domingo, 1 de junio de 2014

LA SINCERIDAD



LA SINCERIDAD

Había un pequeño prado verde, con brillantes flores a lo largo de sus bordes. Estaba admirablemente mantenido y se le dedicaba mucho cuidado, pues de otro modo el sol habría quemado el césped y marchitarlo las flores. Más allá de este exquisito jardín, después de muchas casas se veía el mar azul, resplandeciente en el sol, y sobre él una blanca vela. La habitación dominaba el jardín, las casas y las copas de los árboles, y desde su ventana, en la madrugada y al atardecer, el espectáculo del mar era delicioso. Durante el día sus aguas se volvían brillantes y oscuras; pero siempre había una vela, aun en pleno mediodía. El sol se ponía en el mar, haciendo una brillante senda roja; no había crepúsculo. La estrella del atardecer rondaba sobre el horizonte, y desaparecía. El atardecer aprisionaba a la furtiva luna nueva, pero ella también desaparecía en el inquieto mar, y la oscuridad se extendía sobre las aguas.
El habló extensamente acerca de Dios, de sus oraciones matutinas y vespertinas, de sus ayunos, sus votos y sus ardientes deseos. Se expresaba muy clara y concisamente, sin vacilar en el empleo de la palabra justa; su mente estaba bien entrenada, porque lo requería su profesión. Era un hombre de mirada clara y alerta, aunque había en él cierta tosquedad. Sus gestos revelaban obstinación en los propósitos y falta de flexibilidad. Era evidente que lo impulsaba una voluntad extraordinariamente poderosa, y aunque sonreía fácilmente su voluntad estaba siempre alerta, vigilante y dominante. Era muy regular en su vida cotidiana, y sólo por sanción de su voluntad alteraba los hábitos establecidos. Dijo que sin voluntad no podía haber virtud; la voluntad era esencial para vencer el mal. La batalla entre el bien y el mal era perpetua, y únicamente la voluntad podía tener en jaque al mal. Tenía también su lado amable, porque gustaba contemplar el prado y las alegres flores y sonreía; pero jamás permitió que su mente vagase fuera de las normas y ocupaciones voluntarias. Aunque evitaba cuidadosamente las palabras ásperas, la ira y toda muestra de impaciencia, su voluntad lo hacia extrañamente violento. Si la belleza se acomodaba en el molde de sus miras, la aceptaba; pero siempre estaba en acecho el temor de la sensualidad, cuyo dolor trataba de contener. Era instruido y civilizado, y su voluntad lo acompañaba como su sombra.
La sinceridad jamás puede ser sencilla, la sinceridad es el engendro de la voluntad, y la voluntad no puede descubrir las modalidades del “yo”. El conocimiento propio no es producto de la voluntad; el conocimiento propio surge a través de la alerta percepción de las respuestas al movimiento de la vida de instante en instante. La voluntad intercepta estas respuestas espontáneas, que es lo único que revela la estructura del “yo”. La voluntad es la esencia misma del deseo; y para la comprensión del deseo, la voluntad es un obstáculo. La voluntad en cualquier forma, sea de la mente superficial o de los deseos profundamente arraigados, nunca puede ser pasiva; y es sólo en la pasividad, en el silencio alerta, que puede surgir la verdad. El conflicto siempre es entre deseos, cualquiera que sea el nivel en que los deseos puedan estar colocados. El fortalecimiento de un deseo en oposición a los otros sólo produce más resistencia, y esta resistencia es voluntad. La comprensión jamás puede llegar a través de la resistencia. Lo importante es comprender el deseo, y no dominar un deseo con otro.
El deseo de realizar, de ganar, es la base de la sinceridad; y este impulso, sea superficial o profundo, busca conformidad, lo cual es el comienzo del temor. El temor limita el conocimiento propio a lo experimentado, y así no hay posibilidad de trascender lo experimentado. Limitado de esta manera, el conocimiento propio sólo ahonda y expande la autoconciencia, afirmando el “yo” más y más en diferentes niveles y en diferentes períodos; así el conflicto y el dolor continúan. Podréis deliberadamente olvidaros o perderos en alguna actividad, cultivando un jardín o una ideología, excitando en toda la gente el violento fervor por la guerra; pero ahora vosotros sois el país, la idea, la actividad, el dios. Cuanto mayor es la identificación tanto más vuestro conflicto y sufrimiento están encubiertos, y así se eterniza la lucha por estar identificado con algo. Este deseo de ser uno con el objeto elegido trae el conflicto de la sinceridad, que es la completa negación de la sencillez. Podréis golpearos el pecho, o usar un simple taparrabo, o vagar como un mendigo; pero eso no es sencillez.
La sencillez y la sinceridad jamás pueden ser compañeras. El que se halla identificado consigo, en cualquier nivel que sea, puede ser sincero, pero no es sencillo. La voluntad de ser es la misma antítesis de la sencillez. La sencillez surge al liberarse del impulso adquisitivo del deseo de realizar. La realización es identificación, e identificación es voluntad. La sencillez es la alerta y pasiva percepción, en la cual el experimentador no registra la experiencia. El autoanálisis impide esta percepción negativa; en el análisis hay siempre un motivo —ser libre, comprender, ganar— y este deseo únicamente acentúa la autoconciencia. De igual modo, las conclusiones introspectivas impiden el conocimiento propio.