domingo, 1 de junio de 2014

LO CONOCIDO Y LO DESCONOCIDO



LO CONOCIDO Y LO DESCONOCIDO

Las largas sombras del atardecer se extendían sobre las aguas tranquilas, y el río entraba en calma después del día. Los peces saltaban fuera del agua, y las pesadas aves llegaban para dormir entre los grandes árboles. No había una nube en el cielo, que era azul plateado. Un barco lleno de gente navegaba río abajo cantaban y batían palmas, y una vaca mugía a la distancia. Se sentía el olor del atardecer. Una guirnalda de caléndulas se movía con el agua, que cabrilleaba con el sol poniente. Qué hermoso y viviente era todo —el río, las aves, los árboles y los aldeanos.
Estábamos sentados debajo de un árbol, mirando el río. Cerca de árbol había un pequeño templo, y unas pocas vacas flacas merodeaban a su alrededor. El templo estaba limpio y bien barrido y los almácigos de flores regados y cuidados. Un hombre cumplía sus rituales vespertinos, y su voz era paciente y pesarosa. Bajo los Últimos rayos del sol, el agua tomaba el color de las flores recién abiertas. Alguien se unió a nosotros y empezó a hablar de sus experiencias. Dijo que había consagrado muchos años de su vida a la búsqueda de Dios, que había practicado muchas austeridades y renunciado a muchas cosas que le eran caras. Incluso había ayudado considerablemente en la obra social, en la construcción de una escuela, etc. Estaba interesado en muchas cosas, pero el interés que lo consumía era el descubrimiento de Dios, y ahora, después de muchos años, estaba oyendo Su voz, y ella lo guiaba en las cosas pequeñas tanto como en las grandes. No tenía voluntad propia, pero seguía la interna voz de Dios. Ella jamás le fallaba, aunque a menudo él corrompía su claridad; su ruego era siempre por la purificación del vaso, para que fuera digno de recibir.
¿Puede ser hallado por vosotros o por mí aquello que es inconmensurable? ¿Puede aquello que no es del tiempo ser descubierto por esa cosa que es hechura del tiempo? ¿Puede una disciplina diligentemente practicada conducirnos a lo desconocidos? ¿Hay un medio para alcanzar aquello que no tiene principio ni fin? ¿Puede esa realidad ser atrapada en la red de nuestros deseos. Lo que podemos captar es la proyección de lo conocido; pero lo desconocido no puede ser captado por lo conocido. Aquello que se nombra no es lo innombrable, y al nombrar sólo despertamos las respuestas condicionadas. Estas respuestas, por muy nobles y satisfactorias que sean, no son reales. Respondemos a estímulos, pero la realidad no ofrece ningún estímulo: ella es.
La mente se mueve de lo conocido a lo conocido, y no puede alcanzar lo desconocido. No podéis pensar en algo que no conocéis; es imposible. Lo que pensáis sale de lo conocido, del pasado, ya sea del pasado remoto, o del segundo que acaba de pasar. Este pasado es pensado, conformado y condicionado por muchas influencias, modificándose de acuerdo con las circunstancias y urgencias, pero sigue siendo siempre un proceso de tiempo. El pensamiento sólo puede negar o afirmar, no puede descubrir o investigar lo nuevo. El pensamiento no puede encontrar lo nuevo; pero cuando el pensamiento está en silencio, entonces puede ser lo nuevo —que inmediatamente es transformado por el pensamiento en lo viejo, en lo experimentado. El pensamiento continuamente moldea, modifica, colorea de acuerdo al modelo de la experiencia. La función del pensamiento es comunicar, pero no estar en estado de vivencia. Cuando la vivencia cesa, entonces el pensamiento se impone y la define conforme a la categoría de lo conocido. El pensamiento no puede penetrar en lo desconocido, y por lo tanto jamás puede descubrir o vivenciar la realidad
Disciplinas, renunciaciones, desapegos, ritos, la práctica de la virtud —todo esto, por noble que sea, es el proceso del pensamiento; y el pensamiento únicamente puede actuar hacia un fin, hacia una realización, que siempre es lo conocido. La realización es seguridad, la autoprotectora certeza de lo conocido. Buscar seguridad en lo que es innombrable es negarlo. La seguridad que podemos encontrar está sólo en la proyección del pasado, de lo conocido. Por esta razón la mente debe estar entera y profundamente silenciosa; pero este silencio no puede conseguirse por medio del sacrificio, la sublimación o la supresión. Este silencio llega cuando la mente ha dejado de buscar, cuando no está más enredada en el proceso de devenir. Este silencio no es acumulativo, no puede ser obtenido mediante práctica alguna. Este silencio debe ser tan desconocido para la mente como lo atemporal; porque si la mente experimenta el silencio, entonces está ahí el experimentador que es el resultado de pasadas experiencias, que es conocedor de un pasado silencio; y lo que es experimentado por el experimentador es simplemente una repetición autoproyectada. La mente no puede nunca experimentar lo nuevo, y por eso la mente debe permanecer absolutamente silenciosa.
La mente puede estar silenciosa sólo estar silenciosa sólo cuando no está experimentando, es decir, cuando no está definiendo o nombrando, registrando o acumulando en la memoria. Este nombrar y registrar es un proceso constante de las diferentes capas de la conciencia, no meramente de la mente superficial. Pero cuando la mente superficial está quieta, la mente más profunda puede presentar sus intimaciones. Cuando la totalidad de la conciencia está silenciosa y tranquila, libre de todo devenir, lo cual es espontaneidad, únicamente entonces surge lo inconmensurable. El deseo de conservar esta libertad de continuidad a la memoria del que deviene, lo cual es un obstáculo para la realidad. La realidad no tiene continuidad; es de instante en instante, siempre nueva, siempre fresca. Lo que tiene continuidad jamás puede ser creativo.
La mente superficial es sólo un instrumento de comunicación, no puede medir lo que es inconmensurable. La realidad no es cosa de la que se pueda hablar; y cuando se la expresa, no es ya la realidad.