LA IRA
Aun a esa altura el
calor era penetrante. Los vidrios de las ventanas estaban calientes al
tocarlos. El regular zumbido de los motores del avión era tranquilizador, y
muchos de los pasajeros estaban soñolientos. La tierra se hallaba lejos debajo
de nosotros, resplandeciente por el calor, en un interminable color pardo con
ocasionales parches verdes. Luego aterrizamos, y el calor se hizo del todo
insoportable; era literalmente penoso, y aun en la sombra de un edificio
parecía que la cabeza iba a estallar. Estábamos en pleno verano y el campo era
casi un desierto. Partimos de nuevo y el avión ascendió, buscando los vientos
frescos. Dos nuevos pasajeros, ubicados en los asientos de enfrente,
conversaban en voz alta era imposible dejar de oírlos. Empezaron bastante
tranquilos; pero pronto la ira reveló en sus voces los disgustos y
resentimientos de familia. En su violencia parecían haber olvidado al resto del
pasaje; cada uno se hallaba tan ocupado con el otro que era como si existieran
sólo ellos, y nadie más.
La ira tiene esa peculiar condición de aislar; como la pesadumbre,
ella se interpone, y al menos por un tiempo interrumpe las relaciones. La ira
tiene la temporaria fuerza y vitalidad de lo aislado. Hay en la ira una extraña
desesperación; pues el aislamiento es desesperación. La ira de la frustración,
de los celos, del impulso de ofender, proporciona un violento desahogo cuya
satisfacción reside en la autojustificación. Condenamos a otros, y esa
condenación es en verdad una justificación de nosotros mismos. Sin alguna clase
de actitud, ya sea de altivez o de humillación, ¿qué somos nosotros? Empleamos
cualquier medio para imponernos; y la ira, como el odio, es el medio más fácil.
Un simple enojo, un repentino relámpago que prontamente se olvida, es una cosa;
pero la ira que se prepara deliberadamente, que ha sido madurada y que procura
herir y destruir, es algo completamente diferente. Un simple enojo puede tener
una causa fisiológica que puede determinarse y remediarse; pero la ira que es
el resultado de una causa psicológica es mucho más sutil y difícil de tratar.
La mayoría de nosotros no se cuida de la ira, y más bien la justifica. ¿Por qué
no habríamos de encolerizarnos cuando hay un mal trato para nosotros o para
algún otro? Por lo tanto nos irritamos justamente. Jamás decimos simplemente
que estamos enojados, y nada más; entramos en complicadas explicaciones de las
causas. Nunca decimos sencillamente que estamos celosos o amargados, sino que
lo justificamos o lo explicamos. Preguntamos cómo puede haber amor sin celos, o
decimos que las actitudes de otros nos han hecho amargados, y así por el
estilo.
Es la explicación, la verbalización, tanto silenciosa como hablada,
que sostiene la ira, que le da finalidad y profundidad. La explicación,
silenciosa o hablada, actúa como un escudo contra el descubrimiento de nosotros
tal como somos. Queremos ser elogiados o adulados, esperamos algo; y cuando
estas cosas no se cumplen, estamos disgustados, nos volvemos amargados o
celosos. Entonces, violenta o suavemente, censuramos a algún otro; decimos que
el otro es responsable de nuestra amargura. Vosotros sois de gran importancia
para mí debido a que yo dependo de vosotros para mi felicidad, para mi posición
o mi prestigio. Por medio de vosotros, yo me realizo, y por eso sois
importantes para mí; debo conservaros, debo poseeros. Mediante vosotros, huyo
de mí mismo; y estando temerosos de mi propio estado, cuando tengo que volver a
mí mismo, me pongo colérico. La ira toma muchas formas: frustración,
resentimiento, amargura, celos, etc.
La acumulación de la ira, que es el resentimiento, requiere el
antídoto del perdón; pero la acumulación de la ira es mucho más significativa
que el perdón. El perdón es innecesario cuando no hay acumulación de ira. El
perdón es esencial si hay resentimiento; pero estar libre de la adulación y del
sentido de la ofensa, sin la dureza de la indiferencia, conduce a la
misericordia, a la caridad. La ira no puede ser eliminada por la acción de la
voluntad, porque la voluntad es parte de la violencia. La voluntad es la
resultante del deseo, del ansia de ser; y el deseo por su misma naturaleza es
agresivo, dominante. Suprimir la ira mediante el ejercicio de la voluntad es
transferirla a un nivel diferente, dándole un nombre diferente; pero ella sigue
todavía formando parte de la violencia. Para estar libre de la violencia —lo
que no es el culto de la no—violencia— debe haber comprensión del deseo. No
existe ningún sustituto espiritual para el deseo; él no puede ser suprimido ni
sublimado. Debe haber una silenciosa y alerta percepción del deseo sin previa
opción; y esta pasiva y alerta percepción es la vivencia directa del deseo, sin
el experimentador que le da un nombre.