene un pasado y un futuro, pero la acción no los tiene. La acción está siempre en el presente, y es por lo tanto inmediata. La reforma es actividad, no-acción, y lo que es reformando necesita nueva reforma. La reforma es inacción, una actividad nacida como opuesto. La acción es de instante en instante, y, cosa extraordinaria, no tiene contradicción inherente; pero la actividad, aunque pueda aparecer sin defecto, está llena de contradicción. La actividad de la revolución está llena de contradicciones y por eso jamás puede liberar. El conflicto, la elección, jamás puede ser un factor de liberación. Si hay elección, hay actividad y no-acción; porque la elección está basada en la idea. La mente puede hallarse a gusto en la actividad, pero no puede accionar. La acción brota de una fuente muy diferente.
La luna apareció sobre la aldea, proyectando sombras sobre el jardín.