LA SINCERIDAD
Había un pequeño
prado verde, con brillantes flores a lo largo de sus bordes. Estaba
admirablemente mantenido y se le dedicaba mucho cuidado, pues de otro modo el
sol habría quemado el césped y marchitarlo las flores. Más allá de este
exquisito jardín, después de muchas casas se veía el mar azul, resplandeciente
en el sol, y sobre él una blanca vela. La habitación dominaba el jardín, las
casas y las copas de los árboles, y desde su ventana, en la madrugada y al
atardecer, el espectáculo del mar era delicioso. Durante el día sus aguas se
volvían brillantes y oscuras; pero siempre había una vela, aun en pleno
mediodía. El sol se ponía en el mar, haciendo una brillante senda roja; no
había crepúsculo. La estrella del atardecer rondaba sobre el horizonte, y
desaparecía. El atardecer aprisionaba a la furtiva luna nueva, pero ella
también desaparecía en el inquieto mar, y la oscuridad se extendía sobre las
aguas.
El habló extensamente acerca de Dios, de sus oraciones matutinas y
vespertinas, de sus ayunos, sus votos y sus ardientes deseos. Se expresaba muy
clara y concisamente, sin vacilar en el empleo de la palabra justa; su mente
estaba bien entrenada, porque lo requería su profesión. Era un hombre de mirada
clara y alerta, aunque había en él cierta tosquedad. Sus gestos revelaban
obstinación en los propósitos y falta de flexibilidad. Era evidente que lo
impulsaba una voluntad extraordinariamente poderosa, y aunque sonreía
fácilmente su voluntad estaba siempre alerta, vigilante y dominante. Era muy
regular en su vida cotidiana, y sólo por sanción de su voluntad alteraba los
hábitos establecidos. Dijo que sin voluntad no podía haber virtud; la voluntad
era esencial para vencer el mal. La batalla entre el bien y el mal era
perpetua, y únicamente la voluntad podía tener en jaque al mal. Tenía también
su lado amable, porque gustaba contemplar el prado y las alegres flores y
sonreía; pero jamás permitió que su mente vagase fuera de las normas y
ocupaciones voluntarias. Aunque evitaba cuidadosamente las palabras ásperas, la
ira y toda muestra de impaciencia, su voluntad lo hacia extrañamente violento.
Si la belleza se acomodaba en el molde de sus miras, la aceptaba; pero siempre
estaba en acecho el temor de la sensualidad, cuyo dolor trataba de contener.
Era instruido y civilizado, y su voluntad lo acompañaba como su sombra.
La sinceridad jamás puede ser sencilla, la sinceridad es el engendro
de la voluntad, y la voluntad no puede descubrir las modalidades del “yo”. El
conocimiento propio no es producto de la voluntad; el conocimiento propio surge
a través de la alerta percepción de las respuestas al movimiento de la vida de
instante en instante. La voluntad intercepta estas respuestas espontáneas, que
es lo único que revela la estructura del “yo”. La voluntad es la esencia misma
del deseo; y para la comprensión del deseo, la voluntad es un obstáculo. La
voluntad en cualquier forma, sea de la mente superficial o de los deseos
profundamente arraigados, nunca puede ser pasiva; y es sólo en la pasividad, en
el silencio alerta, que puede surgir la verdad. El conflicto siempre es entre
deseos, cualquiera que sea el nivel en que los deseos puedan estar colocados.
El fortalecimiento de un deseo en oposición a los otros sólo produce más
resistencia, y esta resistencia es voluntad. La comprensión jamás puede llegar
a través de la resistencia. Lo importante es comprender el deseo, y no dominar
un deseo con otro.
El deseo de realizar, de ganar, es la base de la sinceridad; y este
impulso, sea superficial o profundo, busca conformidad, lo cual es el comienzo
del temor. El temor limita el conocimiento propio a lo experimentado, y así no
hay posibilidad de trascender lo experimentado. Limitado de esta manera, el
conocimiento propio sólo ahonda y expande la autoconciencia, afirmando el “yo”
más y más en diferentes niveles y en diferentes períodos; así el conflicto y el
dolor continúan. Podréis deliberadamente olvidaros o perderos en alguna
actividad, cultivando un jardín o una ideología, excitando en toda la gente el
violento fervor por la guerra; pero ahora vosotros sois el país, la idea, la
actividad, el dios. Cuanto mayor es la identificación tanto más vuestro
conflicto y sufrimiento están encubiertos, y así se eterniza la lucha por estar
identificado con algo. Este deseo de ser uno con el objeto elegido trae el
conflicto de la sinceridad, que es la completa negación de la sencillez.
Podréis golpearos el pecho, o usar un simple taparrabo, o vagar como un
mendigo; pero eso no es sencillez.
La sencillez y la sinceridad jamás pueden ser compañeras. El que se
halla identificado consigo, en cualquier nivel que sea, puede ser sincero, pero
no es sencillo. La voluntad de ser es la misma antítesis de la sencillez. La
sencillez surge al liberarse del impulso adquisitivo del deseo de realizar. La
realización es identificación, e identificación es voluntad. La sencillez es la
alerta y pasiva percepción, en la cual el experimentador no registra la
experiencia. El autoanálisis impide esta percepción negativa; en el análisis
hay siempre un motivo —ser libre, comprender, ganar— y este deseo únicamente
acentúa la autoconciencia. De igual modo, las conclusiones introspectivas
impiden el conocimiento propio.