LA REALIZACIÓN
Era una mujer
casada, pero no tenía hijos. Dijo que, en el sentido mundano, era feliz, no
existía el problema del dinero y tenía a su disposición coches, buenos hoteles
y podía viajar ampliamente. Su esposo era un próspero hombre de negocios, cuyo
principal interés consistía en adornar a su mujer, rodearla de comodidades y
procurar que tuviera todo lo que deseaba. Ambos eran muy jóvenes y cordiales.
Ella estaba interesada en la ciencia y el arte, y había curioseado algo en
religión; pero ahora, dijo, las cosas del espíritu estaban desplazando a todas
las demás. Estaba familiarizada con las enseñanzas de las distintas religiones;
pero hallándose insatisfecha con su eficiencia organizada, sus rituales y dogmas
querían seriamente ir en busca de las cosas reales. Estaba intensamente
descontenta, y había acudido a Maestros en diferentes partes del mundo; pero
nada le había dado satisfacción duradera. Su descontento, dijo, no se debía a
que no tuviese hijos; había examinado todo esto completamente. Tampoco era
causado por alguna frustración social. Había gastado algún tiempo con un
prominente psicoanalista, pero aun persistía este dolor y vacío interno.
Buscar la realización es invitar a la frustración. No hay realización
del “yo”, sino únicamente el fortalecimiento del “yo” mediante la posesión de
lo que ansía. La posesión en cualquier nivel, hace que el “yo” se sienta
potente, rico, activo, y a esta sensación se le llama realización pero como
todas las sensaciones, ella pronto se desvanece, para ser reemplazada por otra
satisfacción. Todos estamos familiarizados con este proceso de reemplazo o
sustitución y es un juego que nos agrada a la mayoría. Hay algunos, sin
embargo, que desean una satisfacción más duradera, que perdure por toda la
vida; y habiéndola encontrado, esperan no ser jamás perturbados de nuevo. Pero
existe un constante e inconsciente temor a las perturbaciones, y se cultivan
sutiles formas de resistencia detrás de las cuales la mente se refugia; y así
el miedo a la muerte es inevitable. La realización y el miedo a la muerte son
las dos caras de un mismo proceso: el fortalecimiento del “yo”. Después de
todo, la realización es la completa identificación con algo —con los niños, con
la propiedad, con las ideas. Los niños y las propiedades son bastante
riesgosos, pero las ideas ofrecen mayor protección y seguridad. Las palabras,
que son ideas y recuerdos, con sus sensaciones, se tornan importantes; y la
realización o finalidad se convierte entonces en la palabra.
No existe la autorrealización, sino sólo la autoperpetuación, con
sus conflictos, antagonismos y miserias siempre en aumento. Buscar satisfacción
duradera en cualquier nivel de nuestro ser es producir confusión y tristeza;
pues la satisfacción jamás puede ser permanente. Podréis recordar una
experiencia que fue satisfactoria, pero la experiencia está muerta, y sólo el
recuerdo de ella permanece. Este recuerdo no tiene vida en sí mismo; pero
vuestra inadecuada respuesta al presente le infunde vida. Estáis viviendo en lo
muerto, como ocurre a la mayoría de nosotros. La ignorancia de las modalidades
del `’yo” conduce a la ilusión; y una vez atrapados en la red de la ilusión, es
extremadamente difícil liberarse de ella. Es dificultoso reconocer una ilusión,
porque habiéndola creado, la mente no puede percibirla. Es necesario
aproximarse a ella negativamente, indirectamente. A menos que se comprendan los
caminos del deseo, la ilusión es inevitable. La comprensión llega, no mediante
el ejercicio de la voluntad, sino únicamente cuando la mente esta quieta. No se
puede aquietar la mente, porque el agente mismo es un producto de la mente, del
deseo. Debe haber una alerta percepción de este total proceso, una alerta
percepción sin opción; sólo entonces hay una posibilidad de no engendrar
ilusión. La ilusión es muy satisfactoria, y de ahí nuestro apego a ella. La
ilusión puede traernos dolor, pero este mismo dolor pone al descubierto nuestra
implenitud y nos impele a identificarnos totalmente con la ilusión. Así la
ilusión tiene gran significación en nuestras vidas; nos ayuda a encubrir lo que
es, no en lo externo sino
interiormente. Esta desatención de lo que es
interiormente nos lleva a una falsa interpretación de lo que es exteriormente, lo cual acarrea
destrucción y miseria. El encubrimiento de lo que es, es promovido por el temor. El temor jamás puede ser superado
por un acto de voluntad, pues la voluntad es el resultado de la resistencia.
Sólo a través de la pasiva pero alerta percepción puede haber liberación del
temor.