EL “YO”
En el asiento
opuesto se hallaba sentado un hombre de posición y autoridad. Era muy
consciente de eso, pues su mirada, sus gestos, sus actitudes proclamaban su
importancia. Tenía un alto cargo en el gobierno, y la gente que lo rodeaba era
muy obsequiosa con él. Estaba diciendo en voz alta a alguien, que era
ultrajante molestarlo por cierta pequeña tarea oficial. Se quejaba de lo que
hacían sus subordinados, y los que le escuchaban parecían nerviosos y
aprensivos. Estábamos volando alto sobre las nubes, a unos seis mil metros, y
por entre los claros de las nubes se veía el mar azul. Cuando las nubes se
abrieron un poco, aparecieron las montañas cubiertas de nieve, las islas y las
anchas y abiertas bahías. ¡Qué lejanas y qué hermosas estaban las casas
solitarias y las pequeñas aldeas! Un río descendía de las montañas al mar. Su
curso atravesaba una gran ciudad, humosa y triste, y allí sus aguas tornábanse
turbias, pero un poco más lejos volvían a ser limpias y cristalinas. Unos pocos
asientos más allá se encontraba un oficial en uniforme, con el pecho cubierto
de cintas, confiado y altivo. Pertenecía a esa clase separada que existe en
todo el mundo.
¿Por qué es que ansiamos ser reconocidos, que se nos dé
importancia, que se nos estimule? ¿Por qué somos tan tontamente vulgares? ¿Por
qué nos apagamos a la exclusividad de nuestro nombre, de nuestra posición, de
nuestra adquisición? ¿Es el anonimato degradante, y despreciable el ser
ignorado? ¿Por qué perseguimos la fama, la popularidad? ¿Por qué es que no nos
satisface ser nosotros mismos? ¿Es porque estamos asustados y avergonzados de
lo que somos que el nombre, la posición y la adquisición llegan a ser tan
importantes? Es curioso observar cuán fuerte es el deseo de ser reconocido, de
ser aplaudido. En la excitación de un combate, uno hace cosas increíbles y por
ellas lo honran; nos convertimos en héroes por matar a un semejante. Mediante
el privilegio, la habilidad, o la capacidad y eficiencia, uno llega a cierta
posición cerca de la cumbre, —aunque la cumbre jamás es la cumbre, porque
siempre hay más y más en la embriaguez del éxito. El país o la ocupación es
vosotros mismos; de vosotros dependen las consecuencias, vosotros sois el
poder. La religión organizada brinda posición prestigio y honor; también allí
sois alguien, distinto e importante. O bien os convertís en discípulos de un
instructor, de un gurú o Maestro, o cooperáis con ellos en su trabajo. Sois
todavía importantes, los representáis, compartís su responsabilidad, vosotros
dais y otros reciben. Aunque en su nombre, sois todavía los intermediarios.
Podéis poneros un taparrabo o una túnica de monje, pero sois vosotros los que
accionáis, sois vosotros los que renunciáis
De un modo o de otro, sutil o burdamente, el “yo” es alimentado y sostenido.
Si no es para sus antisociales y dañinas actividades, ¿para qué el “yo” ha de
sostenerse a sí mismo? Aunque estemos atormentados apesadumbrados, con
pasajeros placeres, ¿por qué se adhiere el “yo” a las satisfacciones exteriores
e interiores cuya persecución acarrea inevitablemente dolor y miseria? La sed
de actividad positiva, como opuesto de lo negativo, hace que nos esforcemos por
ser; nuestros esfuerzos nos hacen sentir que estamos vivientes, que hay un
propósito para nuestra vida, que progresivamente eliminaremos las causas del
conflicto y del sufrimiento. Sentimos que si nuestra actividad se detuviera, no
seríamos nada, estaríamos perdidos, la vida no tendría ningún significado de
modo que seguimos en conflicto, en confusión, en antagonismo. Pero también nos
damos cuenta que hay algo más, que hay un algo que está por encima y más allá
de toda esta miseria. Así estamos en constante batalla dentro de nosotros
mismos.
Cuanto mayor es la ostentación exterior, tanto mayor es la pobreza
interior; pero la liberación de esta pobreza no es el taparrabo. La causa de
este vacío interior es el deseo de devenir, y, hagáis lo que hiciereis, este
vacío jamás podrá ser llenado. Podéis escapar de él en forma burda, o con
refinamiento; pero él os seguirá como vuestra sombra. Tal vez no queráis mirar
dentro de esta vaciedad, pero no obstante estará allí. Los atavíos y las
renunciaciones que el “yo” asume jamás podrán ocultar esta pobreza interior.
Con sus actividades, internas y externas, el “yo” trata de enriquecerse,
llamando a eso experiencia o dándole cualquier otro nombre de acuerdo con su
conveniencia y su satisfacción. El “yo” nunca puede ser anónimo; podrá llevar
un ropaje nuevo, tomar un nombre diferente, pero su verdadera sustancia es la
identidad. Este proceso de identificación impide la percepción de su propia
naturaleza. El proceso acumulativo de la identificación estructura el “yo”,
positiva o negativamente; y su actividad es siempre autoencerradora, por amplio
que sea el encierro. Cada esfuerzo del yo para ser o para no ser es un
movimiento que lo aleja de o que es. Fuera de su nombre, de sus atributos,
idiosincrasias, posesiones, ¿qué es el “yo”? ¿Existe el “yo”, el ego, cuando se
eliminan sus cualidades? Es este temor de no ser nada que impide al yo a la
actividad; pero él es nada, es una vacuidad.
Si somos capaces de afrontar ese vacío, de estar con esa dolorosa
soledad, entonces el temor desaparece totalmente y tiene lugar una
transformación fundamental. Para que esto ocurra, debe darse la vivencia de esa
nada —lo cual es imposible si hay un experimentador. Si deseamos vivenciar ese
vacío para superar o, para trascenderlo, entonces no hay vivencia; porque
entonces el “yo” como identidad continúa. Si el experimentador tiene una
experiencia, ya no existe el estado de vivencia. Es la vivencia de lo que es sin denominarlo, lo que trae la
liberación de lo que es.