LO CONOCIDO Y LO DESCONOCIDO
Las largas sombras del
atardecer se extendían sobre las aguas tranquilas, y el río entraba en calma
después del día. Los peces saltaban fuera del agua, y las pesadas aves llegaban
para dormir entre los grandes árboles. No había una nube en el cielo, que era
azul plateado. Un barco lleno de gente navegaba río abajo cantaban y batían
palmas, y una vaca mugía a la distancia. Se sentía el olor del atardecer. Una
guirnalda de caléndulas se movía con el agua, que cabrilleaba con el sol
poniente. Qué hermoso y viviente era todo —el río, las aves, los árboles y los
aldeanos.
Estábamos sentados debajo de un árbol, mirando el río. Cerca de
árbol había un pequeño templo, y unas pocas vacas flacas merodeaban a su
alrededor. El templo estaba limpio y bien barrido y los almácigos de flores
regados y cuidados. Un hombre cumplía sus rituales vespertinos, y su voz era
paciente y pesarosa. Bajo los Últimos rayos del sol, el agua tomaba el color de
las flores recién abiertas. Alguien se unió a nosotros y empezó a hablar de sus
experiencias. Dijo que había consagrado muchos años de su vida a la búsqueda de
Dios, que había practicado muchas austeridades y renunciado a muchas cosas que
le eran caras. Incluso había ayudado considerablemente en la obra social, en la
construcción de una escuela, etc. Estaba interesado en muchas cosas, pero el
interés que lo consumía era el descubrimiento de Dios, y ahora, después de
muchos años, estaba oyendo Su voz, y ella lo guiaba en las cosas pequeñas tanto
como en las grandes. No tenía voluntad propia, pero seguía la interna voz de
Dios. Ella jamás le fallaba, aunque a menudo él corrompía su claridad; su ruego
era siempre por la purificación del vaso, para que fuera digno de recibir.
¿Puede ser hallado por vosotros o por mí aquello que es
inconmensurable? ¿Puede aquello que no es del tiempo ser descubierto por esa
cosa que es hechura del tiempo? ¿Puede una disciplina diligentemente practicada
conducirnos a lo desconocidos? ¿Hay un medio para alcanzar aquello que no tiene
principio ni fin? ¿Puede esa realidad ser atrapada en la red de nuestros
deseos. Lo que podemos captar es la proyección de lo conocido; pero lo
desconocido no puede ser captado por lo conocido. Aquello que se nombra no es
lo innombrable, y al nombrar sólo despertamos las respuestas condicionadas.
Estas respuestas, por muy nobles y satisfactorias que sean, no son reales.
Respondemos a estímulos, pero la realidad no ofrece ningún estímulo: ella es.
La mente se mueve de lo conocido a lo conocido, y no puede alcanzar
lo desconocido. No podéis pensar en algo que no conocéis; es imposible. Lo que
pensáis sale de lo conocido, del pasado, ya sea del pasado remoto, o del
segundo que acaba de pasar. Este pasado es pensado, conformado y condicionado
por muchas influencias, modificándose de acuerdo con las circunstancias y
urgencias, pero sigue siendo siempre un proceso de tiempo. El pensamiento sólo
puede negar o afirmar, no puede descubrir o investigar lo nuevo. El pensamiento
no puede encontrar lo nuevo; pero cuando el pensamiento está en silencio,
entonces puede ser lo nuevo —que inmediatamente es transformado por el
pensamiento en lo viejo, en lo experimentado. El pensamiento continuamente
moldea, modifica, colorea de acuerdo al modelo de la experiencia. La función
del pensamiento es comunicar, pero no estar en estado de vivencia. Cuando la
vivencia cesa, entonces el pensamiento se impone y la define conforme a la
categoría de lo conocido. El pensamiento no puede penetrar en lo desconocido, y
por lo tanto jamás puede descubrir o vivenciar la realidad
Disciplinas, renunciaciones, desapegos, ritos, la práctica de la
virtud —todo esto, por noble que sea, es el proceso del pensamiento; y el
pensamiento únicamente puede actuar hacia un fin, hacia una realización, que
siempre es lo conocido. La realización es seguridad, la autoprotectora certeza
de lo conocido. Buscar seguridad en lo que es innombrable es negarlo. La
seguridad que podemos encontrar está sólo en la proyección del pasado, de lo
conocido. Por esta razón la mente debe estar entera y profundamente silenciosa;
pero este silencio no puede conseguirse por medio del sacrificio, la
sublimación o la supresión. Este silencio llega cuando la mente ha dejado de
buscar, cuando no está más enredada en el proceso de devenir. Este silencio no
es acumulativo, no puede ser obtenido mediante práctica alguna. Este silencio
debe ser tan desconocido para la mente como lo atemporal; porque si la mente
experimenta el silencio, entonces está ahí el experimentador que es el
resultado de pasadas experiencias, que es conocedor de un pasado silencio; y lo
que es experimentado por el experimentador es simplemente una repetición
autoproyectada. La mente no puede nunca experimentar lo nuevo, y por eso la mente
debe permanecer absolutamente silenciosa.
La mente puede estar silenciosa sólo estar silenciosa sólo cuando
no está experimentando, es decir, cuando no está definiendo o nombrando,
registrando o acumulando en la memoria. Este nombrar y registrar es un proceso
constante de las diferentes capas de la conciencia, no meramente de la mente
superficial. Pero cuando la mente superficial está quieta, la mente más
profunda puede presentar sus intimaciones. Cuando la totalidad de la conciencia
está silenciosa y tranquila, libre de todo devenir, lo cual es espontaneidad,
únicamente entonces surge lo inconmensurable. El deseo de conservar esta
libertad de continuidad a la memoria del que deviene, lo cual es un obstáculo
para la realidad. La realidad no tiene continuidad; es de instante en instante,
siempre nueva, siempre fresca. Lo que tiene continuidad jamás puede ser
creativo.

